Hay breves comentarios en no pocos periódicos y reportajes más extensos sobre lo que fue una «boda del año», incluso con fotografías en la prensa, y que inciden en la popularidad del joven comandante:
«Ayer ha gozado Oviedo de unos momentos de íntima, deseada satisfacción, de jubilosa alegría.
Fue en la boda de Franco, del bravo y popular jefe de la Legión.
Si grande y legítimo era el afán de los novios de ver bendecido su amor ante el altar, inmenso era también el interés del pueblo por verlos felices, realizando su sueño de amor.
En ese amor tan puro, todos los que conocemos a Franco y a Carmina, hemos puesto algo de nuestro corazón y por ello hemos participado de sus incertidumbres, de sus zozobras, de sus justificadas impaciencias.
Del Rey, al último de los admiradores del héroe, era unánime el deseo de que esos amores tan contrariados por el azar, tuvieran la divina sanción, que habría de llevarles a la suprema dicha.
¡Bien la merece quien como él supo ganarla primero con la nobleza de sus sentimientos, con su espíritu de sacrificio después! ¡Y bien la merece ella por las lágrimas derramadas en largas vigilias, impetrando al Altísimo por el elegido de su corazón!…
No es hipérbole afirmar que toda España ha seguido con paternal solicitud las vicisitudes de estos amores, que ayer consagró el sacerdote. La Patria, agradecida a este hijo bueno y valiente no le abandonó ni un momento, y orgullosa y amante, le ha acompañado hasta las gradas del templo, tributándole con el aplauso y las bendiciones del pueblo la manifestación más elocuente de su cariño y de su gratitud.
Por eso fue el de ayer para Oviedo, día de fiesta, de grata y perdurable recordación, porque al pie de sus altares se escribió el último capítulo del dulce y accidentado idilio de un héroe de guerra, y comenzó el primero de un nuevo hogar que no solo habrá de ser dichoso y feliz, sino digno continuador de las más gloriosas ejecutorias de la raza; crisol poderoso y fecundo de virtud, nobleza y valor.
La popularidad del teniente coronel Franco, se puso bien de relieve en la mañana de ayer, en que se celebraba en San Juan el Real su matrimonio con la señorita María del Carmen Polo y Martínez Valdés.
A las diez y media comenzaron a llegar al templo, adornado con delicado gusto, centenares de personas. Una vez lleno, se extendió la multitud en todas sus avenidas que conducen a la Iglesia ocupando también la ancha plazoleta a que dan acceso cuatro calles.
Una sección de la guardia de Seguridad, con el gobierno e inspectores, comenzó a abrir camino para que no se suspendiese el servicio de tranvías y de carruajes y pudieran llegar hasta la iglesia los autos de los novios, padrinos y testigos, únicos coches a los que se permitía la entrada.
A las doce menos cuarto llegó el general Losada, con su Ayudante y con el teniente coronel Franco. Una salva de aplausos resonó en toda la línea.
Poco después llegó la novia, a quien dio el brazo el general, que tenía la representación del Rey, padrino de Franco. El entusiasmo se desbordó. Carmen Polo, con su figura, su sonrisa, su elegancia, su mirada angelical cautiva a todos y se encendían los vivas y los aplausos, y al llegar a la puerta de San Juan donde el representante del Rey esperaba el palio, la ovación fue clamorosa. El novio daba el brazo a D.ª Pilar Martínez Valdés, tía de la novia y que actuó como madrina.
El general iba de gala, estrellado el pecho de condecoraciones, entre las cuales las había extranjeras, como la que le concedió el Sha de Persia y la de Leopoldo de Bélgica y otras rojas ganadas al verter –repetidas veces– su sangre por la Patria. Franco llevaba el uniforme de la Legión extranjera, con el magnífico bastón –que es una preciosidad– regalo de los oficiales del Tercio.
Bendijo la unión el castrense del sexto de Zapadores señor Martínez, tan estimado en Oviedo.
Durante esta ejecutó el órgano diversas piezas escogidas, algunas de aires militares.
Terminado el acto se formó la comitiva partiendo delante las fuerzas de Seguridad que abrían plaza, entre la apiñada muchedumbre.
Marchaban los nuevos esposos llevando la cola del amplio y finísimo velo dos pajes encantadores: una sobrina de Franco, de siete años, que tiene una procacidad y una gracia admirable y la linda niña Margarita Suárez Vereterra, sobrina de la novia.
Detrás, bajo palio, iba el representante de S.M. dando el brazo a la madrina, y portaban las varas el teniente coronel de la Armada D. Nicolás Franco, hermano del novio, y su otro hermano Ramón, jefe de una escuadrilla de hidroaviones que actúan en Marruecos; teniente coronel don Carlos Gil Arévalo, primo de la novia; D. Álvaro Sueiro, capitán que ha sido del Tercio; el capitán del mismo, señor Ortiz de Zárate y D. Fernando Polo y Martínez Valdés, hermano de la novia.
Al descender los novios por la rampa que da acceso al templo, la ovación fue inenarrable. Gritos, vivas y aplausos ensordecían mientras el órgano despedía con las notas de la Marcha Real al general Losada.
Fue muy difícil a los demás llegar hasta los carruajes. El padre de la novia, don Felipe Polo, daba el brazo a doña Pilar Bahamonde, del Ferrol, madre de Franco.
Después de partir la serie de coches, la muchedumbre siguió tras ellos en imponente manifestación de cariño, situándose ante la casa de Polo, mientras en ella se firmaba el acta del Juzgado, representando a este, el Excmo. Sr. Ramón Prieto, vicepresidente de la Diputación, y suscribiéndola como testigos los que habían llevado el palio, el íntimo de Franco don Ricardo Pérez Linares y sus amigos, el marqués de la Rodriga y el de la Vega de Anzo, que vestía el uniforme de Caballero de la Montesa cruzando su pecho la banda de la Gran Cruz de Isabel la Católica.
A los pocos momentos, se ofreció a los concurrentes en el amplio comedor de la casa de la novia, un exquisito almuerzo.
La casa es hermosa y estaba alfombrada la escalera desde el portal, y al pasamano se había enroscado una guirnalda de blancas flores, que como las de los salones habían nacido en los jardines del marqués de la Rodriga.
El padre de la novia afectado con la enfermedad de su hermano político, a quien quiere fraternalmente, no hizo alguna invitación. Franco, por igual motivo, pidió al general que se prescindiera de tropas para rendir honores. Está muy cerca la casa de Vereterra, donde reina zozobra, para que resonara la música, que es siempre nota de alegría»[1].
Por su parte, El Diario de la Marina la definió como la «boda de un héroe»; y en el mismo tono El Día de Palencia, como muchos otros, habló del «sublime y abnegado heroísmo de este jefe-soldado»:
«Conocidos de todos es el teniente coronel Franco, jefe de la Legión, para que en el breve espacio de estas “rápidas” sea precisamente yo, quien pretenda demostrar a los lectores, el sublime y abnegado sacrificio de este jefe-soldado que supo hacer el gran sacrificio de entregar a su Patria la vida y el tiempo que antes hubo de ofrendar a la amada, y que esta después por la vuelta feliz del elegido, tuvo con estoica resignación que esperar… llorar… y rezar.
Era un día dignísimo de liras y pinceles cuando el comandante Franco, el que tantas veces llevó a sus bravos legionarios con heroísmo triunfal, se disponía en tierras asturianas a casar… Un premio, una merecida recompensa vino esta vez como otras iguales a interrumpir el idilio… Muerto el gran Valenzuela, fue el comandante Franco ascendido y encargado del mando de la Legión.
La boda se aplazó; otros amores, los de las armas, esperándole en Marruecos. Allá llegó y de allí ha venido. La aureola de su prestigio es ya inmensa como el amor que aquí le aguarda. Nunca, pues, mejor que ahora podemos decir que la vida de este héroe ha girado en torno del abismo y del amor, ya que desafiando a la muerte que no llegábamos dejábase acariciar por el halago que esa corriente secreta de la vida hace que los valientes olviden la existencia de todo lo que no sea el honor y el amor de las armas con que defienden a su Patria
¡Pero las almas buenas siempre triunfan!
Unos ojos bellos, que a la Virgen tantas veces habrán implorado, hoy elevan hacia Ella la vista sumamente agradecidos, y es que los ojos son los únicos sentidos que saben ofrecer en silencio los más apreciables e íntimos tesoros.
Entre los regalos recibidos por el teniente coronel Franco figura en lugar preminente un bastón de mando ofrenda de la oficialidad del Tercio […]
Yo me imagino que el teniente coronel Franco ha de agradecer inmensamente tan preciado recuerdo, que cual joya sagrada, será al pasar de los años evocación del recuerdo que junto al hogar venturoso endulzará los días felices de su venerable existencia.
Y como ya se aproximan las horas de su apreciado enlace, sean estas líneas un puñado de flores aromosas para la gentil novia, todo inocencia, bondad, belleza… ¡y para él, para quien predicó en la guerra con el ejemplo heroico, los laureles del Santo, del Rey y del Caballero»[2].
El semanario ilustrado Mundo Gráfico dedicaba toda una página al enlace con un titular tan rotundo como real: «La boda de un caudillo heroico»:
«Pocas veces la felicidad en la vida de un hombre se presenta tan asequible y al mismo tiempo tan disputada, como al heroico teniente coronel Franco, el jefe del Tercio de Extranjeros… Tres veces estuvo anunciada su boda con una bellísima señorita coruñesa[3], y otras tantas hubo de aplazarse, porque los azares de la campaña solicitaban en los campos marroquíes la presencia del bravo caudillo de los Legionarios.
La Guerra, como una rival celosa, arrancaba a Franco del lado del Amor y lo arrastraba a la lucha, de donde cada vez tornaba camino de las nupcias con nuevos laureles y mayor prestigio.
Franco, corazón y alma del Tercio, ídolo de la bizarra Legión aventurera y gloriosa, ha contraído, por fin, matrimonio.
Parecía como si Franco aguardara a que la Patria le confiriera el mando y el honor supremo del Cuerpo combatiente, que honró con su mando, para otorgarle la felicidad al vencedor, al que la suerte, como una enamorada, ha sabido conservar ileso para bien de los suyos y de España, que en él ve uno de sus mejores heroicos caudillos.
El teniente coronel Franco ha hecho su carrera frente al enemigo, colaborando en la gesta bizarra de la Legión salvadora y brava.
Él fue de los que con Millán Astray llegó de los primeros a Melilla en los días trágicos del desastre, cuando el enemigo ensoberbecido amenazaba el último reducto de nuestra fuerza en aquella zona.
Él emprendió con sus puñados de terciarios la empresa de gloria y de dolor de la reconquista, y asistió a los horrendos espectáculos de aquellos campos malditos, donde hermanos nuestros, víctimas de la barbarie, se calcinaban bajo el sol implacable que alumbró la roca…
Y después él mantuvo íntegro el espíritu marcial, la fe y el entusiasmo de sus huestes…
Ha sido, por último, en Tifaruin donde ha recibido su mejor homenaje… Fue cuando cercada la posición un aviador heroico arrojó sobre los sitiados para alentarles un mensaje, en el que se leía: “Valor, Franco ya está aquí”.
Este reconocimiento del valor, del prestigio, de cuanto de estímulo significa el bravo caudillo, es una página de orgullo, un timbre de gloria»[4].
Y hasta el diario republicano, La Prensa, se hizo eco del enlace. La agencia Febus emitió el día 22 un breve resumen:
«OVIEDO 22 (1,15 t.).- En la iglesia de San Juan contrajo matrimonio el teniente coronel del Tercio, Sr. Franco, con la señorita doña Carmina Polo.
Fue padrino de la boda el general Losada, en representación del Rey, y madrina, la madre del novio.
A la ceremonia asistieron numerosas familias conocidas de la capital».
En muchos periódicos se reprodujeron felicitaciones y telegramas recibidos[5]. Por la prensa conocemos el desconocido telegrama que los novios enviaron al rey:
«Jefe Superior de Palacio.- Madrid
Le suplicamos eleve a S.M. siguiente telegrama: Al terminar la ceremonia de nuestro matrimonio que S.M. se ha dignado apadrinar, anhelamos significarle nuestra profunda gratitud que reiteraremos personalmente a nuestro paso por Madrid, ofreciéndole nuestros respetos débil muestra de nuestro agradecimiento por la alta distinción que nos han dispensado.- Francisco Franco, Carmen Polo».
El diario ABC incluyó una breve nota sobre la boda en su crónica de sociedad el 23 de octubre y el 25 publicó una foto a dos columnas del enlace entre Franco y Carmen saliendo sonrientes del templo. Una de las fotografías más impresionantes fue la publicada en su sección de notas gráficas por el diario Informaciones el día 24: una vista desde arriba de la salida de los novios en la que se aprecian los cientos de personas que estaban en el área reservada y el pasillo por el que la novia avanza entre los aplausos. La boda fue multitudinaria. Cinco años después, en una entrevista para Estampa, Carmen rememoraría las sensaciones de aquel día:
«–¿Y tuvieron ustedes que aplazar la boda?
–Desde el 13 de junio al 22 de octubre que se celebró.
–¿Fueron mucho tiempo novios?
–Una barbaridad, cerca de tres años –responde el general.
–Eso, tres años que todavía recuerdo con susto; pasé durante ese tiempo… –añade la esposa.
–¿Qué le pareció el día que por fin se casaba?–¿La verdad? Pues mire usted, primeramente, al salir de la iglesia, que me arrancaban del lado de mi marido; tal aglomeración de gentío había, que mi pobre traje de novia quedó hecho un completo guiñapo. Después, ya tranquilos en Covadonga, me pareció estar soñando… o leyendo una bonita novela…, la mía».
Las noticias que llegan desde África inducen a una cierta tranquilidad mientras la joven pareja de recién casados inicia un brevísimo viaje de novios. El 25 se registran las recurrentes agresiones de escasa entidad en Tizzi Azza y Bu Hafora cuando se desplazan los convoyes de abastecimiento, hostilizaciones en Afrau y fuego de las baterías españolas sobre poblados de Midar, Beni-Bedien y el zoco de Beni-Buyahi[6]. Tras unas semanas la pareja vuelve a Madrid, acudiendo a Palacio donde serán recibidos por Alfonso XIII quien les entregará personalmente un regalo por su boda:
«Ha estado en Palacio el teniente coronel don Francisco Franco, acompañado de su esposa, para cumplimentar al Rey, que les apadrinó en su boda. El Monarca les hizo entrega de un regalo de boda: un clavillo de brillantes y zafiros para la bella esposa del jefe del Tercio, y unos gemelos de pedrería para el teniente coronel Franco»[7].
[1] Cfr.: La Época, 22-10-1923; El Defensor de Córdoba, 22-10-1923; La Voz, 22-10-1923; El Correo de España, 22-10-1923; La Correspondencia de España, 22-10-1923; El Faro de Vigo, 22-10-1923; El Correo Gallego, 23-10-1923; El Progreso, 23-10-1923; El Defensor de Córdoba, 22-10-1923; La Provincia, 23-10-1923; El Orzán, 23-10-1923; La Libertad, 23-10-1923; La Correspondencia de España, 23-10-1923; La Prensa, 23-10-1923; El Tiempo, 23-10-1923; Las Provincias, 23-10-1925; La Atalaya, 23-10-1923; El Sol, 23-10-1923; ABC, 23-10-1923; El Carbayón, 24-10-1923; El Correo Gallego, 24-10-1923; «Oviedo. La boda de Franco», La Región, 24-10-1923; Informaciones, 24-10-1923; El Mundo, 25-10-1923.
[2] Diario de la Marina, 24-10-1923; PEREDA DEL RÍO, Benigno: «La boda de un héroe», El Día de Palencia, 24-10-1923.
[3] Es un error del periodista porque «la bella señorita Carmina Polo» era natural de Oviedo.
[4] Mundo Gráfico, 31-10-1923.
[5] «Barcelona 22.- Con motivo cambio estado te desea muchas felicidades tu subordinado, capitán Solano»; «Melilla 21.- El jefe del destacamento.- Este cuerpo que para usted guarda preferencia y amores por quien ha sacrificado bienestar y sentimientos legítimos desea haga a su prometida, tan feliz como a esta Legión que ya tiene una madre y un defensor más.- Manel Canella, comandante»; «Melilla 21.- Casados de la Legión envían cariñoso y fraternal saludo al nuevo compañero, manifestándole que con acto realizado afirma más su espíritu legionario.- Asenjo»; «Ceuta 21.- La Bandera del Gran Capitán felicita a su teniente coronel en el día de su casamiento deseándole ventura y felicidad.- Comandante de la 5ª bandera»; «Ceuta 21.- Legionarios sumariados pero no desertores, recluidos en el fuerte Macho, felicitan en su boda al bizarro jefe de la gloriosa Legión que pospuso intereses de su cariño por servir, antes, a la Patria -amor de sus amores- ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva el Tercio!.- Vicente González, Emilio Seyas, Arturo Espiuges, Francisco Alcober, José Fernández, Gonzalo Rosa, Adolfo Espinosa y Miguel Carpio»; «El Correo Gallego.- Donde tanto se quiere a Paquito Franco, desea al nuevo matrimonio que la felicidad y la gloria sean sus fieles compañeras». La Correspondencia de España, 26-10-1923, La Acción, 26-10-1923; La Voz, 26-10-1923; La Época, 26-10-1923; La Libertad, 26-10-1923; La Prensa, 26-10-1923.
[6] La Acción, 16-10-1923.
[7] La Época, 15-11-1923; La Prensa, 15-11-1923.
