El libro Jaque al Rey, de Julio Merino y Santiago Segura Ferns, incluye un extenso y controvertido prólogo firmado por el teniente general don Jaime Milans del Bosch, una de las figuras centrales de los acontecimientos del 23 de febrero de 1981. En estas páginas, el militar expone su interpretación personal sobre el intento de golpe de Estado, el proceso judicial posterior y el papel desempeñado por distintos protagonistas políticos y militares.
Escrito desde la prisión naval de Caranza en agosto de 1983, el texto mezcla memoria personal, reflexión política y crítica histórica. Milans del Bosch reivindica su actuación durante el 23-F, cuestiona aspectos del juicio y sostiene que todavía existen incógnitas sin resolver sobre aquellos hechos. A lo largo del prólogo, también analiza la Transición española, la reforma política y el contexto institucional que, según su visión, condujo a la crisis de 1981.
Más allá de la polémica, este documento constituye un testimonio histórico relevante para comprender una parte de las interpretaciones surgidas en torno al 23-F y al debate político y militar de aquellos años en España.
A lo largo de mi vida militar he sido mucho más hombre de acción que de despacho; de mando directo, que de elucubraciones técnicas. Naturalmente, he tenido que ocupar destinos en Estados Mayores, Agregadurías Militares y de profesorado, en los que me ha sido forzoso dedicar muchas horas al estudio y elaboración de propuestas, informes, temas, memorias, planes y órdenes, pero nunca era eso lo que más me agradaba; lo que me ha seducido, siempre, ha sido el campo, el contacto con las Unidades, sus mandos y soldados, y los ejercicios difíciles al aire libre, que es donde de verdad se templa el espíritu, se curten los cuerpos y se resuelven los problemas que el Mando plantea en el terreno y los medios disponibles.
En los mandos que he ejercido, desde Regimiento a Región Militar, nunca llevé al despacho otra cosa que un índice de cuestiones bien meditadas. Allí las discutía con mis jefes de Plana Mayor o de Estado Mayor y sobre la marcha decidía. De no haber recibido orden en concreto, nunca pasé a limpio mis lecciones o conferencias. Lo que, si llevé, siempre, fue el índice de los puntos a tratar y las notas precisas para las cosas dudosas o polémicas.
Con lo expuesto quiero decir que es la primera vez que me ha sido pedida una colaboración como ésta: prologar un libro o, lo que es igual, hacer su presentación o abrir sus páginas al lector. Y la he aceptado sin poner «peros», de inmediato. No podía negarme por tres razones fundamentales:
- a) Porque en los sucesos del «23-F» y proceso subsiguiente he sido y soy uno de los principales protagonistas. No digo el primero, porque no es cierto. Ese honor le correspondió por entero a Su Majestad el Rey.
- b) Por lealtad y amistad con Santiago Segura Ferns, uno de los autores, que ha sido mi abogado defensor en el Recurso de Casación ante el Tribunal Supremo; lo sigue siendo ante el Constitucional y espero, confiado, que continuará en dicho cometido mientras haya posibilidad de recurrir y los fallos anteriores me sigan siendo desfavorables.
- c) Por gratitud, tanto a Segura como a Julio Merino, por el honor con me distinguen y el servicio que con este libro prestan a la verdad, a la Historia y a España.
Huyo de la pretensión —sería osadía— de hacer la presentación de los autores, pues ambos son de sobra conocidos: uno como jurista y otro como periodista e historiador. En todo caso, el lector tendrá ocasión de saber quiénes son cuando se adentren en el campo, bien trabajado y documentado, de esta obra.
Dejo, pues, a los autores y voy a pasar a la obra, al libro, pero antes quiero dejar bien sentado lo que sigue:
1) Sé que, por mi formación, mis palabras pueden resultar muy crudas, muy directas, incluso muy duras… lo siento, pero son veraces y responden a mi estilo y a lo que estoy acostumbrado a hacer.
2) Que me mantengo en la versión de los hechos tal como la expuse en mis declaraciones y testimonios a lo largo del proceso y muy especialmente en mi alegato final, que ha sido recogido integro, en el capítulo 9 del libro bajo el epígrafe «Milans del Bosch: el alegato de un hombre de honor».
3) Que, por lo tanto, ni estoy conforme, ni acepto, ni acato —la padezco y la sufro, eso si— la sentencia; por la sencilla razón de que no me considero, moralmente, culpable. Seré responsable de haber sacado las tropas a la calle, de haber publicado los dos manifiestos, de haber dado todas las órdenes, pero no de haber cometido un delito, porque existían —y siguen existiendo sobradas razones que justifican aquellas medidas.
4) Que ni el «23-F» ni a lo largo del proceso 2/81 llegué a comprender la actitud del general Armada, incoherente, a mi juicio, con sus creencias y convicciones. Comprendo, admiro y me descubro ante la persona que es capaz de llevar su lealtad y fidelidad hasta el sacrificio de su propia vida, pero eso no es moralmente admisible cuando con esa actitud se irrogan graves perjuicios a terceros, y máxime si afectan a su honor. La explicación —para mi inadmisible— a su conducta es que se preocupó, siempre, mucho más de la coartada que de afrontar con decisión y resueltamente su responsabilidad.
Eso explica su cuidado por no tener nunca más de un interlocutor; el no acudir a reuniones que se habían acordado cuando eran varios los concurrentes; los recados que me envió con el coronel Pardo de Santayana; y, por fin, el que el día señalado no se encontrase en la Zarzuela él, ni estuviese un general en su despacho, como me había dicho telefónicamente. Prefirió aparentar que era arrastrado por los acontecimientos y, ante los hechos consumados, ofrecerse para reconducirlos.
5) Sé que se ha pretendido que yo recabase para mi toda la responsabilidad por los sucesos, sin involucrar ni al Rey ni al general Armada. Pero yo he dicho y diré siempre la verdad y eso no es cierto. Quiero dejar bien claro que ya recabé esa responsabilidad –toda la responsabilidad— en cuanto a órdenes que di, medidas que adopté y colaboraciones que busqué. Es más, en mi testimonio o alegato final, pedí también para mí la de todos aquellos que «no han sabido o no han querido hacerse responsables de sus actos y añadía «junto con mi mayor desprecio para ellos». Lo que no puedo hacer —y no lo haré— es decir que me inventé lo del respaldo del Rey, respaldo de que tuve «la certeza moral absoluta», y la tenía por «quien actuó como confidente suyo, alguien a quien yo consideraba —entonces— digno de todo crédito». También se me pedía no involucrar a Armada, pero eso sería mentir y no lo hice ni lo haré porque si lo hiciera incurriría en falsedad. Soy celoso de mi honor y no estoy dispuesto a dejarlo en entredicho ante todos aquellos que fueron y son mis más leales subordinados. El honor, para mí, el «23-F» ni a lo largo del proceso 2/81 llegué a comprender es patrimonio irrenunciable: no existe razón de Estado suficiente que justifique tal renuncia.
6) Todo lo que diga sobre el libro, las personas y los hechos lo haré con sinceridad y con objetividad… con mi objetividad, claro, que no pretendo que sea absoluta, Será la objetividad del hombre que cree en Dios y en la moral. Intentaré hacerlo, también, con sobriedad. Naturalmente, será un juicio personal, limitado a determinados puntos, móviles, conductas y aspectos, pues trataré de hacerlo breve. Al lector le resultará muy fácil sacar una idea global del libro con sólo echar un vistazo al índice detallado que presentan los autores.
7) Que como estoy escribiendo este prólogo en la Prisión Naval de Caranza, del Ferrol del Caudillo, donde, naturalmente, no dispongo de datos propios, bibliografía adecuada, ni casi comodidades apropiadas, todos los datos para mis comentarios los he tomado del propio libro que estoy prologando, de ahí la cantidad de entrecomillados que encontrará el lector.
Iniciaré, pues, mi andadura con unas palabras sobre el libro y la impresión que me ha causado su lectura. Como es notorio, se trata de un libro voluminoso, muy bien documentado, con citas y relatos históricos y aun mitológicos, que estimo de indudable interés no sólo para la Historia y los historiadores, sino también para cuantos quieran preguntar con sinceridad y con humildad —intelectuales, juristas, políticos y, en definitiva, hombres de buena voluntad— el porqué de determinados hechos y sucesos y cómo se llegó hasta ellos, Bien es cierto que los autores no pretenden decirnos dónde está la verdad, pero si dónde se oculta. Lo han escrito «desde la Historia y para la Historia» con la sana intención de «aportar testimonios y opiniones que puedan servir, de verdad, a los futuros historiadores».
Está escrito con soltura y buen estilo, que hacen fácil la lectura y que incluso la estimulan con el pasar de las páginas y los capítulos. Hay, para mí, una excepción: la de los documentos y citas judiciales. Me resultan pesados, lentos y creo que sólo inteligibles para especialistas en Derecho. Lo mismo ocurre con algunos interrogatorios transcritos, que fueron tomados taquigráficamente y puestos después en claro con poca fortuna. Y es que no resulta fácil suplir o llenar en la versión escrita los huecos que en la oral llenan los gestos, la mímica, las entonaciones, las pausas y las rectificaciones. De ahí, que muchas veces las preguntas y, más aún, las respuestas resulten indescifrables. No obstante, esa salvedad —insoslayable— el libro es de primera magnitud y será polémico, muy polémico.
De sumo interés considero el título. Los autores aseguran que no es oportunista —o cuando menos, que no ha sido ésa su intención—, pero no se puede negar que está bien elegido, que es oportuno y que tiene «garra». Está bien elegido porque responde a una realidad tangible, incuestionable, pues el libro trata sencilla y llanamente de un «Jaque al Rey», ya que el desarrollo de los sucesos de aquella noche pudieron dar la sensación, al pueblo en general, de que se estaba dando un «jaque al Rey», pero para los que estábamos involucrados dentro de aquellos acontecimientos, no era tal —no era nuestra intención dar ese jaque— por la sencilla razón de que teníamos convencimiento moral absoluto de que actuamos respaldados por él.
El «jaque» vino después. Se inició, si se quiere, aquella noche, pero se fue acentuando posteriormente a lo largo de todo el proceso hasta alcanzar su «ordenada máxima» en la vista ante el Consejo Supremo de Justicia Militar, reunido en Sala de Justicia, La sentencia de este Tribunal, con una mínima —casi simbólica— para el general Armada y la absolución para el comandante Cortina, no alivió la situación regia, pues el comentario más generalizado, a raíz de la sentencia, dio por sentado que esa benévola sentencia —la de Armada— y esa absolución .—la de Cortina— se debían a influencia de la Zarzuela.
La posterior rectificación, en el recurso de casación ante el Tribunal Supremo, puso aún peor las cosas. Ahora lo que se dice es que el Tribunal Supremo quiso dejar a salvo —a cubierto de toda sospecha— la figura del Rey.
El «jaque», pues, continúa y continuará hasta que la incógnita —el misterio que encubre este proceso— se despeje totalmente. Y ésta es la constante del libro que nos ocupa y los misterios a desentrañar, las verdades que se tratan de ocultar o que no se han podido o querido aclarar. La Historia —que es maestra de la vida— no está ahí a «beneficio de inventario», sino para ser tenida en cuenta por todos los llamados a regir el destino de los pueblos. No se puede cambiar su curso, ni dar carta blanca para una «ruptura» sin mirar, sin tratar de adivinar, las posibles consecuencias.
Es sin duda sugestivo el espacio que, dentro de los «Antecedentes históricos», los autores dedican al «golpismo», los «golpes» y los «pronunciamientos», ahora que tan de moda está el denostarlos y cuando todo el mundo conspira; pero, eso sí, «guardando la ropa», cubriéndola con apariencia legal. Naturalmente, las alusiones reiterativas y machaconas, entre chulonas y despectivas, pero cargadas de miedo, de odio y de rencor, se refieren siempre a los dados por militares o por la «extrema» derecha, olvidando premeditadamente los provocados, instigados y respaldados —cuando no ejecutados por los políticos de izquierda: por el extremismo y sectarismo marxista—liberal.
Es tentador el tema porque, como dicen los autores, ¿quién puede tirar la primera piedra? Que refresquen la memoria todos y dejen de calificar de «CRIMEN EXECRABLE» a los sucesos del «23-F», como pretendió un periodista —criado a los pechos de la Prensa del Movimiento— en un mano a mano ante las cámaras de TVE, a las que acudió en plan matón y salió como el gallo de Morón. ¿Qué calificativos reserva ese señor para los asesinatos de Prim, Cánovas, Canalejas, Dato, Calvo Sotelo…; el atentado contra Alfonso XIII al regreso de su boda; los crímenes de la Semana Trágica de Barcelona; los de la Huelga Revolucionaria de 1917 y la Revolución de octubre de 1934? ¿Qué para el genocidio de Paracuellos del Jarama? ¿Qué para los del actual terrorismo?
Pero no es sobre ese mal endémico y sus causas sobre lo que quiero llamar la atención. Para muchos, lo que despertará realmente su curiosidad, será el enmarque, el encuadre de los sucesos del «23-F»: ¿«pronunciamiento», «golpeе», «аautogolpe»?… Рara mi fue un «аautogolpe», queе quiso enmascararse con la palabra engañosa de la «reconducción» y con el fingimiento de la sorpresa.
No quiero dejar este tema sin tratar de un asunto que conozco bien, porque mi abuelo era entonces jefe del Cuarto Militar del Rey: y es el de rendir, desde aquí, un sincero recuerdo a la lealtad y gallardía de don Alfonso XIII, antes y en el 13 de septiembre de 1923, Lealtad con los generales que —lealmente también— le hicieron saber cuál era la postura del Ejército y lealtad, asimismo, con el presidente del Gobierno. Ante la incapacidad manifestada por. éste de restablecer el orden y la disciplina, el Rey no vacilo en tomar la decisión que suponía dar «luz verde» a la Dictadura. Tal decisión supuso poner fin en dos años a la endémica guerra de Marruecos y siete de orden y de actividad, de cuyas rentas se vivió más de otros veinte años.
Si todos los «antecedentes políticos» tienen el máximo interés, para mí el que se lleva la palma, el decisivo, es el paso de la «legalidad franquista» a la «legalidad democrática»; de la «Monarquía del Movimiento» a la «Monarquía –llamada por los autores— de Estoril»; es decir, de una Monarquía tradicional, social y representativa a otra liberal y parlamentaria, Ese paso, jalonado por una serie de «golpes» —astutos unas veces y descarados otras—,ha sido la causa que irremisiblemente condujo al «23-F», tras la destrucción de un sistema institucional, paciente, prudente bien elaborado.
Indudablemente, el paso ha querido disfrazarse con ropajes de legalidad, pero no ha podido ocultar sus móviles y sus subterfugios. Los móviles no han sido otros que la soberbia, el resentimiento, la ambición y la falta de escrúpulos. Los subterfugios pueden señalarse, pero remito al lector al capítulo del que estoy hablando y los encontrará mucho mejor expuestos de lo que yo pudiera resumirlos.
También tuvo sus personajes, que fueron todos los políticos en ejercicio que estaban en la «legalidad franquista», con las honrosas excepciones de los que se opusieron al Proyecto de Ley para la Reforma. Pero, si bien es verdad que fueron muchos lo que claudicaron, algunos hay que reconocer que brillaron con luz propia. Entre ellos hay que destacar a Torcuato Fernández Miranda, al que los autores tratan muy benévolamente, porque para mí, estrategia es la «idea directriz de un plan», y «estratega», como lo califican los autores, el que percibe o concibe esa idea y la plasma o da forma. En esa «idea directriz» que debe de arrancar de la finalidad que se persigue, deben figurar claramente:
- a) la actitud y ritmo que se desea imprimir.
- b) los esfuerzos a realizar, su intensidad y direcciones de aplicación.
- c) las fases y los objetivos a alcanzar.
- d) y las directrices generales para la coordinación.
Y ése fue el papel importantísimo que desempeñó Torcuato Fernández Miranda en el proceso «destructor» que empezó llamándose «reforma», continuó con el «cambio» у termino en «ruptura». El conocía a la perfección —o debía conocer por su preparación, su situación de privilegio y los cargos que desempeñó— las causas que llevaron al Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 para no incidir en los mismos errores que lo hicieron inevitable. Pero le perdió la soberbia y cayó en su propia «trampa saducea». Recuérdense sus palabras de despedida al cesar en la Presidencia, provisional o en funciones, del Gobierno, su aire de disgusto y de revancha y sus alusiones a «embridarme», etc., y sus juegos malabares de palabras y sutilezas con los términos «fidelidad», «lealtad» y «el pasado no me ata» de su toma de posesión en la Presidencia de las Cortes Españolas. Sí, Fernández Miranda culpa al resentimiento de ser la causa que espoleó la «ruptura», pero se excluye a si mismo del pecado. Después, como siempre, vendría lo de «repristinar», lo del «no es esto, no es esto», pero ya era demasiado tarde.
Antecedente triste para mí y creo que, para la mayoría de los miembros de las FF.AA., fue la claudicación de sus máximos representantes; los que tenían que exigir que se respetase y se cumpliera la cláusula que figuraba entre las misiones de la FF.AA. de «garantizar el orden institucional».
Nótese —y esto también es muy triste— que la mayor parte de los tenientes generales de Tierra y del Aire, así como los almirantes, se dejaron engañar por un aprendiz de político, tan sobrado de ambición como carente de preparación y escrúpulos, en la reunión habida en Castellana, 3, el día 8 de septiembre de 1976.
Después vino la pasividad ante la dimisión del teniente general De Santiago, que resultó inevitable, pues sólo se le presentaban tres salidas:
- a) transigir, que era lo mismo que claudicar, violentando su conciencia, y juramento;
- b) sacar las tropas a la calle, cosa que en aquel momento no estaba justificado, o
- c) hacer lo que hizo… con lo que dio una lección de pundonor, ante la casi total indiferencia de muchos de sus compañeros.
Sobre los «antecedentes constitucionales» casi no merece la pena detenerse. Basta con mirar sus frutos —los de la Constitución— para darse cuenta de que con ella todo está permitido, hasta el asesinato alevoso (despenalización del aborto, impunidad del terrorismo…). Pero hay dos artículos, sobre todos, que son verdaderas trampas: el segundo, con el contrasentido de «patria única e indivisible» y el reconocimiento de las «nacionalidades»; y el octavo, que fija la misión de las FF.AA., y que éstas —según se ha sentenciado— sólo podrán cumplir a las órdenes de quienes están poniendo en peligro la integridad y la unidad de la Patria. Otra trampa, ya está siendo el Juramento a la Bandera.
Entramos así en la conspiración generalizada, en el «todos estamos conspirando» de Pilar Urbano: la izquierda, la derecha, los liberales, los demócratas, los militares «de paisano y no paisano», y hasta las centrales sindicales, para salir de la «situación límite» del desastre al que se nos había llevado. Todos, pero eso sí, desde la legalidad: real si se puede, pero que al menos cubra las formalidades. Y es entonces cuando empiezan a proliferar las «incongruencias» y los «enigmas», algunos de los cuales los encontrará el lector en el capítulo 7.
Desde mi punto de vista los enigmas que más me preocupan y me han afectado son los que se refieren al general Armada. A ellos me referí al fijar mi postura en este prólogo y no voy a intentar ahora descifrarlos, pero si dije a qué causas creía obedecían. A mi juicio no son otras que el pretender «tirar la piedra y esconder la mano», «repicar y estar en la procesión», «nadar y guardar la ropa» … En una palabra, preocuparse más de la coartada que de afrontar la responsabilidad con decisión. Muchos enigmas envuelven también la conducta del comandante Cortina, no sólo por lo que se refiere a su actuación en los días que precedieron al «23-F» y ese mismo día, sino por lo que afecta a la conducta del CESID en los meses que precedieron a esa fecha. Y es que hay cosas que no encajan, que son incomprensibles. Una de ellas, la principal, creo yo, tratándose de un servicio de información, es que no estuviesen vigilados —¿o si lo estaban?— los pasos del teniente coronel Tejero después de la llamada «Operación Galaxia»; y que pasara inadvertida para el CESID toda la actividad desplegada por el mismo, y los correspondientes encuentros con Armada y Cortina. ¿No es también muy raro?
Pero no terminan ahí los enigmas de Cortina. Hay otro y bien doloroso, por cierto: la muerte en circunstancias trágicas de su padre. Hoy se sabe que fue un asesinato, posibilidad que él negó rotundamente al muy poco tiempo de producirse el hecho. ¿Cómo pudo afirmar que la causa del siniestro no podía ser otra que un cortocircuito y que había que desechar toda posibilidad de atentado? Lo dijo con la misma firmeza y el mismo aplomo con que el señor Laina afirmó que el incendio del Corona de Aragón había sido provocado, fortuitamente, por una freidora de churros.
A título de ejemplo he elegido tres pasajes que —a mi entender— pueden demostrarlo.
El primero está tomado del mensaje de la Pascua Militar de 1981 (5 de enero), y dice así: Porque sabemos adónde vamos y de dónde no podemos pasar…
Admito que el Rey lo supiese, pero a los españoles jamás se nos ha dicho en dónde está la meta y cuál es el límite del que no se puede pasar. Y eso —esa ignorancia, esa incertidumbre— en buena técnica democrática creo que no es admisible, aparte de que tal afirmación es algo más que dudosa. ¿Se sabía realmente adónde se iba cuando se concedieron o pactaron las primeras autonomías? ¿Se sabía lo que iba a suponer para la economía de la nación tener 18 gobiernos, más de 300 ministros, presidentes y vicepresidentes y más de 2900 diputados, con su cola, burocrática y «enchufista», correspondiente? ¿Se sabía lo que iban a suponer para el ciudadano los sueldos a lo loco y siempre «a lo grande» de todos estos señores, más los que se han fijado los alcaldes y concejales?… Por si acaso, ahí están los resultados: los Presupuestos Generales del Estado han multiplicado por seis el monto de 1975, y otro tanto ha ocurrido con los de la Seguridad Social. Sin embargo, ni se hacen autopistas, ni se construyen pantanos, ni residencias sanitarias. Con trabajo y mucho retraso sólo se han terminado los proyectos que en 1975 se encontraban en fase de construcción; se han cerra— do miles de empresas y se tienen más de dos millones y medio de parados. No, creo que no se sabía dónde se iba.
Los otros dos pasajes están tomados del mensaje de la Pascua Militar de 1982 (6 de enero):
1) El primero reza como sigue: Pero no puedo ignorar —aunque quisiera hacerlo— las campañas que se han desatado, los panfletos y las hojas repartidas profusamente entre los militares (…), con los que se ha pretendido intoxicar y desorientar a las Fuerzas Armadas, con la mentira como lema, la confusión como método y la afrenta como objetivo.
Me creo en el deber y en el derecho de decir muy alto —por la parte que pudiera afectarme— que no he intervenido ni apoyado la redacción de tales panfletos y hojas, ni he empleado, nunca, la mentira como lema. Mentir es «decir lo contrario de lo que uno siente o sabe con intención de engañar» y yo afirmo y sostengo, y he demostrado sobradamente que ni antes, ni durante, ni después de los sucesos del «23-F» y proceso 2/81 engañé a nadie, ni dije lo contrario de lo que sabía o que sentía.
Pero, es más, yo estoy seguro de que si corrieron y corren esos panfletos y hojas clandestinas es debido, sin duda, a que en el juicio no se quiso conocer toda la verdad y como consecuencia existe la duda y el descontento. Nadie puede ignorar y menos S. M. cómo nos han tratado la prensa, la radio y la televisión a los procesados del «23-F». ¿Sabe que hasta en el Tribunal Supremo se nos ha injuriado? ¿Recuerda cómo nos han tratado los políticos —incluido alguno que tiene sobre su conciencia miles de víctimas—, los gobernantes y hasta el propio presidente del Gobierno en aquel entonces?
2) El otro pasaje dice: Una vez más, repito, confío ciegamente en que la verdad se abra paso por encima de todo y resplandezca, para eliminar 1os más recónditos entresijos de unos acontecimientos que de manera tan directa afectaron a la vida española, y concretamente a las Fuerzas Armadas, en 1981.
Pues eso mismo hemos deseado y seguimos deseando todos los procesados del «23-F». Todos, creo yo, menos tres. Sí, sí, que se iluminen todos los «recónditos entresijos» de entrevistas, contactos y visitas pasando —naturalmente— por Lérida, Valencia, Madrid, etc., todos, absolutamente todos. Los procesados y los defensores lo hemos pedido siempre —con la salvedad de los tres aludidos— y si desde fuera se quiere también, ¿cómo se explica la existencia de tanto «testigo ausente» y tanto «testigo mudo» como se dieron en el proceso?… ¿Cómo se explica que se denegaran el ¡¡¡Ochenta y nueve por ciento!!! de las pruebas? ¿Cómo los cambios habidos en el Tribunal y toda la serie de «incongruencias» que en el proceso se dieron? Para disipar esta duda —y no totalmente— la Historia nos ofrece un remedio: acudir a Santa Gadea.
Renuncio a cualquier otro comentario sobre estas muchas «incongruencias» que se dieron en el proceso y en las sentencias del «23-F». El lector las encontrará amplia y muy extensamente tratadas, en el capítulo 8, por persona docta en la materia y con títulos suficientes que yo no tengo. Pero a lo que no renuncio es a emitir mi personal parecer sobre tres personajes que intervinieron en el proceso:
Uno es el general togado del Ejército del Aire, don José María Garcia Escudero, letrado de las Cortes y autor de varios libros; entre otros, De Cánovas a la República y la Historia política de las dos Españas. Del primero tomo el siguiente párrafo, tomado de la nota bibliográfica aparecida en «Reconquista» hace treinta años:
«Sobre él (el libro de García Escudero) podrán recapacitar muchos españoles que sueñan todavía con nuevas posibilidades de un sistema político de importación, rebasado ya por la fuerza creciente del sindicalismo, que, falto de una sólida sustentación, buscó la solución en una convivencia imposible bajo el signo del «dejar hacer» y cuyo equilibrio quedó prontamente roto por la cándida actitud de la derecha y la progresiva traición de la izquierda, que de tumbo en tumbo había de conducir inexorablemente a la dictadura comunista de Negrín.»
Pues bien, García Escudero, nombrado por decreto «juez especial» de la causa 2/81, no opuso reparos a esta designación —o no se sabe los opusiera— cuando ya había emitido un juicio público sobre uno de los presuntos procesados, en un artículo publicado en el diario Ya con el seudónimo de «Nemo». Ya en funciones de juez, no tuvo inconveniente en tomar juramento como testigos a los que eran (?) presuntos (?) culpables y que inmediatamente fue ron procesados.
Sobre García Escudero tengo una anécdota personal. En uno de los interrogatorios que me hizo (Academia de Artillería de Fuencarral) me pregunto si habían asistido más personas a la reunión de la calle General Cabrera. Res pondí que sí e inmediatamente me preguntó que quiénes eran. Yo contesté que no iba a responder, porque no quería complicar a nadie más. En ese momento —y siguiendo su costumbre de intentar redactar, él, las contestaciones— dictó al mecanógrafo: «El general dice que no recuerda.» Yo salté inmediatamente para aclarar que el general lo recuerda perfectamente, pues tiene una memoria de elefante, pero como no quiere mentir, lo que dice es que no quiere contestar. No puedo concretar cómo quedó redactada, al fin, la respuesta, pero desde luego no con el «no recuerda».
Los otros dos personajes fueron el consejero togado del Ejército de Tierra, don José de Diego López, proceso: el consejero togado del Ejército del Aire, don Luis Fernández de Mesa. Voy a ser muy breve, pues creo que me estoy extendiendo demasiado en este prólogo, cuando lo realmente importante es el libro, y porque ninguno de los dos personajes merece, por mi parte, más que un ligero comentario: ¡Otros los juzgarán!
El primero confundió su cometido de asesor con el de «apuntador» incordiante e «interruptor» inesperado, con lo que los presidentes —a quienes dejó en muy mal lugar— estuvieron más pendientes de lo que él les apuntaba, que de lo que pasaba en la Sala. La conducta del segundo, Fernández de Mesa, fue en extremo lamentable. Baste decir que no dejó de gesticular y hacer aspavientos en los días que duró la vista, incluso al extremo de dar un enorme puñetazo en la mesa que hizo saltar por los aires la jarra y el vaso que tenía delante… ¡¡¡¡Bochornoso!!!!
Te dejo, lector. Creo sinceramente que el libro es muy bueno y que está escrito con objetividad y con valentía. Adéntrate en sus páginas y léelas sin prisas y sin prejuicios. Si así lo haces, no será raro que al concluir su lectura encuentres justificados y hasta necesarios los sucesos del «23-F», al tiempo que reconozcas cuánta verdad se encierra en aquella advertencia del Generalísimo: «Los pueblos que olvidan las lecciones de la historia, están condenados a repetirla».
No quiero terminar sin dedicar un cariñoso recuerdo y enviar un fuerte abrazo a cuantos, como yo, sufren condena y persecución por su amor a España.
Ferrol del Caudillo, 25 de agosto de 1983.
CONCLUSIÓN
El prólogo de Jaime Milans del Bosch a Jaque al Rey representa una de las visiones más controvertidas y directas sobre el 23-F y sus consecuencias políticas y judiciales. Desde su propia experiencia como protagonista de aquellos acontecimientos, el militar ofrece una interpretación que combina defensa personal, crítica institucional y reflexión histórica.
Décadas después, el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 continúa siendo objeto de debate histórico, político y documental. Textos como este permiten conocer cómo algunos de sus protagonistas interpretaron aquellos sucesos y ayudan a entender la complejidad de uno de los episodios más decisivos de la historia reciente de España.
