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A partir de 1946 Moscú puso en marcha la repatriación de prisioneros. No de todas las nacionalidades y no de todos los de las nacionalidades primero señaladas para la repatriación, pues una parte permaneció más tiempo en prisión. Entre los prisioneros que iban a ser repatriados por la Cruz Roja internacional, que se haría cargo de estos en territorio soviético, figuraban quienes habían mantenido un estrecho contacto con los españoles: los prisioneros italianos.
Cuando, a comienzos de ese año, varios oficiales italianos les dijeron a sus compañeros españoles que iban a ser puestos en libertad, el capitán Palacios debió de pensar dos cosas. La primera, claro está, que ningún español había recibido ese tipo de notificación, lo que parecía indicar que ellos seguirían presos. ¿Por cuánto tiempo? En el caso de que preguntaran al jefe del campo, la respuesta fue posiblemente que él no disponía de información alguna de su gobierno sobre ellos. La segunda idea que a él y a otros les vino a la cabeza fue que los italianos podrían hacer llegar a España noticias sobre su situación. Lo principal era que transmitieran los nombres de quienes estaban vivos. Pidieron a sus amigos italianos que se aprendieran los nombres y direcciones de los familiares a quienes deberían escribir una vez llegados a Italia, que les comunicaran dónde estaban, que dijeran que estaban bien, con buen ánimo. Y aunque entrañaba cierto riesgo les pidieron que se llevaran con ellos textos de su puño y letra, breves y en un pequeño papel, como prueba de su existencia real. Unos y otros pensaron sobre la mejor manera de sacar los mensajes de forma clandestina. Al final, a alguien se le ocurrió lo siguiente: cubrir los trozos de papel con un plástico, cortar un trozo de jabón, en dos partes, poner el papel en medio, aplicar un poco de agua por los bordes, al tiempo que los frotaban con los dedos, para que el jabón volviera a unirse, y meter ese jabón en el equipaje, listo para el registro antes de partir. El sistema funcionó, pues sabemos que varios de estos textos llegaron a su destino.
A comienzos de abril, el capitán Palacios pidió por lo menos a dos oficiales italianos que se llevaran textos suyos y que, en cuanto pudieran, los remitieran a Potes con un breve texto explicativo de cuáles habían sido sus vicisitudes desde el momento de ser hecho prisionero. Como es lógico, Teodoro desconocía que su padre había fallecido. El primer texto decía así:
«Potes-Santander 7-4-46
Queridísimo papá y hermanos. Me encuentro muy bien y espero veros pronto.
Besos, abrazos, Teo.»
En el segundo escribió:
«Potes-Santander 9-4-46
Queridísimos papá y hermanos:
Me encuentro muy bien, con mucha moral, mucho espíritu y espero estar con vosotros dentro de muy poco tiempo.
Para Amelia, Merche y Maruja muchísimos besos, para Ramón Toñero, Tomasín, Felipe y Carlos otros tantos.
Para papá millones de besos y abrazos. Teo.»
No estaba tan bien como decía. Pero se sentía obligado a decirles esto, y así elevaba su moral. No sabía si esas notas llegarían o no a sus familiares, pero estaba convencido de que sus amigos italianos se esforzarían para lograrlo, tal y como se lo habían prometido. Y, efectivamente, al menos esas dos breves notas llegaron a sus destinatarios. Ver la letra de Teo, los nombres suyos en ese pobre papel debió de ser muy emocionante para sus hermanos. Estaba vivo, y decía que en buen estado. No resultaba del todo creíble, claro está. Pero lo fundamental era que estaba vivo. Ahora la pregunta era ¿cuánto aguantaría?, ¿cuáles eran las condiciones de vida en un campo de concentración en la URSS? A partir de ahora sus hermanos y cuñados, desde Santander y Madrid, estuvieron muy pendientes del correo. Escribieron a los italianos que les habían hecho llegar las cartas de Teodoro, les agradecieron su labor y les pidieron datos concretos sobre el lugar donde habían convivido con los españoles. Otro italiano hizo llegar a Potes una caricatura que había realizado de Teodoro con el uniforme de Regulares, sobre una tablilla de madera. Era un dibujo con mensaje, pues, por detrás, llevaba la fecha de 7 de junio e incluía los apellidos de los oficiales españoles cautivos y el campo donde se encontraban: los capitanes Palacios y Oroquieta y los tenientes Molero, Castillo, Martín y Altura en el campo 160, y los tenientes Asensi (capitán, en realidad) y Rosaleny en el campo 74.
Además de los mensajes a su familia, a Palacios le preocupaba otra cosa. Deseaba transmitir al gobierno español que mantenían la moral alta y los ideales que les habían llevado a combatir a la URSS, que confiaban en que se hicieran gestiones para su repatriación, como habían hecho y hacían otros gobiernos, pero sin concesiones al gobierno de Moscú. Al coronel de Bersaglieri Luigi Longo le pidió que transmitiera el siguiente mensaje al gobierno español: «Que todo cuanto habíamos visto en Rusia justificaba la presencia de la División Azul en el frente ruso, que no se creyera la propaganda que Radio Moscú hacía con nuestros soldados, consecuencia del terror desplegado, que no se preocupen por nosotros y que, por nosotros, no se hiciese ninguna concesión a los rusos»
En el archivo de la familia Palacios se conservan las cartas remitidas por italianos y recibidas en Potes, dirigidas siempre a la «Familia capitán Palacios». Entre estas la de Mario Bosello, teniente que había estado tres años y medio prisionero. Decía que había conocido al capitán Palacios en Susdal: «Es bien de salud, estudia mucho, ha aprendido perfectamente el italiano y el francés. Siempre recuerda a España y muchas veces me ha hablado de sus hermanas». También la de Caparro Isidoro:
«Ustedes pueden ser orgullosos de tener tal hijo, y de ser ciudadanos de una tan orgullosa nación como la España, que todos los oficiales prisioneros españoles, todos mientre números, ungaros, franceses, alemanes y, no me gusta decirlo pero asi ha estado, también muchos italianos no se han demostrado hombres por hambre i por miedo, los españoles se han llevado siempre como hombre muy a puesto (Se dice asi?). Yo he conocido muy bien Teodoro.
El es el capo moral de todos los siete, y espera de volver dentro el año en Espagna. Sean orgullosos de el.»
Y la de Guido Martelli:
«Los oficiales españoles por su conducta, por sus cualidades morales y espirituales han obtenido la admiración y el afecto de todos los oficiales italianos.»
Uno de los italianos más activos en la comunicación con los familiares de presos españoles fue Giuseppe Bassi, ahora regresado a Padova. Entre otros, escribió al padre del capitán Oroquieta. Le dio dos informaciones muy importantes: que su hijo y otros oficiales estaban vivos y que si ninguno de ellos se había puesto en contacto con sus familiares se debía a la prohibición de enviar y recibir correspondencia. El padre de Oroquieta transmitió tanto a los familiares de estos oficiales como al Ministerio del Ejército el contenido de la carta, que, como otros documentos, hemos consultado en el archivo familiar. Entonces el padre del teniente Castillo, Juan del Castillo Ochoa, coronel jefe del Regimiento Brunete nº 62 (Sevilla), preguntó al Ministerio del Ejército qué procedimiento debía seguir para comunicarse con su hijo. Pero cuando le comentó estas gestiones a un amigo empleado en el Ministerio, este le recomendó que no escribiera a Moscú:
«No recibirías contestación alguna y probablemente la carta no llegaría a poder de tu hijo. Nosotros en tal asunto, tenemos medios muy limitados, mejor dicho nulos, y creo más conveniente que para obtener informes precisos sobre posibilidad de comunicarte con el chico te dirijas al Director de Política Exterior. Con medios más adecuados es posible que ellos te puedan indicar lo más conveniente en tal caso.»
Ahora el Ministerio del Ejército comenzó a escribir a las familias de los prisioneros que habían sido citados en las cartas remitidas por italianos para decirles lo que ya sabían. Por ejemplo, la Representación de la División, que había tenido que prolongar su existencia por el tema de los prisioneros y desaparecidos, remitió a Ramón Bustillo el siguiente texto, con fecha de 5 de junio y referido a su cuñado: se ha recibido noticia de que «ha sido localizado en un campo de concentración ruso en las inmediaciones de Moscú, disfrutando hasta el momento de buena salud y alimentación suficiente, conservando excelente espíritu». Este tipo de cartas llegaron a los interesados varias semanas después de haber recibido la correspondencia italiana. Los familiares se indignaron. A partir de ahora tuvieron claro que de los organismos dependientes del Ministerio del Ejército poco o nada podían esperar. En el propio Ministerio eran conscientes de sus limitaciones, de su dependencia de lo que comunicasen repatriados de otras nacionalidades y de lo que de estos y a través de sus delegaciones pudiera obtener el Ministerio de Asuntos Exteriores. El 10 de junio este Ministerio remitió al del Ejército la siguiente notificación:
«De fuente fidedigna se sabe que en Rusia se encuentran algunos prisioneros españoles. Los oficiales del Ejército de Tierra, capitanes Teodoro Palacios y Gerardo Oroquieta, los tenientes Altura, Castillo, Navarro, Antonio Molero y Martín, se encuentran en el campo de concentración nº 160 en la ciudad de Susdal, a unos 200 kilómetros de Moscú. Hasta hace pocas semanas estaban relativamente bien alimentados y gozaban de buena salud. Trabajan la tierra y cortan árboles de los bosques, tienen un excelente espíritu y son la admiración de los otros prisioneros de distintos países. También se ha podido saber que en el campo de concentración de Krasnogor a unos 30 kilómetros de Moscú hay unos 240 cabos y soldados. En el campo de concentración nº 54 se hallan alojados algunos civiles españoles, principalmente los niños que fueron transportados a Rusia en 1936.»
En agosto Bassi volvió a escribir a los padres de Oroquieta y Martín. Les dijo que ambos se encontraban bien y que si no les habían escrito se debía a la citada prohibición. Es curioso que añadiera una propuesta de canje cuyo origen cabe situar en las conversaciones que tuvo con los españoles:
«Todos los oficiales españoles esperan de regresar pronto, pero creo que en estos momentos, dado que todos los italianos han regresado (en este día han llegado los últimos) no esperan más y no ven, como se dice, una calle de salida. ¿Qué hacer? Como he escrito ya al Sr. Oroquieta hay una sola cosa para hacer regresar pronto a los españoles: un cambio entre algunos comunistas que están en la cárcel con la condena a muerte y los prisioneros españoles.»
A partir del contenido de las cartas de italianos a las que había tenido acceso, con fecha de 30 de septiembre la 4ª sección del Ministerio del Ejército informó a las hermanas del capitán Palacios de lo siguiente: Por noticias de particulares se ha sabido que «se encuentra en buenas condiciones de salud no obstante la escasa comida; vive en barracones, duerme en jergón de paja y existe una elemental asistencia médica por parte del Ejército ruso. Es tratado con cierto respeto, derivado de su decidida actitud anti-rusa y no presta servicio corporal alguno».
Las noticias que llegaban de Italia y la escasa confianza en las gestiones oficiales impulsaron a algunos padres de prisioneros a hacer gestiones particulares encaminadas a conocer el lugar y las condiciones en que se encontraban sus hijos. El que más parece haberse movido es el padre de Miguel Altura, Jesús, militar de carrera con destino en la comandancia de Fortificaciones y Obras de Palma de Mallorca, a quien no dejaron satisfecho ni las excusas del Ministerio del Ejército ni la respuesta del duque de Hernani, presidente de la asamblea de la Cruz Roja española, quien se había limitado a decirle que se estaban haciendo gestiones, sin concretar nada. Altura entró en contacto con otros familiares de prisioneros, entre ellos el padre de Oroquieta, a quien en octubre propuso el inicio de alguna gestión en favor de quienes «están olvidados por muchos que por ellos subieron»; la carta incluía una posdata: «Toda gestión deberá hacerse oficialmente o en súplica. ¿Cuentan ustedes con alguien?». Al matrimonio Altura no le faltaba capacidad de iniciativa. Ella, Mercedes Martínez, escribió, con fecha de 31 de enero de 1947, al ministro italiano, y comunista, Palmiro Togliatti, al que suplicó, como madre, su intercesión ante «suo Grande Amigo Maresciallo Stalin». Esta carta no podía tener el efecto deseado, y en abril la dirección del Partido Comunista Italiano respondió a un ciudadano italiano que se había interesado por la situación de Altura lo siguiente: «le ricerche sono ancora più difficili in un territorio in cui risultano dispersi milioni di combattenti di tutte le nazionalità»
Este tipo de iniciativas no gustaron nada al gobierno español. Ya había cursado instrucciones para que personal de prensa de la embajada en Roma investigara a los repatriados italianos que más correspondencia habían remitido a España, para confirmar al menos que se trataba de militares. Y su desconfianza no hizo más que aumentar en los meses siguientes, respecto a los italianos y las familias de los prisioneros españoles. A finales de 1947, el Ministerio del Ejército envió a las capitanías generales la recomendación de que los padres de oficiales presos no realizasen gestiones individuales.
En el campo de Oranke. Aparecen otros españoles
En julio de 1946, los oficiales españoles que estaban en Susdal fueron trasladados al campo de Oranke, ciudad industrial ubicada en la región de Gorki, próxima a Siberia. Aquí, entre los muros de otro antiguo monasterio habilitado para prisión, se encontraron con el capitán de Aviación Andrés Asensi, jefe de la tercera Escuadrilla de Aviación aportada por Franco a la Wehrmacht, y quien había sido hecho prisionero tras sufrir su aparato una avería durante uno de los vuelos, cayendo en territorio enemigo. También pudieron contactar con el teniente Francisco Rosaleny, que estaba en un campo filial al de Oranke. Volvió a plantearse el tema del trabajo, ya que la mayoría de los oficiales del campo salían por turnos, y bajo vigilancia, a realizar distintas labores, incluida la extracción de carbón. Por esta cuestión, y por otras, los capitanes Palacios y Asensi se enfrentaron. Palacios sostuvo que debían negarse a trabajar, y recibió el apoyo de casi todos los demás oficiales, incluido el alférez Navarro; el capitán Asensi les tildó de «reaccionarios». La relación con Asensi no hizo sino deteriorarse durante las semanas siguientes.
Fue posiblemente a través de la radio, situada en el comedor o en alguna dependencia dedicada a charlas políticas y otras actividades, la forma en que los españoles se enteraron de que Naciones Unidas había aprobado una resolución contraria al régimen de Franco y de que este se defendía de forma poco convincente, hasta el punto de que sus diplomáticos negaban la participación de España en la Segunda Guerra Mundial y, en consecuencia, la existencia de militares españoles prisioneros en uno de los Estados invadidos por Alemania. Cabe suponer que esta afirmación resultó muy dolorosa para los españoles que habían recibido la orden de su gobierno de combatir a la URSS y que, como consecuencia del cumplimiento de esta orden, ahora estaban prisioneros. Además, la situación de los españoles se estaba haciendo especialmente dura, por dos motivos. El primero, porque prisioneros de otras nacionalidades estaban siendo puestos en libertad y ellos no recibían notificación alguna sobre una posible repatriación. La segunda, que los prisioneros alemanes y de otras nacionalidades tenían autorización para escribir a sus familias, bajo censura, y para recibir correspondencia y paquetes con ropa y alimentos, mientras que los españoles seguían teniéndolo prohibido. Para conseguir ser incluido entre los repatriados, el capitán Asensi pidió a sus compañeros que declarasen ante las autoridades soviéticas que ellos no eran españoles, sino alemanes. No tuvo éxito. El capitán Palacios lo recordaría así años después, en un documento secreto: «Si el Generalísimo Franco, ante las Naciones Unidas, niega que tenga prisioneros en Rusia, tendrá razones poderosísimas de Estado para hacerlo y nosotros, con muchísimo gusto, lo acatamos, pero lo que no podemos hacer de ninguna manera es cambiar de nacionalidad sin su consentimiento. Españoles voluntarios dijimos que éramos en nuestras primeras declaraciones, españoles voluntarios dijimos después en tantas otras, y españoles moriremos si es que está dispuesto que así sea».
Los oficiales españoles recibieron una enorme sorpresa en el mes de octubre, no relacionada con su situación. Sucedió que llegó al campo un transporte de prisioneros civiles. Lo primero que les llamó la atención es que hubiera en los camiones hombres, mujeres y niños. Pero la impresión fue mucho mayor cuando les oyeron hablar en español. El capitán Palacios desconocía entonces muchas cosas sobre los prisioneros españoles en la Unión Soviética, y de algunas no se enteraría hasta unos años después, en la propia URSS, e incluso más tarde, ya en tierra española. Los prisioneros españoles fueron pocos o muy pocos en términos comparativos con los de otros países. Pero en ninguna otra nacionalidad encontramos la amplia tipología que ofrecen los presos españoles. Esta variedad se explica por las circunstancias de la Guerra Civil de 1936-1939 y por la existencia de un voluntariado a favor de la Alemania nazi al margen de la denominada División Española de Voluntarios. Así, entre los prisioneros de guerra encontramos a personal de la División, incluidos desertores, y, en menor número, a alistados clandestinamente en la Wehrmacht y en las Waffen SS tras la disolución de la Legión Española de Voluntarios. A estos hay que añadir a algunas decenas de los más de diez mil obreros que el gobierno de Franco envió a trabajar en empresas alemanas en los años de la guerra, tras petición de Berlín, y que fueron capturados por los soviéticos, en ocasiones tras haber sido obligados por los nazis a realizar tareas de índole militar. También a pilotos y mecánicos de aviación, personal del ejército republicano que, en el momento de finalizar la Guerra Civil, se encontraba en la URSS realizando un cursillo de formación. Asimismo a marineros de barcos españoles fondeados en puertos soviéticos en ese mismo momento. Varios miembros de las tripulaciones de aviones y barcos, que sumaban unas 700 personas, fueron internados en campos de concentración por negarse a aceptar la nacionalidad soviética. Otra sorpresa para los militares prisioneros fue la de coincidir con exiliados españoles capturados por los alemanes en Francia y conducidos como mano de obra esclava a territorios del Reich y, a continuación, llevados a la URSS por los soviéticos, de forma voluntaria o a la fuerza; en cualquier caso, algunas de estas personas fueron acusadas de comportamiento contrarrevolucionario y encerradas en campos de concentración. Mayor asombro aún debió de causar a los prisioneros de guerra encontrarse a «niños de la guerra», niños que habían sido evacuados desde la España republicana a varios países, la mayoría a Bélgica, Francia, Inglaterra y la URSS para librarles de los rigores de la Guerra Civil y que el gobierno soviético se negó a repatriar; algunos, ya adolescentes, acabaron en campos de trabajo, condenados por los delitos de robo o prostitución que habrían cometido a causa de la situación de casi abandono en que quedaron durante los años de la guerra e inmediata posguerra.
Por lo tanto, el tema de los prisioneros permite distintas perspectivas de estudio y es muy interesante para el conocimiento de la posguerra española. Hasta el punto de que la narración de Palacios sobre los recién llegados al campo de Oranque aporta otros datos curiosos y muy poco conocidos. Al oírles hablar en español, varios oficiales dieron gritos de «¡Viva España! ¡Arriba España!», que no tuvieron contestación. Dado que el segundo grito identificaba al bando franquista, era evidente que esos españoles pertenecían al bando derrotado en la Guerra Civil. Soldados soviéticos los condujeron a un edificio denominado «Club», por ser utilizado durante el tiempo libre, para así mantenerles apartados del resto de prisioneros. Al día siguiente, los oficiales consiguieron hablar con ellos, les dijeron que eran prisioneros de la División Azul. La respuesta fue, según recordaría Palacios: «Con ustedes no queremos nada». Por su parte, Palacios les dijo que él sí que estaba interesado en hablar con ellos, que él y sus compañeros llevaban varios años rodando por campos de concentración, que conocían este tipo de vida, que a lo mejor podían resultarles de utilidad. Entonces dos de ellos se adelantaron para saludarles, y quedaron en encontrarse al día siguiente. El grupo lo componían republicanos exiliados en Francia, entre los que figuraba el teniente coronel jefe de Estado Mayor de las Brigadas de Madrid, capitán Sauri, una mujer, Amparo Fernández, de Santander, con su hijo, varios exiliados que habían acabado casándose con mujeres alemanas, y que habían sido conducidos aquí con sus hijos de corta edad, y varios de quienes habían trabajado en empresas alemanas. Todos habían sido capturados por el Ejército Rojo en la Embajada de España en Berlín, pues el oficial al mando había supuesto que estaba deteniendo al embajador y al secretario de la embajada con sus respectivas esposas y al personal de servicio. Los oficiales les ayudaron en la medida de sus posibilidades, sobre todo a las mujeres y los niños, para los que compraban siempre que podían pan y azúcar en el economato del campo, con el sueldo obtenido por algunos trabajos. Cuando estos españoles fueron trasladados al campo filial donde se encontraba el teniente Rosaleny, continuó la ayuda, gestionada por este oficial, gracias a la aportación de prisioneros rumanos.
Ilusión frustrada de repatriación
A finales de 1946, los oficiales españoles recibieron la notificación de traslado a un campo de repatriación. Era el mismo sistema que había sido utilizado con los italianos. Estaban entusiasmados. En hacer el equipaje tardaron poco, pues sus bienes eran escasísimos, apenas tenían prendas de vestir: el uniforme alemán, sin mudas, y algún pantalón y jersey que habían utilizado para los trabajos esporádicos realizados. Más tiempo les llevaron las despedidas, pues tenían muchas amistades entre los alemanes y los rumanos. El general Schmidt pidió a Palacios que trasladase a Franco sus simpatías personales y que al gobierno español le hiciera presente su sentimiento contrario a la conducta seguida por el mariscal von Paulus, del que se había distanciado en 1943, por su colaboración con las autoridades soviéticas (al año siguiente dirigió al ejército alemán un manifiesto en el que recomendaba que cesasen las hostilidades con la URSS), y del que no había querido volver a saber nada.
Pero les habían engañado. No habría repatriación, solo cambio de prisión y su situación empeoraría rápidamente. Les llevaron al campo que los prisioneros denominan Potma o Potmon, en las proximidades de Tula, al sur de Moscú, ciudad que había sido durante la guerra un centro de producción de armamento y pieza clave en la defensa de la capital. Debe tenerse en cuenta, por lo que respecta a los nombres de los jefes y oficiales soviéticos y de los campos de concentración, que estos son siempre de complicada fonética para los españoles y que a menudo solo fueron oídos por quienes ignoraban la lengua rusa. Los españoles fueron llegando, en pequeños grupos, hasta unos cincuenta, a lo largo del mes de diciembre. Entre los allí concentrados figuraban los cabecillas del grupo antifascista, que mandaba César Astor, capitán de Carabineros del bando republicano durante la Guerra Civil y desertor de la División 250. Se le había ordenado leer al conjunto de prisioneros la información que la prensa soviética publicaba entonces sobre España: la petición de la Asamblea General de la ONU a los Estados miembros para que retirasen sus embajadores de Madrid, la exigencia al gobierno español de iniciar una transición a la democracia, las dificultades económicas, los rumores de una intervención armada para derribar a Franco. Los oficiales intuían que al menos una parte de lo publicado en la URSS era verdad.
Ese mes Palacios y otros oficiales fueron conducidos al despacho del comisario político del campo de repatriación. Les ordenó que se quitaran la bandera española que iba cosida en una de las mangas del uniforme. Se negaron, les sujetaron y cortaron el emblema con una hoja de afeitar. Lo peor no fue que les leyeran la prensa soviética ni que les arrebatasen los emblemas. Lo peor fue que, en enero de 1947, el jefe del campo les notificó que el gobierno soviético había cancelado su repatriación. En febrero fueron trasladados al campo nº 2, en Jarkow, donde los oficiales volvieron a coincidir con una parte de los suboficiales y del personal de tropa
Información de exprisioneros alemanes y de organizaciones de ayuda humanitaria
A lo largo de 1947, el Ministerio del Ejército obtuvo otra valiosa información. No fue gracias a gestiones propias sino en virtud de las noticias facilitadas por prisioneros alemanes y austriacos recién liberados. Como en el caso de los italianos, quienes habían compartido cautiverio con los españoles se pusieron en contacto con familiares y organismos oficiales. Otros alemanes habían permanecido en la URSS, en ocasiones en situaciones de especial dureza, como los internados en campos de la región siberiana para ser empleados en la construcción de vías de comunicación. La puesta en libertad de una parte de los alemanes y no de los españoles indica que Stalin y su equipo de gobierno estaban decididos a someterles a un castigo superior al sufrido por presos de otros países. Los soviéticos les consideraban no solo colaboradores del Tercer Reich, sino también vinculados a un régimen antagónico y sustentado para su supervivencia en un aparato de propaganda que maldecía al comunismo y a la URSS, a la que seguía responsabilizando de la Guerra Civil entre españoles. No obstante, en la liberación de una parte de los alemanes influía el proceso para la creación de dos Alemanias, una, la República Democrática Alemana, de régimen comunista y que formaba ya parte del bloque soviético, y otra, la República Federal Alemana, de régimen democrático y aliada de Estados Unidos. Los exprisioneros alemanes fueron los que más y mejor información proporcionarían en el transcurso de los años siguientes, pues una parte de ellos estuvieron también sometidos a un largo cautiverio y, en consecuencia, tuvieron relación durante más tiempo con los españoles; además, en consideración al apoyo del régimen de Franco a Alemania en la pasada guerra, se mostraron muy solidarios en el esfuerzo por proporcionar datos esperanzadores a las familias.
También llegaron datos a España a través de organizaciones religiosas, de ayuda humanitaria y de otro tipo a las que los repatriados alemanes y austriacos aportaron una serie de datos e incluso informes muy pormenorizados. Estas organizaciones remitieron la información a las autoridades españolas. Estas fuentes de información son muy diversas. La más importante es la Sociedad Evangélica de Ayuda a Prisioneros e Internados de Guerra, creada en Alemania para la ayuda a prisioneros de esta nacionalidad, pero que prestó su colaboración a familiares de presos de otros países. También aportaron datos la propia iglesia protestante alemana, con un papel muy relevante, la Nunciatura Apostólica de Bonn, la Oficina de Información del Vaticano, el Nuncio del Papa en España, el Comité Internacional de la Cruz Roja y la Cruz Roja de Baviera. El organismo encargado de centralizar la recogida de datos fue la Capitanía General de Madrid, a cuyo frente estaba el general Agustín Muñoz Grandes. La coordinación de los trabajos correspondió al teniente coronel García del Castillo. No tardó en quedar constituida una comisión mixta de los Ministerios del Ejército y Exteriores. Para finales de ese año se disponía de datos, básicamente el nombre y campo de internamiento, de setenta y tres prisioneros5. Esta información fue clasificada como secreta. A lo largo de 1947 y 1948, el Ministerio del Ejército facilitó la información disponible a las capitanías generales correspondientes a las distintas regiones militares en donde se habían alistado los prisioneros, pero no a sus familiares. Por el momento, el objetivo era dejar constancia de los datos a efectos de reclamación de pensiones y que solo fueran, parcialmente, comunicados a los familiares en el caso de que estos solicitasen información al respecto. Asimismo, debía hacerse saber a las familias la prohibición de difundir noticia alguna sobre la situación de los prisioneros, tal y como figura en la nota reservada remitida por la 2ª Sección del Ministerio, es decir, por el servicio de información militar, al capitán general de la 6ª Región Militar con fecha de 5 de febrero de 1947:
«El origen de la noticia, según la cual el voluntario de la DEV, Miguel Pereda Zorrilla se encuentra prisionero de los rusos, es una información confidencial y estrictamente reservada del Alto Estado Mayor. Significando que por la índole del asunto no procede que ni por los familiares de dicho voluntario ni por persona alguna se haga uso de esta información que perjudicaría muy notablemente al citado voluntario.»
De acuerdo con esta filosofía, el 22 de marzo el jefe de la secretaría particular del Ministerio de Exteriores respondió lo siguiente a quien se había interesado por José Calvo: «es imposible de momento hacer ninguna gestión para obtener su regreso a España, dado que el interesado se encuentra en un campo de concentración en Rusia, con el que no puede establecerse contacto»
Procesado por un tribunal soviético
Posiblemente fue en el campo de Jarkov donde el capitán Palacios vivió sus más tristes experiencias del cautiverio. Se había cancelado la repatriación, por motivos que los prisioneros desconocían. En cambio, el proceso de repatriación seguía abierto para otras nacionalidades, incluidos una parte de los alemanes. Además aquí se intensificó la labor del Grupo Antifascista Español, bastante reforzado al conocerse que no habría repatriación y correr el rumor de que las autoridades del campo estaban descontentas del comportamiento de los oficiales españoles, y se rompió definitivamente la relación entre algunos oficiales. Se llegó al enfrentamiento físico y algunos afectos al grupo antifascista denunciaron a sus superiores a las autoridades soviéticas e incluso declararon contra ellos en procesos judiciales.
El conflicto tuvo su origen en un enfrentamiento verbal entre el capitán Palacios y César Astor, recién designado jefe del Grupo Antifascista Español. Astor se encargó de distribuir a los españoles en brigadas de trabajo. Palacios, Rosaleny y Castillo le dijeron que no contara con ellos, pues no era quien para darles órdenes, y que no pensaban trabajar para el Estado soviético; les preocupaba sobre todo que los soldados dejaran de verles como sus jefes militares y que su jefatura fuera sustituida por la del poder soviético. El jefe del campo les dijo que atendería su queja de no ser mandados por Astor, pero que todos tenían que aceptar el trabajo en la fábrica de trilladoras o en talleres. Una ley soviética había establecido que todos los oficiales prisioneros con rango inferior a mayor estaban obligados a trabajar. Los oficiales españoles volvieron a dividirse por esta cuestión, pero acabaron decidiendo salir a trabajar, lo que no dejaba de ser un aliciente, pese a la dureza de algunas actividades y del clima.
Los grupos antifascistas, por nacionalidades, habían recibido la orden de incrementar las acciones de propaganda política. Cabe suponer que, dada la fecha en la que nos encontramos, que nos remite al inicio de la Guerra Fría, la Internacional Comunista proyectaba formar ideológicamente a una parte de los prisioneros, para utilizarlos cuando regresasen a los países occidentales. Dos eran las actividades principales: la elaboración de periódicos murales y la representación de obras teatrales escritas bajo la coordinación de los jefes de los citados grupos y cuyo género puede ser definido como comedia política. El grupo de Palacios, en el que colaboraban sobre todo Rosaleny y Castillo, trasladó su descontento a los actores españoles, por el contenido de una pieza cómica recién estrenada, una burla a Franco y Falange, y consiguieron así que cesaran las representaciones. Del grupo antifascista formaban parte ahora más de diez suboficiales y soldados. La mayoría se mantuvieron al margen, sin querer pronunciarse ni a favor ni en contra. El hecho de que varios «antifascistas» mantuvieran la relación con quienes denigraban su actitud e incluso se avinieran a no participar en este tipo de actividades, muestra que, aunque su comportamiento fuera muy variable, su voluntad de una colaboración sincera con el grupo antifascista era escasa. Básicamente buscaban hacer méritos para ser repatriados, pues, cuando años después, fueron puestos en libertad, eligieron regresar a la España franquista en lugar de escoger la otra opción que se les ofrecía, que era la de permanecer en la URSS.
La cancelación de la repatriación y el aumento de la presión política vinieron acompañadas de un empeoramiento de las condiciones de vida: pésimos barracones y mala y escasa alimentación, que acabarían provocando la muerte de varios prisioneros. No era una situación nueva, pues el campo de Jarkov tenía una pésima fama y se hablaba de la existencia de enormes fosas comunes en sus inmediaciones. El deterioro físico de Palacios se acentuó. Ahora pesaba 48 kilos y andar e incluso hablar le suponía un gran esfuerzo físico. Sin embargo, se mantuvo activo en el boicot a las directrices políticas del MVD y el grupo antifascista español. Unas semanas después fue amenazado de muerte. Una de las amenazas le llegó por boca del segundo jefe de este grupo, Ángel López, quien le dijo que había oído que la misión había sido encomendada al grupo antifascista alemán.
La tensión aumentó cuando desde el grupo antifascista se lanzó una propuesta que tuvo que hacer mella entre los prisioneros: se prometió la puesta en libertad para quienes solicitaran quedarse a vivir en la URSS. El requisito era firmar una solicitud en la que declararían ser antifranquistas y no desear su regreso a España. Era una oferta tentadora para quienes estaban desesperados, tras cuatro años de prisión. La fórmula utilizada para evitar que los candidatos pensasen que este era un paso provisional, es decir, que ahora podían salir del campo de concentración, buscar un empleo, quizá una esposa, y más adelante solicitar el regreso a España, fue avisarles de que sus solicitudes serían radiadas por las emisoras que emitían propaganda antifranquista en español, para que el gobierno español se quedase con sus nombres. Esto desanimó bastante a quienes inicialmente pensaron que las cosas serían más sencillas. Además Palacios y otros oficiales les insistieron en la responsabilidad contraída en caso de firmar, que implicaría la renuncia a poder entrar en España. El estímulo de la puesta en libertad para vivir en la URSS quedó pronto anulado, pues los escasos firmantes de la solicitud permanecieron en el campo de concentración; por el momento, pues, dos o tres años después varios saldrían de los campos, como ciudadanos soviéticos, para instalarse en Jarkov.
En julio de 1947 enfermó el teniente Molero. Tenía mucha fiebre, producida por un ántrax. La infección y la fiebre le hicieron perder el apetito, y en unos días le afectó la distrofia. Según datos aportados después por un capitán repatriado, el régimen alimenticio de los prisioneros que trabajaban fuera del campo se componía de tres comidas calientes al día, que contenían siempre sopa y puré hecho a base de harina, patatas o cereales perlados. La ración diaria normal era la siguiente:
• Pan: 600 gramos, negro, de mala calidad.
• Carne: 50 gramos.
• Pescado: 65 a 80 gramos.
• Grasas: 17 a 22 gramos.
• Azúcar: 17 gramos.
• Harinas y cereales perlados: 120 gramos.
• Productos frescos: 400 gramos (patatas, coles, remolachas, zanahorias).
• Tabaco: 5 gramos.
• Té o café: 1 gramo
Esta alimentación era la correspondiente a quienes trabajaban; y si se superaba la «norma», la producción fijada para la jornada, se recibía un suplemento alimenticio. Quienes no lo hacían recibían una ración inferior. Debe añadirse además que en Jarkov la situación empeoró para todo el mundo. En cuanto al vestuario se refiere, los prisioneros habían conservado el uniforme, que seguían utilizando, incluso para trabajar, pero también otras prendas que les fueron entregando, camisetas, pantalones y chaquetón enguatado, para el invierno. Cada prisionero contaba con una manta, los barracones que servían como dormitorios contaban con una estufa instalada en su centro, pero el suministro de leña era escaso y, a menudo, los propios prisioneros tenían que encargarse de su abastecimiento sin que les estuviese permitida la tala de árboles.
Molero fue ingresado en el hospitalillo del campo, donde fue atendido por un médico italiano y un húngaro. Aquí no disponían de medios para recuperarle, por lo que fue trasladado al hospital para presos situado en Kublanski, donde no tardó en morir de inanición. Como en otros casos de fallecimientos de prisioneros de guerra, pero no siempre, hubo protestas, lo que indica que, en ocasiones, las autoridades soviéticas las consentían, incluso las tramitaban por escrito. Ahora se protestó por el mal estado en que se transportaban los enfermos, cuando su deterioro físico hacía casi imposible su recuperación. La reclamación fue recogida por el teniente coronel jefe de los campos de la región de Jarkov, avisado por el comandante del campo. Este oficial debía de disponer de escasos medios, pues la situación alimenticia era en general mala en el conjunto de la URSS, pero al menos tenía buenas intenciones. Preparó un transporte con los prisioneros más afectados por la debilidad física. Palacios formó parte de este contingente, que fue enviado a un campo de reposo, situado a unos cinco kilómetros. Esta estancia tuvo efectos beneficiosos, pues recuperó peso, de 48 a 62 kilos, en lo que resultó determinante la mejor alimentación y la tranquilidad. El único conflicto lo tuvo con otro capitán español. Palacios lo recordaría así años después:
«La tranquilidad, aunque relativa, que disfrutaba y turbada en más de una ocasión por el capitán Asensi, que cierto día llegó a decirme que había dado “un golpe de Estado” para quitar el mando al capitán Oroquieta. “Para quitarte el mando a ti, que, como más antiguo, te corresponde”, le respondí. “Desgraciadamente demasiado tarde”, contestó el teniente Altura, que se hallaba presente en aquel corto diálogo.»
La mejoría le duró poco al capitán Palacios. A partir de entonces todo fue a peor, excepto el apoyo de algunos compañeros, que se mantuvo inquebrantable. A principios de marzo de 1948, Palacios y los otros oficiales que habían sido trasladados al campo de reposo regresaron a su antiguo campo. La prolongación del cautiverio y la repatriación de otros prisioneros siguieron haciendo mella en los españoles, en todos, aunque de forma diferente. Varios comenzaron a decir que el capitán Palacios era el culpable de que no les pusieran en libertad. Palacios les respondió que había todavía presos de varias nacionalidades y que oficiales no españoles también se distinguían por su actitud antisoviética. También les dijo que aceptaba su responsabilidad, pero añadió: «si algún día regresáis conmigo, entraréis en España por la puerta grande, por la misma que salisteis».
En octubre los oficiales españoles recibieron una nueva notificación para salir a trabajar. Dijeron que no lo harían. Palacios fue arrestado e incluido en la compañía de castigo, que era de trabajo. Al negarse a hacerlo fue encarcelado. En la cárcel se negó a comer. El tercer día fue sacado de la cárcel para ser interrogado. Al teniente coronel Kasianensko, jefe de la dirección de los campos de Jarkov, le dijo que el único medio de que disponía para protestar por un encarcelamiento injusto era no comer. El teniente coronel ordenó su puesta en libertad. Sin embargo, en marzo había comenzado la instrucción de un sumario contra el capitán Palacios, el teniente Rosaleny, el alférez Castillo y el soldado Victoriano Rodríguez. Ahora el sumario pasó al fiscal y los interrogatorios se sucedieron. Se les acusaba de vulnerar el artículo 58.10 del Código Penal, el que regulaba el delito de agitación y propaganda contraria al régimen soviético. En su caso, de ser el organizador del denominado «grupo fascista español», actuar contra españoles favorables a la URSS, de oponerse a las leyes vigentes en los campos de prisioneros, de sabotaje al trabajo y de servir de enlace al general Schmidt en la época de su incomunicación. Contra los otros las acusaciones eran parecidas. Para todos ellos tendría Palacios en los años siguientes palabras de agradecimiento, por su comportamiento con él y por su actitud firme ante el poder soviético: «El Ejército español nunca reconocerá lo bastante la labor del teniente Rosaleny y el alférez Castillo en este proceso y las luchas que sostuvieron para aminorar los cargos que contra mí pesaban». El 24 de diciembre ingresaron en la que Palacios denomina cárcel número 1 de la ciudad de Jarkov.
Las familias continúan sin información oficial
Como sabemos, el gobierno disponía de escasa información, y la que tenía no deseaba facilitarla a los familiares. Con muy pocas excepciones, referidas siempre a las familias en las que el padre era oficial de carrera o miembro de la administración del Estado. Tal era el caso de los familiares del capitán Asensi Álvarez-Arenas, hijo del delegado de Hacienda en Valencia y sobrino del que fuera unos años atrás capitán general de Valencia. El 3 de abril de 1948, el Ministerio del Ejército hizo saber a su padre, Manuel, que, de acuerdo con noticias recabadas por la embajada en Londres el otoño pasado, su hijo continuaba prisionero «en buen estado de salud y soportando con admirable entereza su cautiverio», «las condiciones en que trabajan nuestros prisioneros no son excesivamente duras y reciben buen trato por parte del personal encargado de su custodia», «le encarezco, nuevamente, la mayor discreción y reserva en este asunto»9. El día 7, el mismo Ministerio comunicó a los padres del alférez Castillo y del teniente Rosaleny, este último general jefe de la Doceava División (Cáceres), que a través de la embajada en Londres, a partir de datos facilitados por un húngaro evadido de la URSS (fórmula utilizada posiblemente para ocultar los contactos con los soviéticos), había llegado a Madrid una relación de oficiales prisioneros, entre los que figuraban sus hijos. La notificación terminaba con el ruego de que hicieran «un uso discreto y reservado de esta carta, ya que si llegara a conocimiento de las autoridades soviéticas que nuestros compatriotas han podido comunicar con el exterior podrían tomar medidas disciplinarias contra ellos»
Muy pocas familias recibieron este tipo de datos. Con fecha de 31 de mayo, el servicio de información militar comunicó la condición de prisionero de una serie de miembros de la División Española de Voluntarios, pero el destinatario de las notas reservadas fue, una vez más, la autoridad militar o política correspondiente, que en unos casos es el jefe de la unidad militar de procedencia de la persona en cuestión y en otras la jefatura provincial de la Milicia de FET y de las JONS de la localidad de alistamiento. No se informó directamente a los familiares de los suboficiales y soldados, y tampoco a todas las familias de los oficiales, desde luego no a la del capitán Palacios. De hecho, el texto referido a esta cuestión, destinado al coronel jefe del Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería nº 6, con destino en Xauen (protectorado español en Marruecos), dice lo siguiente: «Según noticias oficiosas llegadas a este Ministerio por distintos conductos, parece ser que se encuentra prisionero en la Unión Soviética. Lo comunico a V.S. de Orden del Sr. General Subsecretario, a fin de que en ese Cuerpo exista constancia oficial de la situación de dicho oficial y se tenga en cuenta, para efectos de reclamación y abono de los devengos que le correspondan…». Pero, como decíamos, se trata de información no facilitada en documento público a los familiares. Cuando Mercedes Palacios reclamó un documento en el que constase la condición de su hermano como prisionero de guerra para reclamar, en su caso, los haberes correspondientes, el secretario general del Ministerio notificó al gobernador militar de Santander que ese dato no podía constar en un documento «por tratarse de informes de carácter muy confidencial» y que tampoco procedía realizar gestiones públicas «para aclarar o denunciar posibles derechos de los familiares». Y cuando ella insistió reclamando la paga de la que decía ser beneficiaria, por disposición de su hermano antes de partir para el frente, y no una pensión, dado que el capitán Palacios estaba vivo, la respuesta del servicio de información militar, un año después, fue que «no procede la expedición de documento que interesa, por tratarse de noticias de carácter muy confidencial, cuya divulgación podía originar prejuicios a nuestros prisioneros, y que la actual situación de su hermano no le otorga derecho alguno»
A partir del otoño de 1948, las familias de los oficiales presos dispusieron de información más amplia gracias a un mayor volumen de cartas remitidas por exprisioneros alemanes. Ahora las copias de estas cartas circularon con rapidez entre las familias. Varias de estas personas pasaron de escribirse a visitarse, para tener un contacto más estrecho y sentirse más arropadas, como reacción al ocultamiento de datos por parte de las autoridades. Los exprisioneros les proporcionaron dos datos importantes: que el ser querido seguía vivo y la forma de establecer contacto con él. Sobre esta segunda cuestión, les recomendaron enviar cartas por conducto de la Nunciatura Apostólica de Bonn o la Oficina de Información del Vaticano. Sobre esta base, y tomando también en consideración otras noticias aportadas por el Nuncio del Papa, el Ministerio del Ejército encomendó al provicario general castrense las gestiones pertinentes en la Nunciatura Apostólica de Madrid para establecer un contacto directo familiares-prisioneros. Esta gestión no tuvo éxito. Sin embargo, algunos familiares sí lograron enviar correspondencia gracias a la iniciativa de repatriados alemanes. Algunos de estos hicieron llegar a España postales de la Cruz Roja rusa, para que el familiar escribiera el texto deseado, en dos partes, una en alemán y otra en español. Estas postales debían ser enviadas a la República Federal Alemana y desde aquí serían remitidas al correspondiente campo de concentración. Además, algunas familias utilizaron la mediación de oficiales alemanes repatriados y de la iglesia evangélica para hacer llegar paquetes con ropa y comida a los campos de concentración. Ahora se tenían más datos cuantitativos: el cálculo era que había más de 250 prisioneros en la URSS12, cifra que irían confirmando otras fuentes.
Fue ahora también cuando, por vez primera, el Ministerio del Ejército, a través de su subsecretario, teniente coronel Joaquín Huidobro, se puso en contacto directo con un número mayor de familias y reconoció que, pese al tiempo transcurrido, las gestiones habían sido infructuosas y además no había signo alguno que permitiera suponer un desbloqueo de la situación. Con fecha de 24 de septiembre, la hermana de Palacios recibió la siguiente notificación, modelo que se repite en otros casos:
«Según informes facilitados por un alemán evadido recientemente de un campo de concentración soviético su hermano continua prisionero de los rusos y en buen estado de salud. Quiero hacerle saber, al mismo tiempo, que nuestro Gobierno sigue haciendo todo lo posible para el rescate de estos buenos compatriotas que sufren hoy cautiverio, y aunque tropieza con grandes dificultades por la carencia de relaciones diplomáticas con aquel país y el especialísimo modo de ser de la política rusa, seguirá su labor y empleará cuantos medios estén a su alcance a favor de nuestros prisioneros, a quienes tratará de devolver a sus hogares, confiando, para ello, en la ayuda de Dios.»
Ese mismo mes el servicio de información militar recibió una carta de contenido sorprendente, remitida por Manuel Asensi. Decía disponer de «noticias directas» de su hijo, de «varias postales y cartas», y que, por indicación suya, le había enviado «paquetes postales con jerseys, calcetines, pañuelos, etc., y estamos esperando el acuse de recibo, por recibir noticias directas casi todos los meses». Esto significaba que el padre del citado capitán había seguido las indicaciones hechas por alemanes para establecer contacto y que había tenido mucha suerte, pues su caso era, por el momento, excepcional, o que disponía de especiales influencias. La respuesta del Ministerio fue la siguiente: «Vd. ha logrado establecer comunicación directa con él, y como esto es de extraordinario interés y pudiera facilitar las gestiones que se realizan para el rescate de aquellos compatriotas, le agradeceríamos nos aclarase un poco más en qué forma y a través de qué organismo o personas se comunica Vd. con su hijo». La respuesta, si es que la hubo, no se ha conservado en los archivos militares14. Unas semanas después el cónsul en Francfurt hizo llegar al ministro de Exteriores una carta dirigida por ese organismo a la asamblea de la Cruz Roja española. La información recogida situaba a 80 miembros de la DEV en el campo 7099/12, en Karaganda, y añadía que «todos los prisioneros eran tratados igualmente, sin distinción de nacionalidad», con una excepción: a los españoles «se les prohíbe terminantemente escribir cartas y no se les da noticia alguna sobre el futuro
El proceso
Según escribiría tiempo después Palacios, el 8 de febrero de 1949 Rosaleny, Castillo, Rodríguez y él fueron conducidos ante un tribunal militar. A Palacios se le interrogó por su condición de jefe del «grupo fascista español», respondió que él ejercía de jefe del grupo de prisioneros españoles, por ser capitán y porque los españoles no habían dejado de ser soldados. Sobre su condición política dijo ser nacional-sindicalista. A las acusaciones de sabotaje y agitación política respondió que carecían de sentido, que el tribunal confundía con sabotaje la fidelidad a la patria, la lealtad a su jefe del Estado y el respeto a las ordenanzas del Ejército español, virtudes que en cualquier otro país eran respetadas y ensalzadas. Al parecer, algunas de sus frases gustaron al tribunal: «En los campos de prisioneros de la Unión Soviética, nuestra conducta ha sido la que vosotros hubieseis querido para vuestros mejores jefes y oficiales del Ejército Rojo prisioneros en los campos de concentración alemanes». Sus compañeros hicieron manifestaciones semejantes. Como testigos de cargo actuaron César Astor, José Miguel Navarro, los soldados Segovia y Montes y tres alemanes. Los acusados terminaron agotados de las largas sesiones de interrogatorios, que se prolongaron durante dos días, pero se dieron ánimos para no desfallecer, persuadidos de que, por su actitud, el tribunal y las autoridades superiores soviéticas sacarían una determinada visión de la España que ellos representaban.
El día 9, el tribunal dictó sentencia. Les declaró culpables y les condenó a veinticinco años de reclusión en campos de trabajo. Era la máxima pena, pues la de muerte acababa de ser abolida. Si no hubiera sido por esta casualidad, posiblemente hubieran sido inmediatamente ejecutados. Varios españoles escribirán años después sobre las ejecuciones de otros prisioneros. Entre ellos Palacios: «Cuatro meses antes de nuestro proceso fueron colgados en la plaza municipal de Jarkov cuatro alemanes». Teniendo en cuenta las condiciones de vida en las prisiones, los condenados debieron de pensar que ya nunca regresarían a España. Aún así mantuvieron sus ideales.
De acuerdo con la legislación soviética, los acusados elevaron un recurso de casación ante el tribunal supremo de Kiev. No deja de ser sorprendente, teniendo en cuenta que la URSS de Stalin era un régimen totalitario, que se permitiese a presos de guerra presentar protestas por las sentencias. Más aún llama la atención que el tribunal de Kiev anulase la sentencia dictada por el tribunal militar de Jarkov. Sin embargo, esto no significó su puesta en libertad. Por el contrario, permanecieron en la cárcel, fueron separados, para ser conducido cada uno de ellos a celdas en las que había delincuentes civiles, y, llegado el verano, se les sometió a nuevos interrogatorios. Uno de estos a cargo del comandante Sieribraniko, Sieribranikof, o algo parecido, dado, que, obviamente, los prisioneros no siempre retuvieron bien los apellidos eslavos. Este comandante debía de tener órdenes de intentar captar a Palacios para el Ejército Rojo, en el que seguían sirviendo varios de los militares españoles exiliados a la URSS al término de la Guerra Civil, aunque algunos habían muerto en la lucha contra los alemanes y otros habían solicitado viajar a México, desengañados del régimen soviético, algo que muy pocos conseguirían, tal y como ha narrado Manuel Tagüeña en un libro apasionante16. Tal vez solo le estaban tanteando, para ver si abandonaba la actitud de firmeza mantenida hasta entonces. El caso es que el comandante soviético cantó los oídos del prisionero, diciéndole que el Ejército español no había reconocido sus capacidades y que el Ejército Rojo le ofrecía un mando superior. Respondió que no aceptaba. El comandante le dijo que en Moscú había mujeres muy bonitas. La conversación, con Ernesto Rafales como intérprete, prosiguió en los siguientes términos:
«- Palacios: En Madrid también las hay.
– Mayor Sieribraniko: Sí, pero aquellas no están ahora a su alcance, en cambio las de Moscú sí.
– Palacios: Muchas gracias, no me hacen falta ni unas ni otras.
– Mayor: Muchos de nuestros mejores hombres murieron en las cárceles en la época de la Revolución y hoy lloramos su pérdida, ¿por qué va a morir usted en una cárcel, cuando todavía puede dar días de gloria a su pueblo?
– Palacios: Prefiero morir respetado, a vivir despreciado.
– Mayor: Por el contrario, muchos hombres que, como usted, fueron nuestros enemigos, hoy colaboran con nosotros y son muy queridos de nuestro pueblo.»
Palacios le rogó que cesara de hablarle en la forma que lo estaba haciendo y que consideraba deshonestas todas las proposiciones recibidas. Le insistieron, que se lo pensara. Respondió que no le hacía falta pensarlo. Pero el comandante soviético le dijo que le dejaba diez minutos para que recapacitara y abandonó la sala. Palacios se quedó con el intérprete Rafales. Palacios relataría esta escena después, en versión confirmada por Castillo y Rosaleny:
«Este hombre, emocionado y con lágrimas en los ojos, se puso en pie y me dijo: “Ideológicamente nos separa un abismo, pero en estos momentos siento el orgullo de ser español. Un hermano mío ha muerto en un campo de concentración nazi en Viena, y espero saber, algún día, que ha muerto por adoptar una actitud como la de usted. No puede hacerse una idea de lo que he sufrido en el proceso, cuando le traducía a usted y sus valientes compañeros”. Le di las gracias. Entró de nuevo el mayor Sieribraniko, me reafirmé en lo anteriormente dicho y me dijo que con mis ideas no se salía jamás de la Unión Soviética.»
Era evidente que varios españoles se habían convertido en prisioneros molestos para el sistema carcelario soviético. Pero los medios de comunicación occidentales venían prestando una atención creciente a los prisioneros de guerra en la URSS, muy especialmente en la República Federal Alemana y Austria, ya que había todavía muchos prisioneros de estas nacionalidades, y la iglesia evangélica alemana, además del gobierno de Bonn, realizaba numerosas gestiones por sí misma y ante organismos internacionales para gestionar su liberación. Aunque en España este tema, oficialmente, no existía, en Europa occidental se sabía que había también españoles entre los prisioneros y que varios eran oficiales. La guerra había terminado hacía cuatro años y nada justificaba ya que siguieran presos. En el contexto de la Guerra Fría, el gobierno de Moscú no deseaba que estos oficiales murieran estando en sus manos, pero tenía el propósito de utilizarlos como pieza de cambio. Palacios y sus compañeros quedaron avisados de que permanecerían encarcelados, a la espera de la apertura de un nuevo proceso. Escribe Palacios:
«A las once de la noche regresé a la celda; esta noche creo que haya sido la peor de mi vida, cuando allí, en un rincón, rodeado de rusos, pensaba en la lejana Patria. Me creía olvidado, abandonado e ignorado de todos; ¡si al menos supieran por qué moría!, entonces sería feliz, pero una muerte cierta me esperaba en el más profundo de los anónimos y, en verdad, esta idea era francamente desconsoladora.»
A comienzos de junio de 1949, los cuatro prisioneros fueron conducidos a la dirección de campos de concentración de la región de Jarkov, para un careo con los testigos de cargo, que eran cuatro españoles. Palacios se negó a contrastar su versión de los hechos con la de César Astor ante un tribunal y lo mismo hicieron sus tres compañeros. En el segundo proceso se les acusó de los delitos ya citados. Dio comienzo en agosto. Los acusados exigieron la presencia de testigos de descargo. El tribunal suspendió la causa, a la espera de que decidiera la superioridad. Entre tanto, les esperaba de nuevo la cárcel de Jarkov.
El Gobierno de Franco intenta reabrir la negociación con el Kremlin
En la primavera de 1949, el Gobierno español realizó una nueva tentativa de negociación con Moscú mediante intermediarios. Primero recurrió al embajador británico en ese destino, un católico al que solicitó su mediación para recoger información sobre varias categorías de personas susceptibles de repatriación: prisioneros de la División y de unidades de voluntarios clandestinos en la Wehrmacht y las SS, «niños de la guerra» y los ya citados pilotos y marinos. En segundo lugar, el gobierno buscó la intercesión de la Cruz Roja internacional, una vez que a mediados de ese año España fue readmitida en esta organización. El representante español, duque de Hernani, por encargo del ministro de Exteriores, elaboró un memorándum y solicitó a las autoridades soviéticas información sobre los prisioneros de la División y las condiciones para su liberación18. A este respecto, sabemos que Franco seguía el curso de las negociaciones y que dispuso personalmente ciertas gestiones: encargó al Alto Estado Mayor que cursara las instrucciones pertinentes al delegado de la Cruz Roja española, para que entrara en contacto con la Cruz Roja rusa19. Esta misión resultó infructuosa porque el gobierno soviético se negó a facilitar la información requerida. Lo mismo cabe decir de las gestiones hechas por el Ministerio de Exteriores ante el Vaticano. Con fecha de 11 de marzo, el embajador Ruiz Giménez informó a su ministro que el secretario de Estado del Vaticano le había hecho saber que «hasta ahora Rusia ha negado noticias sobre prisioneros, me prometió que la Santa Sede hará todo lo posible para lograr información y pronta ayuda humanitaria a prisioneros españoles»20, pero esta vía no dio fruto alguno. Entonces Exteriores decidió utilizar los datos disponibles para elaborar un fichero y solicitar a los gobiernos de países amigos, como el de Argentina, aunque este no tenía todavía embajada en Moscú, que intentaran recabar datos sobre personas concretas. Tampoco así se obtuvo respuesta soviética. Por el contrario, cabe hablar de retroceso en las negociaciones, dado que las relaciones entre España y la URSS se deterioraron aún más tras el comienzo de las negociaciones entre Madrid y Washington para un acuerdo de colaboración militar, coincidiendo con el estallido de la guerra de Corea, uno de los hitos de la Guerra Fría.
No obstante, la red de contactos se mantuvo abierta. Para los negociadores españoles, tras la firma de un acuerdo comercial con Polonia, que actuaba como punta de lanza en la campaña para la exclusión de España de la ONU, se había hecho evidente que las conversaciones con la URSS debían contemplar la firma de convenios comerciales. A la búsqueda de unas relaciones menos tensas, y utilizando como intermediario a Egipto, empresas de ambos países firmaron una serie de acuerdos, autorizados por los respectivos Ministerios de Exteriores, para el intercambio de mercancías. La firma tuvo lugar en una fecha indeterminada entre finales de 1949 y comienzos de 1950, y el tema de los prisioneros fue de nuevo contemplado pese a no cerrarse un acuerdo en este terreno.
Las familias de los prisioneros se organizan
Cuando dio comienzo la década de 1950, todavía permanecían en la URSS unos 400.000 prisioneros de guerra. Ningún español había sido puesto en libertad. Como sabemos, el Gobierno no había informado a las familias de las gestiones realizadas ante las autoridades soviéticas, aunque es posible que los mejor relacionados obtuvieran algunos datos a través de amigos empleados en distintos ministerios. En cualquier caso, unos y otros creían que el esfuerzo realizado por el Gobierno había sido escaso, que este no prestaba a quienes fueron a combatir contra la Rusia comunista la atención merecida. Así se lo iban a decir al ministro secretario general del Movimiento, el falangista Raimundo Fernández Cuesta, y al propio jefe del Estado.
A comienzos de 1950, Gerardo Oroquieta, el padre del capitán Oroquieta, escribió a Fernández Cuesta. Después de presentarse como procurador «de varios centenares de infelices cautivos», ya que suponía que su hijo era «el jefe más antiguo de los españoles del Ejército Español prisioneros de los rusos», Oroquieta rogaba al ministro que pusiese todos los medios a su alcance para conseguir la liberación. Pero el ruego iba acompañado de una recriminación que afectaba al partido, al Gobierno y a la iglesia católica. Al partido, porque su hijo era falangista y ninguna autoridad de este signo había arropado a las familias ni emprendido acciones que posibilitaran un contacto con los prisioneros. Al Gobierno, por su parálisis o ineficacia mientras los prisioneros vivían sometidos al sufrimiento corporal y moral, por «no saber nada de su Patria y de sus familiares». A la iglesia católica, porque varios familiares habían intentado abrir un cauce de comunicación con los campos de concentración por medio del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Nunciatura de Madrid, «pero en uno y en otra no encontramos sino palabras titubeantes y gestos desdeñosos». En cambio, proseguía Oroquieta, «por propias iniciativas hemos llegado a conocer la existencia de asociaciones benéficas alemanas dispuestas a intervenir con eficacia en esta comunicación periódica». En consecuencia, Oroquieta proponía una serie de gestiones, en dos fases. Primero elaborar una relación de los presuntos prisioneros, para, a continuación, establecer contacto a través de las embajadas y consulados «con las sociedades benéficas extranjeras que tienen organizado el servicio de comunicación con los prisioneros de guerra», pues, si «mejor sería interesar a algunas asociaciones católicas para que siguiendo la tradición mercedaria de redención de cautivos tomasen este asunto con el cariño que se merece», «es lástima que asociaciones protestantes se hayan adelantado en este camino de caridad». En segundo lugar, y una vez establecida una comunicación periódica, dar los pasos necesarios para la liberación, consiguiendo por medio de alguna embajada amiga que se fijase el precio del rescate. Se trataba de argumentos lógicos y ya contemplados. Pero lo más interesante venía a continuación. Oroquieta, consciente de que el aislamiento del régimen dificultaba abordar oficialmente el rescate, apuntaba la conveniencia «de dejar este asunto a la iniciativa particular», respaldada por los medios económicos del Estado, «como sucedió con los prisioneros de Annual». Pues, en efecto, después de que tras el desastre de Annual, en 1921, la negativa del gobierno de Maura a pagar un rescate por los prisioneros en manos del líder rifeño Abd-el-Krim, dado que iba a ser empleado para la compra de armas, y otra serie de vicisitudes impidieran el avance de las negociaciones oficiales, algunas familias hicieron gestiones por su cuenta para la liberación de los suyos. Estas iniciativas, y otras personales, como la del senador marqués de Cabra (que logró recoger cartas de los prisioneros para sus familias) y el capellán legionario Revilla, carecieron de mandato negociador del Gobierno y poco pudieron hacer para resolver el problema. Pero cuando, a finales del año siguiente, hubo cambio de Gobierno las negociaciones fueron retomadas y el financiero vasco Horacio Echevarrieta fue designado representante del ejecutivo; y fue él quien se desplazó para pagar el rescate y además se comprometió a abonar de su bolsillo la partida por la manutención a los prisioneros exigida a última hora por los rifeños y a quedarse él como rehén, lo que no fue necesario, mientras se buscaban algunos prisioneros marroquíes, que también formaban parte del pago y que los vencedores en Annual echaban en falta.
Con esos recuerdos del pasado en mente y profundamente indignados por lo que entendían como despreocupación del régimen por los prisioneros en Rusia, una representación de los familiares acudió al palacio de El Pardo el 22 de marzo de 195023. No les resultó nada fácil, pero Franco había accedido a recibirles en audiencia. El personaje principal de esa representación era el padre de Altura. El texto que leyeron ante Franco lleva fecha del día 1 de ese mes, que es cuando debió de acordarse su contenido, y tiene como signatario a «La Representación de los Prisioneros en Rusia». Su contenido expresaba la inquietud que sentían tras ocho años de cautiverio de los suyos y «un silencio angustioso de noticias», motivo suficiente «para esperar de V. E. comprensión de nuestras impaciencias». Además hicieron a Franco peticiones concretas: la suspensión de la «desmedida propaganda antisoviética», por ineficaz y perjudicial para los prisioneros, y que el Gobierno permitiera a uno de los familiares tomar «parte directa en las gestiones que se realicen en la averiguación de datos para el rescate». Franco les respondió que los soviéticos deseaban un acuerdo comercial con España, que se había efectuado ya un intercambio de productos, y que cualquier otra actividad comercial quedaba suspendida hasta que los prisioneros fueran liberados. Añadió otras tres cosas de mayor interés. Primero, que en el campo de concentración de Nanclares de Oca «existen rusos codiciados por Rusia y reclamados por esta, que figuraban como súbditos de otras nacionalidades hasta el presente y siguen a disposición de Rusia para cuando conceda la libertad a nuestros prisioneros». Segundo, que en tres ocasiones «fallaron comisiones y negociaciones cuando estuvieron a punto del éxito». Y tercera, que a través del marqués de Villalobar, y en combinación con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), «se está efectuando la última negociación y a ella debemos esperar feliz resultado»
Lo escuchado no satisfizo a los familiares, dado que Franco no atendió a sus dos peticiones concretas y desconfiaban de que estuviese en marcha esa «última negociación». Las noticias que les llegaron desde Alemania en los meses siguientes vinieron a confirmar que el problema no estaba en vías de solución. Esa era la realidad, pese a que la prensa española comenzara a tratar el tema de los prisioneros de guerra en la URSS y diera a entender que, como Franco dijera en privado, se estaban haciendo gestiones para la repatriación de las que se esperaba un feliz resultado. Un ejemplo de esta situación: a mediados de mayo de 1950, la agencia EFE recogió una información procedente de Ginebra según la cual el Gobierno español acababa de hacer un llamamiento a la Liga de Asociaciones de la Cruz Roja para que colaborase en la puesta en libertad de 149 prisioneros de guerra. Decía también esta agencia que el presidente de la junta de gobernadores de la institución, el norteamericano Basil O´Connor, había prometido al representante español que la Liga haría todo lo posible pero que «no es seguro que pueda hacer mucho»25. Y así fue, dado que el CICR tuvo que descartar una acción colectiva en beneficio del grupo español y de otros contingentes de prisioneros. No obstante, la Cruz Roja sí pudo atender casos individuales. Lo hizo a partir de los datos proporcionados por algunos evadidos y sobre todo de los recados, e incluso cartas, que una vez más exprisioneros hicieron llegar a las familias comunicando los nombres de otros compañeros y el lugar de internamiento. A partir de este momento, el mecanismo seguido fue el siguiente: los servicios del Comité de Ginebra hacían saber a las autoridades soviéticas y a la Alianza de Sociedades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja de la URSS que tenían conocimiento de la existencia de una persona concreta en un campo de concentración, sin citar el origen de la noticia, y enviaban paquetes con víveres y ropa a las señas facilitadas, unas veces por los servicios administrativos y otras por correo ordinario, mecanismo este último que a menudo resultaba eficaz a causa de la desorganización reinante en la URSS en esta materia26. Además, a partir de los datos obtenidos, el citado organismo expedía un mensaje de veinticinco palabras a la dirección indicada. Una parte de estos mensajes fueron devueltos con la noticia de que la persona concreta se encontraba realmente allí, y en estado de buena salud, lo que indicaba que, por lo menos, estaba viva, ya que los soviéticos reconocían su existencia. A continuación esta noticia era comunicada a la familia. En cambio, cuando la familia solo podía proporcionar datos biográficos del prisionero, pero no del campo de internamiento, la solicitud de información resultaba inútil. En cualquier caso, así se fue creando un tejido informativo conformado por las aportaciones de los exprisioneros, familiares de los cautivos, Sociedad Evangélica de Ayuda a Prisioneros e Internados de Guerra y Cruz Roja. Y, como es lógico, a partir de los lazos creados y los datos obtenidos, las familias se sintieron con más fuerza para presionar al Gobierno, exigiendo más gestiones y, al mismo tiempo, que facilitara a sus representantes medios con los que establecer contacto con las autoridades soviéticas.
Prisioneros en huelga de hambre
Unos meses antes, en noviembre de 1949, Palacios, Rosaleny, Altura y Rodríguez habían iniciado una nueva gira carcelaria por territorio soviético, de varios miles de kilómetros. Primero fueron traslados en ferrocarril a la cárcel de Ohrms, en la región de Minsk, y a continuación a una cárcel de Leningrado, donde tuvieron varios altercados con presos civiles. En diciembre les llevaron a la prisión de Borovichy y estando aquí dio comienzo el proceso que, a ellos y a un número bastante mayor de alemanes, les esperaba ante un tribunal militar. Esta vez estaban presentes los testigos de descargo solicitados: capitanes Oroquieta y Asensi y tres soldados. El capitán Asensi no resultó ser una buena elección, ya que dijo que él no sabía nada de los hechos que fundamentaban la acusación, pese a que había compartido cautiverio con Palacios, Rosaleny y Castillo. Los cuatro acusados fueron condenados a la misma pena que la vez anterior: veinticinco años de prisión en campos de trabajo.
Hemos podido contrastar la narración de Palacios con la documentación que se conserva en el archivo del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa. Una vez finalizada la fase de transparencia de la época de Gorbachov, durante la que investigadores extranjeros accedieron a los archivos, en la actualidad no se permite a ciudadanos no rusos la consulta de la documentación referente a los procesos a prisioneros de guerra, y tampoco la fotocopia de los documentos por investigadores rusos, por incluir información sobre los testigos de cargo. Lo que hemos conseguido es un resumen del proceso y de la sentencia, elaborado por personal del citado archivo. En este documento se dice que el 9 de diciembre de 1949 el capitán Palacios y sus tres compañeros fueron condenados por el Tribunal Militar del Ministerio del Interior correspondiente a la región de Novgorod a 25 años de internamiento en un campo de trabajos de reeducación por organizar reuniones con otros internos españoles con el objetivo de organizar actividades de sabotaje en el trabajo, propiciar la insumisión ante las actividades del campo de prisioneros y amenazar a otros prisioneros españoles, a los que habrían dicho que si colaboraban con la administración del campo serían juzgados en España.
El 24 de diciembre, los cuatro fueron conducidos a un campo de concentración para prisioneros de guerra condenados por los tribunales soviéticos, el campo «de la Mina». Los españoles lo denominaron así porque los prisioneros, la mayoría alemanes, eran empleados en la extracción de carbón. «La Mina» formaba parte de un complejo presidiario integrado por varios campos de concentración, que tenían la denominación genérica de Borovichy. Según datos de los archivos soviéticos, los españoles aquí cautivos eran entonces 244. La mayoría se encontraban en un campo situado a unos cinco kilómetros del de la Mina, en un bosque de abedules próximo a Opechenskiy Posad, a 10 kilómetros de Borovichy y a 170 de Novgorod. Los barracones que allí había, como los de otros campos de prisioneros, fueron derruidos hace décadas y hoy en día no queda resto alguno de aquellas instalaciones. Sin embargo, organizaciones de exprisioneros rumanos y húngaros han levantado recientemente allí unas cruces en memoria de los fallecidos.
En marzo de 1950, otros grupos de españoles condenados a diversas penas y por distintos delitos, siempre de índole antisoviética, fueron también conducidos a Borovichi. La desunión dentro del grupo español volvió a manifestarse en forma de numerosos conflictos. Palacios escribe sobre esta situación, en la que tenía un papel clave Felipe Pulgar, comunista exiliado de España y que ahora actuaba como comisario político del grupo antifascista: «vinieron al campo el resto de los españoles con el criminal Pulgar y todo su cortejo de confidentes y traidores»28, palabras que reflejan la citada división y el hundimiento moral de una parte de los prisioneros. Sin embargo, la actuación de Palacios y sus más fieles, que fue retadora hacia el grupo de Pulgar, ayudó a levantar el ánimo del conjunto del grupo, hasta organizar una red de socorro para enfermos y encarcelados. Paulatinamente se incorporaron al campo de la Mina otros españoles, entre estos el sargento Antonio Cavero, condenado a veinticinco años en campos de trabajo por dar muerte a un soldado soviético durante un enfrentamiento entre presos y soldados soviéticos, José M. González, Enrique Maroto y Emilio Rodríguez y Mena, condenados a diez años de reclusión, y el teniente Rosaleny, procedente de un hospital en donde había sido tratado de una tuberculosis pulmonar.
En agosto de 1950, en Madrid, el Ministerio del Ejército disponía ya de una relación nominal de desaparecidos, que serían 717, prisioneros localizados, 44, y desertores, cuyo número se cifraba, a la baja, en 54. Los datos obtenidos, provisionales, indican que como desaparecidos figuraban todavía una parte de los muertos en el frente. Además, las noticias que llegaban a España eran casi siempre imprecisas, y también de dudosa veracidad. De los oficiales llegaban más noticias, pues, por su rango, sus nombres eran retenidos por más personas y sobre todo por oficiales de otras nacionalidades, que eran quienes, por su red de relaciones, disponían de más posibilidades para aportar ese dato a distintos organismos una vez que llegaran a su país. Por lo tanto, de algunos se llegó a tener la certeza de que estaban vivos y de que, si no perecían durante el cautiverio, regresarían antes o después a España. Lo que se desconocía era que cierto número de prisioneros españoles había sido ya puesto en libertad29. Eran desertores que habían aceptado la ciudadanía soviética.
Varios españoles pasaron en la Mina algunos de sus peores momentos del cautiverio, el alférez José del Castillo los peores. Sucedió que, en octubre, se negó a trabajar en el yacimiento de carbón. Cuando fue amenazado y golpeado se defendió. Entonces le ataron las manos a la espalda, le apalearon y le golpearon con las culatas de los fusiles, con el resultado de una lesión en la espalda y la rotura de dos costillas. Perdió el conocimiento. Cuando lo recuperó fue conducido a su celda individual. Estaba semidesnudo y la temperatura era inferior a cero grados. Posiblemente salvó la vida porque el soldado Victoriano Rodríguez consiguió eludir la vigilancia y hacerle llegar un capote y comida durante los días que permaneció encerrado. Tras ser atendido por un médico alemán, a base de masajes, fue enviado a trabajar en la construcción de viviendas. En marzo de 1951 fue destinado otra vez a las minas. Se negó a trabajar allí, fue encarcelado y respondió con una huelga de hambre. Varios oficiales le visitaron para que depusiese su actitud, y el capitán Palacios lo consiguió. Le dijo que ya había expresado de sobra una actitud rebelde ante el poder soviético y que su vida sería necesaria en el futuro, para dar aliento a otros cautivos. Castillo no olvidaría algunas de las palabras de su capitán: «Yo te lo ruego, te abrazo y te admiro. Tu vida no debe perderse en esta ocasión». Esta y otras protestas decidieron al jefe del campo a declarar voluntario el trabajo en las minas. Como muestra de solidaridad, de las que hubo muchas a lo largo de los once años de cautiverio, en el transcurso de los meses siguientes Castillo salió varias veces a trabajar, en labores agrícolas y de construcción, para ganar dinero y poder comprar leche y otros alimentos para su amigo Rosaleny y algunos más compañeros enfermos, en cuya recuperación también colaboraron alemanes que recibían paquetes con comida de sus familiares.
En el campo de Borovichy también hubo protestas de los prisioneros, más que en ningún otro momento del cautiverio. Los españoles habían solicitado en repetidas ocasiones el derecho, concedido a los demás prisioneros, de mantener correspondencia con sus familias. Aunque a través de la Iglesia Evangélica y la Cruz Roja habían llegado cartas y paquetes, casi nunca fueron entregados a los españoles. Por un hecho fortuito, el descubrimiento en la basura de algunos envoltorios en los que figuraban los nombres de los destinatarios, se supo que el contenido, ya fuera ropa o comida, se lo quedaba personal del campo, que distribuía una parte a los integrantes del grupo antifascista. Los cautivos estaban ahora seguros de que sus seres queridos les estaban escribiendo, por fin, y que las cartas también eran interceptadas. Esto ocurrió en abril. Entonces varios sargentos y soldados de uno de los campos de Borovichy, donde había más de 200 españoles, decidieron protestar de la única forma que estaba a su alcance. Para reclamar, no su liberación, sino su derecho a recibir y enviar correspondencia, declararon una huelga de hambre. La protesta fue bien planificada: la huelga, que llevaba aparejada no salir a trabajar, la inició un grupo reducido, y en los días siguientes se fueron sumando varias decenas, de forma escalonada. La huelga derivó en una revuelta cuando el jefe del campo ordenó que varios presos fueran encarcelados y alimentados a la fuerza. Deseaba cortar de raíz la protesta, para conservar el cargo, pero las órdenes que tenía era que debía hacerse sin derramamiento de sangre. Pero otros presos se apoderan de varias dependencias del campo y se armaron con palos, cuchillos y herramientas. La llegada de tropas de refuerzo, la promesa de que serían autorizados a recibir correspondencia y el anuncio de que en breve serían repatriados puso fin a la rebelión. Las promesas no se cumplieron. Por si acaso, varios prisioneros fueron trasladados a otros campos. Además, fueron procesados los organizadores de la huelga, entre los que figuraba el sargento Ángel Salamanca. Y por desacato a la autoridad de forma reiterada, el capitán Oroquieta y el teniente Altura fueron acusados del delito de agitación y propaganda antisoviética y condenados a diez años de internamiento en un campo de trabajo y correccional.
A los Urales
En efecto, en julio de 1951 hubo otro traslado. Una parte de los prisioneros de Borovichy fueron transportados a un campo situado en la región de Swarlov, en la vertiente asiática de los Urales. Entre tanto, llegaban más noticias a los familiares de los presos. Entre quienes proporcionaron alguna información a la familia del capitán Palacios figura Anselmo Rodríguez Marín, catedrático de la Universidad Complutense. Había estado en la Alemania occidental a comienzos de ese año y conocido allí al coronel médico Uhmacher, capturado en Stalingrado y repatriado hacía poco tiempo. Le habló de algunos españoles, entre estos de Palacios. Una vez en España, este catedrático escribió al alcalde de Potes, y este pasó la carta a un cuñado de Palacios, Antonio Alonso. En la carta citaba varios de los campos en los que efectivamente había estado Palacios y recogía los elogios que el médico alemán expresaba respecto de su compañero español. Alonso escribió al catedrático español pidiéndole más datos. Este le respondió que el doctor alemán hablaba muy bien el español, por haber ejercido varios años en Chile como cirujano, y que había tratado a menudo a Palacios. En carta de fecha de 25 de abril de 1951, el citado catedrático le escribió lo siguiente: «Habla de su hermano con verdadera admiración y afecto, por su entereza de carácter y su exquisita corrección. Pueden ustedes estar orgullosos de él, como yo lo estaba, aún sin conocerlo, al oír referir estas anécdotas que revelan su magnífico temple de ánimo».
En agosto Palacios fue aislado, por haber redactado varios escritos dirigidos a las autoridades soviéticas en protesta por la prohibición de recibir y enviar correspondencia, aunque no fueron tramitados por los jefes del campo: le llevaron al campo de Rewda, en los Urales. Pese a las amenazas recibidas de ser enviado a una prisión oscura, sin posibilidad de ver el sol, Palacios elaboró otro escrito de protesta. El delegado de la URSS ante la ONU, Vichinski, había declarado que en el territorio soviético no quedaban prisioneros de guerra, solo «criminales de guerra», en alusión a prisioneros, en su mayoría alemanes, que habían sido juzgados y condenados por ese delito. Obviamente Palacios se sintió indignado, negó que los españoles merecieran esa calificación y pidió su repatriación. Tampoco tuvo Palacios respuesta a este escrito. Por lo menos las condiciones del campo de Rewda eran buenas, según la información proporcionada por exprisioneros. Albergaba a unos 1.000 prisioneros en casas de piedra o de madera con distintas capacidades de alojamiento, disponían de radiadores de vapor o estufas, alimentadas por leña o carbón, siempre a mano, y de baño con duchas, comedor, cantina y hospitalillo atendido por médicos alemanes y austriacos. En la carta escrita por un exprisionero que había conocido al capitán español y que se conserva en el archivo de la familia Palacios se cuenta también lo siguiente:
«Despertar a la mañana a las 5 y 30 horas. Después lavar y desayuno con sopa, café, 600 g. de pan moreno y 17 g. de azúcar. A las 7 marcha para el trabajo. Centinelas rusos, que son soldados de la guarnición MVD. Ellos soldados miran cuidadosamente para traje buena de trabajo y zapatos buenos. La marcha al trabajo se va a pie al solar, que dista 4 km. Todo el contingente de los prisioneros está trabajando en construcción de casas para una población y una escuela, como en trabajos de cavar fundamentos. El pago para el trabajo es bueno y cada prisionero llega al límite superior de 150 rublos por mes, que se pueden pagar directamente a los prisioneros. Sumas más grandes hasta 200 rublos acreditan en cuenta a favor de ellos. Propaganda política no hay más, con excepciones raras. En vez de ello se halla trabajo cultural con coros y teatros y orquesta. Dos veces por mes los prisioneros ven películas rusas. La biblioteca es grande y abundante. No hay iglesia o santa misa. Son prohibidos, pero no existen curas que lo pudiesen hacerlo.»
Unos meses después, ya en 1952, casi todos los españoles que habían permanecido en otras zonas fueron conducidos a campos repartidos por los Urales. Dieciséis entre sargentos, cabos y soldados vinieron a hacer compañía a Palacios. Su presencia le fue de gran ayuda, moral y psicológica.
Nuevas gestiones. Los representantes de las familias
Ya hemos indicado que España y la URSS no mantenían relaciones diplomáticas. Por este motivo, la reclamación de libertad para los prisioneros tenía que hacerse a través de terceros países u organizaciones de ámbito internacional, circunstancia que complicó y demoró las negociaciones. Otros factores que incidieron de forma negativa fueron la ausencia de España en las principales organizaciones internacionales, como la ONU, su no pertenencia a ninguno de los bloques de la Guerra Fría hasta fecha tardía, y, no menos importante, la voluntad de Josip Vassiliovitch, llamado «Stalin», de mantener presos a combatientes de un régimen que se vanagloriaba, en plena Guerra Fría, de ser precursor en la «cruzada anticomunista». No puede decirse que los españoles fueran, en 1951-1952, los únicos prisioneros en la URSS, pero sí que conformaban un caso único, ya que, a diferencia con lo sucedido con prisioneros de otros países, ninguno había sido repatriado. Esta era una cuestión que procuraban eludir las autoridades españolas. No obstante, la actuación del Kremlin estaba causando profundo malestar en otros gobiernos, por la prolongación del cautiverio de varios miles de sus militares. Tras unos años en que las repatriaciones habían avanzado con rapidez, el declive físico de Stalin parecía estar paralizando varios temas. Desde el Kremlin, para no tomar ninguna decisión que molestase a Stalin, quien de todo recelaba, se decidió que «no existían» prisioneros de guerra en la URSS. Así lo reflejó el embajador español en Berna, duque de San Lucar la Mayor, en carta al ministro de Exteriores con fecha de 30 de noviembre de 1951 para informar de las últimas conversaciones en Suiza con la Cruz Roja internacional:
«En todas las ocasiones hemos hablado sobre el interés que tenía el Gobierno español por la situación de nuestros compatriotas en Rusia, y en honor a la verdad he de decir que no he notado ningún gran adelanto en la influencia ni actividades de la Cruz Roja internacional en lo que se refiere a Rusia; no ya en lo que se refiere a los españoles sino a los numerosísimos grupos, de todas las nacionalidades, a quienes ha “tragado” la tierra rusa. (…) Los rusos han decidido, por lo visto, que no existen prisioneros de guerra en su territorio, y los que se encuentran allí se denominan “extranjeros residentes en Rusia”.»
Las negociaciones prosiguieron durante el año siguiente, con activa participación de los representantes de las familias de los presos. En dos escenarios. El primero, en España, donde presionaron a las autoridades para que adoptaran medidas más eficaces y, como se ha dicho, les facilitaran medios económicos para desplazarse a varios Estados europeos, incluidas las dos Alemanias. El segundo, en ese espacio europeo, con la vista puesta en organizaciones alemanas, en dirigentes comunistas occidentales y en militares soviéticos con destino en la República Democrática Alemana, a los que deberían contactar los mediadores seleccionados.
Una representación de los familiares, entre los que figuraban los padres de Asensi y de Altura, se dirigió a Franco el 10 de marzo de 1952. En una nota le recordaban «una espera angustiosa de dos años, transcurridos desde la fecha en que tuvimos el alto honor de saludar a V. E.», y solicitaban «que puesto que hasta el momento presente no han dado resultados oportunos las gestiones oficiales, se nos autorice a realizar iniciativas privadas». Con este fin pedían una nueva entrevista con Franco para exponerle sus propuestas. Pero dado que no parecía que una segunda audiencia fuera a tener lugar, a finales de mes remitieron otra nota a Franco, solicitando que el Estado sufragase los gastos destinados a realizar una serie de gestiones que serían apoyadas «por enlaces y amigos en Europa»: invitación a la esposa del ministro soviético de Exteriores, Molotov, para que visitase Alemania, donde un mediador la contactaría; reuniones con la nobleza alemana; visitas «a los jefes comunistas que resulte oportuno» y establecer contacto con el hijo de Molotov31. La presión de las familias, invocando la necesidad de contactar a dirigentes comunistas y a sus familias, hizo que Franco, quien ya sabía que habían escrito a Eva Duarte de Perón, el cardenal Caggiano y el Papa, en demanda siempre de una mediación, accediese a recibirles por segunda vez y a dar un nuevo rumbo a las negociaciones. Al parecer, el asunto había estado hasta entonces en manos de Presidencia del Gobierno y ahora pasó a Asuntos Exteriores. Pero lo determinante fue el nombramiento de dos representantes de las familias. Los designó el Gobierno, que además cargó los gastos derivados de la misión en los presupuestos del Estado, pero la labor mediadora se haría en nombre de las familias. Los elegidos fueron el franciscano Miguel Oltra, quien había estado destinado en Berlín como capellán de la División Española de Voluntarios y del personal contratado a través de la Comisión Interministerial para el envío de Trabajadores a Alemania, y José María Storch de Gracia, al servicio de Exteriores. En marzo establecieron contacto en París con André Marty, exmiembro de las Brigadas Internacionales, y después se desplazaron a la República Federal Alemana en un recorrido que les llevó a Munich, Friburgo, donde establecieron contacto con «un señor antiguo amigo del de los “bigotes”» (Stalin), Stutgart y Berlín. En esta última ciudad estuvieron varios días, es muy probable que pasaran a la zona de la Alemania comunista y es seguro que tuvieron acceso a militares soviéticos. Hubo buenas palabras por parte de todos, pero Stalin no dio su brazo a torcer y Oltra y Storch tuvieron que poner fin a la iniciativa.
Por su parte, Ramón Bustillo, cuñado y buen amigo del capitán Palacios, había establecido contacto, a través del padre del teniente Altura, con representantes de la iglesia evangélica alemana, para gestionar el envío de paquetes con comida y correspondencia a la URSS. En noviembre de 1952 recibió una gratísima noticia envuelta en un sobre que le llegó a su domicilio en Madrid. Era una nota de Palacios, escrita en alemán, que decía lo siguiente:
«Querido primo Paul,
Otra vez una noticia mía que espero llegue a los míos y os encuentre con perfecta salud.
Yo espero con ansia una noticia de vosotros. Personalmente estoy bien de salud y con ánimo esperanzado.
Os saluda de todo corazón, vuestro Teodoro.»
Había sido complicado conseguir que un texto del capitán español llegara a Madrid. Se había logrado de la siguiente manera. Como sabemos, los prisioneros españoles habían tenido prohibida cualquier correspondencia. Sin embargo, gracias a las gestiones de la Sociedad Evangélica de Ayuda a Prisioneros e Internados de Guerra, más adelante fueron autorizados a enviar breves textos a Alemania en unas tarjetas especialmente diseñadas para este fin. Poco después, en la primavera de 1952, le llegó a Palacios la indicación de que escribiera un texto para los suyos, en letra de imprenta y sin referencia alguna a España, y que la dirigiese a una dirección en Alemania que le hubiera sido facilitada por un prisionero a punto de ser repatriado, para que así le llegara a él, o bien facilitada por alguien que todavía no iba a ser liberado pero que sabía que en la dirección proporcionada alguien buscaría una explicación lógica a la carta recibida. Así sucedía, en efecto, en la Alemania de entonces. La gente relacionada con el mundo de los prisioneros de guerra conocía la labor de la iglesia evangélica y canalizaba en su dirección toda noticia llegada de los cautivos alemanes. El capitán Palacios escribió, el 15 de abril, al «querido primo Paul», que era Paul Metzke-Rovira, de padre alemán y madre oriunda de Cataluña, donde tenían parientes. Este Paul había sido liberado en 1949 y no había conocido a Palacios, pero el nombre fue facilitado por un alemán que conoció a ambos. Paul puso la tarjeta en manos de la iglesia evangélica de Munich, la cual contaba con un listado de posibles prisioneros españoles. Teniendo a «Teodoro» como referencia localizó a su cuñado y el 20 de noviembre le envió una tarjeta explicativa de los mecanismos necesarios para mantener correspondencia y la citada tarjeta de Palacios:
«Nos alegramos de todo corazón poderle dar esta noticia. A su cuñado irán desde hoy en adelante, mensualmente, paquetes de víveres después de conocer su dirección exacta: 6118/P. El campo está en Rewda, o sea, 60 kilómetros al oeste de Swerdlowsk, en el Ural. El nombre del pueblo de ninguna manera debe usted indicarlo al escribir a su cuñado Teodoro. Los rusos no quieren investigaciones hacia los prisioneros y nosotros se lo comunicamos solamente para que usted sepa donde se encuentra.»
A continuación Bustillo escribiría al capitán Palacios. Advertido de que no debía enviar las tarjetas desde España, lo que hizo fue escribir la tarjeta en alemán y con el remite de Paul y, a continuación, la hizo llegar a la Sociedad Evangélica, para que saliera desde Munich con destino a la URSS, al igual que una serie de paquetes con latas de conserva, queso y otros alimentos.
La muerte de Stalin
Hemos dejado a los prisioneros españoles en los Urales. A Palacios en Rewda. A finales de 1952, las grandes potencias estaban firmando acuerdos para la repatriación de prisioneros de la guerra de Corea, iniciada dos años antes, la mayoría de los cuales eran coreanos y chinos. En el transcurso de los meses siguientes, otros prisioneros de campos soviéticos fueron repatriados. Por la cabeza de los españoles pasaron una y otra vez, siempre mezcladas, dos ideas: que estaba a punto de llegarles su turno y que todos los demás prisioneros serían liberados menos ellos.
En 1953 el Gobierno español consiguió que Brasil, Perú, Cuba y República Dominicana llevasen el caso a la ONU, pero los pasos definitivos no se pudieron dar hasta la muerte del dictador soviético. Stalin murió a comienzos de marzo de 1953, a la edad de 73 años. Llevaba varios años enfermo, de males reales, también de la enfermedad del poder y de las manías producidas al percibir que todos le temían y nadie le apreciaba. Dio comienzo una etapa de dirección colegiada del Politburó, con Malenkov en la Jefatura del Gobierno y Nikita Kruschov en la Secretaría General del Partido, puesto decisivo. Beria, el jefe de la policía política, fue detenido y ejecutado en junio. La apertura de cara al interior del país tuvo como exponentes principales una amplísima amnistía para los presos políticos y la clausura y demolición de la mayor parte de los campos de concentración. De cara al exterior no puede decirse que disminuyera la tensión propia de la Guerra Fría, pero en lo referente a los prisioneros de guerra se dieron pasos importantes y con rapidez.
Fue entonces cuando el corresponsal del diario Arriba en Londres, Guy Bueno, fue contactado por el representante de la agencia oficial soviética, Tass. El ruso le insinuó una mejora de las relaciones hispano-soviéticas, añadiendo que podía transmitir al embajador, con carácter semioficial, el cambio de situación. Este contacto y el anuncio de la puesta en libertad de prisioneros de otros países parecían augurar un final feliz a las negociaciones. El Gobierno español designó al coronel Joaquín García del Castillo como responsable de esta tarea en representación del Ministerio del Ejército. Durante este tiempo no arreciaron las protestas de los padres y hermanos de los prisioneros respecto al proceder del Gobierno, pero la censura impidió que sus opiniones traspasaran el ámbito familiar. En el privado fueron constantes. En un documento elaborado por el servicio de información militar se dice que «sienten una sensación continua de abandono, tristeza y desolación, bochorno y vergüenza ante el comportamiento de un Gobierno que lanzó a sus combatientes de la División Azul a la lucha contra el comunismo, abandonándoles posteriormente»32. Para este colectivo el contraste lo encontraban en el proceder de un gobierno de ideología liberal, el de la República Federal, y de la iglesia protestante. Gracias al camino abierto por esta iglesia, Ramón Bustillo continuó escribiendo a su cuñado, siempre con las claves acordadas:
«Querido primo,
Nuevamente te escribo y todos esperamos tus noticias y en especial si te han satisfecho los contenidos de los paquetes que te he mandado, puesto que para elegir los manjares tuve presente tus gustos conocidos.
En el paquete que te envío ahora y que sale en la fecha de esta tarjeta, va un queso fermentado de la montañuca, que por ser mantecoso puede extenderse sobre pan y como sabes resulta así muy rico al comerlo.
Te abraza tu primo,
Paul Metzke-Rovira Bustillo-Alonso.»
A partir de entonces las sensaciones de los prisioneros españoles fueron por lo general positivas. Intuían, más que sabían, que el final del cautiverio estaba cerca. En sus memorias inéditas, Rosaleny recuerda que hacia el mes de marzo se presentó en una de las barracas de los españoles el comisario político del campo, acompañado de un sargento. Les dijo que iban a ser repatriados en breve plazo, pero que antes debían firmar un documento en el que se haría constar que el trato recibido durante su estancia en la URSS había sido bueno, la alimentación suficiente y el trabajo enfocado a mantenerles en buenas condiciones físicas. Rosaleny se indignó:
«Yo me adelanté el primero, diciéndole al comisario político: “Si para volver a España es necesario caer tan bajo como para firmar un documento en los términos que usted nos lo presenta, prefiero quedarme toda la vida en la Unión Soviética y morir con la dignidad que corresponde a un soldado español”. El alférez Castillo hizo lo mismo que yo. Los sargentos y soldados, salvo algunos del grupo antifascista, contestaron lo mismo. El capitán Asensi que se encontraba acostado se tiró de la cama, y en calzoncillos, cubriéndose el cuerpo solamente con el camuflaje, se dirigió a la mesa solicitando firmar (así lo hizo). Los soldados empezaron a reírse de él, insultándole. El soldado Carlos Junco le dijo: “Yo a usted me lo como aquí y lo cago allí” (pido perdón por esta frase, pero creo un deber expresarlo tal y como fue).»
En mayo, los distintos grupos de españoles fueron siendo concentrados y transportados en ferrocarril al campo de Sherbakov, cerca de Jaroslarl, a unos 300 kilómetros al norte de Moscú. Les dijeron que era un campo de repatriación, es decir, que aquí se concentraba a prisioneros que no tardaban en viajar a sus respectivos países. Pero pasaron varios meses y el capitán Palacios y sus compañeros seguían allí. Durante este tiempo, presos de distintas nacionalidades fueron siendo liberados: alemanes, austriacos, daneses, finlandeses, búlgaros, húngaros, rumanos, belgas, holandeses y franceses. Pero no todos. Ramón Bustillo supo, por la iglesia evangélica, que 16.000 alemanes seguían escribiendo a sus casas, entre estos jefes militares, personal de delegaciones diplomáticas y mujeres del cuerpo auxiliar del ejército.
Los españoles aprovecharon para dar a quienes iban a salir de los campos direcciones de sus familias, para que les escribieran hablándoles de ellos. Palacios solicitó a varios oficiales alemanes y austriacos que abandonaron Sherbakov en octubre que escribieran a su familia y que también lo hicieran al Ministerio del Ejército español para hacer llegar al Gobierno dos mensajes. El primero, que si se consideraba que su conducta era un obstáculo para la repatriación se buscase el modo de hacérselo saber. El segundo era más bien una petición: que por su rescate no se hiciese concesión alguna al gobierno soviético. Por lo menos dos austriacos escribieron a Madrid. Se trata del comandante Nikolaus Chorinsky y del doctor Herbert Wieser. Chorinsky, que además de oficial era conde, se apresuró a cumplir su palabra. Fue liberado el día 15 y el 22, desde su casa en Graz, escribió al ministerio español. Contaba que en la URSS había unos 300 españoles prisioneros, y que en el campo de Sherbakov, había 69, los cuales habían sido condenados por agitación, huelga de hambre y otras protestas, y posteriormente amnistiados, ahora a la espera de su repatriación. Que en la zona de Jaroslarl solían concentrar las autoridades soviéticas a los prisioneros destinados a ser repatriados en breve plazo, y que entre estos figuraba el capitán Teodoro Palacios, «buen amigo mío». No ahorraba elogios para el capitán Palacios:
«El Capitán Palacios es respetado y querido por todos los prisioneros de cada país y muy temido por los rusos debido a su firme actitud. Nosotros le hemos dado el sobrenombre de “el último caballero sin miedo y sin tacha”. Desgraciadamente, su salud no es muy buena. Sin haber contraído enfermedad alguna, está muy delgado y débil y con frecuencia tiene fiebre. El capitán Palacios me ha rogado que le informe sobre los siguientes extremos.
1º En la Unión Soviética se encuentran unos 300 españoles (…).
2º Todos los que se hallaban en Sherbakov no estaban condenados por crímenes de guerra, sino por agitación, huelga de hambre, etc.
3º Sesenta y nueve españoles están amnistiados y esperan su repatriación.
4º Hay españoles de la División Azul y españoles rojos, entre estos últimos algunos que en otro tiempo fueron traídos de España siendo niños.
5º Después de su experiencia en la Unión Soviética, la mayoría de los rojos han cambiado de opinión y observan buen comportamiento (…).
En este campo de Sherbakov se hallan unos 1.000 prisioneros de casi veinte naciones, a los cuales las comisiones soviéticas han declarado con frecuencia que están amnistiados y que pronto serán repatriados. Como por nuestra amarga experiencia todos dudamos de la promesa de los rusos, me veo obligado a dar a V. E. la información necesaria con el ruego de que la transmita, a su vez, a los padres de los interesados. Para aumentar las criminales torturas de tan largo cautiverio, los españoles no mantienen correspondencia con sus familiares ni reciben ayuda material alguna. Le ruego, en nombre de todos los prisioneros injustamente retenidos que exija su repatriación y que organice una ayuda material que podría traducirse en el envío de paquetes a través de organismos de Alemania.»
Por su parte, el doctor Wieser escribió al ministro del Ejército con fecha de 23 de noviembre. En la carta informaba de que la prensa austriaca acababa de publicar que los prisioneros holandeses y noruegos habían sido liberados y cruzado ya la frontera alemana rumbo a sus países y expresaba su confianza en que el grupo de españoles concentrado en Sherbakov hubiera salido también. Además, dado que conocía los problemas habidos en el seno de las distintas nacionalidades de presos y sabía que el capitán Palacios estaba preocupado por el hecho de que en el Ministerio pudiera pensarse que los oficiales no habían dado la talla durante el cautiverio, escribió lo siguiente: «El Sr. Palacios ha honrado a su patria con su comportamiento, dando ejemplo de honradez a los demás prisioneros de guerra. Nosotros, los que nos contamos entre sus amigos, dejamos al Sr. Palacios y sus compatriotas, quizá unos 70, el 7 de octubre del corriente año. Hasta esta fecha había en total en el campo ruso prisioneros de trece naciones». A su vez solicitaba el envío de ayuda para los españoles: paquetes «de donativos generosos que podrían ser remitidos por conducto del embajador de España en Viena y a través de la Cruz Roja de Austria». Eran noticias alentadoras. Sin embargo, en esta misma fecha un alemán recién liberado escribió a Paul Metzke que Palacios estaba enfermo, y apuntaba una dolencia concreta, referida al estómago. Esta información llegó pronto a Ramón Bustillo. Por lo menos, desde Munich la iglesia evangélica le escribió lo siguiente: «Tenga usted un poco de paciencia pues quizá sea verdad este rumor de la repatriación. Caso de que obtenga alguna noticia más por otra parte, le rogamos nos la comunique. Quizá muy pronto sea su propio cuñado quien le escriba, pues según se oye los soviets tienen la intención de suprimir la prohibición del correo».
Así fue, en efecto. Como muestra inicial del deseo de la «nueva» URSS de mantener lazos de amistad con todos los pueblos del mundo, los prisioneros españoles comenzaron a recibir un mejor trato y no se les puso ya problema alguno para recibir correspondencia y paquetes de España. Además, la amnistía concedida a un amplio abanico de presos políticos, nacionales y extranjeros, benefició también a españoles condenados por delitos de insubordinación y negativa al trabajo, de forma que casi todos ellos pudieron beneficiarse del resultado de la negociación. Las últimas labores de mediación corrieron a cargo de la diplomacia suiza, que transmitió la petición española al embajador soviético en Berna. No fue el español el único gobierno en hacer gestiones de este tipo, pues en ese momento holandés, belgas e italianos negociaban la repatriación de sus últimos prisioneros. En diciembre, por fin, la Alianza de la Cruz y de la Media Luna Roja Soviética se puso en contacto con la Cruz Roja francesa para comunicar que el tribunal supremo soviético había amnistiado a 253 presos españoles y solicitar su colaboración de cara a la repatriación; posiblemente la delegación francesa fue la escogida después de que las autoridades soviéticas tuviesen conocimiento de que alguno de los liberados no deseaba ser repatriado a España y tenía especial interés en que el barco escogido para el viaje hiciese escala en un puerto francés.
Tras ocho meses en Sherbakov, el grupo de Palacios fue trasladado al campo de Krasno-Pole, en la región de Vorochilogrado, cerca del mar de Azov. La ilusión por una pronta repatriación aumentó, pues les habían reunido con los demás españoles y en un lugar más próximo a Odessa, el puerto del que se decía que sería utilizado para su salida de la URSS. En igual situación se encontraban grupos de prisioneros alemanes e italianos, casi todos repatriados, como los españoles, a lo largo de 1954-1955. Solo quedarían en la URSS unos cientos de militares que habían sido juzgados como criminales de guerra y no amnistiados, si bien algunos fueron enviados, para terminar de cumplir la pena impuesta, a sus países de origen, cuando había allí gobiernos comunistas, como era el caso de Rumanía y Hungría.
También los familiares de los presos creían que la historia del cautiverio de los suyos estaba a punto de terminar. Manuel Palacios nos dijo, refiriéndose a comienzos de la décadada de 1950: «Creí que no le volveríamos a ver. Maruja y Mercedes, sus hermanas, tenían fama de indiscretas. Sin embargo, en lo referente a la situación de su hermano guardaron un silencio casi sepulcral. Cuando, en contadas ocasiones, dijeron que habían llegado noticias de que estaba vivo no las creímos. Solo comenzamos a creer en esa posibilidad cuando se presentó en Potes un alemán. Desde luego, no pasó desapercibido. Pasó aquí quince días. Las hermanas me dijeron que había estado prisionero en Rusia, que había combatido en Stalingrado. Entonces nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio».
Las autoridades soviéticas procuraron, en esta última fase, que los prisioneros llegaran a sus respectivos países en el mejor estado posible, aunque solo fuera por motivos de propaganda. Así pues pasaron el tiempo que les quedaba en la URSS haciendo reposo y recibieron una alimentación más abundante y completa. A Palacios esto le ayudó poco. Se derrumbó, falto de fuerzas físicas y psíquicas, que le abandonaron al dejar de sentirse necesario, y tuvo que ser hospitalizado. Tenía fiebre alta y apenas era capaz de ingerir alimentos.
Sin embargo, por primera vez, durante el cautiverio, una alegría casi generalizada se extendió entre los españoles. Decimos que casi, pues algunos pensaban que, por su comportamiento desleal hacia su gobierno, y en algunos casos hacia sus propios compañeros, no se les permitiría regresar a España; añádase que, años atrás, unos 150 habían firmado un documento por el que solicitaban permanecer en la URSS. Tal vez pensaran también que el regreso suponía un riesgo para su seguridad. No obstante, Palacios trasladó a sus más allegados la consigna de perdón hacia los desertores y delatores, para que el mayor número regresase a España. Una parte de los desertores de la División 250 y de quienes participaron en el grupo antifascista había decidido permanecer en la URSS; desconocemos su número exacto y es un tema que queda para un relato posterior. Otros agradecieron las buenas palabras de compañeros de los que se habían distanciado y manifestaron su deseo de volver a pisar tierra española, aunque hubieran preferido encontrarse otro régimen político a su regreso. No todos compartieron la postura de Palacios, quien expondría unos meses después las siguientes razones:
«En contra de quien opinaba que esta gente no era necesaria en España, yo sostuve que esta gente donde no era necesaria era en la Unión Soviética, que el día de mañana podía emplear sus nombres como un argumento de propaganda antiespañola, y con la seguridad de interpretar el sentir del Gobierno y del Caudillo y con la mente puesta en los sublimes ideales por los que cayeron tantos hermanos nuestros y que tantos sacrificios han costado alcanzar, a todos ofrecí el perdón (…) En esta labor de captación colaboraron estrechamente conmigo el teniente Francisco Rosaleny y el alférez José Castillo, que compartían mi manera de pensar.»
