La mayor parte de la crítica historiográfica se muestra implacable con el objeto de estudio de este trabajo. Así, en la obra Todo Franco se dice que el escarceo de Franco con el periodismo “fue una continuación de su gestión política, ya que se concentró en criticar severamente la masonería, una de sus grandes obsesiones, y el liberalismo. Luego esos artículos los publicó en un libro titulado !vlasoneria, que apareció en 1952. De esta manera. Franco confirmó que se puede escribir sin leer más que severos informes burocráticos. Otra cosa es escribir bien” (Bardavío y Sinova, 2000: 24).
Amando de Miguel, en su biografia de Franco escrita al año siguiente de su muerte, censura toda su obra; “Franco no fue lo que se dice un escritor original (si bien fue autor de un guion cinematográfico), ni un orador destacado (aunque por oficio hubiera de pronunciar miles de discursos), ni tan siquiera un tratadista conocido de temas militares (por más que fundara y dirigiera la Academia Militar de Zaragoza). Lo suyo no fue nunca articular conceptos, manejar ideas, sino mover peones en el tablero de ajedrez periodístico. Terminó por ser lo que siempre odió: un político profesional” (1976: 46).
Enrique de Aguinaga tampoco le otorga habilidad literaria al Caudillo. A su enten der, “está en una retórica plana, directa, de paterfanulias. Franco era primario. Son unos artículos planos, de sentido común. No recuerdo que se comentasen’.
Juan Pablo Fusi se muestra atónito ante Jakin, Boor: “Masonería era un libro sorprendente, incomprensible. Lo era que un jefe de Estado de un país moderno, militar brillante y estadista cauteloso, tuviese una visión del mundo y de la política internacional basada en una fonriidable y obsesiva superchería: en la idea de que toda la historia contemporánea no era sino el resultado de una gigantesca conspiración masónica” (1995: 128-129).
Paul Preston, muy crítico en toda su biografia le otorga no obstante cierta destreza literaria al hablar de Jakim Boor: “Los artículos estaban redactados en un estilo más desenvuelto que otros escritos y discursos contemporáneos del Caudillo. Se ha suge rido que el amigo de Franco y escritor Joaquín Arrarás le ayudó a elaborarlos, aunque el estilo podría reflejar la falta de inhibiciones que prestaba a Franco el uso del seudónimo” (2004: 614).
Sin concederle capacidad retórica, ya que “no resulta un autor de textos profundos, complejos, elaborados y sutiles”, Enrique Moradiellos califica el estilo comunicativo de Franco como “eficaz, simple y sencillo, maniqueo y efectista… No era ningún ignorante, ni como comandante de tropas a las que sabía arengar, ni como periodista ocasional. Tenía un conjunto de ideas simples y sencillas, muy firmemente asentadas, que utilizaba a conciencia en textos de estructura muy clara, lógica, muchas veces maniquea y falta de complejidad. Pero efectiva, me parece. Son conocidas sus frases cortas y secas para dar a conocer su opinión: orden, contraorden, desorden; un hombre es esclavo de lo que dice y ducho de lo que calla; jamás seré una reina madre. En los contextos donde se pronunciaban. esas sentencias parecían reflexiones filosóficas de hondura a los partidarios y simplezas a los adversarios. Pero todos comprendían su sentido”.
Mucho más benevolente es la crítica publicada en ABC sobre el libro de Masonería, en la que se dan por buenas y bien documentadas todas las elucubraciones de Boor sobre la acción masónica corno causante de la decadencia del Imperio español. El académico Melchor Fernández Almagro alaba el patriotismo y la religiosidad del autor y afirma que los artículos más circunstanciales “adquieren un sentido orgánico” al unirse a los demás. Termina diciendo que “contra la amenaza de la masonería y del comunismo se alza Boor con autorizada pluma, en este libro de claro juicio, animada prosa y firme dialéctica” (“Crítica y glosa. Masonería por 1. Boor”, ABC, 26 de junio de 1952: 15).
Asimismo es benévolo en su juicio Luis Suárez, cuyas palabras recalcan la conti nuidad en el estilo del dictador a la hora de escribir: “Los que he leído me parecen buenos: rio diferentes del estilo empleado en los publicados ni en las revistas milita res [la Revista de Tropas Coloniales”.
En cuanto a su repercusión, la prensa aludía de vez en cuando a los artículos de Franco. La Prensa del Movimiento solía copiar a Arriba e incluso la prensa privada reprodujo alguno de los artículos de relevancia internacional (Hispanicus, “Marrue cos”, ABC. 15 de septiembre de 1953: 22-23; Macaulav, “Gibraltar y la masonería”, La Vanguardia Española, 5 de agosto de 1955: 1). El propio periódico donde se publicaban las colaboraciones también recogía la repercusión de las mismas fiera del país. Así, Arriba cita, no sin cierta ironía -dado que se trata de un enemigo del régimen- un extracto de la obra de Salvador de Madariaga España en la que se culpa al comunismo internacional de instigar la Guerra Civil (“Una adhesión al artículo de Hispanicus”, 6 de noviembre de 1946). Más adelante, durante la serie de artículos de Macaulay sobre Gibraltar (1954), el corresponsal Guy Bueno informó de cómo los diarios londinenses publicaban extractos del cuarto de ellos, con titulares llamativos como “La paciencia de España está agotada” o “El caso de Gibraltar es grave” (“Los artículos de Macaulav sobre Gibraltar, en la prensa británica”, Arriba, 16 de marzo de 1954: 1). En alguna ocasión, estas colaboraciones eran retransmitidas también por la radio (Hispanicus, “España es la que acusa”, Arriba. 3 de noviembre de 1946: 1).
En cuanto a la oposición al régimen, Rannan Rein señala que “las fuerzas políticas antifranquistas lo usaban en su favor [el escarceo periodístico de Franco], como era de esperar. A [os gobiernos/grupos/fuerzas políticas que tenían interés en colaborar con la España franquista, [es convenía que estos textos no estuvieran firmados con el nombre del Caudillo, así que lo ignoraban”.
Como revela la lectura de diversos documentos depositados en la Fundación Fran cisco Franco, Franco se mantenía informado de lo que se comentaba en el extranjero acerca de sus artículos a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, especialmente gracias a la Oficina de Información Diplomática. Algunos de los comentarios mecanografiados son muy ilustrativos de cómo se percibían en el exterior las colabora ciones y cómo eran valoradas por la prensa internacional. Frente a la casi abulia que despiertan los artículos en los expertos españoles, para los periódicos extranjeros constituían ataques furibundos. Las notas diplomáticas proporcionan también claves para su entendimiento e interpretación. En la Fundación también se conservan unas pocas cartas de lectores entusiasmados de los artículos.
El 15 de noviembre de 1948 un ministro -no determinado por el documento de viaje en Oslo envía a Madrid un telegrama: “Diarios comentan artículo Arriba domingo [se trata de “En el fango”, publicado el día anterior], que según dicen ataca Gran Bretaña y Secretario General ONU, firmado por seudónimo, que diarios afirman se dice que es el empleado en artículos escritos por propio Generalísimo”. Debajo del texto mecanografiado aparece manuscrita la palabra Macaulay entre paréntesis, seguido de “lo hemos traducido al inglés y se envió a [nombre propio que empieza por M, ininteligible] donde parece que ha interesado mucho: se reparte también en París [continúa garabato ilegible]
Alan Walker. corresponsal del Daily Telegraph -en el margen aparece anotado a mano “católico y enemigo de España”-, escribe unas “Observaciones sobre ciertos puntos del artículo sobre la francmasonería de Jakim Boor aparecido en el número de Arriba de 16 de febrero de 1949” [se trata de “Los que no perdonan”), fechadas el 24 de febrero de 1949 en Madrid en una carta cuyo destinatario es desconocido. El documento respalda la idea conspiranoica de Franco, llegando incluso a decir que “la francmasonería ha sido durante mucho tiempo y sigue siendo (como dijo Dostoievski de los judíos) una influencia desintegrante en la política mundial”. Por otra parte, Walker realiza varias matizaciones de gran interés a ciertos argumentos exagerados de Boor. La primera de ellas que es imposible que haya seis millones de masones en Escocia, cuando la población no llegaba ni siquiera a cinco millones de almas. Tampoco pueden existir nueve millones de masones en la Gran Logia de Inglate rra “ya que, de ser este el caso, la entera población masculina estaría formada por Masones”. La carta, conservada con subrayados, prosigue esbozando las posibles relaciones de la masonería inglesa con otras ramas de la organización.
En diciembre de 1949 hay diversas informaciones de agencias. La entrada del día 5 refiere una información del moderadamente indignado The Times: “Bajo el título de ‘Albión’ y con el seudónimo Macaulay, el cual se cree oculta un oscuro personaje quien se esconde bajo el nombre de Hispanicus y que se halla muy relacionado con las esferas oficiales más altas, el periódico Arriba consagra en el 57 aniversario de Franco la mitad de su primera página al más violento y extenso editorial contra Inglaterra que haya publicado ningún periódico falangista o haya sido radiado desde que Hitler perdió la guerra”.
La diplomacia recoge una interesante información del New York Times -periódico al que Franco calificó en una ocasión como “baluarte de la masonería internacional” (Franco Salgado, 1976: 255) – fechada el 18 de diciembre sobre España: “Existe un evidente y creciente resentimiento en los círculos oficiales sobre la negativa de las Naciones Unidas a cambiar su actitud. España no quiere embajadores a menos de estar segura de su buena fe, así se expresa el periódico del partido de Falange Arriba en un editorial que se publica en primera plana y en el que ataca la política británica y en menor grado la de Estados Unidos se trata de “Dialéctica fácil”, aparecido ese mismo día. Bajo la firma de Macaulav -cuya identidad nunca ha sido rebelada pero se rumorea ser el mismo Caudillo o alguien inspirado directamente por él- este editorial es todavía más fuerte y violento que el editorial publicado hace una semana”. Tras un resumen del artículo, la Dama Gris menosprecia su importancia: “Estas declaraciones del periódico Arriba no tienen importancia en cuanto se refieren a su influencia en la opinión pública, pues solamente tiene una tirada de unos pocos miles de ejemplares. pero es importante en cuanto reflejan el pensamiento y el deseo de los gobernantes españoles y lo que ellos quieren divulgar”. Al lado de este último párrafo está anotado a mano: “En vista de ello se pide a otros diarios que lo reproduzcan” y una inicial como firma que se asemeja a una A. Ese mismo día, la agencia United Press reproduce parte del texto de Macaulay y, sin glosario, “señala que la persona que se esconde tras el seudónimo de Macalay puede ser Franco o un colaborador íntimo”.
Otra nota de la Oficina de Información Diplomática -fechada el 23 de abril de 1950- recoge una larga crónica del Christian Science Monitor en la que se comentan los artículos de Jakim Boor atacando a la masonería. “Lo que intriga a los obser vadores extranjeros es el por qué la España de Franco provoca la enemistad con una organización de tanta influencia como la masonería”, se lee en subrayado40. Este debate ha sido contextualizado por Luis Suárez en el marco de la relación entre la masonería, la religión católica y el franquismo: “Si en el caso del protestantismo se ve con claridad que el deseo del gobierno se orientaba hacia mayores concesiones, siendo frenado por los obispos y. en definitiva, también por las leyes de la Iglesia, en el de la masonería la oposición radical partia del propio Franco. El 27 de marzo de 1950, el Net’ York Times dio la noticia de que la nueva serie de artículos firmados por .Jakini Boor en Arriba constituían la intención de su autor, pero constituye una hipótesis plausible que se tratara más bien de una reacción a lo que estaba sucediendo en Argentina y a la resistencia denodada de Truman al establecimiento de relaciones con España, cuestiones ambas aparentemente ligadas al poder de la masonería en ambos países”. A su entender, hay que “admitir, como un hecho fuera de toda duda, que el Generalísimo veía en la masonería un enemigo con el que no cabía ningún entendimiento” (2005: 389-390).
El último despacho consultado no tiene fecha; la Fundación Franco lo data sin seguridad en 1951. En ella se informa que el director de A Voz de Lisboa, Pedro Correia Marqués, había mencionado en un editorial un artículo de Jakim Boor. En dicho editorial se congratulaba de la libertad y el orden que reinan en una España que ha rechazado a las logias y ha superado los problemas económicos creados por masones y comunistas mezclados.
Así pues, en cuanto a la posible repercusión de los artículos de Franco hay que trabajar con indicios. Moradiellos aventura que sí calaron, pero él mismo reconoce que es imposible saberlo con seguridad: “Fueron bastante comentados y divulgados. Y creo que llegó a saberse de facto que su autor era Franco, sin mucho problema. Quizá se quiso que así fuera, por vía oficiosa y no oficial. Pero no tengo ningún documento probatorio”.
En la última etapa de las colaboraciones -que como se ha visto se centraron monotemáticamente en Gibraltar-, la paciencia inglesa se agotó, de acuerdo con Miguel Ángel Criado, “el artículo de Macaulrn’ [del 15 de mayo de 1954] tiene un gran impacto entre los británicos. El 20 de mayo tres destacados miembros del Partido Laborista interpelan a Churchill en el Parlamento. Quieren que el primer ministro aclare qué promesas hizo a España en relación con Gibraltar si se mantenía en la Guena. Churchill rechaza que existiera compromiso alguno”. El periodista prosi gue señalando que las acusaciones de Franco en sus artículos eran falsas, pues el ex premier británico nunca prometió al Caudillo que Inglaterra abandonaría el Peñón. “Lo cierto es que la desclasificación en 2005 de una serie de documentos de los archivos nacionales británicos viene a contradecir las acusaciones españolas en 1954: Churchill nunca prometió devolver la Roca” (2006: 21 y 23).
Pero, sin duda alguna, la historia más curiosa del general como escritor secreto es que la censura se atrevió a tacharle con lápiz rojo un artículo (Macazilay, “Sere nidad”, Arriba, 26 de agosto de 1947: 1) (Rodríguez, 1982: 7). El documento, en el que el autor hace una particular defensa de los laboristas británicos -nada favorables al franquismo-, recibió del censor dos gruesas tachaduras en el párrafo en el que se defendía a los ingleses y en otro en el que se mencionaba el sistema de consignas de la prensa española. El funcionario nocturno no sabía quién se ocultaba detrás de JvÍacaulay (Aguinaga, 2002: 16-17). Aguinaga, el corrector de la galerada -la cual conserva- recuerda que en la redacción “todos se rieron a mandíbula batiente cuando volvió marcada con rojo de Monte Esquinza (la oficina de la censura) y naturalmente se publicó tal y como el Caudillo la había enviado”.
