INTRODUCCIÓN
La historia de Faustino Ortiz de Zárate Beitia podría formar parte perfectamente del guion de una película. Y, de hecho, el cine español de los años cincuenta se inspiró en las vivencias de aquellos combatientes españoles que, tras luchar en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial, fueron capturados por el Ejército soviético y pasaron largos años de cautiverio en los campos de trabajo conocidos como gulags.
Uno de los ejemplos más conocidos fue la película Embajadores del infierno (1956), dirigida por José María Forqué y basada en una novela de Torcuato Luca de Tena. La obra narraba las dramáticas experiencias del capitán Teodoro Palacios Cueto, uno de los oficiales españoles que pasaron más de una década prisioneros en la Unión Soviética. Aquella historia reflejaba una realidad que también vivieron centenares de soldados españoles, entre ellos el vitoriano Faustino Ortiz de Zárate Beitia.
Décadas después de aquellos acontecimientos, su figura vuelve a ser objeto de debate público. En el contexto de la revisión de símbolos y distinciones vinculadas al franquismo, la historiadora Virginia López de Maturana ha elaborado un informe sobre vestigios del régimen que aún permanecen en Vitoria. Entre ellos se encuentra la medalla concedida a Faustino Ortiz de Zárate.
Sin embargo, más allá del debate actual, la vida de Ortiz de Zárate permanece ligada a una de las historias humanas más duras del siglo XX: la de los prisioneros españoles capturados en el frente ruso y sometidos durante años a las condiciones extremas de los campos soviéticos.
A Faustino Ortiz de Zárate Beitia le van a quitar la medalla de Vitoria. La biografía de Faustino es de auténtica película. El cine español de los años cincuenta, por cierto, utilizó a estos llamados héroes de Rusia para filmar varias películas, entre ellas ‘Embajadores del infierno’ (1956), de José María Forqué, basada en una novela de Torcuato Luca de Tena sobre un personaje real, el capitán Palacios Cueto. Contaba precisamente las duras peripecias vitales que sufrieron estos hombres durante los once años de cautiverio.
La historiadora Virginia López de Maturana ha sido la encargada de elaborar un extenso informe sobre los vestigios del franquismo, símbolos y calles que aún perduran en Vitoria. De entre todas las medallas de Vitoria concedidas ella también es partidaria de revocar la de Faustino Ortiz de Zarate.
El motivo no es por el propio personaje, que vivió una odisea humana de la que poca gente salió viva, sino porque fue la Delegación Provincial de Excombatientes quien solicitó al Ayuntamiento de Vitoria que se concediera esta distinción a Faustino Ortiz de Zárate Beitia, un antiguo combatiente de la Guerra Civil que se alistó también voluntario en 1941 a la División Azul. Tras haber sido hecho prisionero por los soviéticos, estuvo internado en diversos campos de concentración, conocidos como gulags, no pudiendo regresar a España hasta 1954, una vez muerto Stalin.
Ortiz de Zárate era vitoriano y que formaba parte de un grupo de varios centenares de divisionarios españoles que fueron hechos prisioneros en el frente ruso a lo largo de los años 1941-1944 y enviados a campos de concentración, tales como Borovichi, Jarkov, Rewda o Vorochilogrado. El cautiverio fue largo, tenían que trabajar muy duramente, pasaron una espantosa miseria, hambre y un frío que los congelaba, todo ello agravado por un trato tan duro e inhumano que muchos de ellos murieron.
El magnífico comportamiento de los supervivientes, fue reconocido por sus propios guardianes, que se maravillaban de la gallardía, del aguante y de la indestructible fe de estos soldados españoles.
Una gran parte de los divisionarios supervivientes, entre ellos trece vascos, incluido Faustino, regresaron a España en el barco «Semíramis» que atracó en el puerto de Barcelona el 2 de abril de 1954, a las 5 de la tarde, casi 9 años después de haber terminado la guerra y tras haberse repatriado los últimos prisioneros alemanes, italianos y de otros aliados del Eje.
La prensa del régimen, los nodos se encargaron de envolver el acontecimiento con mucha propaganda patriota, además de la emoción de los familiares que volvían a ver a los que creían muertos. El buque ¡Semíramis’ entró por la bocana del puerto de Barcelona enarbolando la bandera de la Cruz Roja. Llevaba a bordo 248 combatientes, también había niños de la guerra. Las escenas que se vivieron en el puerto de la Ciudad Condal y aledaños, merecieron el calificativo de indescriptibles por la prensa. Estallidos de cohetes, clamor de sirenas, compases de música militar, voces de júbilo, gente que subía a la cubierta escalando por las maromas, madres que volvían a ver a los hijos que creían muertos, desvanecimientos, lágrimas y muchas sonrisas. La emoción embargaba a los que aguardaban a «aquellos héroes que regresaban a la Patria tras más de diez años de cautiverio y penalidades sufridos en la URSS». Faustino era uno de ellos.
CONCLUSIÓN
La trayectoria de Faustino Ortiz de Zárate Beitia forma parte de un capítulo complejo de la historia española del siglo XX. Como muchos otros combatientes de la División Azul, su vida quedó marcada por la experiencia del frente ruso, la captura por el Ejército soviético y los largos años de cautiverio en los campos de trabajo de la Unión Soviética.
El regreso de los prisioneros españoles en el buque Semíramis en abril de 1954 fue uno de los episodios más emotivos de la posguerra española. Tras más de una década de sufrimientos, hambre, frío y trabajos forzados, los supervivientes pudieron finalmente regresar a su país, donde fueron recibidos con gran emoción por familiares y ciudadanos que durante años los habían dado por desaparecidos.
Hoy, décadas después, el nombre de Faustino Ortiz de Zárate vuelve a aparecer en el debate público a raíz de la revisión de distinciones concedidas durante el franquismo. Este debate refleja cómo la memoria histórica continúa siendo objeto de reinterpretación y discusión en la sociedad actual.
No obstante, más allá de las valoraciones políticas contemporáneas, la biografía de Ortiz de Zárate sigue representando el testimonio humano de una generación marcada por la guerra, el cautiverio y la supervivencia en condiciones extremas. Su historia, como la de muchos otros prisioneros españoles en la Unión Soviética, permanece como un recordatorio de las duras realidades que dejaron los conflictos del siglo XX.
