Los primeros meses de la Guerra Civil Española estuvieron marcados por episodios de enorme tensión, enfrentamientos armados y una profunda división política y social. En la provincia de Gerona, los acontecimientos de julio de 1936 desembocaron en la detención, el procesamiento y la ejecución de varios militares que habían participado en la proclamación del Estado de Guerra.
Entre ellos destacó la figura del teniente de Infantería José de Borbón y Rich, cuya actuación durante aquellos días le convirtió en uno de los protagonistas de los sucesos de Gerona. Junto al teniente coronel Feliciano Montero Dalmases y al capitán Joaquín Ruiz de Torras, fue sometido a un Tribunal Popular y condenado a muerte. Su ejecución, el 13 de octubre de 1936, quedó grabada en la memoria de quienes contemplaron aquellos acontecimientos y pasó a formar parte de uno de los episodios más dramáticos vividos en la ciudad durante la contienda.
El Batallón de Montaña de Asia núm. 2, de guarnición en Gerona, había demostrado su activo españolismo en la sublevación rojo-separatista de octubre de 1934, y no perdió el contacto con la Junta organizadora de Barcelona para colaborar al patriótico Alzamiento. El 18 de julio de 1936 se recibieron los bandos para proclamar el Estado de Guerra y el teniente de Infantería, don José de Borbón y Rich destacó por su actividad y su celo. A él le sorprendió la mañana gloriosa del día 19 lanzado a la calle al mando de una compañía ocupando los puntos vitales de la ciudad. El edificio de Correos y Telégrafos y el cruce del ferrocarril con la carretera. Gerona estaba dominada.
Después los disturbios, la llegada de fuertes contingentes de mineros de Salt, la noticia del fracaso de Barcelona y las actividades de los marxistas hicieron primero decaer el espíritu, obligaron luego a las tropas a recogerse en sus cuarteles, y se terminó rechazando por la fuerza los intentos de asalto de las masas. El teniente Borbón permaneció firme en su puesto durante toda la lucha contra las hordas enardecidas. Al caer el día, mandó que sus soldados apagaran a tiros las luces próximas y salió al campo a buscar —en vano empeño— enlace con otras fuerzas nacionales. Advertida su marcha se ordenó que le persiguiesen fuertes contingentes de guardias de Asalto y milicianos rojos. Pudo eludir el desigual combate, pero no evitar que le forzaran a encerrarse de nuevo en el cuartel en la madrugada del día 20. Había perdido tan sólo dos soldados, desorientados sin duda en la noche.
Su decisión y actividad le habían ganado un merecido renombre y a la puerta del cuartel, como locos o como harpías, pedían enfurecidos y enfurecidas —ejemplares del vandalismo y del odio todos— numerosos grupos de marxistas que le entregasen para darle muerte. Con serenidad inaudita pudo vestirse de paisano y a pie se dirigió a Barcelona. El día 22 en el camino, lleno de peligros y asechanzas, intentaron detenerle unos «rabassaires», y para guardar su vida hubo de defenderse a tiros, matando a uno de sus contrarios. Y en accidentada marcha anduvo cuatro días perseguido y acorralado, muy de cerca, como si fuese un animal dañino, hasta que cayó en poder de una partida de la F. A. I. en las inmediaciones del río Tordera.
Le condujeron al «Uruguay» y le tuvieron encarcelado por espacio de tres meses. De allí le condujeron de nuevo a Gerona con todos los oficiales de la guarnición para ser juzgados por un Tribunal Popular. La vista se celebró en el Palacio de Justicia y duró desde el día 7 hasta el 11 de octubre. Se dio al acto una gran publicidad y para que sus incidencias pudiesen ser seguidas fueron instalados altavoces en la Plaza de la Catedral. La prensa roja de Cataluña dedicó a la parodia de juicio varias columnas diariamente. Y fueron condenados a muerte, —y les negó el indulto, solicitado por los defensores, el Gobierno de la Generalidad de Cataluña—, los siguientes: teniente coronel don Feliciano Montero Dalmases, capitán don Joaquín Ruiz de Torras y el teniente don José de Borbón y Rich.
Su muerte tuvo lugar en la mañana del 13 de octubre de 1936 en el glacis de Santa Catalina del castillo de San Julián de Ramis, a ocho kilómetros de Gerona. Asistió numeroso público al acto de la ejecución, de la que se han conservado cuatro fotografías de cuatro máquinas distintas, y en ella dieron los tres condenados por España clara muestra de la reciedumbre de su espíritu y de su valor. Ellos no se amilanaron de cara a la muerte. Solicitaron y recibieron los auxilios espirituales, e incluso el teniente Borbón causó la admiración de los marxistas que lo reconocieron en su prensa, por su sangre fría y entereza.
Luego desfilaron los asesinos por delante de los cadáveres, vitoreando una maldita libertad que les sirvió de pretexto a sus crímenes. Y mientras esperaban la hora de ser barridos por infrá-humanos todos aquellos jefes y jefecillos, que colaboraron y motivaron el crimen, recogía Dios en su seno a los Caídos, para su gloria.
