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El Estado Nacional-Sindicalista permitirá toda iniciativa privada compatible con el interés colectivo, y aun protegerá y estimulará las beneficiosas.
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Concebimos a España en lo económico como un gigantesco Sindicato de productores. Organizaremos corporativamente a la sociedad española mediante un sistema de Sindicatos verticales por ramas de la producción, al servicio de la integridad económica nacional.
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Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación. Nuestro sentido espiritual y nacional repudia también el marxismo. Orientaremos el ímpetu de las clases laboriosas, hoy descarriadas por el marxismo, en el sentido de exigir su participación directa en la gran tarea del Estado nacional.
La organización sindical de cada pueblo ha respondido siempre a su sistema político y económico. Por lo que respecta a nuestra nación, el fenómeno se ha producido de esa misma forma, pudiendo apreciarse —en un ligero repaso de su historia— que el desenvolvimiento sindical, en consonancia con sus transformaciones políticas, presenta tres períodos definidos, a saber: Primer período o de los GREMIOS; que corresponde desde la Edad Media hasta la segunda mitad del siglo XIX. Segundo período o del Sindicalismo clasista, que alcanza desde el siglo XIX hasta julio de 1936. Tercer período o del Sindicalismo vertical, que corresponde a nuestra Era Nacional-Sindicalista. Con rapidez extrema vamos a repasar los dos primeros períodos, para detenernos en el tercero definitivo.
PRIMER PERIODO.— La industria, el comercio y la agricultura, están en embrión en su primera fase. Es la época del artesanado, de la pequeña industria que alguien ha llamado con acierto «industria de portal», es decir, estamos en la época en que el empresario o patrono es un obrero más, un trabajador más. Los artesanos, los patronos y los trabajadores que arrendaban su esfuerzo y que pertenecían a una misma profesión se agruparon en Gremios o Asociaciones. Era indispensable para pertenecer a ellos residir en una misma localidad y profesar la misma religión. Los Gremios tenían una finalidad primordial: excluir a los no asociados del ejercicio de la industria y determinar el grado de jerarquía que correspondía a cada asociado en el trabajo, esto es, el Gremio era el encargado de resolver en qué grado de aptitud profesional se hallaba el asociado, si en el de maestro, en el de oficial o en el de aprendiz. Reconocida en cualquiera de esos tres grados la aptitud del asociado, el Gremio fijaba sus condiciones de trabajo, su salario, su jornada, etc. El Gremio socorría a los asociados pobres y visitaba a los enfermos, y para evitar el acaparamiento de primeras materias, compraba grandes partidas que después distribuía equitativamente entre sus asociados. El Gremio, en fin, tenía atribuciones para resolver todos los conflictos que se plantearan entre maestros, oficiales y aprendices. Al frente del Gremio actuaba un asociado, elegido por la asamblea, al que se denominaba prior. Existía además, el cargo de veedor, encargado de inspeccionar los productos fabricados por los asociados.
El Gremio, en fin, se caracteriza por la hermandad profesional de sus componentes, por su concepción del trabajo como un honor, por el sentido jerárquico de su organización.
SEGUNDO PERIODO.— Ya en la segunda mitad del siglo XVIII se desencadena una corriente doctrinal contraria a los Gremios. La ampliación de las industrias, el desarrollo del comercio y de la agricultura, las teorías liberales importadas de Francia y consecuencia de su Revolución, y, en fin, la divulgación del «Manifiesto Comunista» de Carlos Marx y Federico Engels, dan al traste con nuestras pacíficas cofradías gremiales y viene la disgregación completa de sus miembros, de sus asociados.
En primer lugar, los patronos, se organizan en asociaciones industriales, para evitar la competencia entre ellos, evitar la baja de los precios en los artículos fabricados y aumentar sus beneficios. La idea de lucro por parte del patrono convierte al obrero en un asalariado, en un objeto que se paga y al que no se reconoce categoría social honorable (contrariamente a lo que ocurría en la Edad Media). Los obreros reaccionan contra el patronato agrupándose en sindicatos, cuya fuerza utilizan para conseguir el aumento de salarios, la reducción de jornada, la prohibición de emplear niños en la mano de obra, etc. Esta primera actividad sindical obrera se inicia, como vemos, para la consecución de mejoras de tipo económico.
Los patronos, por su parte, responden agrupándose en sindicatos de clase, desde los que pretenden evitar todas las exigencias obreras. (Subsisten las primitivas organizaciones patronales industriales ya mencionadas, cuya finalidad —como hemos visto— es distinta, en principio).
De este modo, los dos grandes factores de la producción, que en los Gremios, convivían hermanados e identificados con espíritu familiar, dignificados en sus respectivas jerarquías, rompen su vínculo en mil pedazos y crean las clases —que ellos mismos hacen opuestas— a las que nada une ni identifica. Ha surgido la lucha de clases, o lo que es más claro la lucha de las clases, la lucha de dos clases creadas.
Pero si bien es cierto que el sindicalismo obrero se inicia en España con un contenido puramente económico, no es menos cierto que termina siendo el instrumento de teorías políticas y económicas turbulentas, disolventes, demagógicas.
Nosotros, decía la masa dominada por el germen morboso del marxismo o del anarquismo, queremos destruir el orden existente, la sociedad burguesa, para crear una nueva donde no haya más que una clase: la obrera. A nosotros, pensaba el capitalista liberal, nos conviene dominar a la masa para que no sufran merma ni se perjudiquen nuestros intereses.
Con estos dos principios, con estas teorías cuyos resultados en la práctica vemos después, surgieron en España importantes organizaciones sindicales; obreras unas, patronales otras. Los sindicatos eran pues horizontales (se llaman así porque no abarcan de arriba abajo a cuantos elementos intervienen en la producción: obreros, técnicos, patronos), y se constituían por ramas de la producción, o para que se entienda mejor, por oficios, por profesiones. Ejemplo: en la rama de producción de la construcción nacía el Sindicato Obrero de Albañiles y a renglón seguido o en orden inverso, surgía el Sindicato Patronal de Contratistas de Obras. Y como en la construcción, en la metalurgia, en la rama de la madera, y en la minería, etc. Así surgieron las moles potentísimas de U.G.T. (socialista), C.N.T. (anarquista), el P.O.U.M. (comunista disidente), etc. Y frente a aquellos la Confederación Patronal Española, [l]a Confederación Española Patronal Agrícola, la Agrupación Nacional de Propietarios de Fincas Rústicas, la Federación de Círculos Mercantiles, etc. Todas estas organizaciones formaban parte de organismos o centrales internacionales.
Frente a los sindicatos obreros revolucionarios funcionaban en España —como en Bélgica, como en Francia, etc.— sindicatos obreros católicos, sindicatos libres, sindicatos autónomos, y otros. El sistema sindical de estas agrupaciones era igualmente horizontal por ramas o profesiones, y en su programa de reivindicaciones subsistía la diferenciación de clases con intereses distintos.
El período que dejamos expuesto encierra una lucha sin interrupción de las dos clases definidas. Los obreros para la consecución de mejoras económicas y sociales (jornadas, salarios, régimen de previsión, descanso dominical y nocturno, vacaciones, etc.), o como instrumento para la revolución social, han utilizado todos los resortes y medios de que disponían: la huelga (la ferroviaria de 1912, la general de Barcelona de 1909, la general de toda España de 1917. Las mil quinientas de 1933, etc.), el sabotaje, el plante, y una desgana absoluta hacia el interés de producir mucho y bueno. El patronato, aferrado a su egoísmo secular y exento de todo espíritu cristiano, ha utilizado su poder con una sola aspiración: duplicar, centuplicar las ganancias y reducir a la mínima expresión los gastos de producción, a costa de salarios inconcebibles, de utilización de mano de obra femenina y empleo de menores, de jornadas extraordinarias sin compensación y, en general, incumplimiento de todas las leyes protectoras de los trabajadores.
Obsérvese que para unos y otros el interés nacional no existe ni les importa, sólo rezan sus intereses inmediatos [sin] someterlos a ninguna disciplina de interés general. En todo este proceso, en toda esta contienda permanente, los gobiernos liberales de España cumplieron —en servidumbre vergonzosa y humillante— la consigna clásica del liberalismo, es decir, la neutralidad, la no beligerancia en la lucha económica y social de los elementos productores de la nación. Esta era, el 17 de julio de 1936, la situación de España.
ERA NACIONAL-SINDICALISTA. SINDICALISMO VERTICAL. PUNTO 9 DE LA FALANGE.— Dando al traste y derrocando con empuje revolucionario toda organización clasista, de sindicatos patronales y obreros, consecuencia funesta de liberalismo, la FALANGE lanza al Mundo su Punto Nueve. Y dice: «Concebimos a España en lo económico como un gigantesco sindicato de productores. Organizaremos corporativamente a la sociedad española, mediante un sistema de sindicatos verticales por ramas de la producción, al servicio de la integridad económica nacional».
Advirtamos, en primer lugar, que se trata de una concepción de fuerte y recia originalidad de sistema sindical, sin que se haya utilizado el modelo alemán ni el italiano, ni el portugués, ni los experimentos de sindicación integral o mixta en Bélgica, ni el de Panuncio[1] [sic] en Italia (fracasados por no haber partido de la base cierta y firme de anular las clases y convertirlas en productores), JOSE ANTONIO marcó en su conferencia del Círculo Mercantil[2], una analogía con el Gremio.
Mas el sindicato vertical ofrece fases tan diversas, abarca funciones tan extraordinariamente importantes y distintas, responde a un principio tan revolucionario de la vida, en general, y de la economía de lo social, en particular, que podemos afirmar con plena arrogancia y orgullo, que el sistema sindical de la FALANGE es un producto genial de JOSE ANTONIO.
El Sindicato Vertical es una corporación —un cuerpo, una orden— que agrupe en su seno, de arriba abajo, verticalmente, a todos los elementos que intervienen «en una misma tarea», en una misma labor, en un mismo servicio, a saber: empresarios o patronos, técnicos y obreros. Desaparece, pues, el sistema clasista de sindicatos obreros y sindicatos patronales, baluarte de la lucha de clases. Ya no hay, por tanto, el Sindicato de Obreros de la Madera y en contraposición el Sindicato patronal de Madera, ni de la Metalurgia, ni de la Construcción, etcétera, sino que existe un solo principio de unidad. Sindicato Vertical de la Madera, o de la Construcción, o de la Metalurgia, etc., en donde todos los factores o elementos humanos —hombres y mujeres— que ejecutan un mismo trabajo, estarán agrupados como miembros de una gran familia, a los que une indisolublemente, sin posible retroceso, un mismo deber, un mismo derecho y un mismo honor: el de productores, el de forjadores de la economía nacional. Más claro: el Sindicato Vertical reconoce la categoría profesional de los individuos, su jerarquía laboral, el grado que ocupan en el trabajo o en la tarea que les es común, y por esto denomina a unos patronos, a otros técnicos y a otros obreros. Ahora bien, a los ojos del Sindicato Vertical y de la sociedad, patronos, técnicos y obreros son una misma cosa: Productores, productores y responsables por igual de la producción. Por esta misma razón no permite que ocupen trincheras o barricadas opuestas —sindicatos horizontales— desde las que jamás se hubieran entendido, sino que les encuadra con espíritu de milicia y jerarquía en una sola organización, en donde se pierde el concepto de explotadores y explotados, en donde desaparece el interés de clase, esto es, los intereses privativos o particulares de cada uno, para supeditarlos todos, absolutamente todos, a los intereses sagrados de la Nación, del bienestar común.
Encuadrados así patronos, técnicos y obreros, todos los problemas que surjan entre los mismos, de tipo económico o social, se plantean en primer término en el Sindicato. Y se resuelven —y si no es posible se propone una resolución al Estado—, pero ello sin resortes coactivos de huelgas, ni de sabotajes, ni de cierres de industrias, ni de represalias, porque todo eso, todo eso que supone la ruina de un pueblo ha pasado ya a la parte turbia y brumosa de la Historia de España.
El Sindicato Vertical es el único tutor de las aspiraciones de obreros, técnicos y patronos. De aquí que, una vez que aquellos están unidos en un solo cuerpo, concede o reclama o crea lo que es justo para cada uno de sus miembros; es decir, lo que hubiera de justo en sus antiguas posiciones —y había mucho por ambas partes—, mas toda la justicia ancha y honda que la Falange lleva en su teoría y en su acción revolucionaria y humana.
TOTALIDAD.— El Sindicato Vertical excluye la existencia de cualquier otro; es decir, no admite la competencia de otras organizaciones sindicales, porque en el Estado Nacional-Sindicalista no se reconoce personalidad ni representación más que a los Sindicatos creados dentro del Movimiento, porque no es lógico ni admisible que se dé beligerancia en los problemas sociales y económicos a los que están fuera de nuestro ideal. Así, pues, [a]l Sindicato Vertical, creado con carácter nacional-sindicalista, no puede oponérsele otro Sindicato Vertical… autónomo, por ejemplo. La cosa es terminante.
ATRIBUCIONES.— Dos funciones esenciales corresponden al Sindicato Vertical: una de tipo económico, otra de carácter social. Al Sindicato «corresponde conocer todos los problemas de la producción y proponer sus soluciones, subordinándolas al interés nacional»[3]; evitará la competencia entre las industrias, estimulará iniciativas para que la riqueza y producción de España sea[n] cada vez más extensas y perfectas, adquirirá las primeras materias en grandes cantidades y por cuenta de sus afiliados, empresarios para la contribución entre los mismos, evitando el acaparamiento y la subida de precios, regulará los precios de venta y la distribución de beneficios entre los patronos, técnicos y obreros, intervendrán en la reglamentación del trabajo —base, contratos—, entre la vigilancia de sus cumplimientos y en la denuncia de las infracciones, establecerá oficinas de colocación, etc., etc. Entre otros aspectos —cultural, de previsión, técnico— creará Mutualidades, Cooperativas, Escuelas de Formación Profesional, Pósitos[4], Secciones deportivas y de esparcimiento para los obreros, etc., etc. En definitiva, el Sindicato Vertical tendrá atribuciones tan amplias y profundas que abarcará todas las actividades, todas las manifestaciones del hombre en los problemas que guarden relación con lo económico y con lo social.
RESUMEN.— Todos los factores que intervienen en la producción quedarán, como hemos visto, encuadrados en el Sindicato Vertical: unos por ramas de la producción, otros por ramas de servicio. España será ella toda un conjunto de Sindicatos, un Sindicato gigantesco, que actuará no en servicio de intereses mezquinos e inmediatos, no como instrumento de luchas de clases y teorías perniciosas, sino al servicio de la Nación, con espíritu de Milicia y Jerarquía.
El capital y la riqueza son perfectamente legítimos, y no sólo legítimos, sino beneficiosos y necesarios, cuando no constituyen la «concentración, la acumulación de un inmenso poder y una despótica dominación en manos de unos pocos»[5]. La acumulación del capital y de la riqueza en manos de una minoría supone, naturalmente, un monopolio pernicioso y vituperable del crédito, de los préstamos, de las finanzas, de la industria, de la agricultura y del comercio. De suerte que —como señala en Quadragéssimo [sic] Anno— estos acaparadores «que suelen ser los menos cuidadosos de sus conciencias», «administran la sangre de que vive toda la economía» y «nadie puede vivir ni respirar contra su voluntad».
La concentración de la riqueza en esta forma es lo que se llama capitalismo y es una consecuencia del régimen liberal en que el Estado —perennemente cruzado de brazos— permite el desenfreno egoísta del acaparador, con todas sus consecuencias monstruosas que su idea de fuero lleva consigo. El capitalismo tiene instrumentos harto conocidos —«cartells» [sic], los «truts» [sic], banca, sociedades anónimas…— a través de l[o]s cuales dirige la economía de un país, atendiendo sólo a sus propios intereses y destrozando a la mediana y a la pequeña industria y permitiendo absurdos tan divulgados como el lanzamiento de café, azúcar, trigo, algodón, etc., al mar o al fuego, para impedir la oferta abundante en el gran mercado con la consiguiente baja de precios. El capitalismo, como vemos, se desentiende del bienestar común, destruye la hermandad humana y trae como consecuencia la ruina de la pequeña industria, y, en una reacción desesperada, la agrupación de los trabajadores en masas hambrientas y enloquecidas.
Pues bien; este es el sistema que repudia la FALANGE, que rechaza de plano la FALANGE, contra el que va la FALANGE, porque no en balde nuestro Movimiento tiene un profundo contenido espiritual cristiano y humano, en pugna abierta con el de aquél.
Naturalmente, el capitalismo no es el capital lícito y legítimo; el capitalismo absorbe, acapara, monopoliza la riqueza en manos de unos pocos y es, en lo económico, el dueño absoluto de todos los instrumentos de la producción en beneficio propio. Por el contrario, el capital —grande, mediano o pequeño— es «un medio del que se sirve el hombre para producir bienes útiles a la sociedad», es un factor más de la producción, necesario e indispensable, como la técnica y la mano de obra. A nadie se le ocurre pensar que se puede montar un negocio sin dinero o sin crédito.
El capitalismo ha tenido en España muy pocas manifestaciones. Lo que ocurre es que el capital español ha querido imitar en pequeña escala los procedimientos de aquél. Por eso se ha hecho acreedor a aquel nombre, indebidamente, injustamente.
En el régimen nacional-sindicalista no hay temor posible de que el capital pueda llegar a convertirse en capitalismo —como en cualquier Estado liberal—, porque todo beneficio económico que se obtenga en una empresa será repartido en tal forma entre patronos, técnicos y obreros, que no quedará nunca margen ni oportunidad para que pueda producirse un acaparamiento de riqueza en cualquiera de sus manifestaciones.
«El beneficio de la empresa —dice el Fuero del Trabajo—, atendido un justo interés del capital, se aplicará con preferencia a la formación de reservas necesarias para su estabilidad, al perfeccionamiento de la producción y al mejoramiento de las condiciones de trabajo y vida de los trabajadores.»[6]
En definitiva, como se ve, la FALANGE hace suyas las premisas de la Encíclica de Pío XI, manifestación contundente de su significación cristiana.
El proletariado, por su parte, se ha descarriado por caminos tortuosos, turbios y nefastos, dominado con las teorías materialistas de Marx e incorporándose todo el germen pernicioso y disolvente de aquéllas.
El marxismo, en síntesis, es la negación absoluta y terminante de todo sentimiento religioso y espiritual y la extinción de la patria, del hogar y de la familia. El marxismo es la abolición de la propiedad, del capital, de la libertad de los individuos como hombres y de la iniciativa privada. El marxismo aspira al triunfo de la más cruel de las dictaduras, la del proletariado, es decir: aspira a la hegemonía, al dominio de una clase materialista y descreída, a la que los demás seres han de someterse —o perecer—, «como una inmensa masa amorfa»[7], sin cuerpo y sin alma.
Pero como no podemos dejar que se pierda el «ímpetu de las clases laboriosas», «descarriadas por el marxismo», como estamos seguros de que en las partículas de esa masa hay algo o mucho utilizable, nuestro deber —si hemos de cumplir la consigna del Punto 10— es orientarlas, encauzarlas e incorporarlas —con hermoso gesto de hermandad y camaradería— a la gran tarea del Estado Nacional-sindicalista.
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El Estado Nacional-Sindicalista no se inhibirá cruelmente de las luchas económicas entre los hombres, ni asistirá impasible a la dominación de la clase más débil por la más fuerte. Nuestro régimen hará radicalmente imposible la lucha de clases, por cuanto todos los que cooperan a la producción constituyen en él una totalidad orgánica.
Reprobamos e impediremos a toda costa los abusos de un interés parcial sobre otro y la anarquía en el régimen del trabajo.
En el mundo la vida es una lucha. Y lo es en todos los sentidos. Una lucha es el diario ganarse el pan. Abrirse camino, ganar el pan, buscarse la vida, son las expresiones más vulgares de esta lucha. Un revolucionario del siglo pasado, hablaba, nada menos, que de «la conquista del pan»[8]. En un Estado sin orden, en un Estado liberal, se admite que políticamente todos los hombres son iguales, se les reconocen los mismos derechos, y se supone que con esta igualdad concedida para empezar, ya están en las mismas condiciones para la lucha. Todos iguales, pobres y ricos, débiles y fuertes.
Por eso ha sido el Estado liberal donde de modo abierto ha estallado la lucha de clases. Pues al estar con una misma base de derechos políticos, estos derechos han sido utilizados en exceso por los ricos y fuertes, mientras que los pobres y débiles no usaban de ellos, ni sabían qué hacer con las libertades políticas; el derecho de voto, el de reunión, el de hablar y escribir libremente.
Sólo un derecho liberal puedo ser utilizado por los débiles y desposeídos: el de la asociación. Así surgieron desde hace unos cien años los organismos de lucha de los pobres, de los débiles, de los que no podían por sí hacer uso de los derechos políticos liberales. Estos organismos de lucha —cajas de huelga, asociaciones, federaciones anarquistas, sindicatos marxistas— cayeron en manos de vividores y agitadores profesionales. Y lo que había sido creado para defenderse los trabajadores de las rapacidades de los industriales y comerciantes capitalistas, se convirtió en instrumento dócil de los políticos, de los agitadores marxistas, anarquistas, de extrema izquierda, etc. La lucha de clases tenía ya constituídos sus dos frentes: el de los grandes capitalistas y financieros, el de los negociantes sin piedad, y, al otro lado, el de los agitadores de oficio, que con indudable habilidad manejaban el hambre y el odio de los pobres, de los que no poseen nada.
Este cuadro de la lucha de clases en la época contemporánea, no fué exactamente así en España. En España —JOSE ANTONIO lo dijo—, el capitalismo no llegó a tener nunca esa fuerza colosal de los grandes capitalismos inglés, americano, francés, alemán, etc. Pero la lucha de clases sí que tuvo en España una gran violencia. Aún recordamos episodios tan dramáticos como la huelga de 1917, las luchas de Sindicato libre contra único en Barcelona, atentados, etc.
Para evitar la lucha y para eliminar el choque de unos intereses contra otros, de unas ambiciones contra otras, es necesario que exista una fuerza superior, más fuerte que los más fuertes bancos y que los más gigantescos negocios, capaz de resistir a las más poderosas organizaciones, superior a los intereses de clase, a los intereses de empresarios, como de obreros o de técnicos.
Es decir, mediante un régimen de producción en cuyas ventajas participen todos. En el que ni los obreros estorben con desórdenes la producción, ni los patronos se aprovechen de sus ventajas para expoliar a los trabajadores.
No basta, pues, con una vigilancia policíaca del Estado, es preciso que la intervención del Estado para la justicia en la distribución de beneficios, se funde en la organización misma de la producción. He aquí por qué nuestro Estado aspira a tener como base de la producción el Sindicato mismo.
[1] Sergio Panunzio (1886-1944), teórico fascista que propugnó un sindicalismo revolucionario.
[2] Celebrada el 9 de abril de 1935 en Madrid.
[3] Declaración XIII.5 del Fuero del Trabajo, aprobado por Decreto de 9 de marzo de 1938 (BOE de 10 de marzo de 1938).
[4] En la primera acepción que da la RAE, un pósito es una institución «de carácter municipal y de muy antiguo origen, dedicada a hacer acopio de cereales, principalmente de trigo, y prestarlos en condiciones módicas a los labradores y vecinos durante los meses de escasez». La tercera acepción es: «Asociación formada para la cooperación o ayuda mutua entre trabajadores».
[5] La cita está tomada de Quadragesimo Anno, encíclica de Pío XI publicada el 15 de mayo de 1931, con ocasión del cuadragésimo aniversario de Rerum Novarum, de 15 de mayo de 1891.
[6] Declaración VIII.4.
[7] Discurso de José Antonio sobre la revolución española (19 de mayo de 1935).
[8] Piotr Kropotkin (1842-1921), teórico anarquista ruso autor de La conquista del pan (1892).
