POR entonces se veía ya muy poco en el Centro a Ledesma Ramos. Tenía su despacho independiente y trabajaba con los Sindicatos, realizando una labor sospechosa en contra de José Antonio y de la disciplina interna de la Falange.
Hasta la aparición en septiembre de 1939 del libro de Francisco Bravo sobre José Antonio ha habido el criterio de callar sobre este episodio íntimo y doloroso de la Falange. Bravo ha puesto el dedo en la llaga, sin apretar en ella. Yo no estoy lo suficientemente informado para hablar con detalles del asunto, pero sí poseo algunos que creo mi deber hacer públicos, ya que ha habido un momento en que, muertos por España José Antonio y Ramiro, se intentó hacer «ramirismo» como a fines de 1934, probablemente, como entonces, con no muy buenas intenciones para la Falange. Conste ante todo que, aunque yo no niego jamás mi fe y mi admiración fanáticas por José Antonio, no he sido en ningún momento enemigo personal de Ledesma Ramos, a quien apenas conocía. Y que al hablar de este episodio de tipo humano a los que por su humanidad no podía sustraerse la Falange, no puede moverme ninguna hostilidad a quien después de dar magníficas consignas a las J. O. N. S. y a la Falange, y escribir el soberbio Discurso a las juventudes de España, murió asesinado por las hordas rojas en Madrid. Por el contrario, con todos sus defectos humanísimos -vanidad, ambición, soberbia, indisciplina-, Ledesma ha sido uno de los hombres más extraordinarios de la Falange y su pérdida para el Movimiento fue sinceramente deplorada por el mismo José Antonio.
Hay quien opina que no se debe hablar de este episodio. Yo, por el contrario, pienso que la Historia de nuestra Falange debe hacerse total, pues no ha habido partido en el mundo que no haya tenido sus crisis internas. Cuando se haga -por quienes la conocen día por día- la gran Historia de la Falange, se precisarán grandemente cosas del «secreto del sumario» que yo, por mi condición de simple escuadrista, no obstante mi amistad con José Antonio, no puedo conocer como un miembro de la Junta Política -Alfaro, Sainz, Sancho Dávila- un Consejero de la gran intimidad de José Antonio -Gaceo o Sánchez Mazas- o el propio Secretario General de entonces -Raimundo Fernández-Cuesta-. Mi versión se reduce a cosas sueltas oídas a José Antonio, a Mateo y a otros camaradas sobre el asunto. Del propio José Antonio hay un documento auténtico que, por la violencia del lenguaje, inusitada en él, demuestra hasta qué punto de gravedad habían llegado las cosas en el seno de la Falange. Es el «entrefilet» titulado AVISO A LOS NAVEGANTES. ARTE DE IDENTIFICAR «REVOLUCIONARIOS», aparecido en el primer número de Arriba, al que más adelante habré de referirme («El episodio de la expulsión de Ramiro tiene su origen en la envidia personal que sentía por José Antonio, nacida quizá de las diferencias de origen, ambiente y educación. Era la expresión en la Falange de la lucha de clases, que en España envenenaba todas las actividades. Eso, unido a la difícil situación económica de Ramiro, le hacía apto para ser instrumento de los partidos derechistas, que deseaban sembrar la cizaña en nuestras filas.» (Carta citada de Fernández-Cuesta del 9 de febrero de 1942)).
En el libro de Bravo tantas veces mencionado se historia un poco deshilvanadamente esta crisis interna de la Falange. Por él sabemos cómo los propios «jonsistas» estimaban indispensable para nuestra disciplina la unidad de mando y que esta unidad recayera precisamente en José Antonio, por su talento, su prestigio personal y su condición de Diputado a Cortes, que facilitaba grandemente la difusión de nuestro ideario y permitía resolver numerosísimas «pegas» que continuamente nos planteaba la arbitrariedad gubernamental. Ledesma Ramos, que desde antes de la fusión de F.E. y J.O.N.S. desconfiaba de José Antonio «por señorito» -Ledesma tenía el complejo demagógico de creer necesario para una Revolución Nacional el tipo de jefe proletario- desconfió, luego de hecha aquélla, por advertir en las dotes personales de José Antonio la imposibilidad de evitar la recaída en él del caudillaje del Movimiento nacionalsindicalista. «Si José Antonio no sirve, se le echa, se le inutiliza totalmente en política y se le sustituye», pensaba. Pero José Antonio servía. La inteligencia clarísima de Ledesma advirtió en seguida que de su personalidad irradiaba un algo congénitamente fascinador, imposible de superar por nadie. José Antonio había nacido César y los demás tenían que afanarse para lograr la prestancia y el esplendor físicos que en él eran tan naturales como su voz. No se puede improvisar algo que sustituya toda la depuración de una raza aristocrática afinada en el culto de la Cultura y la Distinción. La intuición de Ledesma, enamorado de su creación jonsista, le hacía ver cómo aquellas Juntas por él concebidas alzaban el brazo enronqueciendo de gritos por el nuevo Caudillo. Como cada palabra de José Antonio parecía encendida de luces y promesas deslumbradoras, y cada gesto suyo tenía la plástica de los altorrelieves en que están presentes los héroes eternos, lo más viejo de la guardia jonsista febril de su elocuencia y presencia suntuosas, se disponía a morir, más todavía que por la idea del Partido, por la mística del Jefe. Es humanamente disculpable el recelo de Ledesma Ramos. Y lógico también que ese recelo tratara de impedir lo que se presagiaba inminente: la Jefatura única de las Falanges de jóvenes heroicos de toda la Nación, dispuestos a morir a sus órdenes por la España Una, Grande y Libre que Ledesma había sido el primero en concebir. La gran equivocación de Ledesma consistió en no aceptar la consumación de aquel hecho, sacrificando a la realidad y a la necesidad imperiosa del Movimiento cualquier impulso normal de su justa soberbia creadora. Ledesma se aisló del mando político de la Falange, intentando trabajar con las posibles pasiones humanas de algunos íntimos colaboradores de José Antonio. Lo más triste de todo fue que Ledesma, procedente de campos ideológicamente avanzadísimos, no pudiendo volverse a ellos, trató de enderezar la actividad de los Sindicatos Nacionales hacia los partidos de ultraderecha, conducidos por la reacción y la incapacidad revolucionaria. Ello movió a José Antonio a escribir el «aviso a los navegantes» antes citado, cuando Ledesma inició contra José Antonio y otros dirigentes falangistas la publicación de su semanario -La Patria Libre-, encaminado a combatir a la Falange… ¡en nombre del nacionalsindicalismo!
Los escuadristas tuvimos noticia de la decisión del Jefe de expulsar a Ledesma una mañana de domingo de diciembre en que habíamos sido convocados en el jardín de Riscal para ser revistados por el Jefe y por el Teniente Coronel Rada, que aún era Jefe de Milicias. Al llegar, nos anunciaron que la revista se había aplazado. El revuelo que había por el Centro nos hizo sospechar alguna novedad grave. Algún camarada con motivos para estar bien enterado nos anunció que se había descubierto una conjura para sublevar contra el Jefe a los Sindicatos, y que el cabecilla de aquella conspiración era Ledesma Ramos (Fueron los camaradas Fernando de Castro, Manuel Veglison y Bartolomé Mostaza quienes avisaron a José Antonio del intento de escisión de la Falange preparado por Ledesma.). A quienes no teníamos por entonces idea de las interioridades del Mando nos sorprendió muchísimo. Pero nuestro informador nos dijo: «Tenía que suceder un día u otro. Cuanto antes, mejor. No importa que seamos pocos, pero bien avenidos y sobre todo sin coquetear con las derechas.» Algunos opinaban que Ledesma debía ser castigado con toda dureza, considerando que la indeferencia con que se había acogido la primera escisión de Moreno Herrera alentaba las rebeldías. José Antonio tuvo que usar de toda su autoridad y energía para impedir una sanción contra él.
Al día siguiente de aquel domingo de diciembre en que se decretara la expulsión de Ledesma, aprobada por toda la Falange -incluso por el 95 por 100 de los viejos jonsistas-, José Antonio se dirigió a los Sindicatos, que estaban en un pabellón diferente de Marqués del Riscal. Atravesó el jardín acompañado de sus fieles camaradas de todas las horas. El local de la Central Obrera Nacionalsindicalista estaba lleno de obreros revolucionarios, preparados para la explosión por la palabra ardiente, tajante y gutural de Ledesma Ramos y la dureza conceptual de Sotomayor. Ellos, que habían vuelto los ojos dolidos de las desesperanzas marxistas o anarquistas hacia la clara luz de la Falange, se creían engañados también por José Antonio, a quien algunos pintaban como «un señorito de cabaret». Esta insidia, fácil de creer por los «señoritos», ¿no iba a prender con más facilidad en los violentos obreros de nuestra Central? Al ver a José Antonio empezaron a gritar desaforadamente, intentando desviarle por la coacción de su propósito de hablarles. Hubo gritos de «Fuera los señoritos» y otros muy poco gratos y no menos injustos para los oídos de aquel hombre, entregado por voluntad propia a la áspera misión de buscar para todos los españoles -y sobre todo para quienes difícilmente podían conseguirlos en la encrucijada histórica de España- el sabor del Pan y la tranquilidad de la Justicia de una Patria Grande y Libre. José Antonio no se inmutó. Tenía hecha el alma a todas las ingratitudes y a todas las incomprensiones. Y aun cuando después nos haya dicho algunas veces que fue aquel momento, al enfrentarse con cuatrocientos hombres hoscos y malvestidos que le denostaban ferozmente, cuando su ánimo y su temple, serenos siempre, flaquearon un poco, su fuerza de voluntad se impuso y, apartando de un empellón a quienes le negaban la entrada en el recinto sindical, avanzó hacia el centro de la estancia con su eterna actitud majestuosa. No iba con la camisa azul y proletaria, sino con su traje gris de magnífico corte, su camisa blanca impecable y sus manos cuidadas de aristócrata. Una escena parecida había sido vivida años antes en Milán -el 24 de noviembre de 1914- por Benito Mussolini, cuando sus propios y fanáticos partidarios socialistas le expulsaron del partido, acusándole de «vendido», en medio de un tumulto horrible de injurias y de amenazas. «Me odiáis hoy porque me amáis todavía. Me echáis de vosotros porque no me comprendéis», dijo Mussolini. José Antonio pronunció estas solemnes palabras:
«-Quizá salga muerto de este cuarto. Pero lo que aseguro es que antes de matarme habréis oído a este señorito.» Su mágica presencia física y su impecable palabra, sin un trémolo en la voz, sin una bravata ni una adulación de más, sin un acento de sinceridad de menos, convencieron rápidamente a aquellos camaradas a quienes se había tratado de desviar. Al cabo de un cuarto de hora de explicaciones leales de conducta, cara a cara de los exaltados nacionalsindicalistas, José Antonio abandonaba la Central obrera en un bosque de brazos alzados y un clamor de vítores a su figura señorial. La posibilidad de división en la Falange había fracasado definitivamente. Bajo el mando de José Antonio jamás volverían a producirse corrientes escisionistas. La Falange entera sintió a su Jefe cada vez más en el alma, y aun cuando alguna discrepancia se produjera entre José Antonio y ciertos jerarcas del Partido -que nunca llegaron a entenderse totalmente con el Jefe por pequeñas vanidades personales-, ni un momento siquiera volvió a peligrar la sagrada unidad. La separación -poco después de la expulsión de Ledesma Ramos- del Teniente Coronel Rada, de los hermanos Ansaldo y de algunos otros que prefirieron seguir la bandera de la Restauración monárquica a la bandera de la Revolución Nacionalsindicalista, se hizo de manera cordial y llena de respeto humano y mutuo afecto. Al llegar momentos de gravísimo peligro para algunos falangistas -el atentado contra Jiménez Asúa y las violencias: frentepopulistas- los hermanos Ansaldo, dando pruebas de caballerosidad y camaradería inolvidables, ofrecieron sus avionetas particulares para salvar a algunos de los nuestros. ¡Y quién sabe también si era en alguna de ellas en la que esperaba llegar José Antonio a la Ciudad Universitaria el día que estallase el Movimiento!
La expulsión de Ledesma y sus secuaces suscitó algunos comentarios -malévolos en su mayoría- en la Prensa madrileña. A uno de buena fe, de nuestro camarada Federico de Urrutia en Informaciones, salió al paso José Antonio con la siguiente carta:
«Madrid, 19 de enero de 1935. Sr. D. Juan Pujol, director de Informaciones. Madrid.
Mi querido amigo: Agradezco mucho la información que en el número de anoche me dedica Federico de Urrutia, y estimo en lo que vale la acogida que usted le dispensa. Pero como en medio de los aciertos del trabajo hay un punto algo confuso que pudiera originar malestar entre algunos de nuestros mejores militantes, le agradeceré muy de veras la aclaración siguiente:
El elemento indeseable que se introdujo en la Falange de las J. O. N. S. no consistía en “una legión de indocumentados procedentes del campo marxista”, perjudicial para “toda esencia pura, mística y profundamente española de nuestro movimiento”. Los antiguos marxistas incorporados a la Falange de las J .O. N. S. se conducen de un modo intachable y han aportado el sentido profundo de totalidad y de disciplina que en los medios marxistas se adquiere. Lo malo era un grupo -no legión- de gentes cultivadas, fuera de todo ideal político, en los fondos infrasociales más turbios de la vida humana. Estos elementos. revolucionarios de alquiler, son los que han tenido que salir de la Falange de las J. O. N. S., no por establecer unidad de pensamiento, nunca rota entre nosotros, sino por higiene (Algo por el estilo -más fuerte todavía- diría en una circular a los Jefes provinciales y en una carta -inédita- a Sancho Dávila fechada el 17, fecha en la que redactó también una nota para La Época, aparecida el 18.).
Así, resulta que “todos” los antiguos jonsistas y “todos” los obreros de los Sindicatos nacionalsindicalistas se han quedado con nosotros, sin que llegue a dos docenas en toda España el número de las defecciones.
Mil gracias por la publicación, que le ruego, de estas aclaraciones y disponga de su siempre buen amigo, José Antonio Primo de Rivera.»
* * *
Suspendido F.E., Libertad, el órgano oficial de las J. O. N. S. de Valladolid, publicó el 21 de enero el siguiente editorial:
»A partir del lunes anterior se ha visto sorprendida la opinión con una noticia tan desfavorablemente acogida por la masa nacional como grata a la Prensa inmunda, de que se separaban Falange Española y las J. O. N. S.
»Podemos afirmar rotundamente, sea cualquiera el juicio que tengamos de personas y hechos en concreto, esta verdad, que ante todo importa publicar y servir: No hay separación.
»Si a alguien le cabe duda, asómese al comentario del acto de ayer mismo en Valladolid. Allí estaba presente la mayoría del movimiento en nuestra ciudad, baluarte del jonsismo. Allí habló el Jefe de Falange Española de las J. O. N. S. y figuró a su lado nuestro Director, Onésimo Redondo. El entusiasmo de los mil estudiantes que llenaban el “Hispania”, la perfecta coincidencia de los que hablaron y el sentir unánime de los aplausos y vítores bastan para proclamar que las J. O. N. S. de Valladolid confirman con hechos lo invariable y perpetuo; no hay ni puede haber, ni habrá jamás, división verdadera en el cuerpo ni en la fe. Las J. O. N. S, no pueden separarse de sí mismas. Todas forman y formarán siempre una Falange nacional.
»No hemos de entrar, por no ahondar una herida que nos afecta, en el comentario de ese lamentable cruce de notas habido en la Prensa madrileña. Y eso que nos importan aclaraciones de trascendencia, para las cuales habrá tiempo. Lo que nos interesa urgentemente es proclamar cómo los hechos se han puesto en Valladolid rápidamente por encima de cualquier apariencia o intento de separación. Nadie, en Valladolid, se ha separado del movimiento “uno e indivisible”, como dijo Primo de Rivera ayer, con el aplauso delirante de la multitud toda.
»El tiempo dará lugar a toda clase de aclaraciones y fructuosas perfecciones de conducta. Entonces se verá que en las J. O. N. S. no ha habido división, ni puede haberla, por la sencilla razón de que quien la intente se queda sin masa jonsista. Y como entre nosotros no tienen sentido las actitudes que no van nutridas del pueblo, dicho está que no hay disolución posible donde la masa aparece compacta y decidida, con una sola fe, una misma organización y una misma trayectoria.»
No obstante las rotundas afirmaciones de Libertad y las de José Antonio en la Prensa de Madrid, Ramiro Ledesma continuó su campaña, con la que sólo consiguió provocar ironías fáciles de los diarios izquierdistas y cohesionar el espíritu de la Falange.
«LA PATRIA LIBRE» DE LEDESMA RAMOS
Quienes veneran la memoria de José Antonio deben refrescar la suya leyéndolos para admirar una vez más su serenidad al oponerse a toda represalia contra Ramiro y sus huestes. Y quienes no lo veneren, pero tengan interés por conocer su figura humanísima, deben también leerlos para darse cuenta de la intensidad de sus amarguras íntimas sufridas por el amor de España.
José Antonio hubiera preferido marcharse de la Falange a su gabinete de estudio confortable y lleno de sus libros queridos. Pero comprendía que quienes por la izquierda o por la derecha le clavaban en la cruz de la permanencia en la lucha por España, y quienes le daban para los labios secos la hiel y el vinagre de la injuria o la calumnia, no hacían más que ensalzarle al puesto a que el Destino le había llamado: al puesto de mártir y de héroe, de profeta y de definidor de las más profundas y graves verdades. ¡Qué pocos de sus perseguidores han entrado en la Inmortalidad con el derramamiento de su sangre! ¡Qué pocos de cuantos le llamaban ensayista o incapaz, jefe de pistoleros o ridículo burócrata han sabido dar su pecho a las balas, no ya en una prisión de la que la suerte les había librado, sino en el campo de batalla, donde tantos obreros, estudiantes y campesinos de las Juntas espontáneas, alegres y claras o de la Falange «cerebral, intelectualoide, sin emoción popular, sin aire de la calle, sin sabor ni color», han caído con su imagen en ese bolsillo de la camisa azul que cubre precisamente el corazón! Tan pocos como tantos han sido los que han sentido la mayor emoción de su vida al trasladar sus restos sagrados por la sagrada tierra de España, sobre unos hombros vencidos de dolor.
Es amargo remover estos hechos. Pero no podría ser completo el esbozo de una figura de José Antonio sin recoger un poco del fango con que trataron de salpicarla. Sin tratar, naturalmente, de juzgar la actuación en aquel momento de algunos ofuscados -que más tarde han vuelto al buen camino y han cantado las alabanzas del Jefe, de la Falange y del espíritu falangista-, no hay otro remedio -por la pasión de José Antonio que dicta este libro y por rigor histórico- que seleccionar algunas páginas de La Patria Libre para hacer ver cómo es falible el juicio de los hombres, aun cuando sean indudablemente inteligentes.
Como muestrario variado de aquella Patria Libre de Ramiro Ledesma, se copian a continuación unos cuantos artículos, que los lectores juzgarán por sí mismos.
Patria Libre, 16-2-35
«MANIFIESTO DE LAS J. O. N. S.
»A todos los militantes, a los obreros de la Central Nacional Sindicalista y a toda la opinión nacional de España. »Camaradas:
»Hecha pública nuestra ruptura con Falange Española, nos apresuramos a ampliar las razones y los móviles de una decisión tan importante. Nadie puede olvidar, y menos que nadie nosotros, que las J.O.N.S. descubrieron a los españoles las perspectivas nacionalsindicalistas, desarrollándolas teóricamente, como un camino recto hacia la conquista de la Patria justa y grande.
»Pues bien, hacía ya algún tiempo que nosotros -fundadores del nacionalsindicalismo- veíamos con angustia que en el seno de la Falange, y debido a los errores y al espíritu desviado de Primo de Rivera, era cada día más difícil laborar con eficacia por el triunfo y la Victoria de nuestras ideas de siempre.
»Veíamos nosotros, y con nosotros la opinión popular de España, que el nacionalsindicalismo que decía defender Primo de Rivera era un truco ingenuo, una ficción sin jugo, cuyo sostenimiento por parte nuestra nos convertiría en verdaderos cómplices de una farsa contra el autentico sentido nacional y popular de nuestra doctrina. Correspondía a las J. O. N. S. revolverse contra ese simulacro, y a nosotros, como dirigentes jonsistas, el deber, el valor y la decisión de denunciar ante el Partido una situación así y ponerle remedio.
»Hemos puesto siempre tal emoción y sinceridad en la propaganda nacionalsindicalista, teníamos y tenemos tan intensa fe en que por esta ruta alcanzarán una meta triunfal los destinos históricos y económicos de España, y disponíamos, en fin, de un bagaje combativo, de una histórica y lenta elaboración de la doctrina, de una actividad laboriosa y espinosa agitación, que no podrá nadie discutimos el derecho a vigilar, controlar y dirigir en España la ruta del nacionalsindicalismo. No podía todo esto jugarse a una carta de frivolidad vanidosa, como es notorio ocurría estando la bandera de las yugadas flechas nacional-sindicalistas en manos de Primo de Rivera y de sus amigos de Falange Española.
»Nuestra posición es firme. Y la asistencia de los grupos de camaradas en quienes permanece arraigada una inquebrantable decisión de triunfo está asimismo fuera de toda duda. Las masas universitarias, los obreros de la Central nacionalsindicalista, los grupos veteranos de las J. O. N. S., con sus jerarquías y su disciplina de siempre, nos siguen en pleno. Y junto con todo eso, la expectación popular en torno a nuestros propósitos, que son hoy la única esperanza de los españoles sin pan y sin justicia, sitúa a las J. O. N. S. delante de un espléndido panorama victorioso.
»Renacen las J. O. N. S. en una hora culminante de España. Tenemos plena conciencia del momento, así como de la inmensa responsabilidad y de la gran tarea que corresponde a quienes esgriman hoy ante España una decidida voluntad de salvarse como pueblo grande y libre. Sabemos que ese ejército de salvación necesita estar formado por filas de gran temple. La empresa es gigantesca y de volumen enorme. Por eso las J. O. N. S., en esta etapa nueva y definitiva que comienza, pondrán especial empeño en dirigirse a los sectores sociales donde aniden y residan las reservas más valiosas y profundas de España. Adelantamos aquí la convicción de que es principalmente entre los trabajadores y entre las proletarizadas clases medias donde hay que buscar el aliento y la colaboración activísima que precisamos. En ellas confiamos y a ellas entregamos, en definitiva, nuestro destino y el destino nacional de España.
»Las J. O. N. S. reafirman, pues, su fidelidad de siempre al nacionalsindicalismo, que ellas, y sólo ellas, representan. Nos organizaremos de un modo sencillo. Habrá en la cúspide de las J. O. N. S. no un jefe, sino un férreo Comité Central o Junta Nacional de cinco miembros, a cuya disciplina deben estar sometidos sin reservas todos los organismos jonsistas. Modificaremos los estatutos antiguos de las J. O. N. S. en un sentido de agilidad y sencillez. Mientras tanto, los grupos provinciales y locales funcionarán con arreglo a las normas provisionales que los dirigentes señalen en cada caso.
»LA PATRIA GRANDE, esta primera etapa, que es de reorganización, a la vez que de liberación de las ineptas jerarquías de F. E., será corta y breve. Pues no hay que olvidar la misión fundamental nuestra, la gran empresa jonsista que nos espera a todos. Ramiro Ledesma Ramos Secretario General de las J. O. N. S.»
* * *
Patria Libre, 16-2-35
«LA LIBERACIÓN DE LAS J. O. N. S.
»Al fin, las J. O. N. S. se separan de la Falange. A ella se unieron con desinterés y con esperanza hace ahora un año, tras de un Consejo Nacional, pleno de idealismo y espíritu de sacrificio, en el que tuve la suerte de participar. Y ahora, con desinterés y con esperanza, tomamos cada uno nuestra ruta.
»Con “desinterés”, porque nos volvemos a las tareas heroicas y austeras, de las que nunca debimos apartarnos. Con “esperanza”, porque creemos, con esta actitud radical y con esta acción quirúrgica -de cortar por lo sano-, salvar la bandera de la juventud nacional. Banderas que a jirones iba dejando en el camino, sin querer, el que tomamos por guía.
»Era necesario que las J. O. N. S. se liberaran del lastre de la Falange, a cuyos hombres creímos, ingenuamente, un día que íbamos a asimilarles el espíritu nacionalsindicalista. Yo llegué al convencimiento terminante de que esta separación era necesaria precisamente en una ocasión en la que comí con Primo de Rivera y Sánchez Mazas. Durante la comida se habló largo y tendido y muy claro. Allí pude apreciar que el pueblo, como tal, no contaba nada: el pueblo es un rebaño, la masa es inconsciente. La Falange no será nunca un movimiento de masas, auténticamente popular, y, por el contrario, según perfilaban en la intimidad de la sobremesa, sería un movimiento de minorías selectas que un día -no me explico cómo- dirigiría al pobre populacho por los caminos de la victoria. Falange Española iba a ser -comencé a ver claro- el producto inerte de una inteligencia ordenada. Un “movimiento” cerebral, intelectualoide, sin emoción popular, sin aire de la calle, sin sabor ni color, alejado de la realidad. Todo lo contrario, en fin, del espíritu de nuestras espontáneas Juntas de Ofensiva.
»Y ya desde ese día todo ha sido para mí una amarga ratificación. El partido en Madrid era una perfecta máquina burocrática, sin calor; todo estaba -es verdad- perfectamente reglamentado: horas de despacho, orden de visitas, deslinde de atribuciones, jefaturas -el que esto suscribe lo era de publicaciones-, inspecciones, secretarías… pero el aparato burocrático asfixiaba a lo popular, y allí, poco a poco, nos íbamos apagando todos, y nuestras ilusiones y nuestros desmedidos afanes íbamoslos guardando en el “cuarto de los trastos rotos”.
»Habíamos querido darnos por decreto un “jefe”, nada menos, y le dimos tantas atribuciones –“todas”- como no las ha tenido en el mundo jefe de partido alguno. Y todo tenía que recibir su autorización, hasta el límite de necesitarse para mover una mesa de una habitación a otra. Y como él no iba más que de doce a dos, por la mañana, porque por las tardes, con puntualidad ridícula, se las pasaba en el Parlamento, terminó la cosa por no funcionar ya apenas ni el aparato burocrático, que no podía moverse sin contar para cada caso con él.
»Y en esta situación la Central Obrera nacionalsindicalista, con sus obreros, lo más sano y fuerte del movimiento, comenzó a dar muestras de desagrado ante el rumbo de la Falange. Primo de Rivera, para dar una satisfacción a los Sindicatos, hacía constantes manifestaciones de nacionalsindicalismo, pero a la vez entorpecía con sus órdenes confusas el arrollador empuje de la Central Obrera. Todo esto junto ha conducido al rompimiento de los hombres de las J.O.N.S. y los de F.E.
»Por salvar el nacional sindicalismo nos hemos vuelto a nuestras Juntas espontáneas, alegres, claras, de obreros, estudiantes y campesinos. Comenzamos sin prisas, porque nuestra tarea es salvar a España. »Y ahora, desde nuestra arisca independencia, un saludo para los hombres de F. E., con los que durante un año hemos convivido sin entendernos, porque ellos, aun con buena intención, no comprenden, ni comprenderán nunca, al pueblo. Javier M. de Bedoya.»
* * *
Patria Libre, 16-2-35
«LAS J.O.N.S y F.E. »
Con precisión, con serenidad y con entereza
»Comenzamos por declarar que el tema no es para nosotros de ninguna manera grato. Por ello mismo lo abordamos hoy con cierta amplitud y volumen, deseosos de dejar dicha tanto la primera como la última palabra. Disponemos de la información mejor y más exacta, y cuanto aquí decimos tiene todas las oficiosidades deseables.
»En general, las razones y los móviles que los dirigentes jonsistas han tenido para la ruptura son de índole programática, a la vista de las consecuencias infelices que la unión con Falange Española y la subordinación a la disciplina de Primo de Rivera han tenido para el nacionalsindicalismo. Honradamente lo han confesado así, sin querer destacar otros motivos de muy distinta índole, que afectan gravísimamente a los temperamentos y a las conductas. A esa lealtad y nobleza de los jonsistas han contestado Primo de Rivera y sus amigos con una circular calumniosa dirigida al Partido, en la que, a sabiendas de su falsedad, se lanzan contra nuestros camaradas Ledesma y Sotomayor las injurias más soeces .
»Nosotros desmentimos rotundamente esas especies falsas y calumniosas y no perdemos la serenidad, aun disponiendo, como disponemos, de pruebas e informaciones categóricas que nos convertirían, sin disputa alguna, en acusadores implacables. Bien saben muchos a qué y a quiénes aludimos.
»Situación actual de las J. O. N. S.: Los elementos de Falange Española han pretendido desorientar y confundir al Partido, asegurando que las J. O. N. S. no se habían escindido y que la cosa afectaba a unas docenas de expulsiones. En primer lugar, es notoriamente falso que haya habido expulsiones. Los dirigentes jonsistas abandonaron la disciplina de la Falange Española por su propia iniciativa, según hicieron público clarísimamente, y afirmar o creer de buena fe lo contrario es sentar plaza de candidez y de tontería.
»Y así tenía que ser, porque las J. O. N. S. no habían sido disueltas. Su período de unión o de aproximación a Falange Española fue a los efectos legales una unión táctica, efectuada con la firma de Ledesma Ramos -hoy ya, claro es, retirada-, y nada más que eso. En la Dirección General de Seguridad subsistía y subsiste registrada una entidad legal, de las J. O. N. S., con sus estatutos, sus directivos, etc. »Por eso ha bastado que los dirigentes jonsistas declaren rotas sus relaciones con F. E. y con Primo de Rivera para recobrar en el acto, sin más, su carácter independiente y exclusivo como tales, verdaderas, auténticas y únicas J.O.N.S. No caben, pues, confusiones. La bandera jonsista es nuestra; está recobrada. Y si los elementos de F. E, reconociendo la flacidez y pequeñez de su denominación y de su doctrina falangista, quieren a la vez acogerse a las nuestras, se lo agradecemos mucho, pero les hacemos la leve observación de que está en nuestra voluntad el concederles el permiso. En nuestra voluntad, repetimos, y para que se nos reconozca así entenderá, naturalmente, en caso preciso, el Juez de guardia.
»Esta es la situación en cuanto afecta a la cuestión legal, a nuestro derecho a esgrimir -precisamente nosotros y sólo nosotros- la bandera de las J. O. N. S. No se deje engañar, pues, ningún grupo de camaradas. Muy honrados en que se nos copie y se nos pida y se nos implore el pan de nuestra cosecha, pero sin falacias, ni menos, arrogancias; al contrario, reconociéndose pedigüeños, necesitados y mendigos. »La táctica de las J. O. N. S. con F. E.- Tenemos mucho interés en destacar, y por eso lo repetimos y repetiremos, que tras la escisión conservamos los jonsistas una serenidad de ánimo absoluta. No odiamos a los antiguos camaradas que allí queden. Eso sí: mantendremos una rígida y total permanente incompatibilidad política con Primo de Rivera. Pero con aquellos camaradas y con el Partido falangista en general mantendremos las relaciones que ellos quieran. Por nosotros, cordiales y amistosas. Pues tenemos la seguridad de que sus grupos mejores, después de que el transcurso de varias semanas les aclare la visión y vean la falsedad maliciosa con que Primo de Rivera les explicó y presentó la escisión jonsista, vendrán a nuestras filas. Y nosotros los acogeremos con el mejor entusiasmo, como antiguos y magníficos camaradas nuestros.
»Hemos perdido, naturalmente, toda la confianza en Falange Española. Sabemos que Primo de Rivera, desprovisto en absoluto de capacidad, la convertirá en escombros antes de pocos meses. Pero si, contra nuestra opinión actual, resultase que era capaz de alguna realización positiva, de conseguir algún triunfo, por leve que fuese, contra los elementos antinacionales de España, o a favor de nuestros ideales nacionalsindicalistas, tengan todos la seguridad de que los primeros en celebrarlo seríamos nosotros, y estas hojas de nuestro periódico, las primeras en destacarlo con elogio.
»Así somos. Aunque los demás sean de modo diferente y aunque en (Visado por la Censura,)
»Ni sombra, pues, de dificultades aparecen por este lado para el jonsismo nuestro. A demostrar todos empuje, actividad y brío. Tienen las J. O. N. S. un porvenir espléndido. Les basta, para irlo consiguiendo, mantenerse fieles a sí mismas, ir y acudir al pueblo, movilizarlo tras de la Patria, el Pan y la Justicia.
»Y dejar a los demás en paz, con su destino a cuestas, que bastante tienen con la tarea de arrastrarlo por los andurriales tristes del fracaso, de la impotencia y de la Patria.»
***
«EN PRESENCIA DE LA RUINDAD
»En nuestro primer número expusimos el deseo de dar por terminado el tema de la ruptura con los dirigentes falangistas. No nos es posible. Y lo sentimos. Tenemos hoy que volver brevemente sobre el tema y denunciar a todos los camaradas el tipo ruin y miserable de pelea que nos ofrecen tales elementos. Pretenden, al parecer, no dejarnos un día tranquilos y, desde luego, acabar con La Patria Libre y con las J. O. N. S. Claro que si no han tenido todavía éxito en nada, menos lo van a tener en su pugna con nosotros. De eso estamos seguros.
»Pero no creemos ocioso decir públicamente a los camaradas jonsistas, y hasta a los elementos sinceros y limpios de F. E., que Primo y su camarilla apelan a todo para perturbar nuestro camino nacional-sindicalista. Con su habilidad -nunca negada por nosotros- de rábula, nos han liado en varios procesos, demostrando una mala fe y una ruindad insuperables.
»Y no hay día en que alguno de los dirigentes de las J. O. N. S. no sea provocado en la calle por alguno de los diez o doce rufianes asalariados de que dispone. Eso es suficiente para juzgarlo. No tiene ni el natural y obligado gesto de arreglar personalmente sus conflictos, que a él, y sólo a él, le afectan, puesto que con él, y sólo con él, han declarado públicamente su incompatibilidad política los jefes de las J.O.N.S.
»Una vez más, recomendamos a todos los camaradas que tengan calma frente a esas provocaciones. Que las afronten con serenidad y sólo las contesten cuando rebasen el límite de la dignidad humana.»
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La Patria Libre, 2-3-35
« DESTACANDO DOS HECHOS »EN EL PANORAMA Y LA PROPAGANDA DE LAS DERECHAS
Nada nacional nos es ajeno. (Ledesma Ramos. La Patria Libre, primer núm.)
»No es el espíritu que nos anima sectario y mezquino. Por el contrario, es amplio, desprendido y generoso en el sacrificio. Somos un grupo al servicio de la Patria Justa, con tal firmeza y denuedo que no tenemos celos femeninos en elogiar a todos aquellos que luchan con constancia por España. Hemos de subrayar los éxitos parciales de los hombres que un día y otro trabajan por una Patria Única, Grande y Libre.
»No somos “ensayistas” ni retóricos, y en su día agitaremos la indignación popular contra los sofistas y contra los que hacen literatura con las miserias del pueblo. Somos Juntas de Ofensiva contra los enemigos del pueblo y de la Patria. Pero con los demás, con los bien intencionados, con el pueblo y con la Patria, somos Juntas de Defensa, dispuestos a la ayuda y sacrificando el amor propio, que en política es “pequeñez de espíritu”, al esfuerzo común en pro de ideales tan altos que pueden ser de todos.
»Esta carencia de vanidad enfermiza en nosotros, esta abundancia de deseos de “hacer” y de laborar por el pueblo, que se traduce en falta de hostilidad para los colocados en un mismo frente nacional, no es confusión, ni menos afectación de programas y tácticas ajenas. Sino reconocimiento de la buena intención que los guía y exaltación de todo aquello que no divide, resquebraja y encrespa a los unos con los otros.
»Que las horas amargas que vivimos es quiebra de toda una concepción de la vida -la liberal-, y frente al peligro pavoroso de una tiranía antinacional de unos cuantos explotadores de los obreros -el marxismo-, es preciso destacar los valores personales de su línea coincidente en relación al Estado Nuevo que, sostenido como necesidad desde diversos frentes, será realidad por el esfuerzo de muchos y para bien de todos.
»En otro lugar de este número dirigimos un llamamiento desinteresado y vibrante desde nuestra posición sindicalista a fuerzas alejadas hoy de la realidad nacional. Es preciso sumar e integrar grandes núcleos de masas en torno al Nuevo Estado nacionalsindicalista. El pueblo en su totalidad ha de ser la base del Nuevo Estado. Y a esta tarea de incorporar al pueblo a las doctrinas salvadoras sacrificamos todo, en un alarde de idealismo y practicismo al mismo tiempo. Acaso otros desde los cenáculos literarios o haciendo malabarismos dialécticos, ya en el «Ritz», ya en restaurantes más o menos económicos, consigan efectos más abundantes que nosotros en este sentido. Pero se nos permitirá por lo menos dudarlo, y ensayar otra táctica menos “estilizada”, pero más eficaz y pura. Desde el punto de vista nacional debemos señalar dos éxitos de dos figuras muy alejadas de nuestro campo. Nada perdemos por elogiar dos hechos de dos figuras ajenas al nacionalsindicalismo, siempre que dejemos a salvo nuestra independencia, tanto más reconocida por todos cuanto más comprendemos nuestras posiciones, elogiando o censurando con sonoridad e imparcialidad “porque con la misma medida que juzguemos seremos juzgados”.
»Queremos destacar dos hechos: un discurso teórico-jurídico de Goicoechea y un discurso de Gil Robles en Salamanca.
»Goicoechea pronunció en la Academia Nacional de Jurisprudencia un discurso de apertura de curso teórico-jurídico sobre el Estado totalitario, que puede calificarse de magnífico. Todo él de altos vuelos, fundamentado, brillante, y prueba cómo en España tenemos hombres capaces de ir elaborando una doctrina filosófico-política y jurídica del nuevo Estado, que satisfaga a los hombres más escrupulosos científicamente. Y es que es la realidad con sus problemas candentes, con las nuevas situaciones económicas sociales, la que ha producido la crisis del Estado liberal y determina el nacimiento del Estado totalitario.
»El estudio de esta realidad ha llevado a Goicoechea a formular magnífica teoría sobre derechos individuales, a mostrarnos desde un punto de vista teórico la justificación del proceso de su crisis y a describir lo que son las garantías del individuo en el Estado totalitario. »En Salamanca, ante una Asamblea de labradores, disgustados por la política gubernamental en la cuestión triguera, Gil Robles ha tenido un éxito que manifiesta la facilidad y la eficacia de su oratoria sencilla y popular. Poder, aun en circunstancias adversas, no ya sólo dominar a un público numeroso y pueblerino, sino inyectarle una fe y una esperanza, conseguir la confianza y el aplauso de los que se sienten perjudicados o no atendidos por el Gobierno sostenido por el partido del orador, es cosa nueva en la política española y que merece ser destacada. Y es que Gil Robles habla y sabe hablar al pueblo de los campos.
»Que reparen en esa oratoria a quien les gusta deslumbrar a cuatro patanes con cuatro palabras floridas y académicas y que van dando conferencias relamidas (muy estudiadas y muy dichas), pero que no conmueven y agitan al pueblo levantándole de su desgracia en un arranque de indignación y fortaleza. Javier M. de Bedoya.»
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La Patria Libre, 2-3-35
«LAS J. O. N. S. SE DISPONEN A PRESENTAR UNA QUERELLA CRIMINAL CONTRA PRIMO DE RIVERA, POR USURPACIÓN.- PEDIRÁN 1.000.000 DE PESETAS COMO INDEMNIZACIÓN POR LOS PERJUICIOS ENORMES QUE CAUSA A LAS J. O. N. S. TITULÁNDOSE JEFE DE LAS MISMAS
»En uno de los próximos números hablaremos con más extensión de este asunto. Hoy nos limitamos a anunciar la inminente presentación de la querella. Es, en efecto, intolerable que Primo, Marqués de Estella y millonario, aparezca en público con la falta de escrúpulos que supone el titularse Jefe de las J. O. N. S., y utilizar este nombre como denominación de su partido.
»Hemos esperado más de un mes, creyendo lógicamente que por sí mismo renunciaría a lo que no le pertenece. No ha sido así. Muy consciente de las limitaciones de su Falange, no le ha bastado con adoptar -por querer adoptar, claro- la doctrina de las J. O. N. S., la que hemos creado y articulado los jonsistas, sino que también necesita del nombre, de la marca, de la bandera.
»Y como la cosa entra ya notoriamente en el plano delictivo, las J.O.N.S., representadas por sus dirigentes legales, trasladan el asunto al Juzgado. Nada más.
»Repetimos que daremos amplia noticia de su tramitación.»
La querella fue un fracaso. La vida de las J. O. N. S. escindidas duró escasamente unos meses. La Patria Libre se hundió pronto en el olvido total. Y José Antonio -como de las balas- salió indemne y fortalecido de esta prueba de los salivazos.
