INTRODUCCIÓN
Durante la Guerra Civil española, Madrid se convirtió en un escenario extremo donde la violencia política, las detenciones arbitrarias y el riesgo constante de muerte empujaron a miles de personas a buscar refugio fuera de los cauces habituales del Estado. En ese contexto, varias embajadas y consulados extranjeros asumieron un papel decisivo como espacios de asilo, transformándose de forma improvisada en auténticos centros de refugiados nacionales.
Salvo notables excepciones —como la Unión Soviética, Estados Unidos o el Reino Unido, que alegaron distintos motivos para no participar oficialmente—, numerosas legaciones diplomáticas acogieron a personas perseguidas por su ideología, que no siempre era derechista, y cuyo destino previsible era la cárcel, el “paseo” o la ejecución extrajudicial. El decano del cuerpo diplomático, el embajador de Chile Aurelio Núñez Morgado, fue el principal impulsor de esta iniciativa humanitaria que permitió salvar miles de vidas, pese a las enormes dificultades materiales, políticas y de seguridad.
El sistema de asilo diplomático funcionó con altibajos, sufrió violaciones flagrantes de la inmunidad —como los asaltos a las legaciones de Finlandia, Perú o Turquía— y convivió con evacuaciones al extranjero y canjes de prisioneros entre ambos bandos. Aun así, constituyó uno de los episodios más singulares y menos conocidos de la Guerra Civil: una red de protección improvisada en medio del colapso del orden jurídico y la violencia generalizada.
«Bastantes países extranjeros -con la excepción, alegando motivos diversos, de Rusia, EE.UU. e Inglaterra- con embajadas y consulados en España decidieron prestar acogida a algunas personas amenazadas o perseguidas en Madrid a causa de su ideología (no siempre derechista) y cuyo destino iba a ser la cárcel y/o la muerte violenta; el chileno Aurelio Núñez Morgado, decano del cuerpo diplomático, fue el principal valedor de la humanitaria iniciativa que salvó muchas vidas y que, con altibajos diversos -pues hubo, por ejemplo, violación de la inmunidad diplomática en el asalto que sufrieron legaciones como las de Finlandia, Perú y Turquía-, se mantuvo hasta el final de la guerra; en todo ese tiempo fue realizada asimismo la evacuación de algunos grupos de refugiados al extranjero3 y hubo también canjes de personas significadas de una y otra zona (el falangista Raimundo Fernández Cuesta por el republicano Justino de Azcárate, por ejemplo)
Entre las 7.500 personas que se calcula beneficiadas por la operación embajada figuraron algunos escritores: junto a quienes firman los libros que van a ocuparnos, un Tomás Borrás -el autor de la novela Chekas de Madrid, que se refugió en la legación de Checoslovaquia y que, tiempo después, consiguió embarcar como evacuado en Valencia-; Fernando Vela -el secretario de la Revista de Occidente que, pese a su condición inequívoca de republicano y liberal, estimó conveniente refugiarse en el consulado de Haití, donde estuvo un año y de donde salió para Francia (noviembre de 1937);…»
«Inmediatamente después del comienzo del conflicto, de acuerdo con los testimonios personales de Núñez Morgado recogidos por la investigadora chilena Elena Romero Pérez, la legación chilena recibió “las más apremiantes imploraciones de asilo y bien pronto la Embajada se vio invadida de un número, siempre creciente, de refugiados que hoy suman cerca de mil personas, repartidos entre la mansión principal de la representación (en la calle del Prado, 26), donde se hospedan alrededor de 600 asilados, y los edificios anexos a ella, el Consulado, Plaza Salamanca; el Refugio Chileno, calle Santa Engracia 13; y el Decanato, Castellana 29″.
“Como veía la situación a cada instante más grave, como veía caer doscientas o trescientas personas asesinadas cada día, no sólo no me fue posible deshacerme de los que había recibido, sino que tampoco me era posible hacer oídos sordos a quienes en talas circunstancias llamaban a mi puerta”, relataba Aurelio Núñez Morgado en 1936».
«Paralelamente entró en la historia Cristopher Lance, el máximo responsable, por aquel entonces, de la embajada inglesa en Madrid, situada en la calle Fernando El Santo que desde muy pronto empezó a asumir funciones de embajador. Len Crome, que meses más tarde se desvincularía de las ambulancias escocesas, veía al diplomático como un “fascista traidor” por acoger en la embajada a cientos de “derechistas perseguidos por la justicia republicana”. ¿Eran verdad estas acusaciones? Posiblemente. Años después de terminar la guerra, el diplomático inglés fue homenajeado por Franco. El libro ‘Voices for the spanish civil war’ le acusó, después de la contienda, de organizar expediciones clandestinas de refugiados franquistas a Valencia para desde allí ser trasladados a Francia. Estas acusaciones llegan a decir que “los presos franquistas salían de la embajada en las ambulancias escocesas, repletos de vendas, como si se tratara de heridos republicanos”».

Varios ciudadanos ingleses y españoles en la embajada inglesa
https://thediplomatinspain.com/2020/08/la-embajada-de-chile-acogio-a-4-000-refugiados-durante-la-guerra-civil/
«Durante los primeros meses de la Guerra Civil (1936-1939), la embajada alemana, situada en un palacete del paseo de la Castellana, dio asilo a quince ciudadanos alemanes y sesenta y cinco españoles. Al reconocer Alemania en noviembre de 1936 al gobierno franquista y trasladarse el embajador a Burgos, las autoridades republicanas dieron un plazo de veinticuatro horas para el desalojo de la embajada madrileña. Temiendo un ataque de los milicianos, los representantes de Chile, Rumanía, Países Bajos y Noruega intentaron llevarse a los refugiados, pero los milicianos lo impidieron, apresando a dos alemanes y cuarenta y cinco españoles.»
Imágenes de refugiados en la embajada alemana.
CONCLUSIÓN
La experiencia de las embajadas madrileñas durante la Guerra Civil demuestra hasta qué punto la diplomacia pudo convertirse en un instrumento de auxilio humanitario en circunstancias extremas. Miles de personas —militares, políticos, escritores, profesionales y ciudadanos anónimos— encontraron en las legaciones extranjeras el único refugio posible frente a una represión que desbordó cualquier marco legal.
El papel de diplomáticos como Aurelio Núñez Morgado, así como de otros representantes extranjeros, revela una realidad compleja: mientras algunos gobiernos mantuvieron una estricta neutralidad o se inhibieron, otros asumieron riesgos considerables para proteger vidas humanas, incluso a costa de tensiones con las autoridades republicanas y de violaciones de la inmunidad diplomática. Los asaltos a embajadas, las detenciones de refugiados y la presión constante de las milicias muestran que el respeto al derecho internacional fue frágil y condicionado por la correlación de fuerzas políticas.
Lejos de ser un episodio marginal, la “operación embajadas” constituye una prueba de que, en medio de la guerra y el colapso institucional, subsistieron espacios de humanidad y resistencia moral. Recordar estos hechos no solo permite comprender mejor la complejidad del Madrid republicano, sino también rescatar una dimensión esencial de la historia: la de quienes, desde la diplomacia y al margen de bandos, actuaron para salvar vidas cuando el Estado había dejado de hacerlo.

