De diversas formas y por parte de diversos políticos de la época, pero con un relato similar, es usual hacer referencia a las perspectivas que sobre el futuro tenía el propio Franco entrados los años setenta. Conocía perfectamente cuál era la posición de los EEUU ante el “día después” porque se la habían hecho llegar. ¿Asumió el Generalísimo, tardíamente, que su régimen desaparecería con él? Es difícil saberlo. Algunos autores, para sostener la imagen que quieren dar de Franco, anotan que no creía en las instituciones por él creadas, que eran un artificio. Es rigurosamente falso, entre otras razones porque eran instituciones vivas. Es probable que pensara que habría una continuidad con reformas; que algunas de las instituciones creadas, probablemente el modelo sindical, sobreviviría. Lo que iba a permanecer, sin lugar a dudas, era el Estado español creado realmente en su forma actual, con una administración moderna, en la época de Franco.
No debiera extrañar que Franco entendiera que se iban a producir transformaciones institucionales. No en vano, bajo su dirección, su régimen había cambiado mucho desde 1939. Sabemos que Juan Carlos le planteó en esa época la “apertura” en un tiempo en el que muchas de las rigideces de los cuarenta habían desaparecido. Desde el punto de vista individual los españoles eran en 1970 mucho más libres e iguales que en los años treinta gracias al cambio socioeconómico acelerado que se estaba produciendo: para ser realmente libre había que alcanzar ciertos niveles económicos y sociales, eso era lo que el régimen estaba consiguiendo y de ahí el incremento de los apoyos sociales a Franco. No solo el Príncipe le planteó a Franco este futuro de posibles cambios, aunque sin poder precisar a qué se referían. Las respuestas del Caudillo que nos han llegado en forma de testimonio fueron siempre muy parecidas: “Yo no, eso lo tendrá que hacer usted. Yo no puedo cambiar”. Franco, en sus discursos, había insistido en la participación de España en el proceso de integración europeo y eso pasaba, indefectiblemente según algunos, por adecuando el régimen político al modelo de la Europa Occidental. Aunque Franco esperaba, que como antaño, al final los pocos países que se oponían realmente a la entrada de España en la Europa del Mercado Común cedieran.
El 20 de diciembre de 1971 se anunciaba el compromiso de María del Carmen Martínez-Bordiú, la nieta favorita de Franco, y don Alfonso de Borbón, hijo del infante don Jaime, hijo a su vez de Alfonso XIII. El Caudillo emparentaba así con la Familia Real. Esto dio pábulo a los rumores, infundados en los movimientos políticos de quienes no habían aceptado en el propio régimen la designación de Juan Carlos, sobre la posibilidad de que Franco diera marcha atrás en su decisión e hiciera reyes a Alfonso y su nieta. Lo que nadie puede negar es que hubo muchas presiones indirectas en tal sentido, pero el Caudillo, pese a que se hable con poco fundamento de que por la edad cedía a las influencias de su entorno, no hizo el más mínimo gesto que pudiera dar pie a ello. Lo que sí es cierto es que desde diversos ámbitos, con errores por parte de Juan Carlos a la hora de abordar el trato que debería dársele a su primo, se procuró sembrar la desconfianza en el ánimo del Generalísimo.
En la Zarzuela saltaron todas las alarmas. Alfonso de Borbón era para muchos el recambio de Juan Carlos y contó con partidarios entre los sectores azules del régimen. Cuando Juan Carlos contrajo matrimonio con Sofía y hasta que decidieron instalarse en España, contando con la posibilidad de que no volvieran cediendo a las pretensiones del conde de Barcelona y su entorno, don Alfonso de Borbón jugó ese papel de candidato en la reserva, pese a que no había recibido ninguna educación especial para ello. Después don Alfonso estaría al lado de su primo en la aceptación de la designación para reforzar su posición frente a Estoril y recalcar que él era el elegido. A partir de ahí hubieron no pocos despropósitos con respecto a don Alfonso que después se han interpretado a nuestro juicio erróneamente.
Que Juan Carlos y Sofía se preocuparan o que fueran preocupados por su entorno no debe resultar extraño, dados los rumores que desde hacía tiempo se extendían por la prensa internacional sobre la vieja posibilidad de que Franco creara su propia dinastía. Nadie ha subrayado la importancia que en esta visión pudo tener el recuerdo de lo que se difundió en 1948 tras la aprobación de la Ley de Sucesión. En Francia se publicó que Franco especulaba con el sueño de los Bonaparte: instaurar una dinastía propia a través del matrimonio de su hija. En aquella época Juan Carlos y Carlos Hugo quedaban a la opinión pública descartados por ser muy jóvenes. Se habló de la posibilidad de un enlace con Carlos, duque de Habsburgo; con el duque de Veragua… Ya puestos también se especuló con que el elegido fuera el príncipe marroquí Muley el Mehdi. Según la prensa internacional sería la propia Carmen la que frustraría esos planes casándose en 1948 en secreto con “un joven médico madrileño” y renunciando “por amor al trono de Isabel la Católica”, lo que naturalmente se había ocultado al público. No fueron los únicos: cuando nació el primer nieto varón, que fue bautizado como Francisco y sus apellidos alterados para preservar el apellido Franco, volvieron los rumores sobre la posibilidad de que el Caudillo se dejara seducir por la opción napoleónica y acabara haciendo rey a su nieto.
Con estos insensatos antecedentes no puede ser ajeno al historiador el peso que en la época tuvo la rumorología, recogida y mantenida por no pocos autores vinculados a las revistas del corazón, con escaso sustento, que ha poblado la historiografía con rastros de presiones familiares sobre el Caudillo para que, llegado el caso, revocara su decisión en favor de la idea de crear una dinastía con su sangre. Ciñámonos al testimonio de la propia Carmen Franco cuando le preguntaron si su padre estuvo en algún momento dispuesto a variar su decisión: “Jamás, jamás. Eso no se le pasó por la cabeza. Lo que sí es cierto es que don Alfonso tenía una espina clavada con don Juan y sus seguidores, porque ni a él ni a su hermano don Gonzalo les consideraban infantes, ni príncipes ni nada, y les llamaban los ‘doños’. Por ello, don Alfonso insistió mucho en que se le concediera el título de Príncipe de Borbón o lo que fuera. A nosotros nos daba risa, no nos importaba nada, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a mí. Luego se hizo un decreto con el título de duques de Cádiz con tratamiento de alteza real para él y sus descendientes, que está fatalmente hecho”.
Igual opinión sostuvo en vida el propio Alfonso de Borbón: “no creo que [Franco] pensase jamás en cambiar de sucesor por el hecho de que yo me hubiera casado con su nieta; a quien llamó para que viniese a España a formarse fue a mi primo. No a mí. Yo nunca moví un dedo contra don Juan Carlos […] aquello de que intrigasen para hacerle mudar de opinión, era no conocer al Generalísimo. Eso falsea su figura histórica. Franco nunca fue un nepotista”. Pero ello no quiere decir que Juan Carlos no lo viera como un enemigo, apoyado por parte de la familia de Franco, pero de espaldas a este. Reflexionando muchos años después sobre los hechos, doña Sofía, indirectamente asumió que se equivocaron en el juicio y que aquel matrimonio llegaba tarde:
“Desde que yo estuve en España, la cuestión de que el sucesor iba a ser él y no su padre, porque Franco lo había descartado de modo tajante, ya estaba despejada. La única incógnita era el cuándo y el cómo y las reacciones de la designación a título de Rey. No teníamos estatus. No éramos nadie. Pero su situación ya era muy estable. Y, al margen de las intenciones que tuviera don Alfonso de Borbón, y a pesar de su boda con Carmencita, llegaba tarde”.
Ante la pregunta de si Franco pensó en algún momento en revocar su decisión: “No, nunca lo creí. Franco nunca se volvía atrás en sus decisiones”.
¿Qué pensó Franco con respecto al futuro en sus últimos años de vida, especialmente tras el asesinato del presidente del gobierno, almirante Luis Carrero Blanco? Ante un personaje como el Generalísimo resulta harto difícil al historiador trazar un esquema de su pensamiento en los últimos años de su gobierno. No contamos con ningún documento específico de este tiempo, al contrario de lo que sucede en otros momentos; quedan los gestos, muy significativos, y los siempre interesados testimonios de los primeros años de la Transición cuando, curiosamente, se buscaba el aval de la referencia a Franco para legitimar el proceso de cambio. Carecemos de fuentes básicas que permitan confirmar o negar las apreciaciones; sus discursos se habían reducido drásticamente. En ellos lo que sí era recurrente era la confianza en las instituciones que se habían creado y en el mantenimiento de la filosofía de los Principios Fundamentales. El cambio social, el desarrollo económico, la fusión social y humana de las “dos Españas” de la guerra, ya conseguida, eran la base real de aquella frase de “todo está atado y bien atado”. En el pensamiento del Caudillo el “cambio de guardia” se haría sin novedad, porque como era moneda común afirmar entonces: “después de Franco las instituciones”. Y entre esas instituciones siempre quedaba como salvaguarda el ejército.
Franco conocía perfectamente que la clase política de su régimen, ya harto heterogénea, al igual que las corrientes políticas y sociales o el entramado sociológico que le había apoyado durante décadas y que se había ido extendiendo, tenían sus propias opciones de cara al futuro inmediato. Él, a pesar de sus diferencias, había sabido mantener intactos esos apoyos durante 40 años; algo que sería más complicado para su sucesor. Ahora bien, teniendo presente el debate sobre las asociaciones políticas, que él dejaba postergado para que se virtualizara cuando abandonara la Jefatura del Estado, el historiador no puede por menos que estimar que asumía que esas asociaciones políticas se iban a transformar de facto en partidos, lo que acabaría diluyendo o transformando las elecciones que debían haber funcionado, como se preveía en la Ley Orgánica, décadas antes, para haber creado así una cultura política representativa en torno a ellas. La historia ya no podía volver atrás.
La fragmentación política del régimen en la España de 1973 era mucho más amplia que la tópica división entre inmovilistas y aperturistas, entre reformistas y continuistas entre los que estimaban que era posible un “franquismo sin Franco” y quienes consideraban que una vez desaparecido el Caudillo se debían implementar cambios para adecuar España al modelo de la Europa Occidental. Asumiendo esta realidad acabó perfilándose el modelo de asociaciones políticas dentro del Movimiento que debía de encauzar esas diversas opciones a finales de 1974.
No es elucubración afirmar que Franco seguía pensando en clave geopolítica y geoestratégica y no en clave de democracia/no democracia. A fin de cuentas entonces los regímenes democrático liberales eran pocos en el mundo y el bloque comunista no solo no mostraba fisuras sino que aún tenía fuerza expansiva. Evidentemente los países comunistas no eran y no son democráticos. A la altura de 1973, el Caudillo estimaba que lo fundamental era continuar con la transformación social y el desarrollo económico. De hecho, los planes de sus gobiernos tenían como objetivo alcanzar las metas que cerrarían la milagrosa transformación española en 1980. Es fácil deducir que el “último Franco” se trazó como objetivo guiar ese último cambio: dejar a su heredero los deberes hechos. Quizás, durante algunos meses, si atendemos a determinadas maniobras, a los intentos de revitalizar el Movimiento de la mano de Utrera Molina, tratara de blindar algunos elementos de su régimen para que pervivieran. Ahora bien, de acuerdo con el ordenamiento jurídico creado por él, tras su desaparición, ello iba a depender de las decisiones que tomara su clase política y la pieza clave de la arquitectura que era el Jefe del Estado; quizás pensara que aún le quedaba tiempo para asegurar la pervivencia en el futuro o al menos que ese cambio se hiciera de manera muy lenta. Difícil es saberlo.
En esa línea, atendiendo a su ideario y a la experiencia vivida, al tiempo político, hay que asumir que el Generalísimo no confiaba en que un sistema democrático liberal pudiera continuar con su obra y que no se produjera, como había sido habitual en la historia de España desde la Guerra de la Independencia, un brusco corte y un tener que volver a empezar recaminando lo ya andado. Ese era su temor, pero también el de una parte importante de la sociedad. En diversas ocasiones había manifestado que la democracia podía ser efectiva para unas naciones, como Inglaterra o EEUU, pero en otras como España no. Ahora bien, la generación del Príncipe y la siguiente, la que había hecho o estaba viviendo la modernización social, las transformaciones increíbles de la década prodigiosa, al ritmo del cambio socioeconómico, era cada vez más partidaria de que el régimen político, que a sí mismo se calificaba como democracia orgánica, continuara evolucionando. Recordemos, como referíamos unos párrafos más arriba, que de un modo u otro esa generación, empezando por el propio Príncipe, si seguimos los testimonios, por más que contengan interpretaciones interesadas, se lo planteó a Franco. Si seguimos las escasas revelaciones del propio Juan Carlos, el Caudillo ya asumía que se producirían cambios institucionales: “En eso no puedo ayudaros, alteza, porque vos sois muy diferente a mí y porque el mundo actual nada tiene que ver con el que yo conocí, así que gobernad según vuestro mejor criterio, pero sobre todo mantened la unidad de España”. Tanto Miguel Primo de Rivera como Adolfo Suárez hablaron con Franco sobre el futuro. Roberto Centeno ha revelado una versión más amplia de la que habitualmente se ha publicado de la conversación del Caudillo con Suárez. Habitualmente se indica que el Caudillo le dijo que habría que ganar la democracia para España. Centeno recoge un relato más amplio facilitado por Abril Martorell:
“—Oiga, Suárez, me dicen que usted cree firmemente que a mi muerte solo será posible la democracia, ¿es cierto?
—Así es, excelencia. Y no es que lo crea, es que no existe otra alternativa —respondió—.
Franco guardó silencio unos momentos y luego dijo:
—Es también lo que pienso y creo que he meditado mucho sobre ello, pero bueno, si ha de ser así, al menos procuren ustedes que ganen los nuestros.
Independientemente de la literalidad de las palabras, no deja de llamar la atención el diálogo, porque al iniciarse la Transición el proyecto impulsado por Juan Carlos era ese: crear un partido hegemónico con los mimbres heredados del Movimiento Nacional. Idea en la que comenzó a trabajar en 1974. Este sería la UCD que ganaría las dos primeras elecciones.
¿Por qué Franco retomó los poderes tras superar su enfermedad en 1974 y se sometió a un duro trabajo de recuperación, en vez de dejar pasar el tiempo o de retirarse como quería su hija, aun siendo consciente de que con ello acortaría su vida? Fue una decisión absolutamente personal de la que no tuvo nadie el menor aviso. Es posible que pensara que era inviable el gobierno del Príncipe con él en la retaguardia. Juan Carlos siempre estaría atado a esa presión. Cualquier decisión importante que se adoptara crearía una situación problemática que él, como militar, conocía muy bien: cuando un oficial bisoño llegaba al frente todos se volvían a los que tenían experiencia para ver si, aunque fuera con el gesto, rubricaban la orden. ¿Y si tuviera que desautorizarle? El propio Juan Carlos le había dicho que era imposible que hubiera en la práctica dos jefes del Estado. Quizás decidió que lo mejor para el heredero era que fuera eso, un sucesor. Es más, poco antes de sufrir la tromboflebitis que le llevaría al hospital en el verano de 1974, preparaba una entrevista para un periódico en la que, además de creer en la pervivencia del Movimiento Nacional, hablaba de la generación del Príncipe, de los nuevos españoles, de su importancia: “nunca se encontró un pueblo en mejores condiciones para entrar en el futuro. Tienen ustedes todos los medios. Lo demás está por hacer. De ustedes es ya toda la responsabilidad”.
Lo que era incuestionable es que Franco, un modernizador autoritario en la tesis de Fukuyama, había colocado a la sociedad española dentro de los márgenes socioeconómicos que permitirían dar paso a una democracia estable. La decisión de la mayor parte de su clase política, tanto de forma activa pero también como pasiva, fue realizar ese paso, recorrer ese camino. Algo en lo que me pude apoyar […] Yo heredé un país que había conocido cuarenta años de paz y que durante esos cuarenta años se formó una clase media poderosa y próspera, una clase que prácticamente no existía al final de la guerra civil. Una clase social que en poco tiempo se convirtió en la columna vertebral de mi país”.
Aunque parezca un contrase ntido la realidad histórica es que Franco, que por razones históricas no tenía fe en la democracia, había hecho posible la concreción de una democracia estable por vez primera en España.
Al mismo tiempo, es factible pensar que Franco, que conservaba toda su lucidez, estuviera dispuesto a realizar cambios para asegurar la pervivencia de lo fundamental de su régimen, de hecho así se lo indicó a Utrera Molina: “no soy un dictador que se aferra a no perder prerrogativas, pero no es la primera vez que España me pide mi sacrificio. Pasado un tiempo prudencial y hechas las rectificaciones que creo inaplazables, reconsideraré mi posición. Le pido sea discreto y que no se comente lo que acabo de decirle”. Pero el tiempo se le estaba agotando y al historiador no le queda más que el camino de la especulación.
Aunque no se ha subrayado es más que probable que el debate sobre los caminos del futuro, la presión sobre el qué hacer, el enfrentamiento de cara al mañana que era evidente entre la clase política de su régimen, contribuyeran al infarto que Franco sufrió en la noche del 15 de octubre de 1975. Durante la larga enfermedad posterior Juan Carlos y Sofía acudirían repetidamente a interesarse por su salud. Según testimonio del entonces aún Príncipe de España, en la última conversación que sostuvo con el Caudillo, tras manifestarle que aguardaría y que no asumiría las funciones de Jefe del Estado hasta ver si se recuperaba, Franco le dijo: “No, no…”. Después, le cogió las manos con esfuerzo para pedirle: “Alteza, prométame que pase lo que pase mantendrá siempre la unidad de España”. Juan Carlos contestó: “Se lo prometo, mi general”. En 2016, poco antes de su abdicación, al rememorar aquellos momentos el rey diría: “No me dijo: haz una cosa u otra; no, la unidad de España, lo demás… si lo piensas, significa muchas cosas”.
“La última vez que le vi ya no se encontraba en estado de hablar. La última frase coherente que salió de su boca, cuando ya se hallaba prácticamente en la agonía, es la que he mencionado ya, referida a la unidad de España. Más que sus palabras, lo que me sorprendió sobre todo fue la fuerza con que sus manos apretaron las mías para decirme que lo único que me pedía era que preservara la unidad de España. La fuerza de sus manos y la intensidad de su mirada. Era muy impresionante. La unidad de España era su obsesión. Franco era un militar para quien había cosas con las que no se podía bromear. La unidad de España era una de ellas”.
Juan Carlos ignoraba que el 18 de octubre, pese a que debía de guardar reposo, Franco se había encerrado en su despacho para redactar su testamento, una “última orden”. En esos momentos, dado el contenido del mensaje, era evidente que el Caudillo sabía que su régimen moría con él. Su hija Carmen sería la única en conocer sus palabras y ella le sugirió que la referencia al rey fuera nominal: “Por el amor que siento por nuestra Patria mis pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo y colaboración que de vosotros he tenido”. Eran casi un cheque en blanco para el futuro.
Tanto Juan Carlos como Sofía entendieron el valor de aquellas frases que estaban por encima del ordenamiento jurídico vigente. Décadas después doña Sofía explicaría: “en la situación aquella ese documento fue clave, porque en uno de los párrafos el Caudillo decía que los españoles debían ponerse al lado del nuevo Rey”. Y más aún porque era transmitido por la propia hija del Generalísimo. Agradeció la decisión de Carmen Franco a la que se refirió en 2018 como una “gran señora” por la que sintió “admiración y afecto”. Aquella frase era una orden para el ejército de Franco. El propio Juan Carlos lo reconocía muchos años después: “en los días que siguieron a la muerte de Franco, el ejército hubiera podido hacer lo que le diera la gana. Pero obedeció al Rey. Y seamos claros, le obedeció porque yo había sido nombrado por Franco, y en el ejército las órdenes de Franco, incluso después de muerto, no se discutían”. Y esa fue la clave, que el Príncipe era el heredero del Caudillo.
La despedida del rey
En noviembre de 1975 el ya rey de España le dijo a doña Carmen que ellos habían sido como sus padres. Unos meses después le decía al marqués de Villaverde: “Todo lo que soy se lo debo a él”.
Desde el primer momento Juan Carlos dejó claro su afecto por Franco, aunque se dispusiera a cambiar el régimen político. Al historiador no le queda duda de que admiraba al Generalísimo. En 1966, en unas declaraciones realizadas al periódico de los sindicatos, Pueblo, afirmaba: “Tengo sincera admiración por el Caudillo. Es un gran militar. Ganó la guerra, salvando dificultades numerosas, y supo librar a España de la Segunda Guerra Mundial… planteó la paz con los resultados que todos conocemos y estoy seguro de que la historia de España le guarda un lugar de excepción. Su tranquilidad en la adversidad, su amor a la Patria, su clara visión de estadista tienen que ser reconocidos por todos”. Al dirigirse a las Cortes, tras jurar por segunda vez los Principios del Movimiento y Leyes Fundamentales del Reino, rindió un sentido homenaje al Caudillo:
“Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón en el acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España no podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio.
Yo sé bien que los españoles comprenden mis sentimientos en estos momentos. Pero el cumplimiento del deber está por encima de cualquier circunstancia”.
Unos meses después, ante las cámaras de televisión, explicaba:
“El año que finaliza nos ha dejado un sello de tristeza que ha tenido como centro la enfermedad y la pérdida del que fue durante tantos años nuestro Generalísimo. El testamento ofrecido al pueblo español es sin duda un documento histórico que refleja las enormes cualidades humanas y los sentimientos llenos de patriotismo sobre los que quiso asentar toda su actuación al frente de nuestra nación”.
En 1976 hubo en España conmemoración oficial en el primer aniversario de la muerte de Franco. El acto principal, con presencia de Su Majestad Juan Carlos I, tuvo lugar en el Valle de los Caídos, rindiendo honores un batallón de los 3 ejércitos. Acababa de debatirse la última de las Leyes Fundamentales, la Ley para la Reforma Política. Al Valle de los Caídos acudía junto al rey el gobierno, entonces presidido por Adolfo Suárez. Los actos se sucedieron en toda España. Por poner un ejemplo, en El Ferrol del Caudillo el Ayuntamiento organizó una ofrenda floral ante la estatua del Generalísimo y una misa en la catedral.
Seis meses antes, se presentaba en Madrid el proyecto para constituir la Fundación Nacional Francisco Franco. En su primer acto público, su vicepresidente, el ex ministro Joaquín Gutiérrez Cano afirmó que la Fundación “No tiene ningún propósito político concreto”. En la prensa se insertó en esos días un llamamiento al pueblo español avalado por conocidas firmas para impulsar la FNFF. Entre los firmantes estaban los ex ministros: Pedro González-Bueno, José Luis de Arrese, Blas Pérez González, Raimundo Fernández Cuesta, José Antonio Girón de Velasco, Alberto Martín Artajo, Francisco Benjumea, Licinio de la Fuente, Gonzalo Fernández de la Mora, José Solís, Villar Palasí, Emilio Lamo de Espinosa, Cruz Martínez Esteruelas, León Herrera Esteban, Enrique García Ramal, Rafael Cabello Alba, Tomás Allende García-Baxter, Gregorio López Bravo, Laureano López Rodó, José Utrera Molina, Julio Rodríguez, Rafael Cabello Alba, Francisco Ruiz Jarabo; militares de alta graduación: Alfonso Pérez Viñeta, Tomás García Rebull, Pedro Nieto Antúnez, Juan Castañón de Mena, Carlos Iniesta Cano, Gabriel Pita da Veiga, Fernando Santiago y Díaz de Mendivil, Francisco Coloma Gallegos, Jaime Milans del Bosch y las viudas de los generales Moscardó y Varela junto a la del almirante Luis Carrero Blanco; políticos como: Blas Piñar, Pilar Primo de Rivera, Miguel Primo de Rivera, Federico Trillo-Figueroa, Agustín Aznar, Carlos Robles Piquer, José Luis Zamanillo; personalidades diversas como: el escultor Juan de Ávalos, monseñor Guerra Campos, Alfonso Fierro, Álvaro Domecq, el presidente de La Vanguardia Carlos Godó, el escritor Alfonso Paso…
Ese mismo mes de mayo, el rey recibía en audiencia en la Zarzuela a la Junta Directiva de la Fundación encabezada por su presidenta Carmen Franco (su madre también lo era), Joaquín Gutiérrez Cano, el teniente general Galera Paniagua y el diplomático Velo de Antelo. La hija del Caudillo hizo entrega al rey de la medalla de oro de la Fundación. En su discurso Gutiérrez Cano habló de la “necesidad de poner fin a la campaña de descrédito, insultos y falsedades sobre Franco”. Juan Carlos I contestó: “no es bueno, ni las leyes vigentes en España, ni en cualquier Estado, permiten que se ofenda a las memorias de sus Jefes de Estado, ni de sus reyes”.
En 1977 ya no hubo misa oficial, pero sí una celebrada en el palacio de la Zarzuela con asistencia de los reyes, el príncipe Felipe y miembros del personal civil y militar. Según se ha dicho, este oficio se mantuvo algunos años más. Mientras, en los acuartelamientos militares se celebraron misas de difuntos por Francisco Franco; actos a los que la asistencia era voluntaria.
