INTRODUCCIÓN
Durante décadas, la Transición española ha sido presentada como un proceso ejemplar, casi modélico, de paso pacífico del franquismo a la democracia. Un relato que, sin negar los avances políticos logrados, suele ocultar o minimizar el clima de violencia que acompañó aquellos años, especialmente el terrorismo de ETA, que lejos de cesar tras la muerte de Franco, intensificó su actividad con una brutalidad que rara vez encaja en la narrativa edulcorada del periodo.
Secuestros, torturas y asesinatos cometidos en territorio francés, errores “de objetivo” que costaron la vida a ciudadanos inocentes y una preocupante inacción tanto de las autoridades francesas como del propio Estado español forman parte de la cara menos conocida de aquella Transición. Las historias de Jesús María González Ituero, José Luis Martínez Martínez y de los jóvenes asesinados en Bidart no son episodios aislados, sino ejemplos de una violencia sistemáticamente silenciada en nombre de la estabilidad política y del relato de concordia que se quiso imponer.
Torturados y asesinados por un error de ETA
El 4 de abril de 1976 dos inspectores de la Policía española – Jesús María González Ituero y José Luis Martínez Martínez– estaban a punto de entrar en un cine de Hendaya. Habían atravesado el paso fronterizo de Irún por el puente internacional de Santiago. Era domingo y los dos agentes, destinados en la oficina de expedición del DNI de San Sebastián desde unos pocos meses antes, pretendían pasar un día en Francia. Después de comer decidieron ir al cine y allí, a la entrada de la sesión de tarde, fueron abordados por cuatro individuos armados con pistolas que los introdujeron a la fuerza en dos coches, según la declaración de varios testigos.
A partir de ese momento no volvió a saberse nada de ellos. La policía francesa abrió una investigación tras ser denunciada su desaparición que fue realizada por el cónsul de España en Bayona.
En la investigación desarrollada por la gendarmería se interrogó, de manera inmediata, a varias docenas de personas relacionadas con el entorno del separatismo etarra. En casa de uno de ellos se localizaron efectos personales y documentación perteneciente a los dos agentes españoles desaparecidos. Varios de los interrogados fueron retenidos durante varios días por la policía francesa. Pero finalmente se abandonó la investigación.
Pese a ser una desaparición más que notoria, que afectaba a dos agentes españoles y en la que aparecían relacionados miembros del entorno de la banda terrorista de ultraizquierda ETA, en España no se dio importancia a la noticia. El Gobierno español, que se encontraba más preocupado por no distraer la atención de las que serían las primeras elecciones tras la muerte de Franco, decidió silenciar estos hechos.
Se echó tierra sobre el asunto. En España porque se vivía un periodo de cambios políticos y los nuevos dirigentes no estaban dispuestos a que la desaparición -y posible asesinato a manos de ETA- de dos agentes en suelo francés les fuera a estropear la fiesta.
Afortunadamente, el 18 de abril de 1977, poco más de un año después de su desaparición, cinco jóvenes que buscaban con palas restos bélicos de la Segunda Guerra Mundial en una playa del municipio de Anglet, a pocos kilómetros de Hendaya, toparon con un bulto enterrado a menos de medio metro de la superficie.
Cuando abrieron para ver su contenido, encontraron un cadáver. De inmediato la policía francesa y el juez de guardia se hicieron cargo del hallazgo y, tras buscar en las proximidades, encontraron otro cuerpo, también embalado y en las mismas circunstancias.
La autopsia desveló la brutalidad con la que se había tratado a los dos agentes destinados en la oficina del DNI de San Sebastián. Tenían los dedos de las dos manos fracturados, además de varias fracturas en costillas y el cráneo. Parte del cuero cabelludo les había sido arrancado antes de la muerte, que se produjo de un disparo en la nuca en ambos casos.
Nuevamente, las autoridades españolas obviaron este caso que apenas tuvo repercusión en nuestro país. Jamás se reabrió. No se buscó a los culpables, pero la policía francesa lo tenía claro: los terroristas vascos buscaban a agentes de la inteligencia contraterrorista, se equivocaron y, tras torturarlos, asesinaron a Jesús María González Ituero y José Luis Martínez Martínez.
Torturados por ETA, palizas y destornilladores en los ojos
En los últimos años del franquismo, Francia era un auténtico santuario para los asesinos etarras. No importaban sus crímenes. Eran admirados porque mataban, eso creían, para acabar con el régimen en España. Franco murió en 1975, pero las autoridades francesas siguieron manteniendo una inacción continuada durante otros quince años más. Un tiempo en el que los crímenes cometidos por la banda terrorista de ultraizquierda en su territorio iban siendo enterrados para desesperación de los familiares de las víctimas a las que se les negaba el consuelo de saber qué pasó con sus seres queridos.
El 24 de marzo de 1973 era sábado. Cuatro amigos -Cesáreo, José Humberto, Jorge Juan y Fernando- comieron juntos en casa de uno de ellos, Cesáreo Rodríguez Ponte, y salieron a jugar una partida de cartas al bar de siempre, en Irún. Tras la partida, Cesáreo, que había sido el anfitrión se fue a trabajar y los otros tres decidieron ir a San Juan de Luz a ver una de esas películas que la censura no permitía reproducir en España. Vieron “El último tango en París”. Después decidieron tomar unas copas antes de volver a Irún. Pero en esa localidad no quedaban entradas y continuaron camino hasta Bidart, donde sí pudieron ver la proyección.
Una vez de vuelta decidieron parar en un local a la salida del municipio francés y entraron en un bar llamado Lycorne.
Allí estaban los etarras Tomás Pérez Revilla, Prudencio Sudupe Azkune, Jesús de la Fuente Iruretagoyena, Ceferino Arévalo Imaz, Manuel Murúa Alberdi y Sabino Atxalandabaso Barandika. Entre ellos, secuestraron y asesinaron a los tres amigos. No por una información obtenida por sus redes en España, ni por tener la certeza de que fueran agentes de Policía. Los etarras pensaron que eran policías, y eso bastó para sentenciar a muerte a los tres jóvenes.
Los etarras se confundían, pero no les importó que Fouz Escobedo fuera empleado de una compañía de transportes, que Quiroga Veiga fuera un agente de aduanas en Irún y que García Carneiro estuviera en el paro y buscando trabajo. Tampoco les importó que tuvieran edades comprendidas entre los 23 y los 28 años. Los habían condenado por una corazonada, que además era falsa.
Existen varias versiones sobre cómo se produjo el secuestro y muerte de los tres jóvenes. Quizá eso sea lo de menos.
Más importante es que la Policía francesa cerró el caso sin encontrar los cuerpos y sin haber intentado localizar el coche, un Austin Victoria 1300, en el que se habían desplazado.
Después de los hechos, mucho después, conocemos algunos detalles gracias a los libros de memorias publicados por los etarras o por personas que se movieron en su entorno.
Dos son las publicaciones que relacionan la desaparición de los tres jóvenes con la actuación de ETA. La primera es el libro de memorias del etarra Juan Manuel Soares Gamboa “Agur ETA”. En ese libro explica como a la lista de víctimas de la banda terrorista vasca hay que añadir el nombre de los tres amigos desaparecidos. Que, según el que fuera jefe militar de ETA, fueron torturados y asesinados. El propio Pérez Revilla fue el encargado de darles el tiro en la nuca que puso fin a los sufrimientos de los tres jóvenes dándoselo cuando llevaban varias horas siendo torturados.
El segundo libro nos da más información. Es la autobiografía escrita por Mikel Lejarza “El Lobo”, el agente del SECED que logró infiltrarse en ETA durante años consiguiendo desarticular en varias ocasiones su cúpula dirigente. En su libro, el agente de los servicios secretos cuenta como los etarras “vieron aparcado un Austin Victoria con matrícula de La Coruña y los confundieron con policías de información. Los gallegos, además, iban vestidos con traje y corbata. Se produjo una pelea y mataron de un botellazo a José Humberto Fouz. A los otros dos se los llevaron para interrogarlos y fallecieron durante las torturas a las que fueron sometidos. ‘Peixoto’ me confesó que los torturadores introdujeron en uno de ellos un destornillador por un ojo. ‘Y cómo gritaba el tío’ me llegó a decir el cabrón. Según él, quien dio la orden de la desaparición fue Tomás Pérez Revilla”.
Torturas y asesinatos cometidos por ETA, hasta ahora desconocidos
Eran los últimos años del franquismo y los primeros de la Transición. Unas fechas en las que el engaño de la banda terrorista de ultraizquierda ETA estaba quedando patente. Ya no podían justificar sus asesinatos vendiéndose como luchadores contra el franquismo, como pretendía la izquierda española de entonces -y en gran medida la de ahora-. Seguían asesinando, porque su finalidad era la separación de un territorio español, las tres provincias vascas, del resto del territorio nacional.
En aquellos años, los últimos setenta y los ochenta, el sur de Francia era un refugio seguro para los criminales etarras y allí campaban a sus anchas. Por eso, las Fuerzas de Seguridad del Estado que se encargaban de la lucha contra el terrorismo se desplazaban al norte de los Pirineos para intentar localizar a los criminales.
Los asesinos no dudaron en actuar, la impunidad que les brindaba Francia así se lo permitía, con toda la crueldad de la que eran capaces. Fruto de aquellas actuaciones, estamos a punto de conocer un informe en el que se recoge, al menos, media docena de casos de torturas cometidas por los terroristas. Sus víctimas eran españoles a los que consideraban agentes de la Policía o confidentes de ella.
El primer caso conocido de esta serie de torturas es el de Valentín Parras Tostado. Un caso de esos que en la prensa española se despachaba con una breve mención, en esa política de ocultamiento que tanto benefició a la banda terrorista a la vez que perjudicaba a sus víctimas y a toda España.
El 25 de julio de 1975, un pescador que faenaba en el río Neville en San Juan de Luz encontró un cadáver medio flotando. Al hacerse cargo del cuerpo, la policía francesa descubrió que con un objeto punzante le habían grabado en el pecho cuatro letras: “ETA-V”. El grupo escindido de la VI asamblea que mantuvo la insistencia en el uso del terror y los asesinatos para intentar la separación vasca de España. En ese sector, cuya denominación era askatasuna ala hil (libertad o muerte), se agrupaban los pistoleros más sanguinarios y contaban con el apoyo de EGI, las juventudes radicalizadas del PNV, que por aquel entonces apoyaban el terrorismo. Este grupo acabaría haciéndose con el control absoluto del grupo terrorista.
¿Quién era Parras Tostado?
El cuerpo de la víctima, según la autopsia que le fue realizada en Francia, presentaba lesiones producidas mediante técnicas de tortura. Entre ellas, como recogió la prensa francesa en su momento aunque no apareció en la prensa española, fracturas múltiples en varias falanges de los dedos, quemaduras en varias parte del cuerpo, uñas extraídas, cortes en varias partes del cuerpo y lesiones oculares con objetos punzantes.
El mismo informe forense establecía como causa de la muerte el estrangulamiento, que había sido previo a ser trasladado y arrojado al río Neville con lastre atado a los pies. Tardó mucho en conocerse la identidad de la víctima. Finalmente, un año más tarde, se supo que era Valentín Parras Tostado, un ciudadano español nacido en la localidad cacereña de Miajadas que había sido identificado por la banda terrorista como miembro de los servicios de información de la Policía española.
Años después, el etarra Javier Zumalde recogería este hecho en su libro de memorias “Las botas de la guerrilla” donde explica: “otro individuo (este perteneciente al Servicio de Información del Ejército Español) es cazado en San Juan de Luz, interrogado y ajusticiado. Su cadáver aparece el 26 de julio en la ría de La Nivelle. Según la Policía, estaba maniatado y tenía sujetos sus pies a un bloque de cemento”.
La banda terrorista de ultraizquierda no dudó en torturar y asesinar a un miembro de los servicios secretos españoles en un momento en el que la situación política española se encontraba en pleno cambio y en el que no se había producido ni una sola acción contraterrorista en suelo francés. La guerra sucia había empezado, y era ETA quien fijaba las condiciones del juego. Curiosamente, todavía hoy, ellos denuncian falsamente como torturadores a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que velan en nuestro país por el imperio de la Ley. Y lo malo es que la izquierda española les sigue haciendo el juego.
CONCLUSIÓN
Los crímenes cometidos por ETA durante los años finales del franquismo y los primeros de la Transición desmienten de forma contundente la imagen de un proceso pacífico y sin grandes sombras. Mientras se consolidaban las nuevas instituciones democráticas, la banda terrorista actuaba con una impunidad casi total en el sur de Francia, torturando y asesinando tanto a agentes del Estado como a simples ciudadanos a los que confundía o señalaba arbitrariamente como enemigos.
El silencio institucional, la tibieza diplomática y el miedo a “entorpecer” el nuevo clima político contribuyeron a enterrar durante años la memoria de estas víctimas. Recordarlas hoy no es un ejercicio de revancha ni de utilización partidista del dolor, sino una obligación moral para desmontar el relato complaciente de una Transición sin violencia y para reivindicar la dignidad de quienes pagaron con su vida el precio de una paz que aún estaba lejos de ser real. La memoria de las víctimas de ETA no puede seguir siendo una nota a pie de página en la historia reciente de España.
