Adiós a Franco.
Ayer, los españoles, pese a todas las severas indicaciones en contra, tomaron el camino de El Pardo. Era una marea decidida y silenciosa. Fue inútil que se intentara disuadirles. Franco había muerto y se había dejado, por fin y sin testigos, el dolor familiar. Pero Franco era de todos. También de ellos, que no querían perder su último perfil, que no querían esperar a la mañana siguiente para decirle adiós, para entreverle, por última vez, en esa inmovilidad de los túmulos oficiales, en el mismo lugar donde en tantas y excepcionales ocasiones se habían congregado para vitorear su nombre, vivo. La misa “corpore in sepulto”, no fue, como se había pensado, un dolor inmenso, pero reducido a los familiares, personalidades y allegados.
Fue la emoción de un pueblo, que desbordaba el reducido recinto sacro, que rezaba y lloraba, bajo el cielo de los fieles, porque Franco, su Francisco Franco, no era ya de este mundo.
Era el comienzo de una apoteosis dolorosa que quería rendir al Caudillo, no sólo su adiós. También la espera de este adiós, que muchos están seguros de no poder alcanzar materialmente, porque son muchos más de un millón de personas las que esperan y, según los cálculos más aproximados, unos dos mil quinientos los que, pese a toda organización y premura, desfilan ante él cada hora. A las siete y media de la mañana, media hora antes de que se iniciase la popular y triste despedida, la fila de los que aguardaban llegaba a la Puerta del Sol, por un lado, más allá de la plaza de España, por otro, un kilómetro largo, en frentes de diez, para que ustedes se hagan cargo.
Los balcones se habían cuajado de banderas, de colchas drapeadas, de sencillas sábanas, con crespones negros. Muchas más que las de ayer. En el avance primero, se tardó una hora, poco más o menos, en llegar a las puertas de palacio. Después, incesantemente, fueron llegando nuevos grupos. Hombres maduros, jóvenes, mujeres, ancianos, niños… Mucha juventud, mucha.
La fila sobrepasaba la Puerta del Sol por toda la calle de Alcalá, daba la vuelta en torno a la plaza de Ramales, cerca del teatro de la Ópera, y volvía a encauzarse. Por la plaza de España, descendía hasta el final de los jardines del Campo del Moro, bordeaba el Manzanares y llegaba al estadio Calderón. Piensen ustedes en más de dos kilómetros y no se equivocarán. Y aumentaba cada vez. Lo asombroso era el orden, la disciplina. Se avanzaba paso a paso.
Se sabía que, de llegar, se tardaría siete, ocho horas, quizá. Que quizá, como dije, no se llegaría. Y, sin embargo, nadie desertaba, nadie dejaba oír una protesta, nadie intentaba ocupar un puesto que no fuese el suyo.
Franco, yacía en un túmulo, con un gran crucifijo sobre él y, al fondo, la estatua de Pompeyo Leoni, del césar Carlos V con el furor vencido a sus pies. A la entrada, frente a la gran escalera, ramos de flores, cientos de ramos de flores y coronas. Un silencio absoluto, que sólo rompían las músicas sacras, y el aroma de estas flores de España, rosas solitarias unas, estallidos de luz y colores otras.
El silencio se unía al vacío. Sólo las banderas, sostenidas por hombres inmóviles como estatuas. Las banderas de las que siempre, y abierta y protectora para todos, quedara la sombra. Y el pendón del Caudillo, con su gran lazo negro. Arriba, los techos de Lucas Jordán y el Tiépolo. A la izquierda, los tapices. A la derecha un reloj que marcaba, en su fina porcelana, una hora histórica.
Todo el mundo avanzaba como de puntillas; no se escuchaba un rumor. Franco, escoltado por los suyos, entre los turnos velatorios, yacía en paz ya. Esa paz que nos había deseado. Le vimos de lejos. Sólo podíamos persignarnos ante él. Después, seguimos andando mientras otros nos sustituían, y nos quedó su imagen, vestido de capitán general de los Ejércitos, aguda, todo perfil, como una medalla de cera.
