INTRODUCCIÓN
La alocución de Su Santidad Pío XI sobre los sucesos de España, pronunciada en Castel Gandolfo ante obispos, sacerdotes y religiosos españoles refugiados en Roma, constituye uno de los testimonios pontificios más relevantes sobre la dimensión religiosa de la Guerra Civil española. En un contexto marcado por la violencia, la persecución contra el clero y la devastación del patrimonio religioso, el Papa quiso elevar una voz de consuelo para los perseguidos y, al mismo tiempo, de advertencia para Europa y el mundo entero.
En sus palabras, Pío XI subraya el carácter específicamente religioso de la persecución sufrida en España, el heroísmo y el martirio de obispos, sacerdotes y fieles, así como el grave peligro que supone permitir la difusión impune de ideologías que, en nombre de promesas sociales o económicas, terminan atacando los fundamentos mismos de la civilización, la cultura y la dignidad humana. La alocución no es solo una mirada compasiva hacia el sufrimiento de la Iglesia española, sino una reflexión de alcance universal sobre la relación entre religión, sociedad y orden moral.
Este documento, difundido por Radio Vaticano a todo el mundo, ofrece una clave imprescindible para comprender la percepción que la Santa Sede tenía de los acontecimientos de España y la preocupación del pontífice ante el avance de fuerzas que consideraba subversivas del orden cristiano y humano.
El lunes, día 14, a las once de la mañana (hora italiana que corresponde a las diez de la hora española), recibió Su Santidad Pío XI , en su residencia de Castel Gandolfo, a los obispos, sacerdotes y religiosos españoles refugiados en Roma con motivo de los hechos vandálicos ocurridos en las provincias sujetas a las hordas marxistas, pronunciando la anunciada alocución, de grandísima trascendencia. La alocución fué radiada a todo el mundo por la emisora del Vaticano al ser pronunciada por Su Santidad por la mañana; y por la tarde fué radiada traducida en distintas lenguas, español, inglés, francés, etc.
Ha sido muy de lamentar que por una equivocación de creer muchos en España que pronunciaría Su Santidad la anunciada y esperada alocución el día 15 en vez del 14 no fuese recogida la alocución de Su Santidad y retransmitida por las emisoras españolas afectas al movimiento salvador del Ejército Nacional en aquel mismo día. En espera de que se pueda más tarde obtener el texto íntegro y auténtico, publicamos las siguientes notas, resumen de la alocución, que fueron recogidas en el Palacio Episcopal de Salamanca.
Comenzó Su Santidad felicitando a los que pueden considerarse dichosos por haber sido dignos de sufrir pro nomine Jesu, por el nombre de Jesús.
En España, los obispos y sacerdotes perseguidos lo han sido como tales sacerdotes, ut ministri Christi et dispensatores mysteriorum Dei, como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios.
¡Cuántos mártires en toda la acepción de la palabra en la amadísima España de nuestros días! Han merecido la admiración aun de los que no tienen fe, pero especialmente del Papa por su Paternidad espiritual. Filius sapiens laetifical Patrem. El hijo prudente es la alegría del Padre.
A las acometidas de los sin Dios 3 y contra Dios han respondido en España el heroismo y el martirio. Es verdaderamente apocalíptica la visión de las ruinas y el estrago producidos en personas y cosas sagradas, en venerandas reliquias, en monumentos de civilización y de arte. Obispos, sacerdotes, vírgenes consagradas al Señor muertos y martirizados. Se ha dado rienda suelta al desenfreno más libertino, se ha caído en lo más bajo y abyecto.
Siempre ya de sí la guerra es algo horrible. ¿Qué decir cuando es entre hermanos?
La llama de Rusia y de Méjico se ha extendido a España. De lo acontecido en esta nación, tan cara a Su Santidad, se han de deducir gravísimas enseñanzas para Europa y para el mundo entero.
Es la primera el gravísimo daño de conceder libertad a la propaganda de ideologías absurdas que concluyen con armar a las masas lanzándolas a la devastación y al crimen. Esto sucederá en otros países, si los que deben no acuden a remediarlo, tal vez ya demasiado tarde. Y los hechos de España enseñan hasta qué punto están amenazadas las bases no sólo de la religión, sino de toda civilización y cultura. Es deber del Papa llamar la atención sobre la insidia de distinguir entre la ideología y la práctica, la parte económica y la moral.
Los hechos de España ofrecen otra enseñanza por confesión de las mismas fuerzas subversivas: a saber, que el único obstáculo para ellas es la vida y la práctica de la religión cristiana. ¡Cuán absurdo es, por tanto, que los Estados que quieran evitar el desbordamiento de las fuerzas subversivas opongan, bajo fútiles pretextos, dificultades a la Iglesia Católica!
Se ha dicho en estos últimos tiempos en algún país que la religión y la Iglesia católicas son ineficaces contra los males de hoy; y se ha aducido como ejemplo lo que ocurre en España. ¡Ah! Que se dé libertad a la Iglesia para actuar en todos los órdenes, aun en el familiar y social y entonces se verá si alguien más y mejor que la Iglesia puede contribuir a oponerse eficazmente a las fuerzas subversivas. Mas donde se obstíiculiza a la prensa católica y se da por el contrario toda libertad a una prensa que ataca a la Iglesia Católica, confundiendo las ideas y defendiendo un cristianismo de nuevo cuño contra el cristianismo integral de la Iglesia, ¿qué puede hacer entonces ésta más que orar, protestar y lamentar los males que se siguen de su persecución y encadena miento?
Terminó Su Santidad concediendo la bendición—que tanto merecéis, subrayó—a los Obispos, sacerdotes y religiosos españoles allí presentes; y a sus hermanos de sufrimiento en España. Habéis agregado confesores y mártires al ya largo martirologio español. El resurgimiento de fe y de piedad en España auguran días más serenos de paz.
Sobre toda consideración humana y de partido damos también—dijo Su Santidad—nuestra bendición a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos de la Iglesia.
A los que con rectitud de intención, aun cuando sin eficacia, han tratado de suavizar y aminorar los males el Papa les muestra su agradecimiento.
¿Y a los que han ofendido al Papa, tratándole como enemigo? A éstos, según la ley evangélica, no puede el Papa dejar de amarles y orar por su retorno al redil de la iglesia.
Finalizó Su Santidad su emocionante y trascendental alocución augurando una próxima paz serena, reparadora de todos los daños, que sea verdaderamente la tranquilidad en el orden; e impartió la apostólica bendición.
CONCLUSIÓN
La alocución de Pío XI sobre los sucesos de España es un texto de enorme valor histórico y eclesial. En ella se entrelazan la voz pastoral de un padre que consuela a sus hijos perseguidos, la denuncia profética de una violencia que atenta contra la dignidad humana y la advertencia al mundo sobre las consecuencias de tolerar ideologías que destruyen los fundamentos espirituales y morales de la sociedad.
Más allá del contexto concreto de la España de 1936, el mensaje del Papa apunta a una reflexión más amplia: la fragilidad de la civilización cuando se debilitan sus raíces espirituales y el papel de la Iglesia como instancia moral que, aun en medio de la persecución, sigue proclamando la necesidad de la paz, del orden justo y del respeto a la dignidad de la persona. La bendición final del pontífice, extendida incluso a quienes le ofenden, subraya el núcleo evangélico del mensaje: la llamada a la reconciliación, al perdón y a la esperanza de una paz auténtica, entendida como “tranquilidad en el orden”.
Este documento permite, por tanto, no solo reconstruir una postura histórica de la Santa Sede ante los acontecimientos de España, sino también reflexionar sobre la relación entre fe, violencia, ideología y civilización en los grandes conflictos del siglo XX.
