Cuando yo no era coronel, ni general, es decir, cuando ascendí a general de brigada, me dediqué a aprender economía».[1]
No sabemos demasiado acerca de los conocimientos que sobre economía pudiera tener el Caudillo aunque existe un documento elaborado por el propio general Franco con fecha 8 de octubre de 1939, Fundamentos y directrices de un Plan de Saneamiento de nuestra economía, armónico con nuestra reconstrucción nacional. En dicho plan se recogen problemas y soluciones para la difícil coyuntura económica española del momento mediante la aplicación de un plan de diez años de duración.
El problema más grave según este documento es el déficit de nuestra balanza de pagos, con el agravante de que se importan muchos productos agrícolas y alimentarios que se producen de manera habitual en España:
«El problema más grande que se presenta a la economía española es el desnivel desfavorable de nuestra balanza de pagos con el extranjero (…). Suprimirlo tiene que constituir la directriz principal de nuestra política económica, ya que, de otra manera, se produciría el fenómeno de que la riqueza nacional continuará agotándose en esta sangría de cientos de millones que anualmente va a vigorizar la economía de los países exportadores (…). Se impone a nuestra política comercial en el exterior:
1°. Suprimir importaciones que no sean indispensables.
2°. Reducir aquellas que puedan tener un substitutivo o permitan esta reducción.
3°. Implantación de nuevas industrias y canales que nos faciliten los productos que hoy importamos.
4°. Intensificar nuestras exportaciones, incluso primándolas
5º Estipular tratados comerciales que obliguen a comprarnos a quienes vendiéndonos sus productos hoy no nos compran o lo hacen en desproporción notoria.
6º Incluir en los tratados con los imperios a los países y colonias de ellos dependientes y que nos importaban sus productos sin compensación.
7º Hacer tratados triangulares estudiando la economía de los terceros países.
8º Dejar fuera de nuestros tratados los productos de cartel o de imposición en los mercados que se puedan equiparar al oro (aceite, hierro, piritas, potasas, mercurio, etcétera)».
En un régimen tan personalista como el surgido tras la Guerra Civil, las opiniones del general Franco sobre cualquier cuestión adquieren una especial relevancia. En el transcurso de la guerra, ya había dejado caer, en algún discurso y a sus colaboradores más cercanos, cuál sería el posible programa a aplicar en cuanto a la economía si se producía la victoria de los sublevados.
«España es un país privilegiado que puede bastarse a sí mismo. Tenemos todo lo que nos hace falta para vivir y nuestra producción es lo suficientemente abundante para asegurar nuestra subsistencia. No tenemos necesidad de importar nada». (Arasa, 2008, p. 184).
Diversos aspectos quedan bastante claros leyendo este fragmento de un discurso del general Franco pronunciado en 1938. Por una parte, se interpreta su intención de apostar por el intervencionismo económico y la autarquía, aunque también parece evidente que los conocimientos económicos del Caudillo eran bastante limitados[2]. No sabemos demasiado acerca de cuánto sabía Franco de economía ni de cuáles eran exactamente sus ideas sobre la materia, sabemos por sus propias declaraciones públicas que era un ferviente antiliberal y anticomunista[3], pero poco más[4].
«No es el Estado pesimista, liberal, capitalista y anárquico del ‘dejar hacer’, que muchos conocisteis; es el tener fe en un futuro; es el enfrentarse con los problemas; es el no conformarse con las condiciones creadas por la naturaleza; es el que tiene fe y seguridad en la labor técnica de los hombres para transformar nuestra tierra y mejorar nuestra vida, que repuebla nuestros montes, multiplica nuestra riqueza, embalsa las aguas y aumenta las escuelas y los medios de comunicación, el que pretende hacer un poco más felices a vuestros hijos; en una palabra, el que ha hecho que España empiece a amanecer».[5]
Por otra parte, parece que Franco pensaba que la gestión de un acuartelamiento era extrapolable al gobierno de un país, que todos los conceptos acerca de disciplina, orden, convivencia o logística eran perfectamente aplicables a un ámbito simplemente más extenso y con más población.
José Larraz López[6] (1904-1973), ministro de Hacienda entre 1939 y 1941, recoge en sus memorias diversas conversaciones de temática económica mantenidas con Franco: «¿Cómo precisaría yo la clase de cultura económica de mi ilustre interlocutor? Aquello no tenía sabor universitario, ni siquiera de Escuela de Comercio; tampoco era la visión experimental de un banquero, o de un hombre de negocios, o de un funcionario. Aquello era la cultura económica de un bizarro capitán de Estado Mayor, recién salido de la Escuela de Guerra, donde aprendiera desde la Física hasta el Derecho Internacional, pasando por la Química, la Táctica, la Estrategia y el Derecho Administrativo… con algo más; quizá, algunas referencias o influencias de las economías totalitarias». (Larraz, 2006, p. 182).
No olvidemos que el liberalismo era para Franco una de las causas de la pérdida de influencia de España en el mundo y también motivo de la decadencia moral de la sociedad y de muchos de los enfrentamientos que perturbaban la paz social y alteraban el orden de la nación, y esto incluía también, por supuesto, al liberalismo económico. Franco había afirmado en más de una ocasión que en la historia de España sobraba todo el siglo XIX y muy especialmente todo lo que había traído el liberalismo.
De hecho, se planteó aplicar algunas de las medidas puestas en práctica durante la guerra una vez llegara la paz: «Anuncio que la experiencia de nuestra guerra tendrá que influir seriamente en todas las teorías económicas defendidas hasta hace poco como si fueran dogmas». (Comín et al., 2002, p. 339). Así, parece lógico pensar que Franco aplicaría la autarquía que ya había defendido en público, en parte por convencimiento personal y por influencia de sus colaboradores pero también sin duda alguna por el contexto internacional y el aislamiento al que se vería sometida España muy especialmente entre 1945 y 1953.
«Los partícipes tradicionales en la economía española –las democracias de Occidente- recelaban de su orientación política y retenían todos sus recursos ante la creciente amenaza de guerra en Europa. España debería recuperarse por sus propios medios; la autarquía, el bastarse a sí misma, resultó una imposición de las circunstancias exteriores tanto o más que una adaptación fascista o una exigencia ideológica del nuevo regeneracionismo, consustancial con la mentalidad de Francisco Franco». (De la Cierva, 1975, p. 133).
«No debe preocuparnos lo que se piense fuera; lo que hemos de lograr no lo conseguimos con el beneplácito ni voluntad ajenas, antes al contrario, tuvimos que pasar por el cerco y la conjura. Lo hemos conseguido con nuestro propio esfuerzo. No podemos olvidar que nuestro camino fue abierto a codazos y que todavía perdura en muchos ambientes internacionales esa conjura callada, pero que periódicamente aflora a la superficie.
Lo cierto es que hemos logrado salir de la vida cansina y sin horizontes, y que necesitamos la permanencia de nuestro sistema para fortalecer el futuro; para esto es necesario, como tantas veces os dije, mantener la unidad, sacrificando y renunciando a lo que nos separa para construir sobre lo que nos une y es común.
De aquí el interés de que continuemos el perfeccionamiento de nuestras instituciones, sin preocuparnos de! desfase temporal que nuestro sistema pueda registrar con los de otros países europeos, que pretenden resistirse a la inexorable evolución política de nuestro tiempo. Este trabaja a nuestro favor: el mundo que viene se aproximará más a lo social y espiritual que nosotros alumbramos, que a lo liberal y capitalista, que a pocos aprovecha, pero que los demás repudian.
Por ello, mi consigna en estos momentos es la de seguir nuestro camino».[7]
En la Falange no lo ven claro y continúan hablando de una revolución nacional sindicalista que ha de implantar un nuevo Estado y una nueva sociedad, si bien tras el Decreto de Unificación[8] y sobre todo tras el final de la guerra queda claro que no se pondrá en práctica apenas nada de su programa económico; los falangistas pasarán a hablar desde ese momento de revolución pendiente.
El propio José Antonio lo expresa así en un mensaje dirigido desde la cárcel de Alicante el 24 de junio de 1936 a todas las jefaturas territoriales y provinciales: «Consideren todos los camaradas hasta qué punto es ofensivo para la Falange el que se la proponga tomar parte como comparsa en un movimiento que no va a conducir a la implantación del Estado nacionalsindicalista, al alborear de la inmensa tarea de reconstrucción patria bosquejada en nuestros 27 puntos, sino a reinstaurar una mediocridad burguesa conservadora (de la que España ha conocido tan largas muestras), orlada, para mayor escarnio, con el acompañamiento coreográfico de nuestras camisas azules». (Del Río Cisneros, 1971, pp. 942-943).
«Y entonces, en lugar de reforma agraria, fiscal y bancaria, se nos habló de luceros, de imperios y de retórica, narcótico de la doctrina. Todo quedó en discursos adulterados, y al final nos quedamos sin bandera. La derecha, la extrema derecha y los conservadores habían ganado la batalla». (De Aguinaga López, 1974, pp. 4-5).
Bien pronto se verá que la nacionalización de la banca, una de las pretensiones de Falange recogida en el punto 14 de su programa, no será atendida. Una guerra cuesta mucho dinero, aportado entre otras personas y entidades, por varios banqueros y bancos, y una vez finalizado el conflicto llegará el momento de devolver los favores y préstamos recibidos[9].
«La supervivencia del statu quo capitalista queda asegurada por la presencia de Ministros con fuertes vinculaciones económicas, precisamente al frente de los Ministerios económicos: Larraz, Benjumea y Gómez de Llano en Hacienda, Carceller en Industria, Cavestany en Agricultura, etc.». (De Miguel Rodríguez, 1975, p. 47).
Como una prueba más de la militarización de la sociedad y de la participación activa de los miembros de las Fuerzas Armadas en política, el 19 de octubre de 1937 son nombrados los componentes del primer Consejo Nacional de FET y de las JONS, en el que diez[10] de sus cincuenta miembros son militares[11]. Otro ejemplo significativo de la militarización de la sociedad durante los primeros años del franquismo lo constituye que algunas de las grandes empresas públicas como SEAT y RENFE organizarán en ocasiones su división territorial o comercial coincidiendo con las regiones militares del momento. Además, en muchas empresas públicas se hizo frecuente proporcionar empleo a mutilados de guerra o simples veteranos del Ejército nacional al margen de las convocatorias habituales y sin pasar por proceso de selección alguno sino por recomendación directa de directivos, sindicalistas o simples conocidos o paisanos, situación que llegó incluso a provocar la sobredimensión de plantillas en algunas empresas, con numerosa presencia de personal no cualificado y ocupando puestos de trabajo inexistentes o innecesarios.
«Como empresa española, y además militarizada en sus mandos principales, numerosos militares retirados encontraron, a tenor de su graduación, un confortable puesto en la empresa nacional. Colocación que podía abarcar desde un modesto trabajo de vigilante a la categoría de director –general, de fábrica o de producción- o al rango de presidente. Empresa, por ende, rígida y autoritaria, en perfecta simbiosis con el sistema político y social en que se hallaba inmerso el conjunto de la sociedad española». (Solé, 1994, p. 25).
Los informativos de Radio Nacional de España (RNE), uno a las 14:30h y otro a las 22:00h, llevan por nombre Diario Hablado de Radio Nacional de España aunque son conocidos popularmente como El parte por el recuerdo de la retransmisión de los partes diarios de guerra durante la Guerra Civil. Comienzan su emisión con el toque de Atención de un cornetín de órdenes y más adelante se incorpora una sintonía basada en el toque de Generala adaptado por el sacerdote jesuita, compositor y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando José María Nemesio Otaño Eguino (1880-1956).
«Los españoles de una situación reducida y raquítica tuvieron como un ideal el de la autarquía, el de llegar a bastamos a nosotros mismos, y se asustan muchas veces ante los excesos de producción. Yo digo que ésa ha quedado muy atrás. Hoy se vive en sociedades de pueblos y naciones; nosotros hemos de salir a pelear y luchar en el mercado común, hemos de salir con nuestros productos al extranjero y hemos de hacer, como otras naciones que edifican la economía exterior sobre el trabajo de sus brazos y el ingenio de sus hombres. En este camino todavía estamos en los primeros pasos y ya comenzamos a exportar al mundo: mañana exportaremos lingotes y pasado otros productos laminados. Mucho es el camino que tenemos que recorrer, y para ello es necesario que sin recelos nos unamos todos, lo mismo la empresa estatal que la particular, que estudiemos alrededor de una mesa y busquemos las mejores soluciones a los problemas, como sucedió con esta obra que un día incomprendida es hoy orgullo y satisfacción de todos, lo mismo para los que pusieron sus afanes e inquietudes en ella, a los que de todo corazón felicito, que a los que un día recelosos la reconocen hoy como una de las bases más firmes de nuestro futuro. En fin: que esta obra que hoy inauguramos demuestra que a España le sobran ingenio, inteligencia y voluntad para su grandes empresas».[12]
[1] Testimonio del general Franco en Silva Muñoz, 1993, p. 156.
[2] Parte del pensamiento económico de Franco expresado por él mismo se halla recogido en el Boletín Informativo de la Fundación Nacional Francisco Franco, núm. 84, noviembre 2000, pp. 16-21.
[3] Así lo recoge con frecuencia Franco Salgado-Araujo, 1976.
[4] Sobre las ideas económicas de Franco, Fontana, 2000, y Preston, 1998.
[5] Palabras del Jefe del Estado en Orense, 15 de noviembre de 1961.
[6] Larraz realiza un detallado estudio del coste económico de la Guerra Civil. BOE núm. 217 de 4 de agosto de 1940.
[7] Palabras del Jefe del Estado en Berga el 1 de julio de 1966.
[8] Decreto 255 de 19 de abril de 1937. Disponiendo que Falange Española y Requetés se integren, bajo la Jefatura de S.E. el Jefe del Estado, en una sola entidad política, de carácter nacional, que se denominará “Falange Española Tradicionalista de las JONS”, quedando disueltas las demás organizaciones y partidos políticos. BOE núm. 182 de 20 de abril de 1937. La Falange se convierte en Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS). La unificación, que convertía a FET y de las JONS en partido único, afectó también a Renovación Española, Acción Española, Partido Nacionalista Español y Acción Popular. Estos partidos se auto disolvieron y abandonaron toda actividad pública.
[9] Sobre esta cuestión, Sánchez Soler, 2005.
[10] Gonzalo Queipo de Llano Sierra, Julio Muñoz Aguilar, Juan Beigdeber Atienza, Fidel Dávila Arrondo, José Luna Meléndez, Francisco Gómez-Jordana Sousa, Juan Yagüe Blanco, José Monasterio Ituarte, Ladislao López Bassa y Darío Gazapo Valdés.
[11] La relación completa de consejeros en González-Bueno, 2005, p. 313.
[12] Palabras del Jefe del Estado en la inauguración de ENSIDESA. Avilés, 24 de septiembre de 1957.
