INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil española estuvo marcada por enfrentamientos decisivos que definieron el curso del conflicto. En muchos de estos combates participaron falangistas y estudiantes vinculados al S.E.U., que se integraron en distintas unidades del ejército sublevado o en milicias organizadas durante los primeros meses de la guerra.
Desde la defensa del Alcázar de Toledo hasta el cerco de Oviedo o los combates en la Ciudad Universitaria de Madrid, numerosos jóvenes universitarios se encontraron de forma repentina en los frentes de batalla. En aquellas posiciones, muchas veces sin experiencia militar previa, combatieron en algunos de los episodios más intensos y simbólicos de la contienda.
EL ALCÁZAR DE TOLEDO
Después de la toma de Badajoz, y previo un ligero reagrupamiento, se inició el avance sobre Madrid por la puerta de invasión de Talavera de la Reina. El coronel Yagüe llevó el peso principal de la maniobra, en la que participaron los falangistas extremeños; algunos, atraídos por la fama de la Legión, engrosarían sus filas, como los hermanos Sardina Chao, fundadores del S. E. U. de Badajoz. Del reducido ejército, que avanzaba en punta sobre la capital, se disgregó una parte importante para liberar a los cercados en el Alcázar toledano.
Se dijo entonces, y aún se discute, que Madrid hubiera podido conquistarse de no haberse realizado la dispersión de fuerzas que exigió el intento de liberar el Alcázar. Es realmente cómodo opinar sobre cualquierdecisión una vez conocidos los efectos que produjo. Pero cabía pensar que se perdiera la fortaleza toledana y que Madrid no fuera conquistado. Es el caso que el Alcázar entraba firme en las grandes epopeyas de la Humanidad. Para el curso de aquel año, los cadetes de Saint Cyr elegirían, contra todas las presiones, su nombre glorioso: «Alcázar». La atención del mundo estaba pendiente del milagro. Franco, entonces solamente general jefe delEjército de África y Sur de España, decidió la liberación de los sitiados.
La sublevación de Toledo no podía resistir los ataques de fuerzas superiores enviadas desde Madrid. Moscardó decidió encerrarse en el Alcázar, trasladando a la fortaleza víveres y municiones, así como a 570 mujeres y niños, familiares de los 1.100 combatientes, para evitar represalias.
En la Academia de Infantería estaban los falangistas toledanos con su jefe provincial, Pedro Villaescusa, y el jefe local, Alberto Martín Gamero; los dos del S. E. U. de Derecho. En la más bella aventura de la guerra no podían faltar los estudiantes, con su jefe provincial, Jorge Ruiz de Santayana —sobrino del famoso filósofo Jorge Santayana—, José Luis Ortega, del triunvirato que se formó a partir del 16 de febrero, y Maximiliano Fink, jefe del Sindicato malagueño; Fernando Pacheco, José Conde, Antonio Roma y, Antonio Gálvez Medina, José Quero Samos, Isidro López, Julio Romero, Ángel Muñoz, José Luis Ortega García-Frutos, Aurelio Gutiérrez de la Paz, Pedro López Gómez, Joaquín Nieves, Alejandro Manrique, José María López Oliveros, José Villarreal, Carlos Espejo, Nicolás Hernández Rodríguez, Julio y Antonio Martín Pintado, Tomás Antonio Lacuerda, José Canosa, Emilio Álvarez de Lara, Antonio Salazar Arias, Gregorio yMariano Fernández Torija, Fernando Peris. Bermúdez, José Martínez Herrero y Enrique Muro Ruano. Salazar y los hermanos Martín-Pintado formalizaron su falangismo dentro ya del Alcázar. Preparando sus primeras oposiciones entró también en el Alcázar Antonio Valencia, con su licenciatura en Derecho recién obtenida.
El cerco fue rico en episodios fabulosos; pero, sobre todos, la conversación telefónica de Moscardó con su hijo Luis, el 23 de julio .
Luis tenía veinticuatro años y era estudiante universitario:
EL JEFE DE MILICIAS (Cándido Cabello). —Son ustedes responsables de todos los crímenes que están sucediendo. Le doy diez minutos de plazo para que se rinda. Si no lo hace fusilaremos a su hijo Luis, que está prisionero en nuestras manos.
MOSCARDO. —Lo creo.
JEFE DE MILICIAS. —Para que vea usted que es verdad lo que le digo, se va a poner al aparato su hijo Luis.
Luís. —¡Papá!
MOSCARDÓ. —¿Cómo estás, hijo mío?
Luis. —Dicen que me van a fusilar si no te rindes.
MOSCARDÓ. —Pues encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota. LUIS. —¡Un beso muy fuerte, papá!
MOSCARDÓ. —¡Un beso muy fuerte, hijo mío!
MOSCARDÓ. (Al jefe de milicias.)—Puede usted ahorrarse el plazo que me ha dado, porque el Alcázar no se rendirá jamás.
Luis Moscardo fue fusilado en la Puerta del Cambrón, de Toledo, el 23 de agosto.
El 7 de septiembre, una orden del día, firmada por Moscardo, relató a la manera castrense la muerte de Fink:
«Al efectuar una salida del Alcázar, cayó muerto en un cruce de calles el falangista Maximiliano Fink. Al intentar apoderarse del cadáver, su compañero Godofredo Bravo, aun reconociendo el peligro que existía, fue también muerto en el mismo sitio, lanzándose, no obstante, un tercer falangista, José Canosa, a recuperar el cadáver, logrando atar el de Fink, y otro cuarto retiró el cadáver de Godofredo Bravo, no pudieron retirar el de Fink por estar muy batido; distinguiéndose también el falangista José Conde, que resultó herido. Por la noche, no obstante, el decidido empeño del enemigo para impedirlo, fue retirado el cadáver que quedaba. Felicito a Falange Española. Estos hechos revelan el grado de valor, acometividad y espíritu que animan a dicha unidad.»
Maximiliano Fink había dejado Málaga con objeto de preparar su ingreso en la Academia Militar, al igual que Antonio Gálvez. Los dos lograron matrícula gloriosa en examen frente al enemigo.
El mismo día 7, Villaescusa pide por escrito a Moscardó, refiriéndose a la mina preparada para volar el Alcázar:
«Siendo la solución más rápida y eficaz salir y copar el compresor, la Falange pide que a ella exclusivamente se le encomiende este servicio para vengar, como su honor lo exige, a los falangistas que acaban de caer.» No tardaría Villaescusa en seguir a sus camaradas; el día 20 fue alcanzado por una granada cuando se lanzaba el primero para cerrar una brecha abierta por la artillería enemiga. Villaescusa tenía un severo sentido del mando; cuando hizo solo la primera salida en busca de víveres y volvió al Alcázar con una gallina, huevos y tabaco, los repartió entre los heridos sin pensar en su propia hambre. Pedro Villaescusa fue nombrado alférez después de su muerte, otorgándosele la Medalla Militar individual. Morían también en el Alcázar José Quero y Nicolás Hernández Rodríguez. A su muerte asumió la jefatura José Conde, que en el último curso había terminado sus estudios de Medicina.
Hasta el 28 de septiembre, en que Várela escuchó de Moscardó en el momento de la liberación «Sin novedad en el Alcázar, mi general», soportaron, en sesenta y ocho días, muy cerca de 3.300 disparos de cañón de 15,5 cm., un número análogo de 10,5 cm. y otros tantos de 7,5 cm.; disparos de mortero de 50 mm., granadas de mano, petardos y ocho intentos de asalto; 30 ataques de avión, con casi 500 bombas; 35 latas de gasolina, también desde avión; unas 200 botellas de líquido inflamable, 10 incendios producidos por bombardeos, tres minas y dos hornillos.
En un solo día recibieron 472 disparos de cañón del 15,5. La importancia que los rojos concedían a la heroica resistencia puede deducirse de los 10.000 hombres que utilizaron en el asedio y de las múltiples maniobras para forzar la rendición, entre las que destacó la visita del padre Camarasa. Tal vez la jornada más dura fue la del 18 de septiembre, en la que se produjo la explosión de la gigantesca mina que voló un torreón, la fachada oeste y todas las casas colindantes. El gabinete de Prensa de Madrid dio un «púdico» parte: «Un hecho de gran importancia se produjo ayer en una ciudad cercana a Madrid. Se trata de un verdadero acontecimiento para la futura marcha de las operaciones. Lo ocurrido causará enorme impresión en el campo rebelde. El Gobierno, la milicia y las Fuerzas leales, que ante el hecho inevitable han extremado su generosidad, sobre todo en estos últimos días, no son responsables, en absoluto, de lo sucedido. Por hoy no podemos ser más explícitos.» No podían serlo porque el ataque que continuó fue un sangriento fracaso, en el que sufrieron 282 muertos.
El Alcázar se había convertido en una fascinante obsesión de la que nadie en el mundo se consideraba desligado. El Daily Telegraph escribía: «Están mal provistos de municiones, los alimentos les faltan y, sin embargo, desde hace más de nueve semanas han defendido la fortaleza medieval contra un ataque continuo con armamento moderno. Cualquiera que sea el resultado definitivo, ha ganado una fama inmortal.» Los rojos anunciaron reiteradamente la rendición. El 27 de julio, cuando apenas empezaba la resistencia, el periódico madrileño La Voz titulaba su primera plana: «El Alcázar de Toledo se rindió definitivamente esta tarde a las dos.» Aquel definitivamente, que pretendía justificar los anuncios de rendición hechos anteriormente, se completaba con el «Por fin…» con que se comenzaba la información.
Entre las Fuerzas liberadoras se encontraba el teniente Miguel Moscardó, al mando de una sección del Tercer Tabor de Regulares de Ceuta.
El 30 de septiembre, el general Franco imponía la Laureada al coronel Moscardó entre las ruinas de la Academia. En su arenga a los sitiados daría la mejor respuesta a quienes pretendían hacer una campaña de simple técnica militar: «La liberación del Alcázar es lo que más he ambicionado en mi vida. Ahora, la guerra está ganada.»
Convertido el Alcázar en moderna epopeya y enjuiciado admirativamente por extranjeros voluntarios del Ejército republicano, un español, Antonio Vilanova, publica en Méjico: «La defensa del Alcázar de Toledo», cuyo resumen es nada más que éste: «No. No hubo heroicidad.» Bastaría esa frase para juzgar el intento, pero nos tienta reproducir otros tres párrafos: «La resistencia del Alcázar sólo puede ser calificada de miedo insuperable, temor a represalias, demencia, locura, sadismo, insensatez.» Otra: «¿Te imaginas, lector, la conquista de una fortaleza como el Alcázar a base de petardos tirados con hondas de cabrero? Pues así era de limitada e ingenua la fuerza militar miliciana de la República.» Y ésta: «La detención y fusilamiento de Luis Moscardó fue lo lógico y natural en aquellos momentos.»
El pobre Antonio Vilanova urde complicada trama para hacer suponer que Luis Moscardó pudo morir en el Cuartel de la Montaña; su argumento más sólido, una carta particular del comunista Luis Quintanilla, que había «paseado» a Eduardo Rodenas: «Hubo la sospecha de ser uno de los muertos Luis Moscardó en el Cuartel de la Montaña, del cual yo fui el jefe y leí las listas de los que estuvieron allí.» Quintanilla, que olvidó al parecer la sintaxis castellana, recuerda mal también sus intervenciones criminales.
Dos días después de salir del Alcázar, Moscardó toma el mando del sector de Sigüenza, que el 9 de octubre es conquistado por tropas del coronel García-Escámez. Curiosamente, allí los anarquistas intentaron repetir el episodio toledano, refugiándose en su catedral-fortaleza; pero a los cinco días salían vencidos con los brazos en alto. La bandera nacional fue colocada por un estudiante falangista de la Primera Centuria de Navarra, Ismael Herráiz. En el frente de Sigüenza moría el día 18 el tercero de los Pico, Luis María. El 21 del mes anterior había muerto su hermano Mariano, en Sopuerta.
LA POLÍTICA EN LAS DOS ZONAS
En la medida que la guerra se enmarañaba, militar y políticamente, la Junta de Burgos se encogía. La Falange funcionaba con autonomía, dirigida por Manuel Hedilla. Si la Junta era incapaz de regir los asuntos internos, menos aún podía afrontar los problemas internacionales. Por si fuera poco, su presidente, el general Cabanellas,
Suscitaba sospechas por su pasado masónico. Se decía en Burgos que su escolta ejercía sobre él más bien una prudente vigilancia.
Convocados por Franco, se reunieron el 21 de septiembre en un campo de aviación próximo a Salamanca los generales de la Junta más otros prestigiosos y acordaron, a propuesta de Kindelán, la creación de un mando único, con la abstención de Cabanellas. Siete días más tarde, en el mismo lugar, se acordó la aprobación de un proyecto de Decreto, del que fue discutidísimo su artículo 3.°, que decía: «La jerarquía de Generalísimo llevará anexa la función de Jefe de Estado; dependiendo del mismo, como tal, todas las actividades nacionales: políticas, económicas, sociales, culturales, etc.» Se oponían al otorgamiento de poderes de Jefe de Estado los generales Mola, Dávila, Ponte y Saliquet. Por fin, el día 1 de octubre, Franco juraba su jefatura en Burgos. Tenía cuarenta y cuatro años de edad; entonces aseguró: «Mi mano será firme, mi pulso no temblará»
Aun cuando el artículo 3.° también produjo inquietud en determinados falangistas, se consideraba una medida indispensable dentro de la situación planteada. Por añadidura, el día 28, había muerto el último pretendiente carlista por vía directa, don Alfonso Carlos.
Este primero de octubre, siete rectores de Universidad, todos nombrados por la República —Salamanca, Valladolid, Sevilla, Granada, Santiago, Zaragoza y La Laguna—,dirigen un telegrama a los delegados de Argentina, Uruguay y Portugal, en la Sociedad de Naciones, agradeciéndoles su reconocimiento de las razones de la España nacional. El primer firmante, don Miguel de Unamuno.
Se crea la Junta Técnica del Estado, con cierta contextura de gobierno; la presidió el general Fidel Dávila y desempeñó el Departamento de Cultura y Enseñanza José María Pemán.
Ya antes de su nombramiento, Franco había ganado, silenciosamente, batallas de política internacional decisivas. Movilizando diestramente conocimientos personales y los contrapuestos intereses que gravitaban desde el exterior sobre nuestra Patria, sorprendió a los rojos cuando, el 1 de agosto, el Gobierno francés del socialista León Blum proponía la «no intervención», política que equiparaba a los dos sectores contendientes. Aun así, tardaron muchos meses en darse cuenta de su error de creer que solamente los sublevados podían recibir ayuda de Alemania e Italia. Ni siquiera les previno el hecho de que, en 1936, Franco recibía de la Standard Oil 344.000 toneladas de gasolina y que, el 19 de julio, cinco petroleros de la Texaco cambiaron de rumbo para dirigirse a puertos nacionales. Nunca sospecharon que los camiones norteamericanos recibidos en la zona nacional fueron cuatro veces más que los enviados por el resto de quienes les apoyaban; ignoraron los créditos de la Banca Morgan y la seguridad del Ejército francés de mantener el Rif en calma; consideraron como una casualidad que el primer prisionero extranjero que luchaba en el Ejército nacional, caído en sus manos, fuese un aviador de New Jersey, y aún se extrañaron más tarde que en un bombardeo del puerto de Barcelona aparecieron trozos de bombas de fabricación americana. Cuando, antes de terminarse la guerra civil, el crucero inglés «Devonshire» se situó en Menorca, en apoyo de la rendición de la isla, y los Gobiernos francés y británico rompían sus relaciones diplomáticas con los rojos, ya no podían reaccionar.
Mientras tanto, Azaña, en actitud cada vez más pasiva, debió recordar las palabras de Franco en su despedida, cuando fue destinado a las Canarias para alejarle del núcleo político peninsular: «Donde yo esté no habrá comunismo.» En septiembre, Largo Caballero, el «Lenin español», sucede en la presidencia a Giral, en un Gobierno en el que figuraban dos ministros comunistas. Pese a todo, Largo Caballero se opuso a la reorganización de su Ejército siguiendo los planes del Partido Comunista, convencido que era el camino seguro para un asalto posterior al Poder de las huestes de «La Pasionaria». No obstante, se formaron unidades poderosas, equipadas con material ruso y mandadas por oficiales de dicha nacionalidad. «La aviación la dirigía un jefe ruso, aunque oficialmente había un español» 207. El jefe ruso era el general Smushkievich.
Dos meses después, Largo Caballero incorporó a su Gobierno a cuatro representantes de la C. N. T. con ello pretendía contrarrestar las presiones del Partido Comunista, que, hábilmente dirigido, especulaba con la ayuda material rusa y la indiscutible necesidad de articular un ejército disciplinado. La postura de los cenetistas de luchadores sin encuadramiento militar era insostenible; pero Largo Caballero quería defenderse con ellos de la política comunista iniciada, que innegablemente hubiera terminado poniendo el Estado en sus manos. El Partido Comunista organiza desde el comienzo, con Castro Delgado, el llamado V Regimiento, con cuatro batallones de choque, denominados «Comuna de París», «Leningrado», «Cronstadt» y «Madrid», sin control gubernamental. Con intención inversa, ocurría lo mismo en el territorio de Aragón y Cataluña, bajo dominio de los anarquistas de la F. A.I. No era descabellado ver en formación otra guerra civil.
EL CERCO DE OVIEDO
Con la obstinación revanchista del año 34, alcanzó punto ardiente la lucha por Oviedo. Desde el primer momento, el alzamiento asturiano adquirió un tinte acentuadamente dramático. El 18 de julio, la capital del Principado se vio invadida por más de tres mil milicianos con pistolas, fusiles y algunas ametralladoras, escondidas de la fracasada rebelión de octubre. Cuando el Gobernador civil consultó con el coronel Aranda sobre la conveniencia de formar una columna de mineros y enviarla a Madrid, comenzó a ser posible la sublevación. Con los mineros se alejó a los mandos militares republicanos y así, el 19, Aranda lanzaba su comunicado número 1:
«Yo, el coronel Aranda, tan vuestro, tan asturiano, tan amante de su Patria yla República, saludo a todos con emoción. Los que hemos hecho con anterioridad el sacrificio de nuestra vida por el honor de la República y por salvar la vuestra, tenemos que cumplir con nuestro deber para que, de una vez para siempre, termine la era de crímenes sin cuento.»
Era el comienzo de una lucha desesperada, que duró hasta el 19 de octubre, en la que contendieron 50.000 rojos contra 4.000 hombres sitiados. En el resumen técnico que hizo Aranda, se lee:
«La misma noche del 19 al 20 se procedía a armar al mayor número de personas que ofreciese garantía, pero la población no respondió, en parte por ser en gran medida izquierdista, y el resto por falta de decisión; únicamente actuó con energía, desde el primer momento, Falange Española, que proporcionó unos cuatrocientos hombres escogidos de seiscientos o setecientos afiliados.»
Allí estaban los estudiantes, armándose en el cuartel de Santa Clara, recordando las últimas palabras que José Antonio había pronunciado en Oviedo:
¡Que aquí en Asturias no hay puestos en la candidatura para nosotros !En primer lugar,
¿para qué se nos dice esto? Nosotros no íbamos mendigando puestos de nadie, y además, en segundo lugar, ¿qué lenguaje es éste? ¿Cómo osan decir que no hay puestos por los compromisos de los viejos electoreros? ¿Que no hay puestos para nosotros en la lucha electoral de Asturias? Ya los hubo para vosotros, para ti, Panizo, y para ti, Yela, cuando andabais días y noches a tiros en la calle de Jovellanos, y para ti, Inenarity, y para ti, Suárez Pola, cuando bajodos fuegos llevasteis las órdenes del puerto hasta el «Libertad», y para ti, Santiago López, que defendiste a Pravia, y para Montes y Germán, cuando dieron sus vidas generosas en Moreda. Entonces sí, cuando otros se escondían de casa en casa, huyendo de la quema, entonces sí, en aquella candidatura para la muerte, ¡camaradas!, os dejaron en blanco todos los puestos de la mayoría y de la minoría» .
Aislado de Oviedo, resistía en Gijón, de forma incomprensible, el Cuartel de Simancas, sublevado desde el18 de julio. Pero el día 20 de agosto, ardiendo por los cuatro costados, comunicaba al crucero «Cervera»: «El enemigo entra en el cuartel: tirad sobre nosotros.»
Los estudiantes de Gijón recibieron la orden de concentrarse en el cuartel de la Guardia Civil, rendido prematuramente por su comandante; aquello se consideró como una traición y, liberado Gijón, el jefe del puesto, que había conservado la vida, fue severamente juzgado por los tribunales militares nacionales. Abrieron la relación de caídos, en aquel pequeño Sindicato, José Ñuño González y Enrique Martínez.
En Oviedo, a mediados de septiembre, las bajas y la aparición de «pacos» en el casco de la población hacen necesaria la formación de una segunda línea, incorporándose otra centuria de falangistas. Los más destacados se encuadraron en la llamada Harca de Oviedo —la Jarea—, al mando del capitán Santiago. De la inicial formación quedaron al final diez hombres, muriendo todos los mandos, menos uno. Acudían a tapar los puestos de peligro y recuperaban las posiciones perdidas y de valor para continuar la resistencia. Adquirió especial relieve su defensa de la posición de Santa Ana de Abuli, donde murió uno de los Busto, mientras los otros tres hermanos luchaban en las demás unidades que defendían la capital asturiana. «El harca se dispersó al liquidarse el frente del Norte. Como la mayor parte eran chicos del S. E. U., fueron a parar a las Academias de Provisionales» .
En la última semana las dificultades llegaron a parecer insalvables; a los ataques incesantes hubo de responderse sacando de los hospitales a los heridos y enfermos utilizables de algún modo. La ciudad, destruida, carecía de agua, gas y luz eléctrica; los suministros nocturnos de víveres por aviones nacionales apenas solucionaban nada; una epidemia de tifus se unía a tantas calamidades. Los bombardeos de artillería y aviación eran continuos; en un solo día los aviones llegaron a arrojar 1.500 bombas. Los rojos comunicaban: «Conquistaremos el terreno palmo a palmo. Cada casa es una fortaleza.» Y la United Press decía desde zona enemiga: «Los huidos de la ciudad han declarado que los rebeldes están dispuestos a resistir hasta el último momento y, finalmente, volarán la ciudad sobre sus propios cadáveres.» El 15 de octubre, Aranda comunicó un dramático mensaje al General del Ejército del Norte: «Hemos cumplido con nuestro deber. Sólo nos resta morir como españoles.»
Pero el 17 de octubre las columnas gallegas, mandadas por Martín Alonso, rompen el cerco, y la ciudad mártir, después de un sobrecogedor silencio, canta enloquecida el Cara al Sol. Con los «mariscos» gallegos, formaban numerosos falangistas universitarios de Santiago yde los otros Sindicatos de Galicia con su jefe, Vázquez de Cal. Del ardor combativo de los estudiantes de Galicia habla bien alto sus escuadras de caídos en las fechas de la liberación de Oviedo. En ellas figuraban destacados seuístas, Rafael Gutiérrez Moyano, Paulino Martínez Valin yel jefe de la Escuela Normal de La Corana, Antonio Martínez Almoina.
Si consideramos la bien ganada fama de aguerridos que se concedía a los mineros asturianos, tendremos la justa proporción de la audaz defensa de la capital del Principado y del avance de las unidades gallegas, por un terreno accidentado. En esta marcha comenzó su entrenamiento hacia la Laureada un viejo seuísta, Rafael García Siso, que luchó en la ocupación de Villablino, Cangas de Narcea, Tineo, La Espina, Salas, Cornellana, en las operaciones hasta el kilómetro 246 en dirección a Cabruñana, toma Soto de los Infantes, para terminar en el sector Grado-Escamplero.
Sirva como resumen este trozo de un diario escrito durante el asedio:
«—Alguna novedad?
—No, mi general. El honor de comunicarle que en la Falange de Oviedo sólo quedamos poco más de cien hombres, restos de nuestras dos Banderas. Además la segunda línea sigue íntegra en vanguardia. Los Flechas,que también fueron voluntarios a los parapetos, se niegan a retirarse; a más de uno le hemos recogido totalmente agotado. Durante los últimos días hemos tenido más de 120 muertos. Del S. E. U. apenas quedan ya. Hemosperdido a casi todos los mandos. Mis camaradas están agotados. Están sin relevo desde el 19 de julio. Nadie se ha quejado ni se quejará; pero necesitamos un refuerzo. Pero si no llega, seguirán firmes nuestras posiciones.»
En la Universidad de Oviedo, bajo el recuerdo de sus ciento treinta caídos, se lee: «Cuna de estudiantes- soldados».
EN LA CIUDAD UNIVERSITARIA DE MADRID
En la zona nacional la vida se normalizaba hasta donde era compatible con la guerra. En los Institutos se reanudó la enseñanza y se sintió la necesidad de organizar el S.E.U. en las ciudades liberadas. La jefatura nacional se instaló en el 26 de la calle Meléndez de Salamanca, en donde también centraban sus actividades los Estudiantes Católicos, un viejo caserón con oscura y endeble escalera. Colaboraban con Fernández Cánepa, Alzaga, Avendano y Andones. Se convocó un Consejo Nacional, el tercero. Las sesiones comenzaron el 29 de octubre, dándose por concluidas el 31. Presidió Cánepa y todos coincidieron en fijar como misión primordial entregarse por entero al servicio de las Milicias o del Ejército, y de que las Jefaturas fueran desempeñadas por aquellos que las balas invalidaran para la guerra. Entre los temas tratados figuró la conducta de algunos Rectores y Gobernadores Civiles, quienes con el pretexto de un Decreto de la Junta de Burgos prohibiendo las organizaciones sindicales, ponían dificultades al desenvolvimiento del S. E. U. y aún más a la Central Obrera falangista. Se insistió en la sindicación única y obligatoria y se acordó dar más amplitud a las tareas femeninas.
En noviembre las tropas nacionales plantaron sus banderas en el Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria de Madrid . Con la centuria Campa llegaron a la Casa de Velázquez y Escuela de Ingenieros Agrónomos muchos universitarios sevillanos, con ellos Patricio González de Canales. Allí quedaría hasta el final la atrevida avanzada militar. En sus trincheras, las escuadras de estudiantes alcanzaron el doctorado en la muerte .
El fracaso de los nacionales para conquistar Madrid se debió en buena parte a que su escasa y gastada tropa se encontró con Brigadas Internacionales, bien armadas y con excelente moral. Destacaron entonces los nombresde dos generales comunistas, Kleber, a quien Rafael Alberti dedicó un poema, yLucas, que mandaba la 12 Brigada. Las Internacionales se organizaban bajo el mando del comunista francés André Marty, conocido como «el carnicero de Albacete», pues en dicha ciudad, donde se instruían, mandó fusilar, para establecer la disciplina, a docenas de voluntarios. Prácticamente no hubo estudiantes en las Brigadas Internacionales y cuando excepcionalmente se les menciona, se hace de forma imprecisa. Ni siquiera abundaban los jóvenes. Predominaban agentes de relieve en el comunismo .
No eran solamente mandos expertos y hombres de refresco los que defendían Madrid. «A los puertos españoles llegaban barcos con el pabellón de la hoz y el martillo, cargados de ropas, víveres, medicamentos, lubricantes, ¡y armas!» «A finales de octubre llegaron los primeros aviones.» «En ese mismo mes llegaron los primeros 50tanques.» En tierra, los combates fueron muy duros, el Batallón Thálmann, de alemanes comunistas, perdió en un solo día, en la Ciudad Universitaria, 300 hombres.
Mientras, en las filas nacionales no había, prácticamente, más extranjeros que los marroquíes de las unidades del Ejército de África.Los estudiantes,repartidos entre las distintas unidades, ocuparon su sitio en el Círculo que rodeaba buena parte de la capital, como los extremeños de «La Trinchera de la Muerte», en el barrio madrileño de Usera.
La posición vértice del Basurero, penetraba en las líneas enemigas ,y su enlace con el resto de las fuerzas se hacía a través de un camino batido de 800 metros, por el que sólo se podía circular de noche. Lo defendía una compañía del batallón de Las Navas, compuesta por fuerzas moras, al mando de un capitán; una mía de la Mehala, al mando de un teniente, y la tercera Centuria de la tercera Bandera expedicionaria de Cáceres, al mando del jefe del S. E. U. de Veterinaria Juan Antonio Sánchez Felipe, que, a su vez, era subjefe de la referida Bandera, en la que formaba una falange, la primera, compuesta en su totalidad por estudiantes.
Al amparo de una espesa niebla fue atacada la posición por un batallón rojo, en el que figuraban bastantes voceadores de periódicos, por lo que se llamaba del Vendedor. La escasa separación de las trincheras situó a los atacantes, en el primer asalto, en las líneas propias, ludiéndose cuerpo a cuerpo.
La 3.ª Bandera, aparte de defender su frente, tuvo que acudir en refuerzo de la Mehala, que en el primer asalto fue deshecha, y taponar la brecha abierta por el enemigo. El peso de la acción estuvo a cargo de la primera falange de estudiantes, de la que apenas seis o siete quedaron con vida.
En pleno combate se cantó el Cara al Sol, mezclándose sus estrofas con las descargas y las explosiones. José Fernández, jefe de la segunda falange, que murió en el combate, fue propuesto para una Laureada; Juan Antonio Sánchez Felipe, para la Medalla Militar, junto con José María Pizarro, también de Veterinaria.
De haber metido Franco por las calles madrileñas los doce mil soldados que formaban la base del Ejército, que se plantó a las puertas de la capital en una destructora y cruenta lucha, casa por casa, hubiera podido quedaren trance de una derrota definitiva. Ganaba, sí, coincidiendo con la llegada a la Ciudad Universitaria, los primeros reconocimientos oficiales de su Gobierno por dos naciones hispanas, El Salvador y Guatemala, y obligaba al Gobierno republicano a trasladarse a Valencia.
Se conoce ahora, contada por ellos mismos, la masiva ayuda rusa. Así se lee en «986 días de lucha»:
«Los voluntarios soviéticos que vinieron a España prestaron una ayuda inestimable con su experiencia, sus enseñanzas, su heroísmo ejemplar, a los mandos del Ejército Popular.
Entre esa pléyade de héroes desempeñaron un papel particularmente glorioso: Vóronov, Batov, Malinovski, Pávlov, Kuznietsov, Meretskov, Rodímtsev, Serov, Smush kiévich, Jolsunov, Mináev, caído en la defensa de Madrid, Góriev, Ptujin, Krivoshein, Emirnov, Nesterenko y muchos otros.
En su informe ante el XVIII Congreso del P. C. U. S. el mariscal y ministro de Defensa de la Unión Soviética. R. Malinovski, dijo, al referirse a la ayuda de los voluntarios soviéticos al pueblo español, que aquéllos desempeñaron un enorme papel… «como combatientes directos, auxiliares del mando republicano español y tomando parte en combates y operaciones».
Pero sería injusto dejar a las Brigadas Internacionales el mérito, en exclusiva, de la defensa de Madrid. En sus trincheras murieron valientemente anarquistas afiliados a las Juventudes Socialistas Unificadas y miles de campesinos, integrados en el 5.° Regimiento. Solamente como rasgo de humor puede estimarse la afirmación del italiano Nenni, comisario sin armas en nuestra guerra, cuando pretende hacer creer que los voluntarios italianos servían para dar moral, si ésta decaía, a las tropas republicanas españolas .
Por el sector madrileño de Brúñete actuó la II Centuria catalana de Falange, «Nuestra Señora de Montserrat». En ella se habían alistado muchos estudiantes evadidos de Cataluña. En esta unidad el buen humor inventó numerosos chistes, alusivos a la conquista de Madrid por los catalanes. Ya en Burgos, componentes de la I Centuria catalana, que habían actuado en el frente santanderino de Espinosa de los Monteros y que ayudaban a su paisano el general Dávila, pensaron enviar un telegrama a Companys, diciéndole: «Depón las armas. Burgos es nuestro.» Cuando la II Centuria entró en San Martín de Valdeiglesias se encontró con una bandera roja colocada en lo alto del pararrayos de la iglesia. El estudiante de Derecho de Barcelona José Martínez Mari, que estaba el 18 de julio en Santander, en la Universidad de Verano, de donde logró fugarse navegando entre continuos peligros hasta llegar a la zona nacional se presentó voluntario para atrapar la insignia roja. Tal bandera constituyó uno de los trofeos de la Centuria.
La trágica guerra no torció el humor estudiantil; los frentes no fueron nunca lugares tristes. «La fiel Infantería» es reflejo cabal de aquellos alegres y deslenguados soldados que se jugaban la vida para gritar subidos a las trincheras, mezclados con insultos, los comentarios más divertidos, como aquel «Anda, que nosotros por creer en Dios y vosotros por no creer, buena la hemos armado.» Las canciones no solían ser modelo de pulcritud, con frecuencia caían en joviales irreverencias:
Azaña se subió al cielo, cielo,
A pedir a Dios un duro, duro,
Y San Pedro le contesta, testa,
Anda y que te den…
Los diálogos de trinchera a trinchera fueron muy frecuentes; solamente hablaban las armas cuando enfrente había unidades con extranjeros.
Los posteriores ataques republicanos, centrados en las Brigadas Internacionales, no consiguieron aliviar ni siquiera la cuña nacional metida en la Universitaria; pero perdían las tropas de Franco la posibilidad de precipitar el final de la guerra y los rojos utilizarían como bandera propagandística la resistencia de Madrid.
QUINTA COLUMNA
Madrid era el punto de convergencia de cuatro columnas militares, a las que se añadiría una quinta unidad, cuyo cuartel general estaba en Ávila, bajo el mando del general Mola. Se dijo por «La Pasionaria» que dicho general, en una charla con varios periodistas, al preguntársele cuál de las cuatro columnas entraría la primera en la capital, contestó: «Ninguna de las cuatro; una quinta columna.» Pronto se identificó esa «quinta columna» como la formada por organizaciones clandestinas en el propio Madrid. La expresión fue utilizada como pretexto para montar un sangriento aparato de represión.
El primero en abandonar Madrid fue el presidente de la República, arrinconado por los acontecimientos. Al recibir en Montserrat la queja del Gobierno por su precipitado traslado, Azaña contestó: «Nadie puede censurarme por ser un espíritu analítico.» Cuando le imitaron sus ministros, algunos, al llegar a Tarancón, fueron detenidos por grupos de la C. N. T., que les amenazaron con fusilarlos, por lo que iniciaron el camino de regreso a la capital hasta el primer cruce de carreteras.
En la capital, tras la marcha del Gobierno, se formó una Junta de Defensa, presidida por el general Miaja. En aquel organismo asumió la conserjería de Guerra un comunista, Antonio Mije, y la de Orden Público, Santiago Carrillo, secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas. Sobre estas personas, y centrando la acción en el llamado «Quinto Regimiento», se hizo del terror un arte para dominar. El escritor ruso Koltsov confiesa en sus Memorias que él y Goriev, general soviético, recomendaron el exterminio de los presos . En realidad, las «sacas» carcelarias habían comenzado con el incendio de la Cárcel Modelo en agosto.
El 29 de octubre, aniversario del mitin de la Comedia, asesinaron a Ramiro Ledesma Ramos y Ramiro de Maeztu. En otra evacuación fue fusilado Alejandro Salazar, jefe nacional del S. E. U., fundador de la Falange de Almería, en donde sufrió la misma suerte su hermano Ricardo. Parecían pretender el exterminio de familias enteras. Asesinaban al padre y hermano de Gaceo, o en el caso del estudiante José Diez Guerrero, muerto junto con sus padres y tres hermanos más. Bastaba tener el apellido de cualquier «paseado» para considerarse próxima víctima. Una simple medalla, guardada en un bolsillo, constituía dato suficiente. Cuenta Castro Delgado, comandante de aquel siniestro Quinto Regimiento, que cuando algún colaborador escrupuloso le planteó que el método elegido llevaría a la muerte a muchos inocentes, le contestó: «No se trata de hacer justicia, sino de implantar el terror».
La renovada persecución dio lugar al ejemplar comportamiento de muchos diplomáticos extranjeros, que salvaron miles de vidas ampliando los locales de las Embajadas para poder alojar aquel torrente humano que huíade la muerte. Los impasibles ingleses no admitieron asilados en su Embajada. No faltaron diplomáticos miserables que organizaron un vil comercio, en el que a cada angustiado demandante de asilo se le ponía un precio.
Las «checas» operaron en algunos casos con datos estudiantiles concretos: Elias, uno de los bedeles de Negrín en el Laboratorio de Fisiología, había hecho en los últimos años una ficha política de cada alumno destacado políticamente que pasaban por aquella clase; en julio puso su fichero al servicio de la Dirección General de Seguridad. Elias, con la graduación de capitán, murió en los combates de la Ciudad Universitaria. En noviembre alcanzaron los asesinatos su cifra más alta. Antonio Fontán, del Sindicato de Derecho, moría el 30 de noviembre en la «saca» de la Cárcel de San Antón. Al día siguiente, los tres hermanos Pereda Fernández, Fernando, Félix y Manuel eran asesinados en la carretera de Fuencarral. Pero los que entonces morían habían escuchado ya las descargas de los fusiles nacionales y no dudaban de la victoria.
La famosa Quinta Columna era entonces una masa sin cohesión y carente de armamento; nada podía temer de ella el Ejército rojo.
La estimación republicana de considerar a los estudiantes como enemigos no se reducía a los universitarios.
El Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, y no fue una excepción, dio el 26 de noviembre esta nota:
«Se previene a los alumnos del Instituto menores de catorce años, que deseen ingresar o continuar sus estudios, que, aunque figuren en las listas con informe favorable —del Comité de Control—, necesitarán para poder efectuar la matrícula o sufrir examen presentar, en Secretaría, una certificación expedida por cualquier organización política o sindical que acredite que sus padres son personas afectas al Régimen.»
CONCLUSIÓN
Las batallas del Alcázar de Toledo, el cerco de Oviedo y los combates en Madrid representan algunos de los episodios más conocidos de la Guerra Civil española. En ellos participaron soldados profesionales, milicias y voluntarios procedentes de distintos ámbitos políticos y sociales.
Entre esos combatientes se encontraban numerosos falangistas y estudiantes del S.E.U., cuya participación refleja el papel que tuvieron las organizaciones juveniles y universitarias en los frentes del conflicto. Aquellos episodios se integraron posteriormente en la memoria histórica de la guerra y en la narrativa de ambos bandos sobre la dureza y el sacrificio de la contienda.
