El tratamiento del concepto de la familia tiene una especial relevancia desde el momento en que formalmente la política laboral de los años de Girón al frente del ministerio de Trabajo (1941-1957) tenía como elemento de referencia no al trabajador sino a la familia del productor:
“Para la política laboral española la unidad no es el trabajador, sino el trabajador con su familia. Y como veremos más adelante en orden a la previsión social, esta idea es aún más clara”.[i]
Hasta tal punto se manifestaba formalmente la imbricación entre el proyecto político que se pretendía llevar a cabo tras la Guerra Civil y la familia, que Codón afirma que “el 18 de julio fue un movimiento de familias más que de individuos”[ii] ante el ataque masivo de la revolución, y que fue en el seno de la familia donde se alimentó la ideología cristiana y española que explotó ese 18 de julio recordando las luchas de cruzada del siglo XIX.
Desde estos presupuestos, y amparándose en el pensamiento papal, en concreto en la Divini Redemtoris y en la Casti Connubi, Girón encuentra en el Movimiento una realidad política fiel a la doctrina de la Iglesia partiendo del reconocimiento y la necesidad de protección de la familia “como institución y como individualidad de partida en materia de justicia social, y como sujeto del pacto entre el trabajador y la empresa”.[iii]
De ahí la importancia y trascendencia de proteger a la familia. De igual forma que los ayuntamientos eran el elemento básico y primigenio de la organización administrativa, las familias eran las células “base de la unidad moral de un pueblo”.[iv] Por tanto, el hecho de protegerla y promoverla era la “condición misma del progreso económico, social, cultural y ético de la humanidad”[v] y, en consecuencia, de la propia España.
A esto, y de forma introductoria, hay que añadir que el modelo considerado más puro en cuanto a la familia se refería, era el modelo rural. La familia campesina era vista como aquella en la que pervivían las “virtudes morales, sociales y religiosas con mayor pureza y mayor unidad”.[vi] Y es que en la urbana o industrial se observaba un mayor refinamiento de costumbres fruto de la complejidad de la urbe, fruto de la disgregación de la unidad familiar y de la complejidad de la vida en familia.
Además de beber del catolicismo, el concepto que de la familia se tenía en este período de la Historia de España hundía sus fundamentos en el tradicionalismo y en el falangismo. Para el tradicionalismo español la familia es una creación de Dios, una institución propia del derecho divino. Para Balmes la familia era la primera sociedad organizada. Según Donoso Cortes, la familia era el fundamento inmortal de todas las asociaciones humanas, divina en su institución y esencia. “La familia es la única institución que descansa en un sacramento. La carta de ciudadanía de sus miembros es un bautizo místico. Tiene un contenido preferente y precisamente espiritual”,[vii] afirma Codón. Desde este enfoque la unidad familiar española era el baluarte fundamental contra las ideas antirreligiosas y la columna más firme en que se sustentaba la patria. La soberanía social nacía de la familia; la vida familiar era la más alta de todas las sociedades ya que era capaz de ejercer las más elevadas operaciones sobre la tierra: crear hijos y proyectarse sobre todas las relaciones humanas.
Desde el punto de vista del tradicionalismo, la familia era vista con un cierto halo romántico, paralelo a la superioridad del marido sobre su cónyuge. Junto a la unidad indisoluble del lazo conyugal y el sentido religioso se veía en la fidelidad de los esposos un elemento definidor del ser de lo español llevado incluso “hasta el extremo del homicidio honoris causa”.[viii] Era, en definitiva, un concepto de familia castellana cuyo modelo de orientación podría ser la familia del Cid Campeador: una familia sobria, mesurada, en la que el varón se consagraba a su mantenimiento y protección. Desde este pensamiento tradicionalista, surgió el denominado sociedalismo o doctrina de la soberanía, sistematizada por Vázquez de Mella. Consistía dicho planteamiento en la concepción de la sociedad como un sistema planetario, un todo orgánico, en el que de forma armónica se movían otros sistemas menores de forma interdependiente, solidaria e integrada. La soberanía social, afirma Vázquez de Mella, “se concreta en la familia más que en ninguna otra sociedad ni grupo. La soberanía política únicamente en el Estado. La suma de ambas soberanías, en perfecto equilibrio, constituye el orden tradicional”.[ix]
En el marco de esta tradición, José Antonio Primo de Rivera se percibe como el reconstructor de una sociedad española atacada por la disolución liberal y la invasión materialista del comunismo. Esta reconstrucción exigía la concesión al hombre de un ámbito de dignidad que le negaban todos los colectivismos absolutos o totalitarios; necesitaba de una solución para el “problema de la solidaridad social, en términos de justicia y hermandad, que el liberalismo fue incapaz de lograr dejando una secuela de anarquía y confusión social”.[x] Desde este punto de vista, la familia era la célula originaria de la sociedad que para cumplir sus fines había de hacerlo en sociedad. “Para España jamás ha existido duda alguna de que la familia es la entidad natural, fundamento de la sociedad”, afirmaba Girón.[xi] Así pues, la familia se veía como el elemento básico y primordial de la sociedad. Un elemento de marcado carácter cristiano cuyo inadecuado desenvolvimiento dislocaría la estructura social de la nación española. Desde este planteamiento, se promovía la ordenación de la sociedad según nuevos criterios, y en concreto apoyada en las unidades naturales: la familia, el municipio y el sindicato.
El papel de las mujeres y los hombres en el hogar y en la empresa.
La industrialización impulsó a la mujer a salir fuera del hogar y a la búsqueda de un puesto de trabajo remunerado fuera de aquel. La Revolución Industrial rompió el esquema en el cual la familia era el centro de la vida económica y el elemento propulsor de la producción. En su ámbito coincidían consumidores y productores. Los mercados locales eran sustituidos por mercados integrados gracias al desarrollo de los modernos medios de transporte, lo cual ayudaba progresivamente al surgimiento del consumismo. Desaparecía el artesanado y era sustituido por la manufactura. Este período de auge del capitalismo liberal es objeto de especial inquina por parte de las autoridades del régimen y en este contexto se produce la condena de lo que supone por sí mismo y en relación a la familia y a la mujer.
Esto es lo que se va a condenar desde las páginas de diversas publicaciones de la época: el que “los apremios económicos (frecuentemente la necesidad de llevar a los hijos lo que no alcanza el salario del marido) suelen lanzar a la mujer casada al trabajo fuera de casa, buscando tarea coordinada -a veces mecanizada- en una organización colectiva que la remunera más que el trabajo individual hecho en el propio domicilio”.[xii] Junto a ello, otra de las críticas hechas al trabajo femenino es que era retribuido con un salario de explotación: “Si el salario del hombre es insuficiente para levantar la carga de varios hijos, más lo será el de la mujer, que, en general, es salario de explotación”[xiii], señala Aznar.
Indudablemente la concepción que de las mujeres se tenía en la época de estudio, y consiguientemente la proyección en la norma que se realizó tuvo, entre otros, como elemento de referencia el pensamiento católico. Esta concepción tiene como elemento de referencia básico a la familia y a la idea de que la familia, célula natural de la vida social, tiene derechos propios y naturales. Partiendo de este punto de punto de vista los objetivos de dicho planteamiento voluntarioso y formal se resumirían en la siguiente reflexión de Girón:
“No se trata tan solo de proteger legalmente los períodos de gravidez de la mujer, ni de preservar a su descendencia de los peligros de un alumbramiento realizado en malas condiciones; ni se trata solamente de preservar al recién nacido en las primeras semanas de su vida de los peligros que puedan amenazarle, sino que se trata de reconocer que la mujer casada debe permanecer, siempre que esto sea posible, en el hogar, como educadora de la prole en el orden físico, espiritual y moral y como administradora y compañera del trabajador”.[xiv]
Y es que el trabajo para la madre era concebido como un grave mal, ya que quemaba prematuramente su vida. La mujer había de ser dulce compañera del hombre y su utilísima cooperadora. Por ello era igualmente una desventura para los hijos y para el marido que no pudieran ser atendidos debidamente. En definitiva, era el final del hogar, ya que “el hogar es la madre, y ausente, aquél se desorganiza y se disuelve”.[xv]
Las palabras de Pío XII, amparado en la idea paulina del hombre como cabeza directora de la mujer, de igual manera que Cristo lo era de la Iglesia, son esclarecedoras en relación al concepto de mujer, el mundo del trabajo y sus repercusiones en la sociedad y en la familia:
“Las condiciones de vida que se derivan al presente del estado económico y social, por lo que se refiere a la orientación hacia las profesiones, las artes y los oficios, y por la entrada de hombres y mujeres en las fábricas, en las oficinas y en los diversos empleos, tienden a engendrar e introducir prácticamente una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre de tal manera que los esposos se encuentran no pocas veces en una situación que casi raya en la igualdad. Marido y mujer ejercen a menudo profesiones de la misma categoría, aportan con su trabajo personal una contribución casi idéntica al presupuesto familiar, al tiempo que, por su mismo trabajo, se ven obligados a llevar una vida asaz independiente el uno del otro. Mientras tanto, los hijos que Dios les envía, ¿qué vigilancia reciben, qué custodia, qué educación, qué instrucción? Se les ve, no digamos abandonados, pero sí muy a menudo entregados desde el principio a manos extrañas, formados, y guiados por otros más que por su madre, apartada de ellos por el ejercicio de su profesión. ¿Qué de extraño tiene que se debilite y disminuya, hasta perderse, el sentido de la jerarquía familiar, si el gobierno del padre y la vigilancia de la madre no consiguen hacer grata y amable la convivencia doméstica?”.[xvi]
Las conclusiones del II Congreso de la Familia Española[xvii] dan cuenta del fracaso del franquismo social en su intento de hacer retornar a la mujer al hogar. El Congreso puso de manifiesto los recargos y agravios que suponía para la mujer casada el trabajo fuera del hogar y el incumplimiento de los principios plasmados en el Fuero del Trabajo. Se insistía en que la motivación básica que expulsaba a la mujer del hogar era la insuficiencia de ingresos del cabeza de familia, así como la inexistencia de un verdadero salario familiar, que ya se consideraba una utopía. Y proponía una campaña de concienciación de la sociedad española acerca de los beneficios que para el país reportaría la vuelta al hogar de las mujeres españolas, así como la revisión y actualización del plus, el subsidio familiar, la ayuda familiar, la dote y otra serie de instituciones que habían perdido, en parte, su eficacia económica.[xviii]
Ciertamente, no solo la Iglesia católica o las autoridades del régimen veían con malos ojos el trabajo de la mujer. El Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas no condena con tanta virulencia las consecuencias negativas del trabajo de la mujer fuera del hogar, aunque no por ello deja de advertir de las secuelas de su actividad en los centros de trabajo. Y es que se consideraba que el empleo de las mujeres fuera del hogar podía tener efectos adversos desde el punto de vista social en el nivel de vida de la familia.[xix]
Las consecuencias de la salida de la mujer del hogar y su incorporación al mundo laboral eran perjudiciales para la nación en cuanto iba en detrimento del sustento de la vida presente y futura de los españoles. Desviaba las fuerzas de las españolas hacia otras misiones para las que, supuestamente, no estaban preparadas por la naturaleza. Bosch Marín incidía en la nociva disminución de la nupcialidad y la natalidad.[xx] A ello se añadía el hecho de que se consideraba que la mujer casada trabajaba en tareas no adecuadas a sus aptitudes, tareas que le facilitaban la posibilidad de prescindir de un marido para tener una posición económica o social, o que la llevaban al rechazo del matrimonio por no perder su puesto de trabajo.[xxi] Por otro lado, era habitual la insistencia en el aumento del número de abortos, el incremento de la mortalidad maternal, el ascenso de la mortinatalidad y de la mortalidad infantil. Y es que a la mujer se le habían reservado los trabajos relacionados con la reproducción, con el cuidado de la casa y de los hijos.[xxii]
Pero en la línea de lo que afirma la exposición de Pío XII se había introducido toda una nueva serie de elementos que habían truncado las tradicionales funciones de mujeres y hombres: “Sabemos bien que del mismo modo que la paridad en los estudios, las escuelas, las ciencias, los deportes y las competiciones hacen subir el orgullo a no pocos corazones femeninos, así también vuestra susceptible sensibilidad de mujeres modernas, jóvenes e independientes, se plegará, no sin dificultades a la sujeción casera”.[xxiii] Y es que sin este esquema, dentro del cual a las mujeres se les asignaban las funciones ya mencionadas, se perdería el fuego básico del hogar y por tanto este dejaría de existir, al menos como se concebía en palabras del Papa. A las mujeres tocaba la tarea de la reproducción como a continuación se afirma:
“Y cuando a la esposa haya concedido el Señor en su bondad la dignidad de madre junto a una cuna… ¡He aquí la elevación de la maternidad cristiana! ¡He aquí la salvación de la esposa! Una cuna consagra a la madre de familia y muchas cunas la santifican y glorifican ante el marido, ante la Iglesia y la Patria. ¡Necias, inconscientes y desgraciadas las madres que se quejan si un nuevo pequeño se abraza a su pecho y pide alimento a la fuente de su seno!… El heroísmo de la maternidad es orgullo y gloria de la esposa cristiana”.[xxiv]
Estas son a grandes rasgos las funciones que se asignan a la madre católica española. Las de una madre sumisa, sometida al cabeza de familia y a las necesidades del hogar entre las que destaca la faceta reproductiva. Todo ello debía ser para las mujeres una obligación natural, un deber religioso y una concreción de sus valores cristianos.
No solo la jerarquía eclesiástica veía en la mujer el centro del hogar. El que más tarde fue ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarme, se refería a las mujeres en términos muy similares a los utilizados por la jerarquía eclesiástica:
“La mujer logra la plenitud en la maternidad, que, a su vez, tiene servidumbre; por eso su destino principal es la familia y el poder desarrollar en ella su personalidad, su casa, su marido, sus hijos. No es menos cierto que es imposible una familia en la que todos sus miembros puedan hacer su voluntad. Como toda institución, la familia, para realizar su fin, necesita una autoridad. Es claro que el poder familiar admite, como los demás un cierto grado de división y especialización de funciones, pero siempre ha de haber una última instancia”.[xxv]
La concepción que Girón expresa sobre esta cuestión no dista de forma significativa de lo hasta ahora expuesto; si bien, parte de que la situación de la incorporación de la mujer al trabajo tenía su origen en el capitalismo liberal y en la barbarie moral que conducía a la destrucción de la esencia de la mujer y que atentaba contra su misión maternal.[xxvi] No era posible la felicidad ni para la mujer ni para la familia si la primera no se consagraba enteramente a la segunda. Por tanto, fuera de la familia no es entendida la existencia de la mujer. El ámbito en que se garantizaba el respeto y la dignidad a las mujeres había de ser únicamente el familiar. Y es que la “mujer es plenamente mujer cuando es madre”.[xxvii] Es ella el centro del hogar desde esta perspectiva y por tanto es ella la que da consistencia al hogar y la que, independientemente de que haga más o menos agradable la vida de la prole y su marido, actúa o debería actuar como elemento fundamental de socialización y, en concreto, de cristianización. Este factor, quizás era el máximo elemento de preocupación del régimen y así lo manifestaba el Congreso Provincial de la Familia Española de Orense cuando pedía que se posibilitase “la presencia permanente de la mujer casada en el hogar para evitar su inhibición en la educación de sus hijos”.[xxviii]
La visión de la mujer al final de la década de los cincuenta cambió en sentido de denuncia y de aceptación de una nueva realidad que lentamente se iba imponiendo. Tarancón aludía a la pérdida de pudor y de recato de la mujer española; y es que la mujer de los cincuenta se había hecho “desenvuelta y descocada”,[xxix] en palabras del obispo de Solsona. Paralelamente, la concepción de hecho del trabajo, de la familia y de la mujer había cambiado. Así, en el Congreso de la Familia Española, Barcelona pidió que se fomentara la instalación de guarderías y escuelas infantiles “a fin de atender a los hijos durante la jornada de trabajo de los padres, hasta la edad escolar”.[xxx] Era tan evidente la incorporación paulatina de las mujeres a los puestos de trabajo antes realizados por los hombres que Barcelona pidió, como última fórmula para romper la tendencia, el establecimiento de una prestación económica suficiente en favor de la mujer casada en compensación o para estímulo de su íntegra dedicación al hogar.[xxxi]
En torno al abandono del trabajo por parte de la mujer solo parecía considerarse una excepción: la industria textil.[xxxii] El trabajo de las mujeres en este sector de la producción se debía a una ley natural motivada por el hecho de que la mujer había sido la precursora de la confección de prendas. Desde este punto de vista, el trabajo fuera del hogar no constituía motivo para que la casada tejedora o hilandera fuera tildada de despreocupada o mala madre. Por eso no se ponía reparo a su trabajo en este ámbito y por eso era en este sector donde más necesaria era su actividad y donde más persistía su presencia.[xxxiii]
Los cambios con respecto a la familia en la década de los cincuenta se palpan también en peticiones como la que Tenerife realiza en el Congreso de la Familia Española. Se solicitaba potenciar los parques, jardines infantiles y parvularios donde se proporcione atención a los hijos de las trabajadoras que tuvieran que trabajar fuera de sus hogares.[xxxiv] Esto último muestra un cambio cualitativo fundamental en ruptura directa con principios aparentemente inmutables como el del punto 1º del Título II del Fuero del Trabajo cuyo objetivo, entre otros, era libertar a la mujer casada del taller y de la fábrica.
En contradicción con los principios formales, la incorporación de las madres al mundo del trabajo continuaba de forma progresiva. La consecuencia económica familiar más inmediata había sido el lanzar a la circulación un número considerable de mujeres para ejercitar las distintas profesiones y menesteres, en que no solo competían, sino superaban a los varones. Frente a ello el régimen no podía menos que reaccionar ante lo que atentaba contra las esencias básicas plasmadas en normas como el Fuero del Trabajo o el de los Españoles:
“Tan es verdad esto, que el Estado no ha dejado de tomarlo en cuenta, y no a otra finalidad que a reducir la competencia femenina y el desempleo de los varones conducen todas las normas de trabajo en que se prohíbe que este sea ejecutado por mujeres casadas, o en que se obliga la empleada o funcionario a dejar su puesto vacante tan pronto como contrae matrimonio”.[xxxv]
La realidad de la mujer y su incorporación al mundo del trabajo se plasmó también en las conclusiones generales del Congreso de la Familia Española[xxxvi] en el que se denunciaba la necesidad de las mujeres de permanecer fuera del hogar, de realizar trabajos asalariados y la inexistencia de organizaciones que las suplieran. Por ello, en los años cincuenta la visión del trabajo de la mujer fuera de su hogar cambió incluso desde las posiciones más firmes del propio ministerio de Trabajo. M. Puente Ojea[xxxvii] en su artículo sobre la problemática del trabajo femenino planteaba los problemas que para el hombre suponía la competencia de la mujer y las consecuencias sociales en el orden de la natalidad y de la disolución de la familia. Sin embargo, no por ello demandaba la salida de la mujer del mundo del trabajo remunerado, sino más bien la reorientación hacia las ramas profesionales que se creían más apropiadas para el sexo femenino:
“… orientar a la mujer hacia aquellos empleos que convengan más a sus facultades físicas, psicológicas, intelectuales y morales, así como a las cualidades de los mismos…
Este trabajo debe resultar un beneficio para ella y para la sociedad en que lo practica, y esto puede conseguirse si al viejo sistema de improvisación sucede un plan racional de orientación encaminado a procurar a la mujer en la sociedad los puestos más convenientes”.[xxxviii]
La realidad se imponía y como mal menor se aceptaba la posibilidad de preparar a la mujer para profesiones ligadas a la maternidad y a la actividad en el ámbito doméstico porque además de “una mejor formación de la mujer para la función de madre y para administrar y hacer agradable el hogar familiar, con ello se ha de obtener una buena preparación de personal para sanatorios, hoteles, pensiones, colegios y otros establecimientos donde podrán desempeñar actividades muy importantes de carácter doméstico muchas mujeres que no sean llamadas al matrimonio y a la dirección del hogar familiar”.[xxxix] Se desaconseja el trabajo de la madre, pero ante su inevitabilidad se manifiesta el deseo de que sea solo una excepción, procurando que solo en ese caso sea precisa la actividad laboral materna, dando en todo caso la preferencia a trabajos que alejen lo menos posible del hogar a la madre de familia.[xl]
Otro ejemplo de preocupación por la situación de los cincuenta y sus cambios lo expone el Congreso Provincial de Jaén al tratar la crisis que observa en esta etapa de la dictadura: “Al tratar de la crisis actual de la familia, la ponencia hace resaltar, siguiendo a nuestros sociólogos, que, por un lado hay un movimiento en cierto sector de la juventud que tiende a desatar los vínculos de la potestad paterna, disminuyendo el respeto y la consideración a los padres; y, por otro lado, una acción feminista que trata de colocar a la mujer en un plano de igualdad, cuando no de superioridad al hombre, eliminando así los vestigios de la antigua autoridad marital”.[xli] Y es que el hombre es visto como el jefe y cabeza de familia cuya potestad viene de Dios. “Por eso también la familia fundada por vosotros tiene un jefe investido por Dios de autoridad sobre aquella que se le ha dado por compañera”.[xlii] Y así como Eva quedó sometida a Adán, la mujer quedó sometida al hombre para lograr su salvación por medio de la procreación. Dentro de este esquema era también al hombre al que le tocaba disponer los medios para el sustento y la subsistencia de la familia.[xliii] De igual manera que la mujer tenía como funciones fundamentales la reproducción, la educación y socialización de la prole, el hombre había de tener la consideración de “jefe de una célula social”.[xliv] En cierto modo, el padre de familia era juzgado como el mando de una unidad de choque contra todos los componentes ideológicos considerados como virus foráneos imposibles de asignar a la tradición y a los valores que secularmente habían dado forma a España desde tiempos de los visigodos hasta el siglo XX.
No se planteaba la esclavitud de la mujer con respecto al marido, pero su situación de inferioridad de hecho conducía a peticiones como la del Congreso Provincial de Orense. En aquel se manifestó el deseo de que se mantuviese la integridad de la capacidad civil de la mujer casada, pero eso sí, “sin menoscabo de la preponderancia del marido en el gobierno de la familia”.[xlv] Y es que estos cambios que se palpan con claridad en los años cincuenta en favor de las mujeres no son bien vistos por algunos sectores del franquismo:
“… nadie rechazará nuestra afirmación de que la autoridad del padre de familia ha ido disminuyendo en el transcurso de los siglos, que esta degeneración de la autoridad del padre de familia se ha ido acentuando durante el siglo XIX y que esa limitación de la autoridad paterna ha tenido su proyección lógica en el Código Civil (precipitándose aún más por las cavilosidades, probablemente exageradas, respecto a la capacidad jurídica de la mujer casada, que han arrastrado, aún hace poco tiempo, a una nueva reforma del Código Civil, en que reconociéndose a la mujer casada una mayor autonomía, se ha degradado aún más la autoridad del padre de familia”.[xlvi]
El ámbito de las excedencias forzosas demuestra hasta qué punto se estaba dispuesto, por parte de las autoridades del régimen, a mandar a casa a la mujer casada para la mejor realización de sus labores caseras. La reducción de la competencia femenina y el desempleo de los varones era el fin de la normativa que prohibía el trabajo de las mujeres casadas, o que obligaba a la empleada o funcionaria a dejar su puesto vacante tan pronto como contraía matrimonio.[xlvii] El criterio general determinaba que el personal femenino que entrara al servicio de la empresa a partir de la publicación de la reglamentación a que perteneciese, si contraía matrimonio, quedaba automáticamente en situación de excedencia forzosa, teniendo derecho a percibir una dote que variaba según la rama de la producción y que rondaba las seis mensualidades. Tenían derecho a reingresar solo en caso de incapacidad o fallecimiento del marido, teóricamente ocupando la primera vacante que se produjera en su categoría y sin que se le computase el tiempo que hubiese permanecido en situación de excedencia forzosa.
Dado que la legislación consideraba únicamente a las mujeres que comenzasen a trabajar en la empresa a partir del momento de entrada en vigor de la reglamentación, se posibilitaba que las mujeres casadas antes de la entrada en vigor de la normativa de referencia pudieran optar por seguir en sus puestos o solicitar la excedencia con los mismos derechos ya expuestos. Este era el caso de la Reglamentación de Bancos regulada en la Orden de 26 de septiembre de 1946. Existen otras reglamentaciones en las que se ponen importantes trabas a la vuelta del trabajo de la mujer incluso en el caso de fallecimiento del cabeza de familia. Así, por ejemplo, la Reglamentación del Cemento o de Pieles, en que se estipulaba que para el reingreso de la mujer su edad habría de ser inferior a los cincuenta años. En cuarenta y cinco años cifraba la edad máxima la Reglamentación de la Organización Médico Colegial. Mas complicada era la readmisión, incluso en caso de muerte del marido, en la empresa nacional Calvo Sotelo. En esta se exigía para el reingreso un examen psicoanalítico, atendiéndose primero las solicitudes de reingreso de los que quedaran en estado de excedencia por motivo de enfermedad.
Sin duda las posibilidades de desarrollo profesional para las mujeres eran bastante restrictivas. Su mundo, según los presupuestos expuestos, estaba en el hogar junto a su marido y a sus hijos, cuidando de los mismos. Las facetas que las mujeres españolas habrían de considerar como prioritarias habrían de ser las de la reproducción y los cuidados físicos y espirituales de su prole, tareas estas que santificarían a las madres españolas ante el Estado y ante Dios. Por contra, al hombre, reproduciendo el clásico esquema patriarcal propia de nuestra cultura tradicional, le correspondía el cuidado y sostenimiento de la familia. Y en este reparto de funciones la normativa laboral institucionalizaba los mencionados planteamientos poniendo graves dificultades al acceso de las mujeres al mercado de trabajo, salvo en sectores excepcionales como el del textil catalán.
[i]Girón de Velasco (1952), op. cit., pág. 170.
[ii]Codón, op. cit., pág. 11.
[iii]Girón, de Velasco, José Antonio: La elevación de los pluses familiares será general, pero no será igual para todas las reglamentaciones. Revista de Trabajo, enero de 1954, nº 1, pág. 50.
[iv]Melas, Reinhold: La familia ante los Seguros Sociales. Revista de Trabajo, febrero de 1954, nº 2, pág. 150.
[v]Ídem, pág. 150.
[vi]López Medel, Jesús: La familia rural, la urbana y la industrial en España. Madrid, Cuadernos de Investigación, 1961, pág. 35.
[vii]Codón, op. cit., pág. 18.
[viii]Ídem, pág. 7.
[ix]Ídem, págs. 27-28.
[x]Estudios y conclusiones (1959), op. cit., pág. 13.
[xi]Girón de Velasco (1952), op. cit., pág. 168.
[xii]Mallart, José: Hacia un sistema integral de protección a la familia. Revista Española de Seguridad Social, marzo de 1948, nº 3, pág. 501.
[xiii]Aznar Embid, Severino: Para quién se ha dado el régimen de subsidios familiares. Boletín Informativo del Instituto Nacional de Previsión, 1944a, nº 3, pág. 310.
[xiv]Girón de Velasco (1952), op. cit., pág. 228.
[xv]Aznar Embid (1939), op. cit., págs. 11-12.
[xvi]Pío XII (1943), op. cit., págs. 293-294.
[xvii]Conclusiones del II Congreso de la Familia Española. Madrid, ed. CFE, 1962, págs. 104-108.
[xviii]Conclusiones del II Congreso de la Familia Española. Madrid, op. cit., pág.108.
[xix]Informe sobre una política coordinada relativa al nivel de vida familiar, op. cit., pág. 11.
[xx]Juan Bosch Marín: Trabajo, maternidad y lactancia. Madrid, Instituto Nacional de Previsión, 1943, pág. 3.
[xxi]Mallart, José, op. cit., pág. 503.
[xxii]Gómez Gómez, Carmen y Pérez Serrano, Julio: La mujer en la política laboral del fascismo a través de la Revista de Sanidad e Higiene públicas, (1938-1945), en Actas de las II Jornadas de Investigación interdisciplinaria sobre la mujer. Madrid, Universidad Autónoma, 1984, pág. 207.
[xxiii]Pío XII, op. cit., págs. 300-301.
[xxiv]Ídem, pág. 341.
[xxv]Fraga Iribarne, op. cit., pág. 38.
[xxvi]Girón de Velasco (1952), op. cit., pág. 228.
[xxvii]Tarancón, op. cit., pág. 25.
[xxviii]Nueva síntesis…, op. cit., pág. 30.
[xxix]Tarancón, op. cit., pág. 25.
[xxx]Síntesis de ponencias…, op. cit., pág. 18.
[xxxi]Ídem, pág. 32.
[xxxii]B. Puig, Juan: El trabajo femenino en la industria textil. Revista de Trabajo, nov./dic. de 1945, n º 11/12, págs. 986-995.
[xxxiii]Ídem, pág. 990-991.
[xxxiv]Síntesis de ponencias…, op. cit., pág. 27.
[xxxv]Estudios y conclusiones, fascículo nº 23, op. cit, pág. 36.
[xxxvi]Conclusiones del I Congreso de la Familia Española, op, cit., pág. 17-18.
[xxxvii]Puente Ojea, M.: Problemas en torno al trabajo de la mujer. Revista de Trabajo, abril de 1953, nº 4, pág. 441-447.
[xxxviii]Ídem, pág. 444-446.
[xxxix]Mallart (1948), op. cit., pág. 521.
[xl]Parrilla, op. cit., pág. 120.
[xli]Síntesis de ponencias provinciales…, op. cit., pág. 41.
[xlii]Pío XII, op. cit., pág. 291.
[xliii]Ídem, pág. 338.
[xliv]Girón (1952), op. cit., pág. 42.
[xlv]Nueva síntesis de ponencias provinciales…, op cit., pág. 31.
[xlvi]Estudios y conclusiones, fascículo nº 23, op. cit., pág. 34.
[xlvii]Ídem, pág. 36.
