Santiago Araúz de Robles (Molina de Aragón, Guadalajara, 1936) es un raro ejemplo de constancia literaria y variedad estilística. Jurista ilustrado que ha sabido mantener en paralelo su pasión creativa y su vida laboral, de la fecundidad de su talento plural dan fe cerca de una treintena de libros de poesía, narrativa, teatro y ensayo, y los numerosos premios literarios que ha recibido, desde el Ámbito Literario de poesía la Hucha de Oro de relatos, entre otros.
Un nuevo volumen, presentado en la reciente Feria del Libro de Madrid, ejemplifica la diversidad genérica del autor, pues reúne una obra teatral, El hombre en la isla, y una novela, La agonía florida de Carlos Brito, que recibió en 1983 el prestigioso Premio Tigre Juan. Dos muestras de un estilo culto, discursivo, de léxico rico y preciso, que revela una aguda capacidad para manejar las referencias históricas.
El hombre en la isla recrea los últimos días de Napoleón en Santa Elena acompañado por Jacques, hombre de confianza y confidente, y «vigilado» por Hudson Lowe, gobernador de la isla. El titán que dominó Europa evoca episodios de su pasado, muestra sus temores y sus cansancios, y medita sobre la condición cíclica de la historia y la naturaleza del poder. Una rutina final a la que pone un punto de inflexión la visita de Alejandro Waleski, fruto de la relación que el emperador mantuvo con la bella aristócrata polaca María Waleska.
También contiene, aunque desde otras perspectivas, una reflexión sobre el poder y la pérdida La agonía florida de Carlos Brito, que narra el largo periplo de un limpiabotas henchido de idealismo por un país sudamericano que tal vez sea Colombia; el objetivo del optimista andariego es mediar en un inagotable conflicto entre patrones y mineros.
El hombre en la isla / La agonía florida de Carlos… Santiago Araúz de Robles decía Gregorio Marañón que, cuando hablaba con Concha Espina (1869-1955), le parecía hallarse ante «la envoltura delicada de una gran novela que nadie ha escrito todavía». Aquella novela se inicia en el pueblo cántabro de Mazcuerras, entre el mar y la montaña. Hija de comerciantes, se educó siempre en su casa, sin asistir nunca a colegios ni universidades. Y se casó, siendo todavía una adolescente de fina nariz recta y grandes ojos un poco adormilados, con un hombre que habría de hacerla muy infeliz. A la postre, se separará de su marido, haciéndose cargo de sus hijos, entre quienes se contaba el también escritor Víctor de la Serna. En 1909 se estrena como novelista con La niña de Luzmela, ambientada en su Mazcuerras natal (que, por decreto gubernativo, pasará años más tarde a llamarse Luzmela).
Retratos femeninos
Coetánea del 98, Concha Espina pertenece estéticamente a la promoción literaria de Ayala y Miró. En 1914 publica una novela que se convertirá en su éxito más sonado, La esfinge maragata (recientemente reeditada por Tantín), una obra que formalmente aún respira el aire del modernismo y, sin embargo, está llena de inquietud social y penetración psicológica, con retratos femeninos incisivos y turbadores. A La esfinge maragata seguirán otros títulos como Al amor de las estrellas (1916), una evocación de las mujeres del Quijote llena de finura y donaire, y, sobre todo, El metal de los muertos (1920), una admirable narración social ambientada en las minas de Riotinto.
Su popularidad llegó a ser tanta que en 1927 le dedican, por suscripción popular, una estatua de Victorio Macho, en los santanderinos jardines de Pereda, que fueron inaugura Concha Espina, escribiendo en su despacho en una foto de los años 30 dos por los Reyes. En aquella ocasión, Concha Espina depositó al pie del monumento un cofre en el que había guardado algún testimonio de contenido muy delicado, con la petición de que fuese desenterrado a los setenta años de su muerte. Pero, en una reforma del parque, cambiaron el monumento de emplazamiento, y alguna excavadora municipal y espesa trituró el cofre, haciendo añicos para siempre aquel secreto.
Con el advenimiento de la Segunda República, que la envía en misión cultural a América, Concha Espina participa, con Pío Baroja o Manuel Machado, en la fundación de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Pero en 1936 – tal vez por influencia de su hijo Víctor– se afilia a la Sección Femenina.
A Concha Espina la guerra la sorprende en su casona solariega de Luzmela, donde habría de soportar diversos saqueos y vejaciones que contaría con serenidad y fina ironía en su interesantísima novela Retaguardia (1937), cuyas cuartillas guardaba en una cajita de plomo, en un pequeño foso excavado en el jardín de su casona, a la sombra de las araucarias. Curiosamente, serán sus hijos Luis y Víctor de la Serna los encargados de liberar el pueblo, al frente de las tropas nacionales. Víctor contará luego que, durante todo su cautiverio domiciliario, su madre llevó al cuello una medalla de Santa Casilda, a cuyo dorso estaban grabados el yugo y las flechas de la Falange. Por detalles así, el feminismo sectario ha negado el pan y la sal a Concha Espina, mientras exhuma y vitorea a escritorzuelas ínfimas.
Mirada al interior
El hambre, el miedo y el frío que pasó hasta la liberación de su pueblo la dejaron ciega; pero, aun entre tinieblas, siguió escribiendo incansablemente, ayudándose de una plantilla. Aquellos ojos que tanto sabían de vigilias y horizontes, que tanto habían mirado la montaña y el mar, se volvieron desde entonces hacia su mundo interior. Concha Espina escribiría todavía novelas muy valiosas, como El más fuerte (1945), una historia de pasiones oscuras y misteriosos atavismos, o Un valle en el mar (1949), donde cantó el mar de su bahía santanderina y a las almas de sus ribereños del Sur. Y dedicaría sendos libros a dilucidar el amor senil de Antonio Machado por Pilar de Valderrama y el amor juvenil de Menéndez Pelayo por Conchita Pintado.
Moriría en Madrid un 19 de mayo, como don Marcelino. Tres días antes de hacerlo, todavía tuvo fuerzas para mandar un artículo a ABC, acompañado de un tarjetón en el que escribió, con admirable modestia: «Les agradeceré que lo publiquen cuando buenamente puedan y tengan espacio». En su agonía la asistió otro ilustre colaborador de este periódico, el padre Félix García. Antes de expirar, preguntó si estaba bonita su ciudad natal, con las glicinas florecidas; bebió como todos los días una copa de champán; pidió que le pusieran sus pendientes y la peinaran para estar arreglada antes de entregar su alma a Dios; y aseguró que sentía dentro de sí una paz maravillosa. Según deseo propio, fue amortajada con un sencillo hábito de la Virgen de los Dolores, descalzos los pies y entre las manos un crucifijo.
