INTRODUCCIÓN
Entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939 se desarrolló en España una persecución religiosa de una intensidad y extensión sin precedentes en la historia contemporánea de la Iglesia. Lejos de tratarse de episodios aislados o de una violencia coyuntural ligada al caos inicial de la guerra, los hechos respondieron a un proceso previo de erosión jurídica, cultural y política de la presencia de la Iglesia en la vida pública, iniciado desde los primeros compases de la Segunda República. La guerra civil actuó como catalizador de una violencia que llevaba décadas incubándose en determinados ámbitos ideológicos.
El relato que pretende reducir aquellas matanzas a una supuesta “estrategia de guerra” omite deliberadamente el componente doctrinal y el odio religioso que impregnaron la persecución. La eliminación sistemática de obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, la destrucción del patrimonio religioso y la prohibición total del culto en amplias zonas del territorio no fueron un daño colateral inevitable, sino la expresión extrema de un proyecto de transformación radical de la sociedad española que concebía a la Iglesia como un obstáculo a erradicar.
En la actualidad, la reivindicación de la Segunda República por parte de los socialistas, comunistas y separatistas implica el enaltecimiento de los personajes que perpetraron la persecución religiosa, puesto que necesitan un marco o «relato» con el que seguir reescribiendo la historia de España. Así, pretenden que las matanzas de sacerdotes, religiosos y fieles durante el Gobierno del Frente Popular no habrían estado motivadas por un odio ideológico, sino que habrían tenido un carácter «estratégico». Es decir, un mal necesario que legitima la persecución religiosa. En realidad, no hace falta ser muy sagaz para detectar que ambas motivaciones son no sólo compatibles, sino complementarias. Para destruir la identidad nacional española y edificar la masónica jacobina o la mesiánica marxista, era imprescindible destruir la Iglesia Católica, que a su vez representaba todo lo que las fuerzas políticas del Frente Popular detestaban y, más en general, todo lo que la Segunda República pretendía liquidar. Recapitulemos sucintamente lo visto hasta ahora.
Un número bastante elevado de historiadores sostienen que la República «burguesa» de abril de 1931 nada tiene que ver con la del Frente Popular de febrero de 1936 ni la «sovietizante» desde el inicio de la Guerra en julio de 1936. Sin embargo, si algo tuvieron en común todos los periodos de la Segunda República fue el anticristianismo ―bien fuera desde el Gobierno o bien desde la oposición― que la misma Constitución de 1931 reflejaba. En este sentido, sin duda existía una estrategia: la destrucción de la Iglesia como parte de la demolición de España. Manuel Azaña veía en ella el pilar fundamental de la historia de España como había denunciado en El jardín de los frailes (1927), una novela inspirada en su periodo de formación en el colegio de los agustinos de El Escorial.
En las Cortes constituyentes de 1931 no se escatimaron medios para debilitar y arrinconar a la Iglesia, expulsándola de la vida pública. Se dispuso que el Estado, las regiones, las provincias y los municipios, no mantendrían, favorecerían ni auxiliarían económicamente a la Iglesia, asociaciones e instituciones religiosas. Se eliminó la Compañía de Jesús al declarar la disolución de aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impusieran, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a una autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serían nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes. El listado de «bases» (art. 26 de la Constitución) impuestas a las órdenes religiosas y que se desarrollarían por ley, muestra bien a las claras las intenciones de someter a la Iglesia a una postración definitiva:
- a) Disolución de las que, por sus actividades, constituyan un peligro para la seguridad del Estado.
- b) Inscripción de las que deban subsistir, en un Registro especial dependiente del Ministerio de Justicia.
- c) Incapacidad de adquirir y conservar, por sí o por persona interpuesta, más bienes que los que, previa justificación, se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos.
- d) Prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza.
- e) Sumisión a todas las leyes tributarias del país.
- f) Obligación de rendir anualmente cuentas al Estado de la inversión de sus bienes en relación con los fines de la Asociación. Los bienes de las órdenes religiosas podrán ser nacionalizados.
En este sentido, sin duda existió una estrategia para acabar con la Iglesia. Los primeros pasos se dieron ya desde el inicio de la Segunda República en abril de 1931. No sólo fueron jurídicos. La quema de edificios religiosos en mayo de 1931 acompañó a la República desde sus primeros días de vida. Es engañoso pretender que no hubo odio. No se trató de erradicar la Iglesia como se drena un pantano o se irriga un desierto. No fue sólo una «estrategia» entendida como un plan para resolver un problema dado. El odio a la Iglesia se inoculó en la sociedad española a lo largo de más de un siglo ―los incendios de 1931 no fueron los primeros― y se alimentó mediante todos los cauces propagandísticos de los que se dispuso, desde la prensa de los partidos políticos hasta la literatura.
Hubo, en efecto, un camino que condujo a las matanzas de obispos, sacerdotes, monjas, frailes, religiosos y fieles. No fue un arrebato espontáneo que duró unas pocas semanas, sino que se trató de una campaña sostenida a lo largo de años[1], existiendo acciones organizadas y promovidas desde el odio ideológico y teológico, cuya crueldad resulta, de otro modo, inexplicable. El «terror» desatado contra los católicos fue «estratégico» e inspirado durante décadas. Las matanzas de sacerdotes y religiosos durante la Revolución socialista de Asturias de 1934, la voladura de la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, las profanaciones perpetradas en tantos lugares de España, el sadismo en el modo de torturar y asesinar a los católicos. Siendo el ejemplo más famoso en su espanto es el asesinato del obispo de Barbastro, Florentino Asensio Barroso (1877-1936), beato y mártir, torturado, castrado y fusilado, que murió perdonando a sus asesinos.
La puerilidad de los debates públicos contemporáneos ya no debe sorprender a nadie. No obstante, en todo lo relacionado con la mal llamada memoria histórica subyacen dos ideas de fondo: i) el tratar a las personas como adolescentes permanentes; ii) el desprecio hacia el conocimiento en general y hacia la historia en particular. La pretensión de la izquierda política, mediática e historiográfica de que no habría habido en modo alguno un odio fruto de la ideología marxista, sino que solamente se habría tratado de una «estrategia política necesaria para salvar la República, un mecanismo de defensa frente a la alianza de la derecha clerical y reaccionaria, el fascismo y el militarismo antirrepublicano, exenta de pasiones y resentimiento», resulta una falsedad manifiesta. No se trata más que de justificar la eliminación del enemigo sin la menor garantía procesal y con ensañamiento, lo que no ocurrió en el bando nacional[2]. Cuando las víctimas fueron izquierdistas, las palabras «genocidio, holocausto» brotan con total naturalidad y asiduidad de la estructura oficial de poder ideológico que conforman los actuales herederos del Frente Popular. En su pulsión totalitaria abrigan la pretensión de borrar el pasado y construir un relato en el que ocurra lo que nunca sucedió. Además de la intención de que no quede rastro de esa operación ideológica.
Con el inicio de la guerra, en la zona bajo el dominio del Frente Popular se inició una persecución religiosa cuya máxima letalidad abarca desde julio hasta diciembre de 1936. Una matanza de católicos que carece de precedentes en los veinte siglos de la historia de la Iglesia[3]. Basten como botón de muestra las cifras de la archidiócesis de Toledo, primada de España, aunque hubo otras tantas igual o mucho más castigadas que ella. Proporcionalmente a su número de habitantes, la diócesis de Barbastro fue la que más sufrió la represión de la izquierda. En tierras toledanas serán sacrificados 286 sacerdotes, casi el 50% del clero diocesano[4], sin contar los cientos de templos asaltados y destruidos.
Lo que se disputó en la guerra de 1936-1939 era mucho más que una forma política (monarquía, república o democracia) o un programa de partido (comunismo o fascismo); fue todo un concepto de España y de la civilización occidental. Los españoles que permanecieron neutrales, la llamada recientemente «tercera España», podrían contarse con los dedos, eran, por lo general, intelectuales de tradición liberal, selectos y extremadamente minoritarios. Al estallar la contienda prefirieron exiliarse, pero dicho exilio se produjo desde el territorio republicano, porque temían por su vida, no desde territorio del bando nacional. Verdad esta cuidadosamente silenciada por los historiadores a sueldo del PSOE, los comunistas y separatistas: Paul Preston, Santos Juliá, Ángel Viñas, Julián Casanova, Enrique Moradiellos, etc. El resto de la nación participó de una forma que puede llamarse activa. Cada grupo social, ideológico o político se encuadró en uno de los dos bandos. Lo cual les confirió una gran fuerza, pero también una enorme heterogeneidad.
Prácticamente de modo telegráfico, pasamos ahora a trazar un breve bosquejo cronológico de los hechos señeros acaecidos durante la persecución contra la Iglesia llevada a cabo por el «bando rojo», denominado a sí mismo de esta guisa. Conviene que el lector retenga los datos principales a fin de lograr una visión panorámica del periodo.
El 3 de agosto la aviación frentepopulista atacaba la Basílica del Pilar en Zaragoza[5], un monumento paradigmático del catolicismo español y de un gran valor artístico, sin embargo, de forma inexplicablemente humana, no estallaron las bombas. El 7 de agosto se produce el fusilamiento definitivo y posterior voladura del monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles realizado por mineros socialistas de la UGT asturiana. Al igual que la Basílica del Pilar no se trataba de objetivos militares sino ideológicos.
El 27 de agosto el Frente Popular se incauta de los edificios religiosos. Previamente, el 13 del mismo mes ya habían sido cerrados todos los establecimientos religiosos, incluidos los centros de beneficencia, por orden gubernamental. El culto público y privado u otra cualquiera otra actividad de la Iglesia, quedaban prohibidos en la zona roja bajo pena de muerte. El 29 de agosto se produce la incautación de los archivos parroquiales, muchos de los cuales serán destruidos, perdiéndose así irremediablemente, siglos de historia e información minuciosamente recogida, archivada y conservada. El 14 de septiembre, Pio XI recibe en una audiencia en Castelgandolfo a 500 prófugos españoles bendiciendo «a cuantos se habían propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la Religión»[6].
El 4 de noviembre de 1936, el encargado de negocios de la Santa Sede regresaba a Roma ante la certeza de un inminente asalto del edificio de la nunciatura por las fuerzas revolucionarias. En su mensaje navideño, el papa se refiere particularmente a la persecución religiosa de la España republicana.
El 7 de enero de 1937 Manuel Irujo, perteneciente al PNV, católico y ministro sin cartera presenta un memorándum al Gobierno sobre la persecución religiosa y éste rechaza sus propuestas para acabar con la persecución[7]. El 19 de marzo de 1937, Pio XI publica la encíclica Divini Redemptoris contra el comunismo ateo, dedicando una especial atención a España debido a la persecución religiosa del marxismo en sus tres variantes: socialismo, comunismo y anarquismo. El 1 de julio el cardenal Isidro Gomá junto con la práctica totalidad de los obispos que no habían sido asesinados por entonces, publica la Carta Colectiva del Episcopado Español destinada a explicar los sucesos de España al resto del episcopado universal, un documento de una importancia decisiva.
El 21 de septiembre Monseñor Hildebrando Antoniutti es recibido por el Gobierno nacional del Generalísimo Franco como encargado de negocios de la Santa Sede. El 10 de noviembre Gomá preside la Conferencia de los obispos metropolitanos en el monasterio cisterciense de Venta de Baños, en Palencia. El 16 de mayo de 1938, Mons. Cayetano Cicognani es nombrado nuncio apostólico ante el Gobierno nacional. El 26 de junio el ministro de Defensa Nacional proporciona facilidades a los soldados republicanos que soliciten auxilios religiosos.
Ambos bandos, y en definitiva el país pobre que siempre había sido España, estaban agotados. No obstante, la zona del Frente Popular, desastrosamente gobernada y todavía peor administrada, llevándose la peor parte en las operaciones militares, había sufrido mucho más que la zona nacional. Y ello a pesar de la abundante ayuda soviética, pagada con los cientos de toneladas de oro pertenecientes a las reservas del Banco de España, además de la apabullante superioridad económica y militar, reconocida por el ministro socialista Prieto[8]. La población que la integraba era presa de un hambre acuciante. El régimen que continuaba designándose como Segunda República ya no tenía nada que ver con el proclamado el 14 de abril de 1931, debido al monopolio en el control del Gobierno por los grupos más fanáticos de la izquierda[9]. Así, tras un período de recuperación, el 23 de diciembre de 1938, los nacionales lanzaron la última y definitiva de sus grandes ofensivas militares cuyo objetivo era Cataluña.
El 26 de enero de 1939 las tropas nacionales al mando del general Juan Yagüe entran pacíficamente en Barcelona, restableciéndose así el culto católico, suprimido por completo desde julio de 1936. El 7 de febrero, a menos de dos meses de que finalice la contienda, fray Anselmo Polanco OSA, obispo de Teruel, y su vicario general Felipe Ripoll son asesinados en Gerona mientras las tropas izquierdistas cruzan la frontera. Desde la caída de Teruel en febrero de 1938 había sido tomado como rehén y torturado.
El 8 de febrero fue tomada Figueras, última sede del Gobierno de la República en territorio español. Un gobierno fantasma, supuestamente republicano, en quien nadie creía desde hacía años, pues su entrega a Moscú desde el inicio de la guerra con el envío de las reservas de oro del Banco de España cerraba un pacto de sumisión voluntaria a los dictados de Stalin. En el Gobierno discutían los partidarios de seguir la lucha, en espera de la inminente guerra mundial, que podría cambiar las tornas. Aunque no sabemos muy bien de qué manera, pues el pacto germano-soviético era inminente (23-VIII-1939) y ambas naciones se encaminaban hacia unas relaciones diplomáticas de colaboración, como pudo comprobarse durante la invasión de Francia por Alemania durante el mes de mayo de 1940. Los tanques germanos funcionaban entonces con el combustible vendido al III Reich por los pozos petrolíferos de la Unión Soviética y Stalin felicitó a Hitler por su conquista[10].
A excepción de los comunistas en bloque y de la mayor parte de los socialistas que los apoyaban, aunque no todos, como Besteiro[11], había miembros del Gobierno que estimaban imperioso entablar negociaciones con los nacionales de cara a la firma de una rendición condicional. El coronel republicano Segismundo Casado se reveló de esta forma contra los comunistas, iniciándose la segunda guerra intestina entre las izquierdas durante la contienda civil en marzo de 1939[12], como ya sucediera en Barcelona en mayo de 1937. Uno de los factores de la derrota del bando rojo fue su profunda desunión, que terminó por producir en su propio seno este golpe de Estado del coronel Casado. No es el caso de insistir en esta cuestión. Basta con haber apuntado su existencia.
Madrid, Valencia y Cartagena fueron las últimas ciudades en rendirse al ejército nacional, que entró en la capital de España, al igual que ya había sucedido en Barcelona, sin disparar un solo tiro. El 10 de febrero de 1939 muere Pio XI y el 27 del mismo mes Manuel Azaña se exilia a Francia dimitiendo como presidente de una República que se había caídos a pedazos, dinamitada por las propias izquierdas desde su inicio debido a la continua violación del Estado de Derecho[13].
El 2 de marzo Eugenio Pacelli es elegido papa con el nombre de Pio XII. El 1 de abril es proclamado por el Generalísimo Franco el final de la guerra y de la persecución religiosa[14]. El 16 del mismo mes, Pio XII dirige un mensaje de felicitación a España, donde ensalza el heroísmo de los mártires de la persecución religiosa y de los soldados del pueblo que «se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas»[15].
El mundo tradicional es doctrinalmente riguroso, pero sociológicamente abierto, de lo contrario deviene en una secta, y a fin de evitar cualquier sectarismo remitimos a las palabras del historiador Comellas al hacer un balance final de la guerra: «Puso de manifiesto, como nunca, las virtudes, el coraje y el valor humano de una raza. Presenció actos sublimes de heroísmo, de abnegación y generosidad hasta el límite. Hizo ver que los errores históricos se pagan muy caros, y en este sentido constituye una formidable lección, que las nuevas generaciones están gravemente obligadas a aprender»[16].
CONCLUSIÓN
La persecución religiosa desarrollada en la zona controlada por el Frente Popular durante la Guerra Civil no puede entenderse como una simple derivación del conflicto bélico, sino como la culminación de un proceso ideológico de larga gestación. Las medidas jurídicas previas, el clima de hostilidad alimentado desde la propaganda y los precedentes de violencia anticlerical desde 1931 crearon el marco que hizo posible una represión sistemática contra la Iglesia y los creyentes. La magnitud de las matanzas, la prohibición del culto y la destrucción del patrimonio religioso confirman que el componente religioso fue un eje central del conflicto.
Más allá de la confrontación entre modelos políticos, lo que se dirimió en aquellos años fue una concepción de España y de su tradición cultural y espiritual. La memoria de las víctimas de la persecución religiosa plantea un desafío historiográfico y moral: reconocer la dimensión ideológica del terror anticlerical y evitar su trivialización bajo relatos justificadores. Sólo desde un análisis riguroso del pasado, libre de instrumentalizaciones partidistas, es posible comprender el alcance real de aquel trauma histórico y sus profundas consecuencias en la historia contemporánea de España.
[1] Cf. Del Rey, Fernando-Álvarez Tardío, Manuel, Fuego cruzado. La primavera de 1936, Galaxia Gutenberg, Barcelona 2024, p. 466. En todas sus obras, la técnica de trabajo que utilizan los autores es sencilla, pero los resultados, en estrecho contacto con las fuentes, son de una gran seguridad.
[2] Un estudio de máxima relevancia fruto de una minuciosa investigación, Platón, Miguel, La represión de la posguerra. Penas de muerte por hechos cometidos durante la guerra civil, Actas, Madrid 2024.
[3] Moa, Pío, Los mitos de la Guerra Civil, La Esfera de los Libros, Madrid 2003, pp. 223 y ss. Moa estudia la frustración política de las izquierdas a través de textos sumarios de la época, lo que supone un intenso trabajo de reflexión, análisis y crítica de la amplia bibliografía existente.
[4] Rivera, Juan Francisco, La persecución religiosa en la diócesis de Toledo (1936-1939), Toledo 1995, p. 41. Las múltiples y cuidadas obras de López Teulón, Jorge, dedicadas a la persecución religiosa conforman un monumental archivo de documentación. Basten la mención de algunas como botón de muestra: Mártires de Toledo, Edibesa, Madrid 2007; Toledo 1936. Ciudad mártir. Persecución y martirio, Edibesa, Madrid 2008; El mártir de cada día, Edibesa, Madrid 2013, 2 vols.; Profanación de la clausura femenina, San Román, Madrid 2021.
[5] Cf. Gutiérrez Lasanta, Francisco, Historia de la Virgen del Pilar, Zaragoza 1975, vol. VII, p. 619.
[6] AAS 28, 1936, p. 380.
[7] Informes vaticanos denunciando el colaboracionismo del PNV con el Frente Popular, cf. Cárcel Ortí, Ricardo, La II República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano, BAC, Madrid 2016, vol. IV, p. 907.
[8] Cf. Gijón, Francisco, La Segunda República y la Guerra Civil, Ediciones RG, Las Vegas 2021, p. 207.
[9] Cf. Bullón de Mendoza, Alfonso-Togores Luis, (coord.), La República y la Guerra Civil setenta años después, Actas, Madrid 2008, p. 62.
[10] Cf. Beevor, Antony, La Segunda Guerra Mundial, Pasado y presente, Barcelona 2012, p. 172.
[11] Cf. Lamo de Espinosa, Emilio, Política y filosofía en Julián Besteiro, Cuadernos para el Diálogo, Madrid 1973, p. 102.
[12] Cf. Bahamonde, Ángel, Madrid 1939. La Conjura del coronel Casado, Cátedra, Madrid 2015, p. 156,
[13] Cf. Moa, Pio, El derrumbe de la segunda República y la guerra civil, Encuentro, Madrid 2001, p. 321.
[14] Cf. Vidal, César, La guerra que ganó Franco, Planeta, Barcelona 2006, p. 410.
[15] Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC, Madrid 1961, p. 744.
[16] Comellas, José Luis, Historia de España moderna y contemporánea, Rialp, Madrid 2003, p. 342.
