El futuro en la obra, el pensamiento político y la presencia en la Historia del Generalísimo Franco
¿El futuro de qué? ¿De la obra de Franco, del pensamiento político de Franco, de la presencia de Franco en la Historia de España para los tiempos que han de venir? Es difícil saberlo, pero fácil imaginarlo. Cuando los soldados de Napoleón escа- paban por las fronteras, empujados a gorrazo limpio por los soldados españoles, se iban, es verdad, pero nos dejaban aquí la filosofía de su Revolución. Cargas de explosivos retardadas, aquellas herencias daban al principio la impresión de inofensivas maletas en la consigna de una estación de ferrocarril de tercer orden, pero tenían dentro todo el Siglo XIX y la semilla del XX, y desde entonces no se movió en España una hoja sin que de alguna manera soplaran en ella vientos franceses y revolucionarios. Eso sí, la Historia de España no borró de sus páginas las grandes batallas ganadas por los españoles contra los ejércitos de Napoleón, ni escupió salivas sucias en el rostro de los héroes.
Seguramente no me estoy explicando con absoluta claridad, pero pido a mis lectores, si es que los tengo, un intenso ejercicio de calentamiento, como el que hacen los futbolistas en la banda mientras esperan la preceptiva autorización del árbitro para entrar en el juego. Franco se manifestó siempre y sin ningún rodeo enemigo del Comunismo y de la Masonería. Franco dijo siempre que los partidos políticos no traerían a España sino disgustos y problemas. Franco dijo siempre que la unidad de las tierras y los hombres de España era absolutamente fundamental para que la Patria permaneciera en pie. Juzgue usted mismo, amigo mío, con sólo mirar a su alrededor. El Comunismo es un partido legal en España, con sus diputados y todo. La Masonería no es legal todavía, pero puede que lo sea en cualquier momento, si Dios no lo remedia. Y así todo…
Los periódicos lo han publicado estos últimos días: ciento ochenta y un partidos políticos había ya inscritos el día catorce de septiembre. Inscritos y legalizados con todos los sacramentos administrativos. Ya está bien. Pero además, ese día estaban en cola para su inscripción otros treinta partidos. Los hay, y los habrá mañana, de todos los colores y banderas: catalanes, gallegos, vascos, canarios, asturianos, valencianos, baleares… como si el рeriódico hubiera querido hacer una broma, debajo de la información sobre los partidos políticos publicaba otra con este título: «Hoy se subasta el crucero Canarias». Uno sabe, o quiere saber, que se trata de un trámite puramente burocrático, pero no puede evitar que le duela en el costado, como una coz inesperada, la idea de que el Canarias sea desguazado, y sus piezas destruidas, y sus camarotes destrozados con picos y azadones. Es posible que los barcos no piensen, y por lo tanto no sufran como sufrimos los hombres, pero si sufreny sienten, ¡qué pena tan grande tendrá el Canarias, cuando empiecen a destruirlo! Y cómo llorarán los vivos y los muertos que se lo jugaron todo, y algunos todo lo perdieron, a su bordo, por hacer una España grande y libre. Ya sé lo que está usted pensando…
Pura nostalgia. Tiene usted razón, pero también la tengo yo para la nostalgia, la pena y la angustia. No es posible predecir el futuro de la obra y el pensamiento de Francisco Franco, pero ya le he dicho que podríamos anunciarlo con un alto porcentaje de posibilidades de acertar. Un ejercicio prudente y necesario para entrar en situación sería, y se lo recomiendo con el mayor interés, la lectura de los textos que conservamos de José Antonio, y luego la de los textos que guardamos del Caudillo. De la lectura de ambas colecciones, de tales textos podríamos sacar algunas conclusiones importantisimas. Una, que suele olvidarse, es que José Antonio dijo «que las previsiones de Marx se cumplirían inexorablemente y que ante el marxismo había sólo una actitud que adoptar, que era la de asumir los gérmenes de ese orden nuevo para la civilización cristiana y occidental». Todo este contexto está tomado adrede de una entrevista de Alfonso Paso con Antonio Izquierdo. Sería tonto querer decirlo mejor.
Oiga, lea, usted esto amigo mío: «José Antonio afirma que la única vía que tiene España para recobrar su papel protagonista en el mundo, es la de acabar de una vez y para siempre con un fenómeno tradicional en el último siglo y medio: la pugna de los partidos políticos, la pugna de las clases y la de los separatismos…» Sin comentarios. ¿Para qué? Si dos españoles de la altura, en todos los órdenes, de Franco y José Antonio coincidieron en sus planteamientos de los peligros que podían acarrear a España los partidos políticos, la lucha de clases y los separatismos, y luego, mesuradamente, los observadores advierten, no sin sorpresa, que en esa misma línea de pensamiento están también hombres dispares como Unamuno o Madariaga, para citar gigantes españoles, bastará con mirar qué está pasando en España y será fácil predecir el futuro inmediato.
Pero algo podríamos anunciar ya sin temor a equivocarnos. Pasará la calentura de hablar mal de los cuarenta años de Franco, y de Franco mismo. Y como siempre que ha llovido ha escampado, regla que no ha fallado jamás, Diluvio Universal incluido, puede que el futuro nos depare una resurrección del pensamiento de Franco, con todo su entorno, y un reconocimiento profundo de su obra en todos los sentidos. Los cuarenta años de Franco no han sido ninguna broma, ningún capricho, ni siquiera una machada personal. Han sido una lucha tremenda de todos los españoles, y una auténtica revelación de las posibilidades vitales de España. Habrá que investigar sus errores y explicarlos, pero sería injusto y de mal nacidos borrar de raíz algo que es imborrable. España no fue nunca tan grande, у nunca estuvo más en su papel, que durante los cuarenta años de Franco. Ningún biennacido роdría negarlo, y estoy seguro de que esos que se embadurnan la cara con mierda (perdón otra vez), cada mañana son españoles de ínfima categoría, ni siquiera de tercera clase, sino de billete de tope.
Usted me insiste: ¡el futuro de la obra de Franco! Perdone que me escape a mi manera, pero si usted se empeña le contestaré con claridad absoluta. Cuando la gente vea que los sucesores de Franco no hicieron nada que no estuviera ya hecho; cuando comprenda que no ha mejorado absolutamente nada; cuando sepa que antes hacía esto y aquello у ahora no puede; cuando la banca y la bolsa y el comercio y la industria y todo lo demás se hunda, como dicen que se hunden los exploradores en las arenas movedizas de algunos pantanos; alguien mirará atrás, y comparará. Y por encima de todo, aparte de realidades cotidianas, lejos de medir a un hombre como Franco con cintas métricas de modistas de barrio, lo más importante del futuro de la obra de Franco será que los historiadores honestos se asombrarán, cuando comprueben documentalmente que el Viejo (perdón, pero me gusta llamarle así, porque así me llaman a mí mis hijos y mis nietos) heredó un monte salvaje y dejó una huerta espléndida; heredó una Patria destruida y la dejó rehecha; heredó una noria con un borrico y dejó un motor y una bomba de agua; heredó miseria y hambre y dejó riqueza y porvenir…
Usted puede reírse si quiere, pero cuando alguien demuestre que España estaba mejor antes de llegar Franco, y que está mejor ahora que él ha muerto, yo me pasaré todas las horas que sean precisas estudiando las pruebas, y tenga usted la seguridad de que si veo que son verdades me pasaré al enemigo. Mientras tanto, mi opinión sobre el futuro de la obra de Franco es clarísimo: cuanto más tiempo pase, más le echaremos de menos. Con todos sus defectos: que en definitiva no hacen sino probar que no era un Arcángel providencial, sino un hombre de carne y hueso; y eso siempre consuela, y es muy hermoso. No pecar porque se es Arcángel es muy sencillo; lo difícil es no pécar siendo de barro. Y que Dios me perdone.
Por supuesto, es absolutamente imposible conocer el pensamiento íntimo de Franco, porque nadie ha sido capaz todavía de leer lo que un hombre está pensando en un momento determinado. Pero podemos imaginar lo que Franco pensaría cuando escuchaba a éste o aquel amigo, compañero, ministro, embajador. Hay muchos libros que cuentan entrevistas con el Generalísimo, conversaciones con el Caudillo, intimidades del Jefe del Estado. Las librerías tienen libros de este tipo por docenas, como si muerto el Capitán todos los sargentos quisieran dejar constancia escrita de lo que «aquella vez» le dijo a quien lo cuenta. Porque en el fondo, hasta sus más feroces enemigos saben que haber cambiado dos palabras con aquel hombre es ya un privilegio, y si en vez de dos palabras fue una larga conversación, el hecho representaría para siempre la participación en algo irrepetible, de lo que nadie dejará jamás de sentirse orgulloso.
Leyendo esos libros, esas memorias, esas anécdotas, a sabienda de que la mitad son mentiras, convencido de antemano de que nadie se ha rebañado por dentro para dejar en carne viva sus recuerdos de Franco, cualquiera de nosotros podría reconstruir en secreto lo que el Capitán estaba pensando mientras escuchaba a uno de sus colaboradores. Sin dejar de oírle, estaría diciendo para sí: «Buen traidor eres, algún día me besarás, para que vean bien aquellos que están esperando mi muerte como los buitres para devorarme». Porque si hay alguna ingenuidad imperdonable en los españoles de ahora mismo, es la de creer que alguien engañó a Franco. Ni uno solo de los españoles que pasaron cerca de él le engañó, y quien presuma de haberlo hecho es un imbécil o un malvado, que de todo hay en la viña del Señor.
Pero lo que sí podemos y debemos conocer, porque en el futuro de España va a estar muy presente, es el pensamiento público o publicado del Caudillo. Hay una cosa que es innegable e irreversible. Franco, (su pensamiento, su actitud, su obra) estará gravitando sobre España hasta dentro de muchos siglos, porque su talla era tan enorme, que los enanos no le llegaron nunca a la ruedecilla dentada de la espuela, y los gigantes apenas le pasaron del nudo de su fajín de General. No puede hacerse ya nada en España sin que surja implacаblemente la comparación. «Esto se hizo antes de Franco, lo hizo el propio Franco; ahora esto está mejor que cuando Franco, o está peor que lo dejó Franco.» Una propaganda franquista no dejaría de facilitar al pueblo llano colecciones de revistas de hace cincuenta años. Comparando sus fotografias con las de ahora mismo, la impresión es espantosamente cruel.
Yo pienso que hay cientos de españoles que, sobre todo después de una agotadora «cena de trabajo», se despiertan empapados en sudor a las tres de la madrugada, porque soñaban que a los pies de la cama estaba silencioso y entristecido Francisco Franco; aquel a quien el de la pesadilla había lamido tantas veces las manos que ahora muerde como perro rabioso. A muchos españoles erigidos en autoridad, de mayor o menor nivel, y a otros que no mandan nada todavía pero esperan mandar muy pronto, les suena en el oído aquellas hermosas palabras que habría querido decir a Francisco Franco: «puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor ésta te escribo»; un gran señor que era, para Franco, el pueblo español, que él había recibido destrozado y apesadumbrado, y lo dejaba en el camino mejor que jamás había soñado nadie.
«Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España». Más angustia: «…os pido que perseveréis en la unidad y en la paz, (porque) no olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alertas. Velad también vosotros.» Casi duele, como cuando le aplican al herido yodo puro en la rotura de su carne: «Velad también vosotros». Es la clave de su pensamiento, porque demuestra hasta qué punto conocía las posibilidades de los buitres, y quizá sin saberlo, repitió para todos los españoles, todos, absolutamente todos, palabras que resuenan en el alma de los hombres de buena voluntad como el rumor del mar en las caracolas. Palabras del Maestro a sus discípulos: «Velad, que el enemigo no descansa.»
Hay material suficiente para un libro muy hermoso, que recogiera y conservara para la España futura los fervientes deseos de Franco: «No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España, y haced de ello vuestro primordial objetivo, (y) mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones». Pero el Caudillo sabía que sobre las cabezas de los españoles revoloteaban, como desde siglos, los invencibles demonios familiares de cuantos hemos tenido la inmensa e impagable fortuna de venir al mundo en España, que no nos gusta, ya lo hemos dicho mil veces, y por eso queremos salvarla de su ruina. Pero esta intención de los españoles honrados, que no es de hoy ni de ayer ni de mañana, sino de siempre, es constantemente atropellada, y cuando es posible destruida, por aquellos demonios: «espíritu anárquico, insolidaridad, extremismo y enemistad mutua…»
Uno de estos demonios debe de ser asesor en un periódico de Madrid, que no perdona ocasión de ofender la memoria del Generalísimo. Sin firma, a título de editorial, escribió un día nada menos que esto: «Lo verdaderamente importante, por el momento, es llegar a las elecciones en condiciones de que estas sean viables. Luego, el Estado que de ellas surja deberá empezar a barrer tanta basura como ha quedado». Menos mal que otro periódico respondió, también sin firma, a modo de editorial: «La basura que estamos contemplando en la vida española no es tanto la que ha quedado como la que se está produciendo mediante la deformación de los hechos, la demagogia, el cultivo de los instintos menos nobles, y en ocasiones, con la calumnia y con la mentira». La consigna final de esta réplica no ha dejado de ilusionarme desde que leí: «Límpiese el país; pero, sobre todo, que se predique con el buen ejemplo y que no se instigue a producir más basura». Esto era en enero de este 1977. Usted solo, sin ayuda de nadie, estimado amigo, puede mirar a su alrededor y empezar a quitar la basura que pueda, antes que nos ahogue a todos.
Un sujeto, que no me merece simpatía, porque me repelen los conversos de conveniencia, ha escrito en un periódico madrileño esta mierda (por favor, perdóneme usted, que por un instante he creido que yo era Cela, que por supuesto no habría tenido que pedir perdón, ni mucho menos): «Todo lo que hoy ocurre y que fundamentalmente se centra en una desgraciada coincidencia entre la necesidad de democratizar el país en un momento de recesión económica y de destrucción casi absoluta de la fe en la inversión y de la creación de nuevos puestos de trabajo, es culpa de las ataduras personales de! régimen». Una de las más graves responsabilidades y cargas que acarrean los años sobre los hombres, es que lo sabe uno casi todo. En especial la historia personal de los traidores, porque ese sujeto ha soñado siempre con cargos y los ha tenido, bien pagados por cierto… ¿Cómo puede un hombre honrado barrer basuras para tapar la puerta de la casa del hombre que le dio de comer desde el primer biberón que tomó? Pues, estimado amigo, este tipo de hombres quiere arreglar el país. ¡Dios nos coja confesados!
