INTRODUCCIÓN
La figura de Francisco Franco sigue siendo uno de los núcleos más polémicos del debate sobre la memoria histórica en España. A lo largo de las últimas décadas se han construido relatos contrapuestos sobre su persona y su etapa de gobierno, en los que confluyen interpretaciones históricas, juicios morales y posiciones ideológicas. El texto que se presenta a continuación expone una lectura crítica de lo que el autor considera una campaña de descrédito sistemático contra la figura de Franco.
Estas páginas no pretenden ofrecer una síntesis académica neutral, sino reflejar una postura militante que cuestiona las narrativas negativas dominantes y reivindica aspectos del balance personal, militar, político y religioso atribuido al antiguo jefe del Estado. En este sentido, el documento es útil para comprender cómo se articulan los discursos de defensa del franquismo en el debate público contemporáneo.
El odio, causante de las mentiras prefabricadas y en serie, ha hecho posible la aparición y difusión de un cúmulo de falsedades sobre Franco, al que se acusa de mediocridad, de crueldad, de ambición, desconociendo sus virtudes castrenses y ridiculizando su larga y fructífera tarea de gobierno.
No es cierto lo que de Franco se dice, se escribe y se divulga. ¡Que Franco tenía defectos, y pudo no acertar en momentos determinados! Lógico. ¿Acaso no era un hombre, y todo hombre no tiene carencias y comete errores? Hubo, a mi modo de ver, uno importante: el de las previsiones sucesorias. Pero hay que tener en cuenta que Franco hizo cuanto estuvo en sus manos, desde la educación del Príncipe hasta la exigencia del juramento, para que la continuidad perfectiva del Sistema no se quebrase. El análisis objetivo de una biografía ha de ser algo así como una auditoría que examina el balance y destaca si es negativo o positivo.
Pues bien, el balance vital de Franco, como hombre, como militar, como estadista y como cristiano no puede ser más positivo.
Como hombre, porque fue una excepción en el talante apasionado de los españoles, reaccionando con serenidad de espíritu ante situaciones muy graves; porque fue no cruel sino generoso con sus enemigos, a los que nunca consideró como enemigos personales; porque no tuvo más ambición que la de servir a España.
Como militar, porque su valor y sus conocimientos castrenses quedaron de manifiesto en la guerra de África, en la revolución de Octubre de 1934 y en la Cruzada de liberación; porque su herida en Marruecos, sus ascensos y la llegada al generalato en plena juventud ahí están, inamovibles; porque sus lecciones de logística y táctica han servido en las Academias Militares de otros países y en los teatros de operaciones en campaña.
Como estadista, porque de una España en ruina material, social y moral hizo una España próspera, respetada, unida y en orden, sin sida y sin droga.
Como cristiano, porque no solo en su testamento nos ofrece una lección magistral de su fe, sino porque el Estado que acaudilló fue confesionalmente católico y baluarte de la Cristiandad; porque bajo su jefatura hubo en España un resurgimiento religioso y una plétora de vocaciones, inusual en el mundo; porque ayudó a la Iglesia católica a cumplir su misión evangélica, sin amordazarla ni exigir nada a cambio, recibiendo como recompensa, de hombres destacados de esa misma Iglesia —faltando a la justicia y a la caridad— insultos y ofensas increíbles.
Termino con las mismas palabras con las que pongo fin al prólogo que abre las páginas del libro de Carlos de Meer sobre Francisco Franco, al que califico, como le han calificado otros, de «centinela de Occidente», la «espada más limpia de Europa», el «Caudillo de la Hispanidad», el general victorioso de la Guerra de liberación contra el comunismo y sus cómplices, el capitán de la Cruzada y, en frase de Pío XII, el «más querido de la Iglesia entre los jefes de Estado».
