Cuando Franco hacía alusión al rechazo del régimen tanto al marxismo como al capitalismo estaba exponiendo como alternativa a aquel modelo, otro articulado por medio de la regulación estatal y del arbitraje de la Organización Sindical sobre la economía liberal,[i] si bien se puede afirmar que el Fuero del Trabajo compaginaba la fe en el capital y a la vez reaccionaba contra un capitalismo que no se definía de forma radicalmente clara como cabría esperar de la carta magna de la política social del régimen.[ii]
No se queda atrás el ministro Girón a la hora de lanzar su peculiar diatriba contra el liberalismo. Para Girón, la Falange nacía con el objetivo de romper un ideal de vicio y perversión con el que el liberalismo había mantenido maniatado al trabajador español desde la entrada de este virus foráneo imposible de adscribir a la católica tradición española:
“… el liberalismo económico, criatura de la Revolución francesa, había obtenido una amplia cosecha de retórica formalista, y, junto a ella, el espejismo, atractivo, ¡qué duda cabe!, de la libertad y la igualdad. Pero la libertad y la igualdad son conceptos de grueso calibre que, más allá de la encendida o exquisita retórica, no sirven para nada si el hombre no puede aspirar a ellos en igualdad de condiciones con los demás hombres”.[iii]
Y es que, según el peculiar punto de vista de Girón de Velasco, el capitalismo dejaba fuera de la solución de los conflictos laborales a los verdaderos protagonistas del enfrentamiento: el empresario y el trabajador (en ambos casos, el productor, en la terminología del régimen). “El liberalismo capitalista, tan celoso del establecimiento de leyes y códigos, quería libertad para hacer lo que le diera la gana y además tener a su servicio el aparato represivo y la fuerza material”, afirmaba Girón.[iv]
Por otro lado, el capital era considerado, desde la promulgación de la carta magna del franquismo social, como un instrumento de la producción; pero un elemento más, sin superioridad alguna sobre los restantes. El dinero tenía una función social fundamentalmente y esta era incompatible con el sentido que le concedía el capitalismo “que considera al hombre como un elemento de producción y de consumo, al que se estimula con los bramidos de la publicidad para que cumpla su ciclo, inexorablemente, en servicio de la economía”.[v]
La persistente lucha contra el comunismo en el mundo del trabajo.
Girón no perdona al marxismo imperante en la II República la persecución a la religiosidad del pueblo español y el hostigamiento a la Iglesia católica. Pese a ello, Girón en sus memorias hace gala de una tardía tolerancia con el comunismo impropia de aquel que en el puerto de los Leones se batía contra las hordas marxistas para defender valores que, como la familia, habían vertebrado secularmente España, de lo cual surgía la necesidad de reeducar y socializar de nuevo a los adolescentes y niños adormecidos por los valores de la anti-España.[vi] En las mencionadas memorias, el autor proyecta una imagen de sí mismo muy condescendiente con los restos del comunismo existente en la España franquista:
“… En el segundo viaje a Cuenca… volví a reunirme con ellos. Fueron más. Observé tres cosas; así, al primer golpe de vista: que había crecido, como digo, el número de interlocutores, que había satisfacción en algunas caras y rasgos evidentes de mala leche en otras y que entre los concurrentes, por si volvíamos a echar pulsos, habían metido de rondón alguno que ellos suponían invencible. De pronto levanta un tío la mano y me dice:
– ¡Oiga! Quiero decirle que yo soy comunista.
– Lo siento por usted: se ha equivocado de camino, si es que espera algo del comunismo.
El hombre se quedó como desarmado. Lo mismo pensó que iba a llamar a la Guardia Civil. Así que le dije:
“- ¡Siéntese, hombre! Vamos a ver qué propuesta me trae usted mientras llegan los suyos, ¡que eso va para rato!”[vii]
Esta versión amable y tolerante sobre el marxismo se complementaba con un temor iracundo contra las fuerzas del comunismo e incluso contra las que, encubiertas por libertades y prácticas democráticas, tenían por objeto potenciar la penetración de ese virus en los centros de trabajo españoles. En octubre de 1940, ocupada Francia por las tropas alemanas, existía en el Ministerio de Trabajo un gran temor a la actividad de los servicios de inteligencia británicos infiltrados entre los trabajadores españoles, y lo que es más grave, en la estructura productiva o energética estratégica del país. Con fecha 29 de octubre de 1940, el ministro de Trabajo González Bueno ponía en conocimiento del jefe del Estado las negativas consecuencias que a través de la empresa La Canadiense (Riegos y Fuerza del Ebro, SA) se estaban produciendo a nivel de aprovisionamiento energético en una zona tan estratégica como Cataluña.[viii] “Al amparo de esta Sociedad, se ha venido ejerciendo, por los ingleses adscritos a la misma, en forma encubierta, servicios de información a favor de la Gran Bretaña… que se han acentuado considerablemente en estos últimos tiempos… por parte del British Intellingence Service, cuyo principal órgano directivo radica en dicha Empresa”,[ix] se afirmaba en el mencionado informe. La principal preocupación de las autoridades encargadas de controlar a la masa laboral radicaba en el hecho de que, supuestamente, esta empresa poseía entre sus miembros elementos agitadores e informadores de todas clases, reclutados entre los empleados de aquella empresa o de otras, e incluso de destacados miembros de organismos oficiales (concretamente de las jerarquías de FET y de las JONS). Se refieren a sujetos, en definitiva, que “desenvuelven sus actividades ordinarias en las altas esferas de la política y las finanzas, siendo conceptuados, por tratarse de personas de derechas, como incapaces de cometer atentados contra el régimen del Nuevo Estado Español”.[x]
Ahora bien, lo verdaderamente preocupante de las supuestas actividades de espionaje y alteración del orden social de los británicos por medio de La Canadiense era el hecho de que se albergara y se cobijara en su seno, con objetivos no confesables, a “elementos de marcada tendencia marxista y separatista” cuyos objetivos habían de ser la desestabilización del régimen franquista por medio de la alteración del orden en el caso de una posible ruptura de relaciones con la Gran Bretaña:
“Se tienen referencias, de fuente autorizada, de que en un momento determinado, que muy bien pudiera ser el de una posible ruptura de relaciones de España con Inglaterra, se proponen los elementos técnicos extranjeros que se hallan al frente de todas las instalaciones vitales de las centrales y fábricas, ayudados por el numeroso personal de tendencia marxista y separatista que trabaja en la compañía, la realización de actos de sabotaje, para la inutilización de las mismas, lo que supondría un enorme perjuicio para nuestra potencia militar y económica. Se sabe incluso que en las centrales de producción de energía en las que, durante el dominio rojo, situaron cargas explosivas con el fin de volarlas, a la llegada de las tropas nacionales, piensan establecerlas de nuevo en la misma forma, para llegar al fin que entonces no lograron”.[xi]
La parafernalia anticomunista del franquismo en relación a estos supuestos elementos marxistas ponía de manifiesta su participación en oscuras operaciones financieras o su participación en la difusión de folletos redactados en español en los que se hacía propaganda en favor de Inglaterra. Sí se puede afirmar que aparecen en el informe al que nos referimos tres nombres de renombrada importancia dentro del catalanismo. Nos referimos a Joaquín Maluquer Nicolau, hijo de Juan Maluquer y Viladot y a Diego Montaner Castaño, hermano de Antonio Montaner (miembro del Partido Radical), alto grado de la masonería. Otro destacado miembro del catalanismo que aparecía citado era Francisco Cambó. Aparentemente, el antiguo dirigente de la Lliga Regionalista de Cataluña había tomado parte en la operación de venta que La Canadiense estaba intentando llevar a cabo con la Societe Financiera de Transports et Entreprisses (SOFINA) como parecía, a raíz de sus asiduos viajes de Bruselas a Portugal:
“La intervención de Cambó en ese asunto está justificada por tratarse de uno de los primates de la CHADE, que como es sabido es filial de la antedicha SOFINA, teniéndose conocimiento, incluso, de que él mismo redactó la escritura de compra-venta, cuyo documento, dadas las excepcionales condiciones técnicas, financieras y políticas que concurren en su realización, es al decir de los enterados, un verdadero modelo tanto jurídico como de sagacidad en el fin perseguido”.[xii]
El marxismo, denostado por Girón, perdía en el marco del Estado nacional-sindicalista promovido por el ministro de Trabajo, su principal arma: la huelga. En esta visión apocalíptica de una España agobiada por los ataques del marxismo, este representaba la máxima amenaza para el régimen y para su obra. El falangismo de Girón lucharía contra él, tanto desde el ámbito normativo como desde la acción directa. La ofensiva contra el maquis tuvo como protagonistas no solo a las fuerzas de seguridad del Estado sino también a voluntarios falangistas para operaciones especiales que recibían los elogios del león de Fuengirola y de periodistas afines:
“Tiempo adelante, el excelente periodista y escritor Emilio Romero ganaría el Premio Planeta con La paz empieza nunca, en la que relata la impresionante intervención de un grupo de falangistas voluntarios y de guardias civiles en una de las operaciones definitivas contra el hostigamiento que el marxismo se empeñaba en mantener a la paz de España. Lo que probablemente no sabían los maquis ni los marxistas, ni la resaca de la revolución y las guerras que se unieron a la condena de la ONU para llevarla hasta sus últimas consecuencias, fue que por aquellos años Franco dio cuenta al Consejo de Ministros de una oferta de Stalin al jefe del Estado español para establecer relaciones con España. Solicitaba un determinado número de consulados, previstos estratégicamente, y, a cambio ponía en manos de Franco la ¡liquidación física, el exterminio! de cuantos comunistas estorbasen. Este hombre -dijo el Caudillo en el Consejo- no sabe que para nosotros antes que comunistas son españoles”.[xiii]
En este esquema maniqueo en el que el marxismo venía a materializar las esencias del maligno sobre las superficie de la católica España el propio Girón se atribuye una perspicacia poco común cuando afirma que, estando en Roma para la canonización de Pío X, tuvo el detalle de informar al futuro Pablo VI (cardenal Montini por entonces) de los peligros que suponía para la Iglesia católica española (concretamente por medio de la HOAC) la entrada de elementos marxistas más o menos camuflados y de las consecuencias negativas que ello supondría para un régimen que tenía en la Iglesia católica a uno de sus principales apoyos.[xiv] Esta misma paranoia antimarxista provocó que algunos acusaran a Girón al mismo de socialista. Bajo el punto de vista de ministro de Trabajo, su labor debía estar presidida por el deseo de ir más allá de los objetivos propuestos por el socialismo, “imprimiendo en ellos una visión cristiana que no podía ignorar todos los valores espirituales del hombre”.[xv] Para él, las instituciones asistenciales del socialismo pecaban de defectos similares a los criticados en los Estados capitalistas. “Como en tantas cosas el capitalismo y el socialismo vienen a coincidir en este extremo”,[xvi] afirmaba Girón en su diatriba contra el comunismo.
La lucha contra el marxismo y contra su infiltración en las fábricas y talleres españoles carcomía la mente del ministro de Trabajo. El marxismo y su infiltración en el ámbito laboral español eran el enemigo a batir. El proyecto para la creación de la Sección E[xvii] enmarcada en el Frente Social del Ministerio de Trabajo, fechado a finales de agosto de 1943, da cuenta de ello. La guerra contra el marxismo no tenía lugar exclusivamente en el campo de batalla; en las factorías y en las empresas españolas la confrontación no había terminado, sobre todo en estos momentos de la II Guerra Mundial en que el gigante alemán había comenzado a declinar y la conflagración mundial se inclinaba cada vez más claramente a favor de los aliados. Entre enero y febrero de 1943 las tropas alemanas eran masacradas en Stalingrado; entre el 10 de julio y el 17 de agosto del mismo año los norteamericanos controlaban la isla de Sicilia; el 25 de julio Víctor Manuel III destituía a Mussolini y lo detenía a petición del Gran Consejo Fascista, etc. En este contexto, se erguía más poderoso que nunca el fantasma del comunismo internacional acechando en las fronteras de España y, cuando no, trabajando como una quinta columna en el interior del país en sus fábricas, en sus talleres, en sus mercados o en sus tabernas.
El régimen tenía miedo de lo que pudiera suceder sin el apoyo de sus aliados alemanes e italianos. De aquí parte el proyecto de la Sección E que pasó por las manos del subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco.[xviii] No bastaba únicamente con la represión policial contra los elementos infiltrados en el territorio nacional; era necesario combatir individualmente la penetración de unos elementos foráneos que inculcaban en las masas trabajadoras el virus del marxismo.
Enmarcado en el Frente Social, cuyo objetivo era la defensa de los principios falangistas del régimen, se partía de la necesidad de fomentar la adhesión de las masas obreras en un momento en que se constataba el derrumbe efectivo de los ejércitos alemanes en Rusia. En este contexto se buscaba a toda costa despertar la excitación en favor de la patria y, por otro lado, defenderla de los elementos que pudieran perturbar el orden laboral y la paz social. La incorporación de las masas obreras a la fe del falangismo era el mecanismo por el cual se pretendía conseguir esa ansiada paz social, de lo cual se deduce la ausencia de fe en las masas trabajadoras por su escasa confianza en el Estado franquista y en sus logros sociales. Todo ello requería una ofensiva de tipo propagandístico fundamentada en cada uno de los logros que la dictadura pudiera ir poniendo sobre la mesa. Los mecanismos para la consecución de tal objetivo serían los medios de difusión tradicionales, es decir, la prensa o la radio, pero paralelamente en la acción sobre el trabajador de forma individual, porque “la máxima eficacia reside en el elemento hombre, en la agitación directa, en la persuasión personal, a la que han tenido que acudir cuantos fueron capaces de cambiar la ideología de los pueblos”.[xix]
Estos son momentos, como ya he mencionado, de miedo, de un profundo terror a las consecuencias que en el interior de España pudieran deparar los acontecimientos acaecidos en los campos de batalla europeos. Las autoridades eran conscientes de que España no era tan falangista como debiera. Se era consciente de que lo que durante tres años se había logrado ganar en el campo de batalla había que ganarlo de nuevo, sobre todo en aquellos momentos, en el nuevo frente de batalla social. Y más concretamente, se era consciente de que, sin modificar las voluntades individuales de cada uno de los trabajadores españoles, el riesgo de declive del franquismo comenzaría de un momento a otro fomentado por la coyuntura internacional. Por tanto, era inexcusable modificar el credo de los trabajadores en un sentido falangista o, en el peor de los casos, mantenerlos bajo control. Su fe actual era peligrosa para el Estado; la doctrina que se suponía generalizada entre los trabajadores españoles no coincidía con el ideario del franquismo social y, por tanto, aparte de otros mecanismos, era necesario luchar contra ella desde el ámbito de la convicción y de la modificación de las voluntades. Con ello no se hacía más que copiar las tendencias de todo Estado autoritario y los planteamientos de “los técnicos revolucionarios del mundo en la conquista de las masas”.[xx]
Los objetivos que habrían de cumplir las escuadras de la Sección E eran varios y diversos. Entre ellos, conseguir información sobre el desenvolvimiento de los ambientes obreros, contrarrestar lo que se calificaba como bulos o rumores de los enemigos de España, conocer y transmitir a las autoridades la acogida que tenían las nuevas leyes promulgadas por las autoridades del régimen (sobre todo en lo referente a lo legislado desde el Ministerio de Trabajo), crear un ambiente favorable de cara a preparar el camino a las futuras realizaciones de las autoridades en cuanto a medidas sociales se refiere y difundir la marcha y la dirección de las medidas implementadas por el Gobierno. Esta especie de servicio de espionaje de lo social tenía como meta luchar contra los desestabilizadores del régimen desde las cloacas a las que el mundo oficial no tenía capacidad para llegar. Concretamente se referían a este aspecto de la siguiente forma:
“La eficacia de las Inspecciones de Trabajo se refuerza con una red útil para localizar desconocidas transgresiones de la ley social y, bajo otro punto de vista, en los recovecos del mundo del trabajo, en íntimos ambientes obreros donde el enemigo puede actuar clandestinamente, donde lo oficial no tiene posibilidades de llegar, nuestras escuadras, utilizando su misma táctica silenciosa, son capaces para ganarle batallas decisivas y vigilar sus movimientos ayudando en su servicio voluntario a nuestros organismos de información”.[xxi]
En este contexto, aunque previo a la formulación expresa de este esquema operativo, se entienden informes como el referido a la actividad comunista en el sector de los ferrocarriles vallisoletanos:
“… en los talleres de los ff.cc. del Norte, en donde trabajan unos tres mil obreros, entre ellos noventa represaliados por la Compañía (todos catalanes) se ejerce una discreta y creemos que eficaz vigilancia, por medio de confidentes de confianza, encuadrados entre ellos.”[xxii]
El esquema organizativo de estas escuadras de combate social enmarcadas dentro de la Sección E tenía las características propias de una unidad armada; en este caso, una unidad de combate social cuyo objetivo era atacar al enemigo, pero no en las trincheras como ocurrió desde el 18 de julio de 1936, sino en los bares, en las tabernas, en los talleres y, en definitiva, en cualquier lugar en el que hubiera obreros susceptibles de asimilar una doctrina contraria a la del régimen. La Sección E estaba integrada por escuadras compuestas de 10 hombres y un jefe. Estos eran elegidos entre miembros voluntarios de la Falange, “preferentemente obreros, introducidos en fábricas, talleres y lugares de reunión de trabajadores”.[xxiii] Las escuadras se dividían en tres grupos que atendían a servicios de naturaleza diferente. Por un lado, operaba el servicio de información social; por otro, el de ofensiva proselitista y, en tercer lugar, existía el denominado grupo especial.
El grupo de información social tenía como objetivos primordiales:
- Controlar las reacciones que la legislación social promulgada por el Ministerio de Trabajo tuviera entre la población trabajadora.
- La captación de comentarios, impresiones o dificultades que presentara la aplicación de las normas.
- Conocer la existencia de maniobras para desvirtuar los efectos protectores de la legislación social.
- La captación de los argumentos esgrimidos por los propagandistas enemigos.
- Descubrir las inquietudes sociales concretas y las modificaciones propugnadas por los trabajadores en torno a la realidad laboral que les rodease.
- El estudio del impacto de la situación internacional entre los trabajadores.
- Advertir el ambiente político y sus oscilaciones.
- Averiguar en cada sector laboral la naturaleza singular del “enemigo”, concretamente localizar con claridad a sus cabecillas “rojos o amarillos”, anotando sus nombres y domicilios.
- Descubrir a los líderes naturales en cada grupo o unidad de trabajo.
El esquema aquí planteado era el propio de un Estado autoritario en un contexto de temor ante el rumbo que pudiera tomar la situación internacional y, por tanto, ante las consecuencias que pudieran derivarse en el orden de la política y la seguridad interior. En definitiva, se puede afirmar, que lo que existía esencialmente era miedo. Lo que influía de manera determinante en la explicitación de este proyecto era el pánico ante lo que se le podía venir encima si los centros de trabajo se volvían en contra de las autoridades. El pavor de hombres como Girón de Velasco debía ser proporcional a los mecanismos de espionaje soterrados que se mantenían en los centros de trabajo y en sus aledaños en busca del soplo, de la delación o de la confidencia. Es por ello que las escuadras actuaban como unidades separadas sin tener conocimiento ni relación entre ellas. Era evidente la obsesión por la investigación y la indagación de las más mínimas muestras de desafecto, lo cual acredita que la confianza que hombres como Girón tenían en los trabajadores españoles estaba bastante alejada de lo que sus discursos parecían mostrar. Se tenía miedo a los obreros como posible motor de un cambio en la orientación del régimen ayudado por la coyuntura internacional. El camino para mantener el statu quo comenzaba por controlar las reacciones de los trabajadores ante las medidas desarrolladas por el ministerio. Era necesario recoger cualquier conversación que permitiera sacar conclusiones claras a la superioridad sobre la acogida de las medidas gubernamentales. Era necesario luchar contra el enemigo adelantándose a sus movimientos, conociendo sus argumentaciones en relación a la política social; había que procurar magnificar los logros del franquismo social ante una subversión que pretendía desnaturalizar lo que de positivo hubiera en aquellas medidas.
Hay que destacar dos elementos más. Por un lado, el interés por tener conocimiento del ambiente político entre los trabajadores en función de los acontecimientos internacionales y, concretamente, en paralelo a la forma en que se sucedían los acontecimientos en el escenario bélico europeo. Y, en segundo lugar, la obsesión por conocer a los líderes del enemigo, fueran estos comunistas o amarillos, término con el que se denominaba a los miembros de las organizaciones sindicales o seudosindicales controladas por los empresarios con el objetivo de obstaculizar la labor del Sindicato oficial. Evidentemente, el mayor grado de obcecación se cernía sobre los denominado rojos, sobre los comunistas. Y unido a este afán por controlar a los líderes del enemigo, destaca el deseo desmedido por someter a las individualidades influyentes dentro de las unidades de trabajo, por controlar y conquistar la voluntad de estos líderes naturales en cada sección de la fábrica y del taller.
El segundo grupo dentro de la escuadra social (el denominado grupo de ofensiva proselitista) debía constituirse en agente activo de la propaganda social falangista en el centro de trabajo. El grupo debía celebrar semanalmente una reunión presidida por el jefe de la escuadra para ser adoctrinados en torno a la teoría y las directrices falangistas. Para ello se hacía uso de resúmenes orientativos que sintetizaban el ideario y el credo joseantoniano. Supuestamente, estos evangelizadores de las turbas carcomidas por el enemigo habían de ser hombres poco vehementes en la defensa de su fe falangista; habían de parecer indiferentes e, incluso, enemigos de los idearios de la Falange. “Cada hombre debe actuar sin mostrar un fanatismo falangista”,[xxiv] se afirmaba. Su función esencial era la divulgación y expansión del proyecto del franquismo social de una forma disimulada y, en cierto modo, furtiva. El agente de propaganda había de caracterizarse por su habilidad para el sometimiento de las voluntades por medio de la convicción, sin que por ello su entusiasmo en la defensa de los principios falangistas le mostrase como un topo de la organización oficial. En el taller, en los descansos, en las tabernas, su función era siempre la misma: propagar las bondades del régimen y las ventajas concedidas a los trabajadores. Para llevar a cabo esta misión nada se escapaba a las autoridades; el agente recibiría por escrito quincenalmente las consignas que habría de lanzar y verter en forma de noticia, de versión, de rumor o de cualquier otra forma posible. Esta consigna que habría de divulgar sería corta, clara y sencilla; por tanto, el escuadrista no habría de quitar ni añadir nada a la consigna recibida.
El tercero de los grupos, debía captar para el credo falangista a las individualidades o jefes naturales más influyentes entre sus compañeros de trabajo, “extremo muy importante”,[xxv] se afirma. Debía inspeccionar las actividades de los otros dos grupos de escuadristas, dar cobertura en caso de baja temporal de alguno de los componentes de los grupos de información social y ofensiva proselitista, confrontar los informes de los otros dos grupos y ayudarles en caso necesario realizando cualquier misión que les resultara imposible. Este grupo estaba formado por los miembros considerados como mejor preparados. Su norma de actuación sería la individual y su principal característica había de ser la flexibilidad. Esta permitía a la autoridad de la Sección E el control de un grupo de reservistas para misiones que tuvieran “dificultades imprevistas, la posibilidad de efectuar ensayos de nuevas tácticas en la misión general y la actuación en sectores aún desguarnecidos por las escuadras de ofensiva y proselitismo”.[xxvi]
Dentro de cada uno de los tres grupos descritos se trabajaba de forma individual y colectiva. El trabajo individual llevaba aparejado la obligación de anotar sistemáticamente las impresiones recogidas por los escuadristas y transmitir un informe cada tres días al superior, el cual había de resumirlos en un parte que elevaría a las autoridades. Solo los hechos de trascendental importancia eran comunicados inmediatamente. Este servicio individual, en aquel lugar en el que el escuadrista desarrollara sus actividades cotidianas, tenía carácter permanente. El trabajo colectivo se desarrollaba de la siguiente forma: el jefe de escuadra establecía unos días y horas en los que, en un sector previamente determinado, los tres grupos desarrollarían sus funciones “en la calle, bares, tabernas y centros de reunión obrera… En casos excepcionales, se actuará por elementos de tres hombres o por parejas con conocimiento del mando de la Sección, quien en este servicio recorrerá personalmente lo sectores para recibir de cada Jefe la novedad”.[xxvii] A continuación, el jefe debía dar un parte escrito dentro de las doce horas siguientes al servicio.
Misión general de todos los miembros de la escuadra era la búsqueda de nuevos elementos capaces de formar nuevas escuadras. La violencia contra el enemigo era una opción aceptada en situaciones en las que dicha actitud se calificara como justificable. Para este tipo de situaciones en las que los escuadristas se veían en peligro existía una especie de servicio y un teléfono de guardia que tenía cuyo fin era socorrer a los miembros en circunstancias peligrosas para su integridad física.
Todo ello viene a darnos una idea del amplio grado de preparación y de la minuciosidad con que se concebía este proyecto. Pese a la escasa concreción del documento que sirve de base a esta exposición, la articulación de mecanismos violentos y de socorro explicita el hecho de que, dentro de la estrategia de captación de voluntades, también se consideraba la violencia como estrategia en esta lucha contra el enemigo. De alguna forma, la mentalidad de trinchera continuaba en el ámbito laboral. La disciplina y el respeto a la autoridad, en este contexto de lucha, tenía las características propias de la exigencia y la intolerancia espartana. La Guerra Civil continuaba en cierto modo. “La disciplina no será rogada sino impuesta”,[xxviii] se afirmaba en torno a la forma de actuación de las autoridades de la Sección E. Por supuesto, se prohibía toda conversación sobre las jerarquías del Movimiento entre los escuadristas. La cruzada continuaba, en tiempos de paz. La guerra no había terminado; la lucha contra el comunismo se prolongaba. La calificada como ideología desestabilizadora y disgregadora por excelencia seguía presente para el régimen y para el Ministerio de Trabajo más concretamente.
[i]Payne (1987), op. cit., pág. 406.
[ii]Aparicio, El sindicalismo…, op. cit., pág. 58.
[iii]Girón (1994), op. cit., pág. 80.
[iv]Ídem, pág. 129.
[v]Ídem, pág. 186.
[vi]APG, JDN, leg. 26, nº 4.
[vii]Girón (1994), op. cit., pág. 114.
[viii]Informe sobre la Sección E, 1 de octubre de 1943. APG, JE, leg. 59, nº 1.3.
[ix]Ídem, pág. 3.
[x]Ídem, pág. 4.
[xi]Ídem.
[xii]Ídem, pág. 8.
[xiii]Girón (1994), op. cit., págs. 145-146.
[xiv]Ídem, pág. 152.
[xv]Ídem, pág. 130.
[xvi]APG, JE, leg. 59, nº2, pág. 11.
[xvii]Girón (1952), op. cit., pág. 135.
[xviii]APG, SMS, leg. 30; nº 47.
[xix]Ídem, pág. 1.
[xx]Ídem.
[xxi]Ídem, págs. 1-2.
[xxii]Información general de la provincia de Valladolid, 31 de enero de 1942. Documentos inéditos…, op. cit., pág. 239.
[xxiii]APG, SMS, leg. 30; nº 47, pág. 2.
[xxiv]Ídem.
[xxv]Ídem, pág. 3.
[xxvi]Ídem.
[xxvii]Ídem, pág. 4.
[xxviii]Ídem.
