Falange Española Tradicionalista y de la J.O.N.S. quiere un orden nuevo, enunciado en los anteriores principios. Para implantarlo, en pugna con las resistencias del orden vigente, aspira a la revolución nacional.
Su estilo preferirá lo directo, ardiente y combativo. La vida es milicia y ha de vivirse con espíritu acendrado de servicio y de sacrificio.
Por la explicación de los veinticinco Puntos anteriores habéis visto cómo la Falange quiere un orden nuevo para España.
Punto por punto ha ido tocando cada una de las cosas que componen la vida y el espíritu de una Nación. La Unidad, la economía, la tierra y la educación. Y con todas estas cosas quiere la Falange implantar un orden nuevo que no tenga nada que ver con el anterior.
Y no es que quiera variar lo que había antes por el solo hecho de que no fué ella quien lo hizo, sino sencillamente porque en España, los procedimientos, la justicia, la enseñanza, la administración y tantas otras cosas eran detestables. Y para arreglar todo esto es por lo que aspira a la Revolución. Porque sólo una revolución, y una revolución que encarne precisamente, como ha encarnado esta nuestra en la juventud, es capaz de desprenderse de todo lo viejo y lo caduco y de levantarse suelta de ataduras, ágil y limpia, para implantar en España este orden nuevo que quiere la Falange.
Por eso no serán nada para nosotros, ni consideraciones de intereses creados, ni influencias importantes, ni costumbres rutinarias, ni formas de política aceptada en todo el mundo. La Falange no tiene más norma que estos veintiséis Puntos, y para la implantación de los mismos han de aplicarse todos los afiliados, cada uno en el lugar y puesto que se le designe.
Las dificultades que se presentarán para la implantación de este sistema serán tremendas, porque la Falange «estará en pugna con las resistencias del orden vigente», es decir, con todo lo viejo, apegados uno a sus riquezas y otros a su comodidad que se resistirán con todas sus fuerzas, que son muchas, a estas reformas que naturalmente van en perjuicio de ellos.
Por eso dice este mismo Punto: «Que su estilo preferirá lo directo, ardiente y combativo, que la vida es milicia y ha de vivirse con espíritu acendrado de servicio y de sacrificio».
Y así con este espíritu es como tienen que tomar la vida los falangistas, y con este espíritu enfrentarse contra todas las dificultades que les salgan al paso, que todas serán como el polvo, si nuestra actitud dentro de la Falange, es sacrificada, ferviente, tenaz, disciplinada y alegre y si nuestra vida es un servicio permanente a Dios y a España.
La Falange, que no entiende de ciertas conveniencias, hablará claro y actuará directamente. No son propios de nuestro estilo los modos suaves, ni el quedar bien con todo el mundo a fuerza de palabras fáciles y prometedoras. Aquí no hay más que dos caminos: el verdadero y el falso. El falso quizá lleno de halagos, de suavidades y de dulzuras, pero totalmente vacío de contenido, sin un átomo de ambición para España y sin más norma que la de ir viviendo tranquilamente sin que nadie les moleste.
Este es el viejo camino que siguieron las generaciones pasadas, las que perdieron el Imperio, las que despoblaron a España de árboles, las que siguieron el sistema absurdo de derechas y de izquierdas, de votaciones y de parlamentos, las que le hicieron perder al pueblo la fe en sí mismo, las que conocían perfectamente los idiomas extranjeros, pero ignoraban el castellano; las que abandonaban sus campos y sus tierras para venir a vivir a las ciudades donde la vida era para ellos más frívola, pero sin fundamento; los que preferían hablar de paz aunque fuera tiempo de guerra.
Y luego el otro, el verdadero, el que ha escogido la Falange, donde se le llama al pan, pan, y al vino, vino, lleno de dificultades y de peligros, pero el que han recorrido ya JOSE ANTONIO, ONESIMO, JULIO, RAMIRO, CANALEJO[1] y cientos y cientos de miles de camaradas que nos van abriendo la carrera y que murieron por esta revolución, por la unidad, por la grandeza y por la libertad de España. Que por la Falange fueron a la cárcel y padecieron hambre y persecución por la justicia. Los que nos dijeron que la muerte era un acto de servicio y que a la guerra había que responder con la guerra: «Los que —como decía JOSE ANTONIO— no disfrutaron nunca los restos desabridos de un banquete sucio. Los que escogieron su sitio al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas. Los que mientras los otros estaban con sus festines, se quedaron fuera en vigilia tensa, fervorosa y segura, presintiendo ya el amanecer en la alegría de sus entrañas».
[1] Aparte de al propio José Antonio, las referencias son a Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma y Juan Canalejo, todos caídos en 1936.
