En la dorada, imperial y española Toledo, con su opulenta Catedral y su hermosa Custodia del Corpus, toda de oro y plata, de tres varas de altura, mandada a construir por el Cardenal Cisneros; con su San Juan de los Reyes, recuerdo de la batalla de Toro; su Puente de Alcántara, con sus renombradas Puertas y su Plaza de Zocodover; en la histórica y vieja ciudad, en la antigua capital castellana, por todas partes llena de recuerdos y de obras artísticas admiradas por propios y extraños; en el célebre Palacio que Alfonso VI iniciara como fortaleza suntuosa para albergar a los Reyes, colocándolo en lo más alto para dominar los contornos desde sus cuatro elevadas torres, mejorado por todos sus sucesores y de modo notable por los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, bajo la dirección de Covarrubias, Juan de Herrera, Villalpando y otros, hallábanse el coronel Moscardó y el comandante artillero don Pedro Méndez Parada con los jefes, oficiales y cadetes de la valiente Infantería española y algunos artilleros refugiados allí con sus familias para llevar a efecto la defensa heroica del Alcázar, donde se educaba nuestra juventud en el amor a la Patria y donde habitó el gran Emperador Carlos I de España y V de Alemania, en cuya estatua, colocada en el centro del amplio patio, se leía:
«Entraré vencedor en Túnez, o quedaré muerto en el campo de batalla.»
Así pensaron también sus nunca bien elogiados defensores encerrados dentro de sus legendarias paredes, dispuestos a emular las glorias de Sagunto y Numancia, pereciendo entre sus escombros y ruinas sagradas antes que entregar tan soberbia fortaleza a los que traicionaron a España dominados por el espíritu destructor del sovietismo ruso.
Este gran edificio perdió su misión especial al trasladarse a Madrid la capital, siendo incendiado por tres veces: primero en la Guerra de Sucesión, por los austríacos; luego por los franceses, en la Guerra de la Independencia y, por último, de modo casual en 1887; siempre reedificado, para inaugurar en él la Real Casa de Caridad, en 1776; luego por Isabel II, para la Academia de Infantería y, por último, por doña María Cristina, durante su Regencia.
Por las estrechas y morunas calles de la ciudad y por sus plazas circulaban los rojos marxistas, bombardeando y destruyendo poco a poco el Alcázar, sin que el peligro horroroso que les amenazaba a cada instante, ni la escasez de subsistencias arredraran los decididos corazones de nuestros gloriosos cadetes, que al defender su casa solariega defendían la libertad de España, la grandeza de la civilización cristiana y a las mujeres y niños que les acompañaban, para que no faltase la valiente mujer española en este gran suceso.
Grandioso fue el sacrificio, mucha la sangre derramada, algunas vidas perdidas; pero el valor no decayó ni un solo instante, cada cual cumplía con su deber, con la fe alentadora que les comunicaba la imagen de la Virgen de la Concepción, su Patrona, con ellos conservada y siempre con la esperanza de recibir los auxilios prometidos por el Caudillo.
Recordemos el hecho emocionante de la conferencia telefónica celebrada por los rojos con el coronel Moscardó en presencia de su hijo, poniéndole en el dilema de entregar el Alcázar o perder éste la vida, y la contestación fervorosa y patriótica del padre diciéndole a su hijo:
«Reza una plegaria a Dios y luego muere por la Patria.»
La historia se repite y en este caso se reprodujo lo acaecido a Guzmán el Bueno en la Plaza de Tarifa, y todo esto sucede porque así son los españoles cuando se trata del honor y de la independencia nacional.
La fortaleza desaparecía mientras las ruinas aumentaban; diariamente hundíanse los sitios de albergue y se desarrollaban escenas fraternales, encontrando sepultura en sus escombros los que antes de morir escribieron sus nombres con algo que nunca se borrará, con su preciosa sangre, tan santamente vertida, con brillante resultado.
El auxilio ofrecido vino a tiempo: al pie de las murallas de la romántica ciudad llegaron las legiones españolas, tocaron en las antiguas y afamadas puertas toledanas y, al ver que no se abrían a su enérgica llamada, procuraron entrar luchando fuera y dentro con valor incomparable, pasando por encima de muchos rojos y marxistas para estrechar entre sus brazos, en septiembre de 1936, a los extenuados y heroicos defensores, que por encima de todo colocaban a su Dios y a su Patria y que, como premio por su admirable conducta, recibieron la honrosa Cruz Laureada de San Fernando.
Las mujeres y niños que presenciaron allí la sublime epopeya no olvidarán jamás las escenas pasadas, las fatigas sufridas, ni los horrores que a veces les obligaban a cerrar los ojos. Pero a la vez tendrán presente el feliz momento de su salvación y de su encuentro con los que venían de fuera para colocar en las alturas, plenas de gloria, la bandera roja y gualda, símbolo de la patria española.
El Alcázar, como Toledo, constituye en la actualidad un montón de ruinas; bajo sus escombros se estremecen el arte destruido y la juventud sepultada, pero tiene una página más que abrillanta su historia, un nuevo servicio prestado a la Nación: un colosal monumento en esas mismas ruinas iluminadas por el sol esplendente de la inmortalidad y de la gloria, y una nueva confirmación de la frase de Napoleón I:
«Con soldados españoles conquisto yo el mundo entero.»
Y de la de Mussolini:
«Para superar al soldado español es necesario morir.»
En la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria existe ya una plaza en el distrito de Los Arenales, que lleva el honroso nombre de «Héroes del Alcázar».
C. NAVARRO RUIZ.
