Nuestro Movimiento incorpora el sentido católico —de gloriosa tradición y predominante en España— a la reconstrucción nacional.
La Iglesia y el Estado concordarán sus facultades respectivas, sin que se admita intromisión o actividad alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad nacional.
Literalmente se dice que el movimiento Nacional-Sindicalista incorpora a la reconstrucción nacional el sentido católico.
Este postulado es en realidad una reacción contra todos los esfuerzos de descatolización que se habían realizado en España desde el siglo XVIII por el galicismo de los primeros Borbones y el enciclopedismo de sus ministros, y después durante todo el siglo XIX y todo lo que llevamos del XX por los gobiernos masónicos, liberales y falsamente revolucionarios, que, más o menos paladinamente, incluyeron en su programa el principio de la descatolización de España.
La incorporación del sentido católico supone y encierra la aceptación de toda la doctrina de Cristo como la interpreta y enseña la Iglesia católica, del concepto cristiano de la vida tal como la expusieron nuestros grandes teólogos, y la defendieron nuestros capitanes y nuestros conquistadores. Se alude a la tradición gloriosa que esta manera de entender el cristianismo tiene en nuestra Patria: pero no se excluye la razón fundamental por la cual se la acepta y se la recoge.
El espíritu religioso, el sentido católico, «clave de los mejores arcos de nuestra historia —así decía JOSE ANTONIO en el discurso de la fundación de la Falange—, será respetado y amparado como merece», porque es la tradición gloriosa y predominante de España, y sobre todo porque es la única religión verdadera.
A fuer de católico, el movimiento Nacional-Sindicalista no olvida que la Iglesia y el Estado son dos sociedades perfectas y soberanas, y que tienen esferas de acción diferentes, espiritual la una, temporal la otra. Estas soberanías no pueden confundirse, pues por ordenación del mismo Cristo cada sociedad debe mantenerse en su campo, siendo dentro de su esfera completamente independiente, y según la expresión de JOSE ANTONIO, «ni el Estado ha de inmiscuirse en funciones que [no] le son propias, ni puede compartir —como lo haría tal vez por otros intereses que los de la verdadera religión— funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo».
Esto es sencillamente lo que prevé el Punto 25 al afirmar que «no se ha admitir intromisión o actividad alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad nacional».
No obstante, hay cosas «mixtas», es decir, relacionadas con los fines de ambas sociedades que caen dentro del círculo de la autoridad de una y otra; y en este caso las dos sociedades deben armonizarse y ponerse de acuerdo para prevenir posibles conflictos, ya que siendo uno el ser humano, para cuyo bien están ordenadas, no es posible que esté sometido a dos poderes contradictorios.
Esta armonización se lleva a la práctica por medio de los concordatos, por eso se dice que la «Iglesia y el Estado concordarán sus facultades respectivas».
Por lo dicho se verá que las breves palabras destinadas a establecer la relación entre la Religión y Falange suponen a la vez que un celoso españolismo, un profundo sentimiento de adhesión a las enseñanzas de Cristo.
