Posiblemente pertenezca a la mentalidad vigente en toda época de desenlace la agudeza del sentimiento histórico. La tendencia a comprender el cotidiano acaecer, no tanto por y en sí mismo, sino más bien como expresión o momento de procesos profundos de larga gestación y en perspectiva de futuro, es una actitud mental típica de la inteligencia en las culturas postrimeras. En todo caso, es ésta la más acusada expresión del estilo intelectual del contemporáneo desde Hegel e Heidegger, desde Nietzsche a Toynbee, y el nexo entre filosofía de la historia y revolución, como ha demostrado últimamente Hanno Kesting, impone su signo sobre toda la dialéctica de las ideologías contemporáneas. Lo que esta actitud tenga de metodología saludable o lo que en ella sea irreprimible reflejo de una época lábil e insegura es, desde luego, discutible. Pero la contemporaneidad de un pensamiento, por el grado de pulsación histórica que lo anima. No en vano vivimos bajo la opresión del sentido de la Historia.
La nerviosa sensibilidad histórica del pensamiento de José Antonio quizá sea, aún hoy, a treinta años vista, la nota genérica más sugestiva en la trama de sus soluciones políticas. En cualquier caso, es algo impresionante, cuando se la confronta con la parvedad y la angostura de las posiciones políticas de su entorno, sobre las que no sopla nunca el espíritu de la Historia, o cuando se las compara con las vigencias intelectuales de sus días, éstas sí sumergidas en la crítica de la razón histórica y en las razones críticas de España, pero incapaces de articularse en mensaje y aún menos de resolverse en la lírica y en la disciplina de las grandes síntesis políticas. En todo esto hace José Antonio una rúbrica personal de excepción. No única ciertamente; ni tampoco sistematizada y conclusa en perfección, pero sí firme de premisas y con rumbos seguros. José Antonio consigue una inscripción, con finura intelectual y con vigor político, de la crisis de España dentro de la general contextura crítica de la época. La sentencia en muchos pasajes que han sido reiteradamente citados; pero, para mí, no está exenta de símbolo el que su precisión más rotunda se encuentre precisamente articulada en el discurso fundacional. «Así resulta —dice— que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral, un mundo escindido en toda suerte de diferencias; y, por lo que nos toca de cerca, nos encontramos una España en ruina moral, una España dividida por todos los odios y por todas las pugnas».
Que yo sepa, un estudio sobre la conciencia histórica de José Antonio está por hacer, y el intentarlo daría argumento fértil para más de un ensayo. Sin siquiera la pretensión de bosquejarlo, me arriesgo a apuntar que lo fundamental puede estar en la resuelta actitud metafísica de José Antonio ante el movimiento histórico, ante el sentido de la Historia. En medida muy considerable, la legalización histórica de las ideologías contemporáneas parte de la esencial apoteosis de la Historia en el pensamiento de Hegel, a saber: que cuanto acontece también vale, que cuanto es real es racional, que cuanto sucede pertenece a la marcha del mundo. El sentido de la Historia aparece entonces dado y su dialéctica es tan sólo la composición de los hechos en secuencia y de la dinámica de las estructuras, como plan armónico de realización de lo abstractamente dado. A poco que se repare, este modo de ver, hoy tan escandalosamente difuso, hace al hombre prisionero del destino. Aun admitido, por hipótesis, una apocalipsis venturosa como gran acorde final del canto de la Humanidad, es lo cierto que el hombre va como facturado en ese destino, como objeto embalado en una trayectoria mecánica del tiempo y de la especie. Tal modo de ver la Historia no es ya meramente anticristiano. Es, como ha mostrado Karl Löwith, la contrafigura del sentido cristiano de la Historia, la mentalidad invertida hecha conciencia histórica. Sólo el que se salva luchando es digno de haberse salvado. La actitud libre ante lo histórico no puede ser la dialéctica que explique la servidumbre frente al destino, sino la poesía que ilumine el esfuerzo para alcanzar el señorío sobre el tiempo, para abrir primaveras a la vocación de existencia que se construye. Esto exige una conciencia lúcida de la época y de sus corrientes de declinación. Y, de inmediato, una voluntad luminosa de respuesta. Lo que, justamente, es el tema esencial de la conciencia histórica de José Antonio.
En primer lugar está el sentido de la época. En esto su palabra es categórica, con pluralidad de motivos y reiteración de ocasiones. El alma de su tiempo se le aparece exánime, terminal, postrimera, agonística. Que asistimos al final de una época es cosa que ya casi nadie, como no sea por miras interesadas, se atreve a negar, escribe terminantemente en una ocasión. «Estamos ahora cabalmente al fin de una edad que siguió, tras la Edad Media, a la edad clásica de Roma», dice en una conferencia en 1935. «Concluye una edad que fue de plenitud y se anuncia una futura Edad Media, una nueva edad ascensional», reitera otra vez. Esta conciencia agonística y también premonitoria es típica de la primera línea intelectual europea de los años veinte. La «belle époque» de las decadentes exquisiteces es también la época de la conciencia crepuscular, la inteligencia de la decadencia en profundidad. De una u otra manera, tal es el tema esencial de Spengler, de Berdiaev, de Valéry. Incluso hay que ir mucho más atrás, hasta Kierkegaard y Nietzsche. Es también bajo forma de agonía o de rebelión la cala de Unamuno y de Ortega sobre la epidermis dolorosa de una época en carne viva. Es, desde luego, el tema de incidencia de todo el frente intelectual de la revolución nacional, el tema de Maeztu y Pradera, de Onésimo y de Ramiro Ledesma. Es una gran sinfonía crítica sobre la época declinante que debía conducir, y condujo, a una actitud española ante el sentido de la Historia como provisoria derrota de la cultura. Sobre ese sentido, José Antonio trata de hilar el argumento de comprender en sus desplazamientos más concluyentes el derrotero del siglo. El esbozo ha sido también perfilado reiteradamente por José Antonio con una intensa preocupación de diagnóstico. En general lo ha perseguido por la línea de las ideas, descendiendo de ellas en proyección al terreno de las estructuras, de los procesos, de los hechos sociales. En liza dialéctica, José Antonio se sitúa sobre todo frente a tres hombres: Rousseau, Adam Smith y Carlos Marx. El proceso crítico del mundo moderno es la secuencia de la objetivación ideológica del pensamiento de esos hombres: liberalismo, capitalismo y comunismo. Es un esquema sobre el que después hemos vuelto todos y una vez para comprender la genealogía y la patología de nuestra época. Es hoy ya el gran diagnóstico de Occidente sobre sí mismo. Pero la última y más aguda advertencia de este diagnóstico pende aún sobre nuestras cabezas y es dueña de todas las incógnitas de nuestros destinos. «El capitalismo liberal —dice José Antonio— desemboca necesariamente en el comunismo. No hay más que una manera, profunda y sincera, de evitar que el comunismo llegue: tener el valor de desmontar el capitalismo, desmontarlo para aquellos mismos a quienes favorece, si es que de veras quieren evitar que la revolución comunista se lleve por delante los valores religiosos, espirituales y nacionales de la tradición».
La conciencia histórica de España y de lo español no es en José Antonio un proceso de reconocimiento de lo familiar y de lo íntimo. Es una disposición metafísica ante lo universal; es la toma de una actitud partiendo de la raíz misma del ser histórico de España ante la crisis universal del mundo moderno. En la meditación española de José Antonio se decanta un estilo de ontología histórica que luce en las mentes más egregias al proyectarse sobre el fondo de la crisis de una cultura. La «eterna metafísica de España» está intuida bajo el mismo anhelo de perfección que, salvadas todas las distancias, anima la polis ideal de Platón o la romanitas de Virgilio en las épocas clásicas. Está proyectada con la misma resolución de arquetipo definitivo con que Fichte ha meditado sobre Alemania, Danilevsky sobre Rusia, Bolívar sobre Hispanoamérica. Con el mismo temblor de verdad con que hoy la juventud europea acaricia el gran caleidoscopio cultural de Europa en busca de la ley metafísica de sus simetrías. Así la historia contemporánea de España, la gestación moderna de lo español, es en José Antonio un argumento dialéctico de la negatividad española, cuyo secreto sentido es encender de fe y de pasión a la juventud hispana para una revolución nacional con mensaje universal. Sólo Maeztu, con su filosofía de la hispanidad, y Ledesma, con su propia apologética de los valores hispánicos, le han acompañado en una empresa de tanto alcance. Esta vocación de universalidad de España y esta intuición del momento universal de la crisis española parece que pueden contribuir a sistematizar la visión joseantoniana de la factura y de las facciones de la España ante la que se ha encontrado su generación. Sobre todo se aprecia en él un empeño decidido a insertar en la perspectiva política de los españoles de su tiempo categorías ideológicas y dinámicas sociales de trama universal; es decir, un esfuerzo constante por encontrar la solución española, no como ortopedia doméstica, sino en la vía grande de una misión frente a la encrucijada contemporánea.
En rigor, ni el liberalismo español fue nunca ideológicamente robusto, ni el capitalismo español registra una «época heroica» como la que José Antonio le reconocía en su marcha económica mundial, ni el socialismo español se desplegó bajo la dura disciplina dialéctica del materialismo histórico, como lo demuestra sin más el hecho de que los españoles no hemos dado ni un nombre ni una obra dignos del frontispicio de la barroca antimetafísica del marxismo teórico. El hecho de que, todo ello no obstante, José Antonio emplace sus recursos críticos más agudos sobre el frente general de esas ideologías y de esos movimientos sociales es la señal inequívoca de su pasión por situar a España en posición dinámica dentro de las coordenadas de la época. Y en esto ha hecho José Antonio, por el vuelo de la mentalidad política de los españoles, un esfuerzo definitivo de despegue. Será difícil que en el futuro un mensaje político pueda ya forjarse poniendo la mirada no más allá de las torres familiares de nuestros campanarios.
Se puede hablar, como premisa de la conciencia histórica de José Antonio, de una imagen arquetipo de España, de un sentimiento platónico de la realidad ideal de España. En rigor, para captar los matices hay que repristinar sus propias palabras, aún erosionadas por el uso. En cuanto se entra a su temática con radicalidad son insustituibles. «Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su Patria porque les gusta la aman con voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España». Aquí está planteada, con resuelto maximalismo, la imagen de España como idea pura; la imagen paradigmática de España, la España platónica de José Antonio. No sería difícil demostrar que la soberanía de este arquetipo rige toda la conciencia histórica de José Antonio y compendia toda su tabla de valores frente al acontecer, frente al pasado, el presente y la perspectiva de su empresa política. «Os llamamos a la labor ascética de encontrar bajo los escombros de una España detestable la clave enterrada de una España exacta y difícil». Los adjetivos, que el uso desgasta, descubren ahí, en cuanto se sondea la profundidad del tema, su rigurosa disciplina dentro del mensaje. La realidad esencial de España es una forma exacta, por virtud de la misma pureza de su figura en la Historia. La empresa política que prescribe es, por encima de todo, difícil, por imperio del ideal de perfección que la reclama. La Historia se convierte desde este realismo ideal en una procesión de figuras temporales de España en plenitud y de contrafiguras de España en negación de sí misma. La España clásica y ecuménica, la España imperial y social, la España de los Reyes Católicos y de Cisneros, la España tradicional y misionera, dibujan en la conciencia histórica de José Antonio la efigie más aproximada de perfección. La España previa, la del «pesimismo de lustros», la pintoresca España finisecular, la del «sopor caliginoso en que todos los egoístas de España sólo aspiran a la fiesta», la España en que «nuestro liberalismo político y nuestro liberalismo económico casi se han podido ahorrar el trabajo de descomponerse, porque apenas han existido nunca»; la España de la triste figura deshecha y contrahecha desde 1812 a 1898 marca por contornos en fuga el extravío y la alienación de España. «España se ha perdido a sí misma; ésta es su tragedia». Luego está la España inmediata, la España en trance de decisión definitiva, la última España a la vista de José Antonio. «Se dijera que vivimos una pesadilla o que el antiguo pueblo español (sereno, valeroso, generoso) ha sido sustituido por una plebe frenética, degenerada, drogada con folletos de literatura comunista». Esta es una España degenerada y no sólo decadente. Mas, por eso mismo, aloja la secreta llamada a su «genio subterráneo», a la «vena heroica y militar de España», a la «corriente multisecular que nunca se extingue».
La metafísica de lo eterno contra el movimiento histórico, que está incoada en el pensamiento de José Antonio, encuentra su dialéctica más apretada en unas líneas de un editorial publicado en octubre de 1934, tratando de deducir las consecuencias políticas de la victoria nacional sobre la revolución, con la intuición segura de que el sistema iba a paliarlas o desviarlas. «Las cosas esenciales estaban indefensas, porque temíamos que el defenderlas demasiado resultara antiliberal. Nuestros políticos vivían en la constante zozobra de pasar por bárbaros si se desviaban de los figurines liberales. Así, como palurdos invitados a una fiesta, se ponían en ridículo a fuerza de exagerar la finura de los modales. Nuestra sociedad se había contagiado del mismo espíritu. Por miedo a parecer inquisitoriales, todos nos habíamos pasado de “europeos”. Nadie se atrevía a invocar las cosas profundas y elementales, como la religión o la Patria, por temor de parecer vulgar. Así estaba preparada España cuando la Antiespaña marxista y separatista se desencadenó contra ella. Fuera de nuestro islote, joven todavía, ¿qué reducto de defensa se atisbaba? Y, sin embargo, a la hora decisiva, afloró del subsuelo de España la corriente multisecular que nunca se extingue. Surgió la vena heroica y militar de España; el genio subterráneo de España; el sentido serio y severo de la vida, apto siempre para volver a mirar las cosas a vuelta de aparentes frivolidades, bajo especie de eternidad».
La conciencia histórica de José Antonio se ha volcado entera en la exégesis de esa peripecia revolucionaria y de su respuesta política, lo que él llamó una ocasión de España. El liberalismo o la frivolidad. El marxismo y el separatismo o la revolución negadora de España. Un estudio atento de su vida, de sus fuentes, de sus palabras y de sus escritos, y aún más, de la dirección política de la Falange, demostraría hasta qué punto ese esquema, la gestación liberal del engendro antiespañol, se ha convertido en la médula de su conciencia política. La expresión más aguda del sentido histórico es siempre política. La vocación más firme de oponerse a la marea declinante de los tiempos, a la caída en el derrotismo, se torna una política de gran estilo, una política a la búsqueda de la autenticidad histórica. Una vez que esta nueva conciencia ha encontrado su definitivo contenido y se ha liberado en la expresión, la crónica histórica, la interpretación de lo acaecido, cobra claridad objetiva de mensaje descifrado, de laberinto del que se conoce la encrucijada y la salida. Quizá esto explique, más que nada, la asombrosa serenidad de enjuiciamiento histórico con que José Antonio se define ante las experiencias conclusas, ante la Monarquía, ante la Dictadura, ante la República del 14 de abril.
Esta serenidad no es tan sólo fruto de la objetividad, que a José Antonio le viene de la autenticidad intelectual con que daba frente a la vida. Es, sobre todo, producto de la profundidad de la crítica y de la ambición de la respuesta política que está sugiriendo. Pues fue posiblemente José Antonio el primero en percatarse que la dialéctica monarquía-república, como confrontación de imágenes políticas totales, estaba agotada. Esto no tenía nada que ver con una actitud de indiferencia ante el problema de las formas de gobierno. Esta otra actitud neutralista y ecléctica era un síntoma de aquel agotamiento, de la debilidad de respuesta de las dos líneas del frente clásico de lucha entre monárquicos y republicanos. Tanto desde el punto de vista de las estructuras constitucionales como desde el de la mentalidad de la clase política operante, la Monarquía y la República se habían aproximado peligrosamente, hasta el punto de que su distinción, aparte la simbología, era técnicamente muy alambicada. La misma experiencia española, con la acelerada fusión de los cuadros políticos del antiguo régimen y los de la nueva situación, puso esto de manifiesto, incluso con espectacularidad. El indiferentismo, por tanto, era una expresión consecuente del hecho de que la mentalidad monárquica había admitido una erosión excesiva de su filosofía legitimadora, en tanto que la mentalidad republicana se quería acomodar a un conservatismo de nuevo cuño. En uno y otro caso, la cuestión de fondo, la tarea de acometer una verdadera revolución y de acometerla con sentido nacional, se evaporaba, en tanto que los hechos empujaban hacia una radicalización extremada de las posiciones.
La verdadera conciencia histórica no es retrospectiva. Conseguimos un sentido del pasado sólo cuando ya en nuestro modo de ver palpita la ilusión delicada del futuro. Por esto se ha podido decir que el historiador es un profeta del pasado y se ha podido sostener que toda verdadera historia es, con forzosidad, contemporánea. De la sugestividad del sentimiento histórico de José Antonio es prueba más que holgada su huella sin retoques en la conciencia nacional a lo largo de casi treinta años. En un pueblo como el nuestro, tan enamorado y tan enamoradizo de verdades, esto es imposible de concebir sin un intenso aroma de autenticidad respecto de la conciencia del pasado y del mensaje del futuro. Mas no se trata de esto sólo. Se trata de que nosotros, en este otoño cataclismal de 1961, disponemos ya de una perspectiva histórica, despejada en sus ecuaciones esenciales, respecto del mundo y de España, para el juicio sobre el juicio de José Antonio. Cuando un pensamiento político busca la más ambiciosa legitimación apelando al sentido de la Historia, bien sea para plegarse, bien sea para rectificarlo y orientarlo hacia categorías permanentes de verdad, ese pensamiento no se revalida por fervores y nostalgias. Ese pensamiento está emplazado ante la difícil instancia de los hechos, ante la disciplina implacable del decurso histórico. Y por eso, un tema sobre la conciencia histórica de José Antonio no puede explayarse, ni siquiera en bosquejo, sin proyectarse sobre esa otra dimensión, la dimensión de las vigencias del presente, la dimensión incógnita de los futuribles.
Todo aquel que tenga una conciencia rigurosamente contemporánea del destino del siglo sabe que estamos en el vértice del nihilismo. Sabe que estamos cruzando las décadas cenagosas de una Humanidad que cree poder organizar sus destinos contando con que ha muerto la verdad. Sabe que estamos ahora afrontando el sino jeremíaco de los últimos grandes profetas laicos. De Nietzsche, cuando hablaba del pesimismo moderno como expresión «de la inutilidad del mundo moderno, no del mundo y de la existencia en general». De Kierkegaard, cuando hacía la autopsia de una época en la que la ética parece borrada e impotente ante el movimiento de la Historia. De Spengler, que negaba a los hombres nacidos en la órbita trágica de los años treinta hasta la misma posibilidad de ser felices a cambio de dejarles la dignidad, de recorrer a voluntad, con grandeza o con ruindad, el camino de su vida. De Berdiaev, para quien la historia moderna es una empresa que ha fracasado, con lo que el hombre «siente una inmensa fatiga y está dispuesto por completo a apoyarse en cualquier género de colectivismo, en el que desapareciese definitivamente la individualidad humana».
No se trata sólo de trinos apocalípticos. La inteligencia humana es capaz de todo, incluso de elevar a sistema la dimisión del espíritu. Y no es preciso recurrir al materialismo histórico. Un pensador de la hora, Georges Vallin, ha escrito en el idioma de la razón clara un libro imponente por su sesuda barbaridad, para demostrar que el individuo, considerado como persona, es decir, como hombre propiamente tal, no es otra cosa que aquello en qué y por qué la colectividad y la especie cobran consistencia. Materialismo y colectivismo son así los ejes mentales de un mundo sin espíritu y sin personalidad. De un mundo a base de funciones, de estructuras, de técnicas y de aparatos. De un mundo para el que la verdad es una hipótesis filosóficamente innecesaria.
Ese mismo hombre sabe antes o después la opción, la definición definitiva sobre la verdad como categoría ontológica del sentido humano de la existencia y de la convivencia, habrá de plantearse. Ahora bien, el hombre español cobrará de día en día conciencia cada vez más aguda de que esa definición en el nivel de la verdad es la gran intuición metafísica de José Antonio, la premisa ética que gobierna su respuesta política.
«Nosotros consideramos que el Estado no justifica en cada momento su conducta, como no la justifica un individuo ni la justifica una clase, sino en tanto se amolda en cada instante a una norma permanente. El bien y la verdad son categorías permanentes de razón, y para saber si se tiene razón no basta preguntar al rey —cuya voluntad para los partidarios de la soberanía absoluta era siempre justa— ni basta preguntar al pueblo —cuya voluntad para los rousseaunianos es siempre acertada—, sino que hay que ver en cada instante si nuestros actos y nuestros pensamientos están de acuerdo con una aspiración permanente».
¡Estas son palabras que pertenecen al idioma del futuro, de lo que necesariamente tiene que venir! La estrella de José Antonio no luce sólo por los destellos de fe que busca la Humanidad contemporánea ansiosamente, salvando el abismo incandescente de las ideologías en todo ejemplar humano con luz de autenticidad. Se trata también de la índole del argumento agonal y agonístico que hoy oprime la futuridad del contemporáneo. El hombre de nuestros días es un hombre sin futuro, y a esta mutilación de las dimensiones existenciales de la vida no está acondicionada aún la especie humana. Existe hoy, más que nunca, un futuro sociológico, gregario, planificado. Pero no existe un futuro humano y personal.
Se puede escribir, y se ha escrito, como lo ha hecho Thierry Maulnier, que «hemos entrado en el mundo del terror para años, decenios y más largo tiempo tal vez»; que «tal vez ninguno de los hombres hoy vivientes verá, entreverá siquiera, al extremo de este sombrío túnel, la débil, la imperceptible estrella anunciadora del día». Pues ¿quién ha dicho que los hasta hoy sobrevivientes somos los más afortunados? Hoy no es digno de la palabra aquel que nos promete un paraíso a la vuelta de unos años, ni siquiera aunque sea a la vuelta de veinte años. Pero lo impresionante, para nosotros, los españoles de ayer, de los años treinta y de hoy de los años sesenta, es que José Antonio no fuera visionario de ningún paraíso, sino asceta de un cauterio de la civilización, de una disciplina histórica que hay que aceptar con hombría y con dignidad.
«Pero hay dos tesis: la catastrófica, que ve la invasión como inevitable y da por perdido y caduco lo bueno, la que sólo confía en que tras la catástrofe empiece a germinar una nueva Edad Media, y la tesis nuestra, que aspira a tender sobre la invasión de los bárbaros, a asumir, sin catástrofe intermedia, cuanto la nueva Edad hubiera de tener de fecundo, y a salvar, de la Edad en que vivimos, todos los valores espirituales de la civilización».
Volvemos aquí a descubrir en todo su vigor la conciencia histórica joseantoniana. El sentido de la Historia es un puro precipitado de pasividades, pero el señorío sobre el acontecer y sobre el devenir es un atributo esencial de la criatura libre, capaz de aceptar todos los retos y de salvar en todo lo que es de suyo perenne. Es claro que al hombre enfermo del día, con oído aguzado sólo para el sonido metálico de la moneda, todo esto puede sonar a lírica sin sistema. Hablando de José Antonio lo importante no es el sistema, apenas vertebrado (lo que no es demasiado grave), pues, como Eugenio D’Ors decía: «Un hombre con sistema es un hombre intelectualmente acabado»; lo importante es la manera de ser, la actitud y, apurando las exigencias, la actitud ante el movimiento histórico. Y ¿puede alguien dudar de que lo que hoy necesitamos es, antes que nada, una actitud señorial y libre frente a los fatalismos discurridos ya con alma de esclavos?
José Antonio no es un historiador. El de historiador es un oficio noble, pero sin poesía. La vida transcurrida no es nunca poética o lo es en la forma más enfermiza de poesía, que es la nostalgia. La vida por transcurrir, la vida abierta, es la que necesita de poesía. José Antonio es un poeta de la Historia por la fecundidad de su don de pensar. Ha escrutado los grandes fastos del pasado español y la gris ignominia de una gran patria cansada, dividida, envenenada; pero no lo ha hecho con vocación de académico, sino con una impresionante ilusión creadora, pues poesía es, de suyo, creación.
Cuando lo rememoramos hoy, a los veinticinco años del magnicidio, la cuestión no es tanto preguntarnos hasta dónde hemos alcanzado siguiendo las sendas de su mensaje: la verdadera cuestión, la cuestión universal de España es hasta dónde, partiendo de cuanto ha sido hecho bajo su signo, podemos alcanzar para la plenitud de ese mensaje.
Lo que está también en sus palabras. «Todo lo que habéis oído de España eran conclusiones pesimistas; estábamos atrasados y casi muertos. Pues bien, eso es mentira. Sabed que ahora, cuando el mundo se encuentra sin salida, asfixiado por esos adelantos con que se nos humilla, España es la que vuelve a tener razón contra todos. Mientras otros pueblos padecen la angustia de no tener ya nada que hacer, España tiene por delante tarea para cuarenta millones de españoles que han de llegar a existir durante ochenta años».
