El primero de estos trabajos se tituló «Los mandos», apareciendo en el primer número de la revista. Franco lleva a la imprenta su visión del papel de España como agente de civilización, defendiendo la acción militar y la posterior utilización de las «medidas de gobierno» para atraer a una población a la que hay que conocer. Defiende la necesidad de contar con mandos idóneos, lo que implica una censura a la tipología de los mandos habituales que ocupan cargo en todo el Protectorado:
«La obra de España en Marruecos es obra de gigantes; no es la dificultad de una guerra con enemigo organizado, grandes batallas, poblaciones… corazón en que herir el poder enemigo!… Es guerra de asimilación; hay que castigar sin despertar odios, el enemigo de hoy es aliado de mañana en lucha con la religión, el fanatismo, la falta de comunicaciones y el estado primitivo del país; contra un enemigo guerrero desde la infancia, impresionable, valeroso. Tribus montaraces y rebeldes que no reconocieron jamás freno y que a las puertas de Europa pasaron siglos sin que sus invasores lograran hacer perdurable su obra de conquista; enemigo mil veces más difícil que el que se presentaría en otra lucha; guerra en que la crueldad acecha y en que los descuidos se pagan a caro precio; no es la lucha cuyo triunfo embriaga, es la guerra pobre, la guerra de sacrificio, de heroísmos ignorados, «donde todos trabajan, en que todos discurren, campaña tal vez única en la que tienen ancho campo las iniciativas subalternas, se templan los espíritus y despiertan al mando los temperamentos ocultos…» ¡Tierra de sacrificios acrecentados por la indiferencia del país y la falta de calor del gran Hogar!
En este país de luz y de misterio no hay que caminar en tinieblas, tenemos que levantar el velo identificándonos con el sentir marroquí; no es posible vivir en continuo divorcio los mandos militar y político en los escalones superiores; no podemos dar la espalda al sentir del pueblo que hemos de educar…
Si preciso es que en Marruecos todos conozcan el deber y la senda que a él conduce; indispensable es en aquellos que por estar tan altos, son espejo en que se mira el alma musulmana, en la que un receloso fanatismo busca en nuestras faltas el fundamento de sus rebeldías.
Siempre que en Marruecos los mandos militar y político residieron en persona conocedora del pueblo musulmán y práctica en esta guerra, las Armas fueron la suprema expresión de la voluntad del pueblo protector, que se hacía sentir en sus medidas de gobierno.
En la elección de los cuadros directores y en su comprensión del problema y práctica de la guerra, reside una gran parte de la solución del problema, que de otro modo enfocado, solo haría abrir un profundo abismo entre los pueblos llamados a aliarse.
[…] Esta poca preparación ocasionó el que en los empleos superiores los mandos militar y político permanecieran distanciados y sus labores marchasen por caminos muchas veces opuestos. Los Generales permanecieron en sus posiciones prisioneros de sus muros, viviendo del favor que sus inferiores –Oficiales de Policía– les dispensaban comunicándoles noticias sobre el campo aún en contra de las órdenes superiores: el General o Jefe de un sector o línea avanzada no puede ser ajeno a la situación del campo y ésta tiene tal influencia en la gestión futura de las armas, que necesario es, que todos siguiendo las inspiraciones del alto mando intervengan por su delegación estando al corriente de la marcha de la política y relaciones con el enemigo.
El carácter voluble e impresionable de los indígenas, sus luchas y rivalidades aprovechadas por nuestra labor política y pacificadora, hace llegue el momento de recoger su fruto: En una noche, sigilosamente, llega el jefe de una kabila o el kaid de un poblado a las posiciones avanzadas y solicita nuestro apoyo, avisa la próxima llegada de la harka, quiere someterse al Magzén, y aprovechando la situación favorable, ausencia de guardias enemigas entregarnos territorios o posiciones ambicionadas, que mejorarían nuestra situación militar. Los jóvenes Oficiales de Policía se presentan al General del sector temiendo ver escapar la ocasión tan esperada; sus jefes políticos alejados en la Plaza, y el alto mando tan distanciado no pueden resolver lo que convenga, y el General o jefe del sector cuya iniciativa se ve limitada a ser un jefe de posición y de servicios, no tiene atribuciones, no resuelve, consulta… telegramas cifrados… dilaciones… El jefe moro se disgusta al ver lo inútil de su sacrificio, a los pocos días llega la harca, que es la fuerte y se une a ella… Este es a grandes rasgos el papel a que queda relegado un Jefe de sector o línea, por ese apartamiento en los mandos político y militar que en los puestos superiores deben ser inseparables.
Fácilmente deducimos la necesidad de que éstos puestos sean ocupados por personal competente y especializado que merezca la confianza plena del general en jefe y que cooperen a la obra común, inspirándose en sus planes, existiendo entre ellos la confianza y fe indispensable para que los esfuerzos no se pierdan; ¡Pero cuán lejos parecemos estar de los tiempos en que esto suceda! De aquellos en que la responsabilidad era un mito, hemos pasado a otros en los que el temor al castigo ha de volver al mando desconfiado y al jefe temeroso; no basta la confianza en sí mismo, un mal paso de cualquiera de sus inferiores puede costarle la carrera… tal vez más… y el mando ya tímido por carácter, vegetara sin un arranque… la guerra será pasividad… ¡adiós iniciativa, alma de la acción, en muchos años te perseguirá la sombra de la responsabilidad!».
En el segundo número, en cierto modo como continuación del anterior, al referirse a las cualidades de quienes ejercen el mando directo sobre los soldados, el teniente coronel jefe del Tercio publicará un artículo con contenidos críticos sobre el modo en que se realizaba la guerra y la doctrina táctica en que se amparaba, defendiendo la necesidad de optar por la maniobra:
«Catorce años llevamos en nuestra acción marroquí y a duros golpes se fue forjando el alma del Ejército colonial educándose los mandos para la obra de mañana. Aquellos soldados de ros y traje blanco fueron borrados definitivamente del cuadro africano. Los campamentos generales rodeados de altos parapetos, en que las rondas de Generales y Jefes formaban en la noche procesión interminable y en que la agresión era forzado corolario de los servicios, dejaron su lugar a estos otros de efectivos reducidos, con sus avanzadas alejadas, guarnecidos por soldados de aspecto recio, y en los cuales los servicios no tienen ya la timidez de los primeros tiempos. A la época en que las columnas formaban larga cinta que se movía perezosa sobre las carreteras, y en que los innumerables blokaus erizados de alambradas parecían recordarnos otras tantas agresiones ocurridas en aquellos lugares, sucedió esta otra en la que, las pequeñas unidades recorren de día y de noche los caminos del territorio poseídas de su fortaleza y en la cual los puestos destacados guardan o vigilan los puntos necesarios del campo. Las guerrillas rígidas en que los hombres con escasos intervalos formaban visible y dilatada fila jaloneada por oficiales en pie, –codiciado blanco del fuego rifeño– fueron sustituidas por el flexible y bien dosificado orden abierto de las unidades coloniales. La guerra de Marruecos apartándose de arcaicos reglamentos y de la rutina de añejos prejuicios de la vida de guarnición, se abrió camino y constituyó por si una nueva escuela de combate, necesitada de perfección; pero que igualmente que las campañas argelinas se caracterizaron en anteriores y posteriores a Bougeau, las de aquí les imprimen nuevo sello el mando de Berenguer; así vemos ya en los años trece y catorce antes del comienzo de la guerra europea, las operaciones de su columna, en que los fuegos de barrage y las concentraciones artilleras, fueron precursores de lo que poco tiempo después caracterizó el empleo de la artillería en la gran guerra.
El combate moderno con sus aumentos de material, municionamiento, transportes, artificios de guerra, aviación, etc. etc. se complicó en forma tal, que requiere en el mando una preparación y estudio indispensable al éxito, necesidad que ha servido para que los que se titulan nuestros técnicos militares pretendan definirnos la guerra del mañana y que se desprecie el limitado horizonte de la guerra colonial, volviendo la espalda al único campo de experimentación y maniobra.
Si la historia militar es luz que alumbra la ruta militar de las naciones; la guerra fue siempre el crisol donde se purificaron los valores, y escuela forzada de los grandes capitanes.
La guerra leída o vista detrás de los cristales del gabinete o en los simulacros de los campos de instrucción, es tan distinta de la realidad del combate, que todos los cálculos y teorías vienen a tierra al sufrir la depreciación que el coeficiente moral y situación táctica les imprime.
Es el terreno Señor en el combate y arma poderosa que acercará la victoria a quién mejor sepa utilizarlo; y de él solo conoceréis el valor cuando a fuerza de combatir acertéis a apreciar sus características y accidentes. Elemento poderoso en el que la maniobra se apoya, y esta es el alma de la acción, que no obstante las limitaciones que el crecimiento de material y de efectivos le impone, es y será siempre la aliada de la victoria y de los buenos Jefes, y encuentra en los campos marroquíes el terreno más abonado para su empleo.
Consecuencia lógica de todo es conservar la capacidad maniobrera de las tropas, sin que el aumento de potencia de sus armas y artificios limite su movilidad, que si siempre es capital, mayor importancia tiene, cuando se combate con el rifeño que a la movilidad y buen aprovechamiento del terreno une la falta de organización y disciplina con que resistir la maniobra.
Pero poco importa que conozcamos el valor de la maniobra y que deseemos utilizarla, si no acertamos a ver en medio de la acción; para ello es preciso que la guerra nos sea familiar y sepamos sacar partido del terreno; situación enemiga y rendimiento de las armas, y esto que desde lejos nos parece cosa sencilla es en el combate la piedra de toque para el Jefe. Muchos hombres acreditados en la práctica de la profesión y que en maniobras y simulacros fueron maestros, al parecer inteligentes y laboriosos, se vieron cortados ante la verdad de la guerra. Todos aquellos valores que ellos creían positivos se desvanecieron ante los factores reales de la acción y la indecisión y timidez fueron el eco de su impresión moral. La maniobra requiere discurrir en el combate, y no todos los espíritus se forjaron para sentir el mando en los duros trances de la guerra. Preciso es, que la práctica reemplace lo que la naturaleza nos brindó y familiarizándonos con la campaña busquemos en ella las enseñanzas y la práctica.
No basta solo lo expuesto para poder mandar en el combate, preciso es que respondan la calidad de las tropas propias; que el mando tenga confianza en la calidad del soldado y este fe en sus Jefes, pues de otro modo habrá que buscar en la cohesión material la garantía del éxito, y todo padecerá la inercia de soldados bisoños o de oficiales poco preparados… Esto sin duda justificará a muchos, la diferencia entre aquellas operaciones de Xauen, Beni-Lait y Beni-Arós de 1921 en que la maniobra fue esencial, y aquellas otras de Melilla posteriores a Julio de 1921 en que la cohesión y el material tuvieron que ser la garantía del empeño.
Por ser la calidad del soldado, tan necesaria en el combate, y fiel reflejo del Jefe y cuadro de oficiales, es indispensable que estos preparen al soldado para la misión combatiente, despertando en él los sentimientos dormidos, haciéndole diestro en el mejor servicio de sus armas, inspirándole gran confianza en ella y educándole para esta guerra, no perdiendo ocasión ni momento para irle infiltrando el espíritu de acometividad y disciplina, a servirse del terreno, subir a las crestas, disparar con tranquilidad y orden y dominar el espíritu de conservación; procurando que su alma se eduque al relato de episodios guerreros de la campaña que le sirvan de enseñanza y ejemplo. Solo en el momento que el oficial tenga fe ciega con sus soldados y estos en él, podremos decir que la calidad de la unidad triunfará de los duros embates de la guerra. Esta es la misión sagrada del oficial y este debe ser el norte de las instrucciones de todo Jefe.
Si el oficial no vive para el Ejército, si no siente la grandeza del sacrificio por su Patria y solo ve en el trabajo y sufrimientos lo penoso de su profesión, si hurta a sus obligaciones militares la actividad y entusiasmo indispensables y participa de la hipocresía negativa que considera de buen tono el criticar al que trabaja; si no siente en presencia de sus soldados el cariño y confianza necesaria, y solamente busca en la profesión militar su granjería o bienestar, será la más pesada carga en el camino de la victoria y habrá faltado al sagrado juramento con su Patria».
