Comienza el informe con un capítulo que se titula escuetamente «Asesinato de Calvo Sotelo». Se ha escrito tanto sobre tan increíble crimen de Estado, y se han hecho tantas operaciones de cirugía estética en un suceso que no admite disimulos, que casi podría saltarme yo este primer capítulo del informe y pasar a otros temas no tan conocidos.
Las pruebas de cuanto sucedió antes del asesinato, en el asesinato propiamente dicho y en las horas y días posteriores estuvieron, y siguen estando, tan verificadas que no admiten ni han admitido nunca la menor duda del cómo y cuándo y porqué de un crimen tan repugnante.
El 23 de junio de 1936 publicaba El Socialista, en primera página, un artículo titulado «Intimidades del adversario – Calvo Sotelo, cabeza rectora del Fascismo». Se sabría luego que había sido inspirado por Indalecio Prieto. Llovía sobre mojado, tras los discursos en las Cortes, donde Casares Quiroga sembró la semilla que fructificaría en el asesinato.
Sabemos punto por punto todo lo que sucedió. Cómo le sacaron de su casa, cómo le mataron, cómo le tiraron como a un perro en el suelo del cementerio. Sabemos uno por uno los nombres, apellidos y empleos de quienes le mataron a sangre fría, cumpliendo órdenes superiores dimanadas de personas que ejercían cargos oficiales.
Lo sabe todo el mundo, pero hay muchos que quisieran que se nos olvidara, mientras con ritmo creciente aumentan los homenajes y el recuerdo permanente de otros asesinados exaltados al Olimpo de los mártires de la libertad a manos del fascismo.
Nadie ha desmentido que el pistolero José del Rey, que con el capitán Condés tiró como si fuera una basura el cadáver de Calvo Sotelo desde la camioneta al suelo del Campo Santo, ascendió a comandante del Ejército Rojo apenas iniciada la Guerra Civil; los cómplices directos del crimen cobraron sus facturas y fueron ascendidos y distinguidos como si hubiesen realizado un meritorio acto de servicio.
También entonces dieron los enemigos de Calvo Sotelo y cuanto su historia y su figura representaba en aquel momento de España pruebas de su modo de operar, que desgraciadamente no ha sido modificado nunca, y ahora vuelve por sus fueros.
Es un hecho probado que un grupo de milicianos con armas, el día 25 de julio de 1936, en pleno día, a las doce y cuarenta y cinco minutos, entraron en el Palacio de Justicia, se dirigieron a la Sala del Tribunal Supremo donde actuaba el juez que tramitaba el sumario por la muerte de Calvo Sotelo, y se llevaron por las buenas y por las malas los documentos que les parecieron interesantes y de los que nunca más ha vuelto a saberse.
Otro dato para quienes se quejan de los procedimientos judiciales de éste o aquel caso que les importa destacar, y que está muy en la línea de los procedimientos marxistas, es que cuando es nombrado ministro de Justicia el señor Ansó, pidió al de Gobernación, que era Zugazagoitia, un informe sobre los abogados que habían protestado cuando se tuvo noticias del asesinato de Calvo Sotelo.
¿Para qué querría saber un ministro rojo, que el 2 de abril de 1936, en las Cortes, había denunciado a Calvo Sotelo como «el enemigo más caracterizado del régimen», los nombres de los abogados que se habían atrevido a protestar de un crimen tan incalificable, que repugnaría a sus conciencias de hombres de leyes cuya vocación es la justicia?
Algunos abogados que viven todavía podrían responder, supongo, a mi pregunta, pero por si nadie lo hace, adelantaré bajo mi personal responsabilidad que no era, por supuesto, para agradecerles el gesto y premiarlos con alguna prebenda.
El informe aclara algo que sólo los tontos y los malvados se atreverían a negar. Copio ahora textualmente:
«Ha de señalarse la circunstancia de que el Presidente de la República, D. Manuel Azaña; el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga; el Ministro de la Gobernación, Juan Moles Ormella; el Director General de Seguridad, José Alonso Mallol; el Presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrios; el Comandante del Cuerpo de Asalto, Ricardo Burillo Stolle, y algunos oficiales del mismo que intervinieron en el asesinato, todos pertenecían a la masonería».
Con determinados muertos en la Guerra o por la Guerra se ha hecho y se hace, con un método perfecto, con una sincronización admirable, un magnífico negocio político. Grupos que trabajan a las claras y en la clandestinidad, según convenga, toman a los muertos que les interesa toman a los muertos que les interesa, se los echan a la espalda y los pasean por el mundo como pruebas terminantes de las brutalidades del fascismo español, de la crueldad del Régimen creado por Franco, de la persecución sistemática contra los intelectuales y, sobre todo, los poetas, sin más delitos de que acusarles que haber puesto sus venas poéticas al servicio de la Libertad, con mayúscula.
No voy a señalar, ni a dar nombre. Usted que me lee los sabe igual que yo, y si no los sabe, pregúntelo. Pero esos mismos que lloran la pérdida de los poetas inmortalizados para el martirologio han olvidado sistemáticamente a otros poetas, otros intelectuales, también españoles, también importantes, también grandes, que sólo cometieron no el delito, sino la torpeza de ser asesinados por los marxistas.
El capítulo II tiene un título brevísimo: «José Antonio».
Se sabe tanto, se ha escrito y dicho tanto, de la vida, pasión y muerte de José Antonio, que, como en el caso de Calvo Sotelo, yo podría evitarle a usted, que me lee, un texto de cuanto se dice en el informe del Ministerio de Justicia que estamos resumiendo.
Pero lógicamente tengo que recoger todo lo que me parezca de especial interés y trascendencia. Mucho me temo que, a poco que haya un descuido, sea tan difícil encontrar libros sobre José Antonio, que algunos ejemplares bien conservados se venderán como incunables a precio de oro. Sé bien lo que digo.
A quienes esgrimen como insulto la palabra fascista para los que no somos marxistas, les copiaré enseguida estas afirmaciones de José Antonio en las Cortes, en diálogo parlamentario con Indalecio Prieto:
«…porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos, intercambiables, que no queremos para nada asumir. La gente poco propicia a hacer distinciones delicadas, nos echa encima todos los atributos del fascismo, sin ver que nosotros sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias de valor permanente que también habéis asumido vosotros…»
«…el día que me encontrara en los cielos con el metalúrgico, el carpintero o el campesino que me hubieran pegado los tiros por la espalda, en cuanto tuviéramos diez minutos de conversación, el metalúrgico, el campesino o el carpintero se convencerían de que se habían equivocado al dirigir esos tiros…»
Toda la historia política y humana de José Antonio está escrita en cien lugares. No voy a escribirla yo ahora. Si usted quiere saber algo más o confirmar lo que ya sabe, no le faltarán fuentes en que beber.
El último acto es dramático. Dejando aparte los detalles, centremos la atención en la última sesión del juicio oral del proceso seguido contra José Antonio en Alicante. Fecha, 17 de noviembre de 1936. Interrogatorio del fiscal. Informe de la defensa: el propio José Antonio.
Había dicho:
«La vida no es una bengala que se quema al final de una fiesta».
¿Qué más? Al amanecer del día 20 de noviembre de 1936 sería fusilado José Antonio, uno de los hombres más ilusionados de estos tiempos, al lado del cual, muchos santones idolatrados de un bando y de otro apenas habrían servido para atarle la correa de la sandalia.
Murieron con él cuatro muchachos mártires: Ezequiel Mira, Luis Segura, Vicente Muñoz y Luis López.
Un miliciano natural de Huelva, Guillermo Toscano Rodríguez, formó en el piquete de ejecución y dio el tiro de gracia a José Antonio. Sus palabras son elocuentes:
«José Antonio, murió con gran entereza, y una vez colocado ante sus ejecutores dio los gritos habituales de la Falange, ¡Arriba España!, con voz fuerte y llena, siendo secundado por las otras víctimas, que también dijeron ¡Arriba España!, cayendo enseguida atravesado por las balas.»
Insisto en que todo se ha dicho ya sobre José Antonio y su doctrina. Sé que es más fácil encontrar en las librerías de viejo y de nuevo, y de ni lo uno ni lo otro, cantidad abrumadora de obras sobre el marxismo, que sobre José Antonio y su ideario falangista.
Algún día habrá que revisar todo cuanto se ha dicho y escrito sobre aquel hombre excepcional, porque no siempre el oro se mantiene sin las impurezas que al margen de su limpieza de origen acumulan en él los años y los olvidos, cuando no las traiciones.
Ni siquiera sus enemigos más feroces se han atrevido a negar sus cualidades de hombre político y doctrinario social. Llevaba en el alma todos los requisitos precisos para acaudillar a un pueblo.
No era, no fue nunca fascista. Es una calumnia marxista, que saben muy bien aquello de «calumnia, que algo queda».
Cuando se haga con lejanías purificadoras la historia real de la España que nos ha tocado vivir a todos, la figura de José Antonio se agigantará todavía más, y quedará para siempre inscrito entre los más grandes españoles de todos los tiempos.
Quieran o no quieran aquellos que se dejarían cortar una mano, y aún las dos, si con ello pudieran borrar de todos los mapas las huellas indelebles de José Antonio y de su doctrina.
El capítulo III trata según su epígrafe del «Terror Anárquico».
Ya sé que usted va a pensar que todo lo que cuente parece imposible y resulta increíble. La verdad es que vamos a iniciar en esta página una vía dolorosa, donde puede y deben escucharse todavía los pasos agonizantes de las víctimas del terror, del horror y del error.
Por supuesto que hay muchas personas que, solapadamente, como el timador que hace el tonto para dar recortes de periódicos a cambio de auténticos billetes de mil pesetas, quisiera borrar todo esto alegando que recordarlo una vez más puede entorpecer la marcha nupcial del lobo con Caperucita Roja. Pero lo hecho está hecho, y recordarlo puede ser saludable, como lo es el recuerdo de la sífilis cuando nos tienta el deseo de aceptar los requiebros de una prostituta.
«Durante los seis primeros meses en que culminó la táctica del terror anárquico, éste corrió, generalmente, en las capitales y grandes poblaciones a cargo de las checas. En los Municipios rurales se constituyen Comités revolucionarios que arman sus propias milicias locales y juzgan, asesinan y despojan a sus convecinos, comenzando, generalmente, por el sacerdote».
Se sabe cuáles eran las denominaciones más populares: «Milicias de Vigilancia de Retaguardia», en Madrid; «Patrullas de Control», en Barcelona, al mando del anarquista Aurelio Fernández; «Guardia Popular Antifascista», en Castellón; «Milicias Armadas Obreras y Campesinas», en Almería… Sume y siga hasta que se canse. Hubo para dar y tomar.
«La represión ejercida por el Frente Popular es sangrienta…», dice el informe, y añade para aviso de desmemoriados:
«Son modalidades características del terror impuesto por el Frente Popular el ensañamiento y las mutilaciones: constantemente se repiten casos de víctimas enterradas o quemadas vivas, muertas a palos o sometidas a martirios semejantes».
¿Es horrible, verdad? Pero es cierto, absolutamente cierto.
¿Algunos ejemplos? ¿Se siente usted con fuerzas para no vomitar? Al general López Ochoa, que no era fascista, ni mucho menos, le sacaron del Hospital Militar de Carabanchel donde estaba internado cuidando su salud, le asesinaron, le cortaron la cabeza y pinchada en un palo la pasearon por Madrid…
¿Cadáveres de personas que después de asesinadas eran profanados? Millares:
«El cadáver de don Diego García Alonso, de veintinueve años de edad, empleado, apareció a mediados de agosto de 1936 en la Pradera de San Isidro, con la cabeza machacada…».
Algún delito habrían cometido, pensará usted:
«Doña Inés Benítez Jen, no obstante su avanzada edad, de sesenta y ocho años, fue detenida por el exclusivo motivo de su piedad religiosa… sin que su cadáver pudiera ser encontrado por la familia».
Y así uno y otro y mil…
Ancianos maltratados y muertos a tiros, monjas y madres de familia, labradores y artesanos…
«Al labrador, vecino de Arganda, don Vicente Millán Sánchez, le asesinaron las milicias de dicho pueblo después de hacerle cavar su fosa y de sacarle los ojos…».
Familias enteras:
«Una familia compuesta por don Julio Fernández Carvajal y García, empleado; doña Gloria Bernabeu Pita, esposa del anterior, y por dos hijos del matrimonio, Jesús María Fernández Carvajal y Bernabeu, de diez y ocho años, y María del Carmen… fueron conducidos por las milicias… y asesinados… habiendo aparecido sus cadáveres abrazados por parejas…».
¿Más horrores?
«Son numerosísimos los niños de catorce y de quince años, y aún de menor edad, víctimas, tanto en Madrid como en el resto de España, de la barbarie roja».
Para detalles completos véanse las páginas de la «Causa General». Los procedimientos para consumar los asesinatos fueron muchos, y algunos increíblemente crueles. Con datos en la mano, nombres, lugar, fecha, hay en este libro impresionantes relatos que más parecen argumentos de películas de horror.
Personas quemadas vivas, enterradas vivas, echadas vivas al pozo de una mina y luego voladas con dinamita; torturas, mutilaciones, estrangulaciones, degollaciones, ensañamiento que no es posible creer a estas alturas y que, sin embargo, por desgracia, son sucesos que ocurrieron en España hace cuarenta años, poco más o menos, y de los que todavía ha de haber personas vivas que los recuerden, bien porque les tocó en su carne el sacrificio, bien porque tomaron parte en los crímenes, bien porque fueron testigos voluntarios o forzosos de ellos.
«En el pueblo de Fregenal (Badajoz) fue también enterrado vivo hasta la cintura el Guardia civil don Fernando Rastrollo González, sobre el que hicieron numerosas descargas los milicianos, apareciendo destrozado el cadáver…».
Los números apenas dicen algo, pero son necesarios.
«Sólo en Madrid, fueron asesinados ciento setenta y cinco abogados y abogados-procuradores colegiados, entre ellos el Excmo. Sr. Decano del Colegio de Abogados de Madrid, don Melquiades Álvarez y González Posada. Diputado a Cortes hasta el año 1936, y Jefe del Partido Republicano Liberal-demócrata…».
No sería justo dejar de incluir aquí un texto que la «Causa general» inserta a continuación:
«…no obstante lo cual, el Colegio rojo de Abogados de Madrid, ocultando cuidadosamente esta relación de Letrados asesinados, se atrevió a dirigirse a la opinión pública internacional, solicitando de la misma simpatía y apoyo para el Gobierno del Frente Popular, al que presentaba como un régimen legítimo, fiel mantenedor del Derecho…».
Parece prudente pensar que algunos de esos abogados vivan todavía, aunque más viejos, por supuesto, y yo seré el primero en alegrarme y desearles larga vida, sin que se vean de nuevo obligados a dirigirse por las mismas causas que entonces a la «opinión pública internacional».
Las fotografías de las víctimas conforme iban siendo halladas o desenterradas es una galería para enloquecer. Usted puede verlas si se atreve a resistir el impacto. Basta con que se haga de un ejemplar del informe que estoy extractando. Eso sí, no le será fácil encontrarlo si no tiene un amigo que se lo preste.
Alguien se ha ido ocupando de hacer desaparecer los más ejemplares posible…

¿De qué libro se trata? No lo indica en el texto…
Síntesis de la CAUSA GENERAL para desmemoriados
Gracias