INTRODUCCIÓN
Durante décadas se ha presentado la llamada Transición española como un proceso ejemplar y pacífico que permitió el paso de la dictadura a la democracia sin traumas. Sin embargo, más allá del relato oficial, aquel periodo estuvo marcado por un clima constante de violencia política, terrorismo y tensiones territoriales. Mientras algunos episodios han sido recordados con frecuencia en la memoria colectiva, otros han quedado diluidos o tratados como hechos aislados.
La realidad histórica muestra que los años posteriores a la muerte de Francisco Franco estuvieron atravesados por atentados, asesinatos y una fuerte presión terrorista protagonizada por organizaciones como ETA, GRAPO o Terra Lliure. Estos grupos, lejos de aceptar el nuevo marco democrático impulsado por el gobierno de Adolfo Suárez y respaldado por el rey Juan Carlos I, intensificaron su actividad armada durante aquellos años.
Analizar este contexto permite comprender que la Transición no se desarrolló en un escenario de tranquilidad política, sino bajo la presión permanente del terrorismo y del creciente desafío nacionalista.
Entre los cuentos de sirena de la “Sacrosanta Transición” que decía Umbral, se habla de lo modélico que fue aquel proceso de pasar de la dictadura a la democracia de forma pacífica. Y entrados en el relato de la historiografía oficial siempre se recuerda el caso de los abogados laboralistas de Atocha asesinados salvajemente por un grupo de extrema derecha, sin embargo al mencionar algunas de las cientos de víctimas asesinadas por la izquierda, se trata el tema como simples actos terroristas y sin llegar a mencionar su adhesión izquierdista. Sin embargo cualquier comunicado de ETA comienza por un “Euskadi Ta Askatasuna, organización socialista revolucionaria vasca” y con los etarras puño en alto; sólo la ETA ha asesinado a 857 víctimas, casi todas ellas tras la muerte de Franco, y la Ley de Amnistía General y el Estatuto de Autonomía Vasco. Entre las organizaciones más sanguinarias estuvo también el GRAPO, una banda terrorista vinculada al Partido Comunista de España (reconstituido), cuyo saldo fueron más de 80 víctimas asesinadas desde 1975. Y entre las bandas terroristas de la izquierda separatista podemos mencionar a Terra Lliure, nacida en plena Transición y que llevó a cabo 200 atentados y provocó 5 víctimas mortales. Pero hubo otras organizaciones terroristas como el FAG, Loita Armada Revolucionaria, GAVF, Andecha Obrera, etc.
Por tanto la Transición no fue pacífica y el yugo del terror terrorista pesó sobremanera en la forma de configurar el Estado autonómico en aquellos años. En realidad lo excepcional fueron las víctimas producidas por exaltados de la derecha, y lo habitual en los noticieros fueron los atentados de la izquierda terrorista durante la Transición. Entonces también quedó evidente que la ETA y el GRAPO no eran luchadores por las libertades democráticas sino bandas totalitarias de la izquierda radical y separatista, pues llegada la democracia la tildaron de burguesa y capitalista, como a la II República, y continuaron asesinando pero en mayor número y crudeza, alentados por las continuas cesiones del gobierno Suárez.
Tras la muerte de Franco en 1975, y con la nueva política buenista y concesionista inaugurada por Juan Carlos de Borbón, quien quería asegurar su trono haciendo todo tipo de concesiones a los históricos enemigos republicanos, y que tuvo su alter ego en el presidente Suárez al que primero eligió el monarca con los poderes heredados de Franco. Suárez aprobó una amnistía general por la que los terroristas de la ETA fueron liberados; amnistía que los terroristas aprovecharon para volver a ingresar inmediatamente en la organización terrorista y seguir con los atentados. De tal modo que la organización terrorista que apenas había asesinado durante el franquismo, en 1978 provocó 64 víctimas mortales, en 1979 fueron 84 víctimas, y 93 en 1980, etc.
Hubo un clima de preocupación e incertidumbre en toda la sociedad española durante todo el período de la Transición por culpa del terrorismo, gracias al alimento autonómico que daba el gobierno de la UCD a las pretensiones terroristas, al hacer todo tipo de concesiones a los nacionalistas vascos y catalanes, lo que animaba a los terroristas a multiplicar sus atentados en espera de mayores cesiones con el objetivo último de la independencia.
En realidad esta ha sido la filosofía que han practicado todos los gobiernos españoles durante los últimos 40 años: hacer cada vez más concesiones al nacionalismo con el argumento de solucionar y acallar las aspiraciones nacionalistas. Pero si en 1975 el nacionalismo separatista era minoritario y concentrado en Vascongadas y Cataluña, actualmente se ha multiplicado al calor del Estado autonómico, y el virus se ha contagiado hasta llegar incluso a la españolísima Andalucía, donde también han surgido nacionalistas.
Las múltiples competencias que se han traspasado a las comunidades donde existe el nacionalismo se han producido también gracias a la ley electoral diseñada en la Transición, y no corregida posteriormente, lo que provoca la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas en el parlamento español, ya que su voto está concentrado en pocas circunscripciones provinciales. Los partidos nacionalistas después sacan tajada ofreciendo sus votos a gobiernos en minoría en Madrid a cambio de mayores contrapartidas económicas y traspaso de competencias a sus gobiernos autonómicos, como fueron sanidad y educación.
Los nacionalistas, que tácitamente aparcaron el separatismo en la Transición, han aprovechado el Estado autonómico para ir construyendo sus “nacioncintas” durante estos 40 años de buenismo ingenuo y generoso; y cuando el proceso de absorción de recursos, competencias y de adoctrinamiento ideológico ha llegado a su madurez, los nacionalistas se han mostrado como los separatistas que nunca dejaron de ser. Y la crisis económica y política de la débil España actual ha sido la señal oportuna para los separatistas para intentar dar el golpe final.
Ahora tras 50 años, vemos de forma evidente que lejos de solucionarse el problema del nacionalismo separatista se ha agravado sobrepasando todos los límites. No ha sucedido lo mismo en Francia donde están prohibidos los partidos separatistas, y no han sufrido las tensiones de los separatistas vascos y catalanes que hay en su territorio. Por tanto, resulta chocante que ante el último embate del separatismo catalán, se vuelva a caer en el mismo error de ahondar en la cesión, y el PSOE hable ahora de reformar la Constitución para ir a un estado federal y contentar así a los que nunca se van a contentar. Es decir, ante la falta de perspectiva histórica volver a cometer el error de los que crearon el Estado autonómico en la Transición, y pasar a un estado federal para no solucionar nada sino para agravar aún más el problema.
CONCLUSIÓN
La imagen de una Transición completamente pacífica simplifica un periodo histórico mucho más complejo. La violencia terrorista, la incertidumbre política y las tensiones territoriales formaron parte del escenario en el que se construyó la democracia española. Organizaciones como ETA o GRAPO mantuvieron una intensa campaña de atentados que condicionó profundamente la vida política y social del país.
Comprender este contexto resulta fundamental para analizar el origen de muchas dinámicas políticas actuales, especialmente en relación con el nacionalismo y el modelo territorial del Estado. Solo desde una mirada completa sobre aquellos años es posible valorar con rigor histórico lo que realmente significó la Transición española y las circunstancias en las que se fraguó el sistema político vigente.
