INTRODUCCIÓN
Desde su fundación en 1879, el Partido Socialista Obrero Español asumió explícitamente el marxismo como marco doctrinal y horizonte estratégico. La crítica radical al capitalismo —concebido como sistema de explotación estructural— implicaba, en coherencia con la ortodoxia marxista de la época, la aspiración a su superación revolucionaria. El régimen liberal-monárquico era interpretado como instrumento político al servicio de la dominación económica burguesa, y por tanto llamado a desaparecer junto con ella.
El socialismo español no entendía la revolución como un acto improvisado, sino como culminación de un proceso histórico inevitable. Según esta lectura, el propio desarrollo del capitalismo generaría las condiciones objetivas para su derrumbe: concentración de riqueza, toma de conciencia proletaria y polarización social. El partido debía organizar, disciplinar y preparar a la clase trabajadora para el momento decisivo.
Sin embargo, junto a esa estrategia evolutiva convivieron episodios de impaciencia táctica y retórica de confrontación. Las declaraciones de Pablo Iglesias en 1910, la huelga general revolucionaria de 1917 y los artículos de Largo Caballero en los años veinte muestran que el recurso a la violencia no era descartado como instrumento político. Para parte de la dirigencia socialista, la ruptura de la legalidad vigente por las clases dominantes legitimaría la acción insurreccional obrera.
La continuidad doctrinal entre estos planteamientos y la actuación del socialismo en los años treinta —especialmente en el contexto de 1934— ha sido objeto de amplio debate historiográfico. Lo cierto es que la convicción revolucionaria formó parte constitutiva del imaginario político de una parte relevante del PSOE durante décadas.
Desde su fundación en 1879, el Partido Socialista Obrero Español se dispuso a difundir entre las clases trabajadoras el pensamiento marxista en el cual se inspiraba oficialmente su programa y, sobre todo, su actuación y puesta en práctica. Para los socialistas, el capitalismo ejercía la opresión clasista y la explotación económica sistemática de los más, en beneficio exclusivo de los menos. Por consiguiente, el sistema político monárquico de democracia liberal que servía de entramado de sustentación a la alienación económica vigente debía ser abatido como paso previo a la instauración revolucionaria de un orden socioeconómico justo. El socialismo era consciente de que las grandes transformaciones no podían llevarse a cabo con precipitación, ni siquiera con razonable rapidez; pero también afirmaban indubitadamente que la dinámica interna del propio capitalismo favorecía su propia desaparición porque, paulatinamente, sentaba las bases para la toma de conciencia de los desposeídos. La ortodoxia marxista de Pablo Iglesias Posse y de sus continuadores implicaba su convencimiento de la natural evolución hacia la revolución. El Partido debía implicarse en tal evolución alistando y disciplinando a los trabajadores en las filas socialistas, de forma que estuvieran listos para abanderar la emancipación proletaria cuando las condiciones objetivas lo permitieran. Ese momento llegaría cuando las clases explotadoras, atemorizadas por la evolución de las relaciones de producción y las conquistas de derechos por parte de los trabajadores, decidieran recurrir a la fuerza para detener e invertir el desarrollo evolutivo. Esa ruptura de la propia legalidad capitalista haría las veces de banderazo de salida para el recurso a la violencia proletaria y la revolución socialista.
No obstante lo anterior, en los comienzos del siglo el fundador del PSOE dio muestras de una cierta impaciencia en su táctica evolutiva: pareció ansiar el apresuramiento del proceso revolucionario mediante el recurso a la violencia terrorista. El 7 de julio de 1910, en el Congreso de los Diputados, Iglesias hacía uso de la palabra para criticar ácidamente las políticas ejecutadas por Antonio Maura -jefe del Partido Conservador- cuando presidía el Consejo de Ministros:
«El compromiso adquirido por esta conjunción cuando el Sr. Maura seguía en el mando, era derribarle del Poder, considerarle un peligro para los intereses del país, para la libertad, para todo lo que aquí debemos defender. Y no solamente derribarlo, sino trabajar para impedir que S.S. pudiera volver a él. Y como entendíamos que podía no bastar esto y además había otras razones, como garantía de que S.S. no vuelva al Poder, ya que S.S. entiende que no se debe retirar de la política. viendo la simpatía, viendo la inclinación del régimen hacia S.S., comprometernos para derribar ese régimen. (…) Tal ha sido la indignación producida por la política del Gobierno presidido por el Sr. Maura en los elementos proletarios, que nosotros, de quienes se dice que no estimamos a nuestra Nación, que no estimamos los intereses de nuestro país, amándolo de veras, sintiendo las desdichas de todos, hemos llegado al extremo de considerar que, antes que S. S. suba al Poder, debemos llegar hasta el atentado personal [1]».
En 1917 el Partido Socialista y la UGT acordaron la convocatoria de una huelga general revolucionaria y, por tanto, de carácter indefinido. En la Casa del Pueblo de Madrid se celebró un acto público en el que correspondió a Julián Besteiro leer el manifiesto. El 28 de marzo, la prensa del PSOE daba cuenta de sus palabras:
«Se nos ha llamado profesionales de la revolución. No lo rechazamos y nos honramos con ello. El ejercer una profesión no es deshonroso, a no ser que esa profesión sea la de ser ministro del rey (…) Yo me proclamo desde aquí, y me honro con ello, profesional del proletariado revolucionario.
(…) En esta guerra se ha librado una guerra contra el imperialismo y ese imperialismo, incompatible con los tiempos, ha sido contestado con la revolución, y ahí está la realidad en Rusia y, probablemente, en Alemania, confirmando estas palabras.
No es esto decir que estemos nosotros al margen de la revolución, pero a los países neutrales tiene que llegarles también su hora. Estemos todos preparados, entremos en el fondo de nuestras almas para descubrir lo que haya en ellas de grande y ponerlo al servicio del proletariado y de la humanidad [2]».
Santos Juliá cita varios artículos [3] redactados por Francisco Largo Caballero y publicados en El Socialista, entre octubre de 1920 y julio de 1921 sobre la lucha de clases y la revolución que condensaban opiniones compartidas por los dirigentes socialistas. Cuando la clase trabajadora hubiera «alcanzado el grado de capacidad suficiente para impedir un retroceso en la obra realizada», sonaría la hora de «la revolución proletaria, o sea, la socialización de los medios de producción». La revolución se llevaría a cabo mediante la acción violenta, sin duda alguna recurso necesario de la clase obrera para oponerse a los reaccionarios, «sus verdaderos provocadores». La violencia, no sería más que una desgracia producida por la locura de la burguesía. Leídas estas ideas con la perspectiva que el transcurso de tiempo nos ofrece, necesariamente habremos de reconocer la firmeza y coherencia del pensamiento de Largo y, en general, de la dirigencia del PSOE. Es incuestionable la continuidad de aquellos planteamientos de la segunda década del siglo pasado con los mantenidos en los años treinta y que condujeron hacia la sangrienta sublevación de 1934, como vimos en el Capítulo 3.
[1] Diario de Sesiones de las Cortes (7-7-1910). (19), p. 439.
[2] El mitin de anoche (28-3-1917). Madrid, El Socialista, p. 2.
[3] JULIÁ DÍAZ, Santos (2000). “Preparados para cuando la ocasión se presente”: los socialistas y la revolución, en JULIÁ DÍAZ, Santos (Dir.) Violencia política en la España del siglo XX. Madrid, Taurus, p. 159.
CONCLUSIÓN
La convicción revolucionaria socialista no fue un episodio coyuntural ni un desliz retórico, sino un elemento estructural del ideario del PSOE en sus primeras décadas. Inspirado por la ortodoxia marxista, el partido entendía la historia como un proceso de confrontación de clases cuyo desenlace natural sería la revolución proletaria.
Si bien la práctica política osciló entre la participación institucional y la retórica insurreccional, numerosos textos y pronunciamientos evidencian que la violencia era concebida, en determinadas circunstancias, como recurso legítimo frente a la “reacción burguesa”. Esta coherencia doctrinal ayuda a explicar la radicalización de parte del socialismo español en los años treinta.
Comprender esa convicción revolucionaria resulta imprescindible para analizar la crisis del sistema liberal en España y la creciente polarización que desembocó en la fractura definitiva de 1936. Sólo desde esa perspectiva histórica amplia puede evaluarse con rigor el papel desempeñado por el socialismo en la convulsa primera mitad del siglo XX.
