El conocimiento histórico del Valle de los Caídos exige acudir a las fuentes documentales y a los testimonios de quienes participaron directamente en su construcción. El siguiente texto, extraído de la tesis doctoral del profesor Alberto Bárcena Pérez, profundiza en el valor historiográfico de las declaraciones de antiguos reclusos recogidas por autores como Daniel Sueiro y Miguel Rodríguez, cuyas obras constituyen una referencia imprescindible para comprender la realidad de Cuelgamuros. Aunque ambos escritores mantuvieron posiciones personales diferentes respecto al franquismo, los testimonios de los penados ofrecen una visión compleja y matizada de la redención de penas, alejándose tanto de las idealizaciones como de las interpretaciones más extremas. Su valor reside, precisamente, en recoger la voz directa de quienes vivieron aquella experiencia, convirtiéndose en una fuente documental de primer orden para el estudio de la construcción del monumento y del posterior debate historiográfico sobre el Valle de los Caídos.
Se publica en primer lugar La verdadera historia del Valle de los Caídos del escritor y periodista Daniel Sueiro quién no era en absoluto afín al franquismo como se ve desde las primeras páginas del libro, donde habla de Franco como aniquilador del bando enemigo, y sostiene que, al construir el Valle, lo que buscaba realmente era: …tener su propia pirámide en el puro sentido faraónico de tumba y desafío a la posteridad y habla de ésta idea como su secreta obsesión.
Sin embargo, su obra, tiene el valor extraordinario de incluir el testimonio de varios penados, – entrevistados por el autor en 1976-, que habían trabajado en la construcción del Monumento Nacional a los Caídos, y proporcionan un relato de primera mano sobre la vida de los obreros allí.
No reflejan, ni mucho menos, una realidad idílica de Cuelgamuros, pero sí muy alejada de la que luego se ha querido mostrar.
Por esos testimonios se ha citado su obra hasta la actualidad en casi todo lo publicado sobre la construcción del Monumento, convirtiéndola en referencia obligada, ya que ningún otro autor ha conseguido reunir tal cantidad de testimonios directos de los reclusos, así como del arquitecto director de las obras, y del primer Abad.
Cuando fueron entrevistados, aquellos antiguos penados, eran hombres mayores pero tenían, aún, la memoria firme, por lo que proporcionan detalles de todo tipo, con algún posible error en las fechas.
El ambiente social, meses después de la muerte de Franco, no le era adverso, en general, ni mucho menos, y todavía no había llegado a ser, como lo será más tarde, “políticamente correcto”, atacar al franquismo. Todo el libro es, desde luego, una crítica del Régimen, pero en un tono mucho menor que el empleado años después. Lo que contaron aquellos antiguos penados, desapasionadamente, más sirve para desmontar las interpretaciones adversas que para apoyarlas. Aunque no era esa, seguramente, la intención del autor del libro.
Los relatos de aquellos hombres, en definitiva, confieren a la obra de Sueiro una cierta objetividad que, brilla por su ausencia en la mayor parte de las publicaciones posteriores.
Entre estos antiguos penados, que dieron sus testimonios entonces, figuran tres que llegaron a ser funcionarios, y muy respetados, por cierto, en el Valle durante décadas:
Don Ángel Lausín, médico del hospital del Valle de los Caídos, don Luis Orejas, practicante en el mismo hospital, y don Gonzalo de Córdoba, maestro de la escuela que allí funcionó durante todo el tiempo de duración de las obras.
De los tres conserva el Archivo del Palacio Real de Madrid abundante documentación.
Entrevistó también Daniel Sueiro a otro penado, don Alejandro Sánchez Cabezudo, que había sido:
Teniente Coronel, con mando de General de División, en el ejército republicano, ex condenado a muerte y escribiente [sic]
Don Alejandro Sánchez Cabezudo, ha dejado, en su testimonio una anécdota, divertida y reveladora, refiriéndose a la visita de unos reporteros americanos:
[… ] hasta que llegó una comisión de periodistas extranjeros , americanos, y para causarles buena impresión y que hicieran fotografías, nos vistieron con el uniforme, el traje de penado que no era obligatorio; era como esos trajes de gala de los chinos, de cuello alto, de chaqueta cerrada[…]de una tela basta de color marrón. Hicieron las fotografías y al parecer las publicaron en los periódicos americanos, nosotros todos vestidos de presos y con unas bolas de hierro encadenadas a los tobillos, un trucaje fotográfico. < Así trata Franco a sus prisioneros>, lo titulaban […].
Aún no habían terminado las obras y ya comenzaba la manipulación –bien tosca en éste caso– de lo que sucedía en Cuelgamuros. Entonces (1950) se llevaba a cabo en el extranjero, pero ya anunciaba lo que podría ocurrir, y ocurrió, en España a la muerte de Franco.
Otro antiguo recluso que trabajó en el Valle, Miguel Rodríguez, edita, en 1979, sus memorias con el título de El último preso del Valle de los Caídos, muy citado por Isaías Lafuente y Fernando Olmeda en sus monografías sobre el tema.
Ocurre con este libro lo mismo que con el de Sueiro: aunque los que fueron allí trabajadores penados, no siempre guardan buen recuerdo de su paso por Cuelgamuros, sus testimonios revelan una realidad muy diferente a la que la leyenda negra ha logrado imponer en la mayor parte de la opinión pública.
A los difusores de dicha leyenda lo cierto es que no les convendría divulgar esos testimonios que son, en realidad, alegatos contra ella. Más o menos contundentes, pero alegatos favorables, al fin y al cabo, a la imagen de lo que fue, realmente, la redención de penas en el Valle de los Caídos. Todos los reclusos reconocen haber solicitado su traslado a los destacamentos penales que funcionaron en Cuelgamuros, explicando, además, las razones personales que les llevaron a hacerlo. Todos coinciden, también, en afirmar que su situación al llegar allí mejoró considerablemente, y, a veces, hacen afirmaciones tan irrefutables como la que Jesús Cantelar confió a Sueiro:
Trabajando seis u ocho años en el Valle, sabías que tenías la libertad asegurada.
¡Y se estaba refiriendo a condenas de veinte y treinta años! De los antiguos reclusos que hablaron con Sueiro, en 1976, el que guardaba, aparentemente, mejor recuerdo, era el practicante, don Luis Orejas, y el que peor, don Eduardo Saéz de Aranaz, Coronel de Infantería del ejército republicano, ex condenado a muerte y almacenero en Cuelgamuros. Pero incluso él reconoce no haber recibido allí un mal trato.
Ya veremos que en el extremo opuesto se encuentra Tario Rubio, entrevistado muchos años después por José María Calleja, autor de un libro sobre el Valle, publicado en 2009, que reseñamos más adelante. En su testimonio, denuncia distintas atrocidades presenciadas o vividas por él en Cuelgamuros, por emplear la única palabra con la que se refiere a aquel lugar, que se niega a llamar Valle de los Caídos.
De igual manera, se expresa, en el mismo libro, otro de los reclusos que pasaron por allí; el historiador don Nicolás Sánchez Albornoz, cuya sonada fuga (llevada al cine mucho después), relata Sueiro. Antes de llegar ahí, a don Nicolás, volveremos a citarle en éste capítulo a causa de una publicación suya sobre su breve estancia en el Valle.
Pero para llegar a leer éstas condenas, sobre el Valle y la redención de penas, entreveradas de insultos a Franco, habrá que esperar al siguiente siglo. Los primeros testimonios de los que allí trabajaron, son, desde luego, muy diferentes, y no caían, ni de lejos, en el tremendismo literario que iremos viendo.
En 1982 aparece, todavía, una obra muy distinta a todo lo que estaba por llegar: se trata de un libro de gran formato, El Valle de los Caídos. Idea Proyecto y Construcción, en el que Diego Méndez, arquitecto director de las obras del monumento desde 1950, relata toda su labor allí. Incluye un buen número de planos y fotografías, que sirven de apoyo a su obra, en la que explica todos los detalles de la impresionante construcción, tanto en su exterior como en su interior; la arquitectura y la escultura, allí representadas, como exponente de una época, son las auténticas protagonistas de ésta publicación, imprescindible para conocer el monumento bajo todos sus aspectos.
Incluye legislación, descripción e historia de la finca de Cuelgamuros, y testimonios personales de su relación con Franco, como la solicitud que hizo el autor, de palabra, al entonces Jefe del Estado, a fin de que concediera la libertad a los últimos penados que aún trabajaban en el Valle de los Caídos.
Reduce Méndez, el número de penados, así como su participación en las obras, datos nacidos de una leyenda al respecto, que ya entonces denunciaba. Pero reconoce su importante papel en las tareas más arriesgadas:
La maledicencia ha cargado las tintas a la hora de valorar el papel que en la realización de las obras desempeñó dicho personal. Lo rigurosamente cierto es que éste pequeño grupo de obreros fue atendido, aunque con las naturales limitaciones derivadas de su situación, en pie de igualdad con el resto de los trabajadores libres.
Su especial psicología impulsó a algunos de ellos a asumir voluntariamente las misiones más peligrosas, aquéllas en las que, para vencer a la naturaleza, había de esgrimirse las armas del coraje y la dinamita. Sobre alguno de estos hombres, más no sólo sobre ellos, recayó la ciclópea tarea de horadar el Risco de la Nava, para hacer sitio a la prodigiosa Basílica que hoy alberga.
Ya como personal libre, la casi totalidad continuó su tarea en el Valle hasta el fin de las obras, contratados por las diferentes empresas. Hubo incluso, algunos que pasaron después a trabajar en la Fundación.
Como quien conocía la historia del Valle de primera mano, don Diego Méndez, traza en éste párrafo, un resumen certero de la misma: es cierto que los penados, aunque no solo ellos, asumieron tareas peligrosas, y que, casi en su continuaron trabajando en el Valle hasta el fin de las obras (y después de acabadas, en algunos casos también), y que, por último, algunos pasaron a trabajar para la Fundación. Lo sabía él muy bien, porque a su recomendación debían algunos el haber conseguido esos empleos. Diego Méndez fue considerado el gran benefactor de los trabajadores, libres y penados, e iremos constatando la veracidad de lo que afirma en las líneas que acabamos de citar.
El historiador, académico, y presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos, Luis Suárez, publica en 1997, su obra Franco; crónica de un tiempo, donde explica la posición del Generalísimo ante el problema que representaba la población reclusa en España y la solución que previó y puso en práctica entre 1939 y 1945:
Mediante este complicado procedimiento, Franco alcanzó la meta que se había propuesto de hacer desaparecer la población reclusa producto de la guerra sin promulgar ninguna amnistía. Cuando en 1945 Esteban Bilbao abandonó el Ministerio de Justicia el programa estaba cumplido. Los estadillos de la Dirección General de Prisiones de 1 de enero de 1946 indican la existencia de 32.380 reclusos, número normal. No es necesario considerar el plan de excarcelaciones como una simple medida de clemencia: había una razón más profunda de normalización de situaciones laborales y familiares, con honda repercusión en el equilibrio interior. Naturalmente la oposición izquierdista al Régimen no compartió tales argumentos: careciendo éste de legitimidad todas las medidas de represión eran injustas, mientras que las violencias cometidas por los suyos eran tan solo lamentable consecuencia de una insurrección militar. Nunca se produjo la reconciliación que se anunciaba y los argumentos esgrimidos después de 1975 lo demuestran así. Sin embargo es un hecho que se permitió a los vencidos y a sus descendientes incorporarse de lleno a la vida española sin trabas.
Brillante análisis que, quince años después de su publicación, cobra una vigencia especial. De la incorporación a la vida española, sin trabas, de los vencidos y sus descendientes, veremos ejemplos concretos, al hablar de antiguos penados que redimieron penas en el Valle.
