INTRODUCCIÓN
Félix Schlayer, empresario y diplomático noruego, ejercía como Cónsul y Encargado de Negocios de Noruega en España cuando estalló la Guerra Civil en 1936. Desde esa posición, dotada de inmunidad diplomática y de una relativa libertad de movimientos, dejó un testimonio directo y minucioso de lo que sucedía en el Madrid republicano durante los primeros meses del conflicto. Su relato no es una reconstrucción posterior ni una interpretación ideológica, sino una crónica escrita desde la experiencia personal, el contacto cotidiano con cárceles, autoridades y organismos internacionales.
Al analizar sus vivencias, resulta inevitable establecer paralelismos con otros diplomáticos que, en contextos igualmente extremos, aprovecharon su estatus para realizar acciones de auxilio humanitario. Casos como el del español Ángel Sanz Briz o el italiano Giorgio Perlasca en la Hungría ocupada durante la Segunda Guerra Mundial muestran cómo la diplomacia pudo convertirse en un instrumento de salvación frente a sistemas de violencia institucionalizada. En el Madrid de 1936, Schlayer desempeñó un papel similar, interviniendo para salvar vidas, documentar abusos y denunciar la quiebra del Estado de derecho.
Su testimonio ofrece una visión excepcional sobre el funcionamiento de las cárceles, la aparición de las checas, las sacas de presos y la connivencia —por acción u omisión— de las autoridades republicanas ante una represión que desbordó pronto cualquier marco legal.
Félix Schlayer, empresario y diplomático, era Cónsul y Encargado de Negocios de Noruega en España en 1936 y dejó narrado en primera persona sus vivencias en el Madrid republicano. Si se analiza su relato se parece a lo ocurrido con otros diplomáticos durante la guerra mundial, que aprovecharon su situación de inmunidad y relativa libertad de movimiento para acciones de auxilio, por ejemplo el caso del español Ángel Sanz Briz y el italiano Giorgio Perlasca en Hungría, cuyas historias luego fueron llevadas al cine, «El Ángel de Budapest» y «El cónsul Perlasca»;
Afluencia incesante
La primera vez que establecí contacto con las cárceles fue a finales de septiembre de 1936, cuando acudí a visitar al abogado de la Legación de Noruega, Ricardo de la Cierva, en la llamada cárcel Modelo de Madrid, situada en un espléndido lugar limítrofe con la Moncloa, antigua posesión real. Se divisaban desde allí unas vistas magníficas de la Sierra de Guadarrama y de cincuenta kilómetros de meseta que la separa de la misma, más allá en el horizonte, se alcanzaba a ver la hermosa Sierra de Gredos, al sur de Ávila. Es una de las panorámicas más hermosas que puede haber, la de este grandioso paisaje, de ilimitada amplitud, con tonalidades azules y violetas en las cordilleras, y, en lo alto, ese cielo español, casi siempre de un azul intenso. No parecía sino que habían situado intencionadamente la cárcel en dicho lugar para que a las personas obligadas a disfrutar entre rejas de semejante espectáculo, se les hiciera doblemente penoso la pérdida de su libertad.
Esta era la única cárcel masculina oficial de Madrid. Había además, a la parte opuesta, en la periferia de la Ciudad, una cárcel de mujeres, de nueva construcción, que sustituyó a un viejo caserón situado en el centro de Madrid. Al estallar el Movimiento, las dos cárceles estaban ya llenas de presos políticos y de penados comunes. Pero la palabra «llenas» perdió su significado al forzarse la entrada de centenares de nuevos presos políticos. La cárcel Modelo proyectada para mil doscientos hombres, como máximo, llegó pronto a contener cinco mil. En las celdas individuales, cuyas dimensiones eran de 2 x 3 metros, se amontonaban cuatro, cinco y hasta seis personas. De colchones, por supuesto, ni se hablaba. ¡Puede uno imaginarse con estos datos cuáles eran las condiciones higiénicas! Pero el ingreso de presos siguió en aumento y no era ya la Policía, sino el «pueblo libre» el que, con arreglo a su parecer, detenía a unos u otros. Cuando el farmacéutico Giral, en la noche del 10 al 11 de julio, asumió la Presidencia, recibida de manos del acobardado Martínez Barrio, no sólo había entregado a la plebe todas las armas disponibles sino que, al mismo tiempo, la había estimulado a que las usaran, a su libre albedrío, con el único fin de eliminar a sus enemigos. Las consecuencias de todo ello ya han sido descritas por mí; con frecuencia era suficiente llevar cuello y corbata para quedar detenido y, una vez en la cárcel, dichas personas quedaban allí, en la mayor parte de los casos, durante cuatro, cinco o seis meses, sin que se les interrogara ni se les tomara ninguna clase de declaración. Su número era ya abrumador y no había tribunales legales que pudieran hacerse cargo de administrar justicia, pues los primeros eliminados fueron los propios Magistrados, que nunca hubieran podido juzgar los “delitos” que les imputaban, al no estar previstos en parte alguna del Derecho Penal.
Así fue, pues, cómo se llenaron las celdas de la cárcel Modelo, tan deprisa, que, ya desde los primeros días, hubo que preparar más espacio para poder hacer frente a esa afluencia continua. De momento, fueron trasladadas las reclusas de la nueva Cárcel de Mujeres a un convento situado en el centro de Madrid, en la Plaza del Conde de Toreno, y a cuyas monjas se las puso, sin más, en la calle. En esta cárcel «conventual» pronto se encontraron señoras pertenecientes a la élite del mundo femenino, de la buena sociedad de Madrid, junto con mujeres de la vida que aún tenían delitos pasados por expiar. A las vigilantes les divertía mucho mezclar a las primeras con las últimas en una estrecha celda.
La antigua cárcel de mujeres quedó ocupada enseguida por hombres y, como tampoco resultó suficiente, se utilizó asimismo como prisión para hombres, otro convento, también situado en el Madrid viejo, San Antón. Pero tampoco bastó y se destinó parcialmente a prisión un amplio edificio escolar de una congregación religiosa, pero, poco a poco y siempre en aumento, se fue ampliando la ocupación hasta llegar finalmente a albergar a cinco mil presos. A esa cárcel, por el nombre de la calle en la que estaba, General Porlier, la llamaban “Porlier”.
Inglaterra interviene
Entonces fue cuando una primera catástrofe carcelaria provocó una protesta extranjera. La descripción siguiente está fundamentada en el informe de un testigo de vista de toda confianza y, a vez, interesado en los hechos.
El 22 de agosto de 1936 una «tropa» de delincuentes comunes vestidos de milicianos, irrumpió en la cárcel Modelo, con el pretexto de efectuar un registro en busca de armas; despojaron a cada uno los presos de todos sus objetos de valor, relojes, anillos de casados, plumas estilográficas, así como de recibos que tuvieran por cantidades de dinero depositadas y se llevaron todo ello, metido en sacos. En las oficinas del establecimiento, se apropiaron asimismo inmediatamente de todas las cantidades de dinero existentes y quemaron los libros para evitar cualquier reclamación posible por parte de los despojados. Dado que estos sumaban más de cuatro mil, puede uno hacerse una idea del brillante éxito de la «operación anticapitalista».
Después de efectuado el «registro», sacaron a los presos, por la tarde a los patios del establecimiento penitenciario, en lugar de hacerlo, como habitualmente lo hacían, por la mañana. No habían recibido todavía en ese día alimento alguno. De repente, surgió un incendio en la leñera de la cárcel, prendido intencionadamente por los milicianos antes mencionados ya que lo habían dejado preparado desde hacía varios días. La finalidad perseguida era, en primer lugar, que al amparo de la confusión surgida, pudieran escapar los presos comunes, cosa que, por supuesto hicieron. Al parecer, contaban asimismo con que también los presos políticos intentarían escapar, para lo que habían previsto que fuera hubiera estacionados grupos armados que inmediatamente dispararan sobre ellos.
De repente, los presos, que se hallaban concentrados en los cinco patios del establecimiento, y miraban con preocupación al fuego, que avanzaba muy rápidamente en torno a ellos, fueron objeto de un tiroteo, procedente de los tejados y balcones de las casas circundantes y del tejado de la propia cárcel. No podían escapar de los patios hacia el interior del edificio porque las puertas sólo permitían el paso de una sola persona a la vez y por tanto el amontonamiento que se produciría entrañaba grave peligro de muerte. Los hombres procuraban protegerse de los disparos, acercándose contra los muros situados en ángulo muerto. A pesar de todo, buen número de ellos murieron, unos sesenta de los políticos y militares más importantes fueron arrastrados afuera por los milicianos y muertos a tiros en los jardines próximos a la prisión.
Los «funcionarios» no aparecían por ninguna parte. El director había desaparecido y, con ello, permitió que los acontecimientos siguieran su curso.
El señor Giral y sus ministros podían mostrar semblantes preocupados, pero les faltaba valor para tomar una decisión. Tenían demasiado miedo al fantasma que ellos mismos habían conjurado. En estas circunstancias, en plena noche se presentó el Encargado de Negocios de Gran Bretaña en el Ministerio de Marina, donde se había reunido el Consejo de ministros a deliberar tras los sacos terreros, con que se protegían, y exigió enérgicamente en nombre de la humanidad, el cese sin demora de semejante monstruosidad. Reclamaba la implantación inmediata de tribunales responsables y que cesaran las arbitrariedades del populacho en los juicios y ejecuciones. Dicho Encargado de Negocios inglés, había tenido conocimiento de los acontecimientos por un alemán y por mediación de la Embajada de Alemania y se había sentido motivado para intervenir. Los desmayados ministros reaccionaron ante la presión de tal protesta y resolvieron convocar inmediatamente un tribunal compuesto por dieciséis miembros de los distintos partidos del Frente Popular bajo la presidencia del inoperante Presidente del Tribunal Supremo. El tribunal se trasladó esa misma noche a la cárcel Modelo e inició su actividad, condenando a muerte a los dos o tres primeros entre los mejores y más significativos hombres; para apaciguar al populacho, dándole la impresión de una mayor severidad.
Tan pronto como el Gobierno se atrevió a dar señales de vida, se redujo el alboroto, lo que prueba que había estado muy en su mano evitar tales sucesos. Los tiradores, que se habían pasado la noche en los tejados haciendo guardia, desaparecieron, y las víctimas que estaban en los patios se miraban con ilimitado estupor al ver que nadie les molestaba. Todavía tuvieron que acampar en los patios todo ese día y la noche siguiente; hasta las cuatro de la madrugada del día 24 en que los condujeron a sus celdas y les dieron algo de pan y conservas de pescado frías. Desde la cena del día 21 no habían vuelto a comer.
El nuevo Tribunal Popular funcionó a partir de entonces, de modo permanente y se ocupaba, sobre todo, de los casos graves de los militares directamente comprometidos en la sublevación. Era el primer paso para el compadreo estatal de la justicia revolucionaria. Pero su actuación estaba naturalmente muy lejos de responder a las exigencias que marcaban las circunstancias. Los muchos «tribunales privados» de las distintas organizaciones seguían, marginalmente, su camino, cometiendo toda clase de vandalismos. Se constituyó un Tribunal semioficial con miembros de diferentes partidos, pero sin ningún juez estatal de carrera, en el domicilio social de un club distinguido de la calle Alcalá que, a partir de entonces, se denominó la «checa de Bellas Artes». El procedimiento se abreviaba muchísimo y terminaba, cuando no podían mediar influencias de los partidos populares, del modo cuanto más brutal mejor, y, en la mayoría de los casos, con el «paseo» nocturno. Está checa no se ocupaba de las personas encarceladas sino de los nuevos detenidos a diario y que, desde allí, salían, la mayor parte de las veces, dentro de las 24 horas siguientes, volviendo a la libertad; o a las cunetas de los alrededores y, sólo en pocas ocasiones, a una prisión. La policía estaba confabulada con esa checa y ocasionalmente con otras, ya que sucedía a veces que les entregaban detenidos en lugar de conducirlos a las cárceles estatales.
La famosa «Checa de Fomento 9»
La checa de la calle Alcalá se mantuvo en servicio sólo durante poco tiempo. En cierto modo estaba allí, algo así como para exhibir la «justicia del pueblo».
De allí pasó a la calle de Fomento nº 9, al Palacio de un Conde, en un rincón del viejo Madrid. Esta expresión: «Fomento 9» alcanzó en Madrid durante el otoño de 1936, resonancias terribles que a cualquier madrileño le ponía carne de gallina. La persona que entraba allí, sólo en casos excepcionales salía con vida.
…
En los primeros días de noviembre de 1936, se me presentó la ocasión de visitar la famosa «checa» de Fomento 9”. Me acompañó el Delegado del Comité internacional de la Cruz Roja. Habían detenido y llevado a esa checa a un miembro del servicio doméstico de la Embajada del Japón y, una vez en ella, peligraba su vida como la de cualquier otro que la pisara en esas condiciones. El ministro del Japón había dirigido al Gobierno varias reclamaciones por telégrafo sin fruto alguno. Se dirigieron a mí con el ruego de que lo sacara y yo me decidí a agarrar el toro por los cuernos.
Cuando llegamos allí, nuestro coche produjo enorme sensación entre el personal de guardia de la puerta. No daban crédito a sus ojos, no concebían la posibilidad de ver un auto del Cuerpo Diplomático aparcado donde solamente lo hacían los destinados a «dar los paseos». Dentro estaban las estancias, descuidadas, llenas de milicianos que corrían de un lado para otro y cuyo aspecto patibulario no inspiraba confianza alguna. La atmósfera estaba a tono; el terror en cierto modo estaba en el aire y el miedo a la muerte que habían experimentado innumerables víctimas, continuaba «palpándose» y cortando el aliento. La expectación que causábamos duró desde la puerta hasta un cuarto al que nos condujeron, tras preguntar por los «responsables» y, en donde se hallaban cinco jóvenes que nos acogieron sorprendidos pero corteses. Pregunté directamente por el hombre de la Embajada del Japón. Uno de ellos consultó una lista y confirmó que hacía tres días que estaba allí. Le pedí que lo liberaran y me declaré dispuesto a llevármelo; como comprobé que tenían listas de sus detenidos, les pedí que me dieran un ejemplar de las mismas para la Cruz Roja. A continuación nos llevaron a otro cuarto, en donde nos presentaron a otros tres hombres mayores, que, al parecer, ejercían la máxima autoridad y probablemente constituían el Tribunal. Se mostraron también muy correctos y, tras unas cuantas explicaciones por nuestra parte acerca de nuestros fines, se declararon dispuestos a complacernos. La inesperada intervención de la Cruz Roja Internacional y el Cuerpo Diplomático pareció impresionarles; aproveché, por tanto, la ocasión para dar otro paso adelante y preguntar dónde tenían a los presos; “en el sótano” fue la respuesta. «Y ¿podríamos verlos?». Tras una breve vacilación, se nos dijo: «sí». A continuación, preguntamos lo que pensaban hacer con dichos presos. Los tres «jueces» se miraron mutuamente. Pasado un momento, uno de ellos dijo: «esta tarde se les conducirá a la Dirección General y se les entregará a la Policía”. Nos declaramos muy satisfechos con semejante propósito y nos despedimos de ellos en ambiente de camaradería. Uno de los jóvenes de la antesala nos llevó al sótano donde en las ocho diferentes celdas, estaban encerradas en total sesenta y cinco personas, entre ellas hombres en su mayor parte jóvenes y mujeres de todas las edades. Daban una impresión de descuido y turbación; nuestra entrada provocaba, por de pronto, en todas partes, un movimiento de susto. No había posibilidad de relacionarnos con cierta comodidad. Para sentarse no existía más que el suelo de baldosas. Nos dimos a conocer y hablamos, con todos, acerca del tiempo que llevaban allí, y si sabían o no el motivo, etc. Un resurgir de esperanza recorría cada una de las salas al marcharnos nosotros. Les dijimos que por la tarde les conducirían a la policía, en la Dirección General.
Una de las celdas estaba cerrada y no podían encontrar la llave. Nuestro guía nos dijo “¡pero si no hay nadie dentro!». Entonces yo le dije que teníamos mucho interés en comprobarlo viéndolo, y le pedimos que derribara la puerta. Así se hizo. La celda estaba vacía. Le dije que ya veíamos que su palabra era de fiar y que esperábamos que tal sería también el caso en cuanto a la promesa de traslado.
A continuación nos fuimos, llevándonos la lista de los presos, y al empleado japonés que, por cierto, era de nacionalidad española. En cuanto a la promesa de entregar a todos los cautivos a la Dirección General, quedó cumplida, como pude comprobar al día siguiente, mediante la lista correspondiente. Más adelante recibí cartas y visitas de algunos de dichos presos. Me expresaban su agradecimiento y afirmaban que los habían condenado a muerte y que nuestra visita fue lo único que les salvó. No he podido comprobar si lo dicho correspondía a la realidad o era mero producto de la febril fantasía de esa pobre gente.
Poco tiempo después esa “checa” se disolvió sin que quedara de ella nada más que su abominable reputación, que todavía se mantiene en el recuerdo y será legendaria. Pero el «Comité judicial» de allí pasó a la Dirección General de Seguridad donde terminó constituyéndose en Comisión que había de entender en todas las detenciones, liberaciones y sentencias condenatorias. La jurisdicción privada de los partidos se elevó en virtud de dicha medida a jurisdicción oficial aunque con atribuciones menores de no poder entender y tomar decisiones en cuanto a la muerte o la vida, sino únicamente en materia de libertad o prisión. El enjuiciamiento propiamente dicho corría a cargo de los tribunales de urgencia compuestos por un jurista de carrera, en calidad de Presidente, con dos asesores miembros de partidos populares. Los casos más graves pasaban al Tribunal Popular, propiamente dicho, con un juez de categoría superior en calidad de Presidente y dieciséis asesores.
…
Crimen monstruoso
Entretanto, habían dado ya las seis y a mí me angustiaba de nuevo un oscuro presentimiento, de lo que pudiera estar ocurriendo en la cárcel Modelo. Cuando, en plena oscuridad me trasladé allí y entré en el patio, donde se encontraban desperdigados, cierto número de milicianos, vino enseguida corriendo hacia mí el Director y me dijo: ¡Se lo han llevado con ellos!, ¡yo no estaba aquí, acabo de llegar del Ministerio! Se refería al abogado de mi Legación, Ricardo de la Cierva, por el que me había interesado tanto. Me refirió, a continuación, que ya en las noches precedentes se había enfrentado dos veces, durante horas, con milicianos que venían a llevárselo, discutiendo con ellos e intentando salvarlo hasta el extremo de amenazarse mutuamente con las pistolas. Esta vez, sin embargo, no hubo ya posibilidad alguna, porque tuvo que ausentarse todo el día en el Ministerio. Al pedirle insistentemente detalles, me contestó que se habían llevado varios centenares de presos para trasladarlos, según rezaba la Orden de la Dirección General, a Valencia, a la prisión de San Miguel de los Reyes. Se los entregaron a un comunista, llamado Ángel Rivera, que era quien traía la orden. Deduje por sus propias referencias que él mismo veía el asunto con pesimismo y, al hacerle yo algunas preguntas categóricas, me contestaba con evasivas. El terror se hacía sentir en el ambiente y se reflejaba en la figura de aquellos mozalbetes desempeñando como milicianos el «servicio» de la defensa de la cárcel, ante la proximidad de las tropas nacionales que ya se habían introducido en el casi circundante parque del Oeste, oyéndose cercanos el tiroteo de que era objeto el edificio, así como el fuego de las ametralladoras constituyendo aquella posición la piedra angular para la defensa de Madrid.
Ya no podía quedarme allí más tiempo porque tenía que recoger al Delegado de la Cruz Roja para acudir a la entrevista con la nueva autoridad policial, tal como había quedado convenido entre nosotros. La tal autoridad, se llamaba Santiago Carrillo, con el que tuvimos una conversación muy larga en la que ciertamente recibimos toda clase de promesas de buena voluntad y de intenciones humanitarias con respecto a la protección de los presos y al cese de la actividad asesina, pero con el resultado final por todos percibido de una sensación de inseguridad y de falta de sinceridad. Le puse en conocimiento de lo que acababa de decirme el Director de la cárcel y le pedí explicaciones. El pretendía no saber nada de todo aquello, cosa que me pareció inverosímil. Pero a pesar de todas aquellas falsas promesas, durante aquella noche y al siguiente día, continuaron los transportes de presos que sacaban de las cárceles, sin que Miaja ni Carrillo se creyeran obligados a intervenir. Y, entonces sí que no pudieron alegar desconocimiento ya que ambos estaban informados por nosotros. A propósito de esta conversación convendría destacar, además, la afirmación categórica que nos manifestó el Delegado de Orden Público, de que Madrid se defendería mientras quedaran en la ciudad dos piedras una encima de otra y un hombre que pudiera sostener un fusil y que únicamente se podría tomar cuando no quedara sino un montón de escombros.
CONCLUSIÓN
El relato de Félix Schlayer constituye una de las fuentes más valiosas para comprender la dimensión de la represión en el Madrid republicano durante 1936. Su condición de diplomático extranjero, ajeno a las luchas internas españolas, le permitió observar los acontecimientos con una mezcla de cercanía humana y distancia institucional, dejando constancia de hechos que de otro modo habrían quedado sepultados bajo el silencio o la propaganda.
Las descripciones de cárceles saturadas, tribunales improvisados, checas convertidas en centros de detención y ejecución, así como las sacas masivas de presos sin juicio previo, evidencian un proceso de degradación de la legalidad en el que la violencia revolucionaria fue tolerada, cuando no directamente integrada, en las estructuras del poder republicano. Especialmente revelador resulta el papel ambiguo de las autoridades, incapaces —o no dispuestas— a frenar unos crímenes que terminaron alcanzando dimensiones monstruosas.
Al igual que ocurrió con otros diplomáticos en escenarios de exterminio durante el siglo XX, Schlayer utilizó su posición para intervenir, negociar y salvar vidas, dejando además un testimonio incómodo pero imprescindible. Su obra obliga a reconocer que la represión en la zona republicana no fue únicamente fruto del descontrol, sino también de decisiones políticas, negligencias conscientes y cesiones ante el terror. Ignorar este testimonio supone empobrecer gravemente la comprensión histórica de la Guerra Civil española.
