Los 27 Puntos fueron el programa que Falange Española y de las JONS dio a conocer en noviembre de 1934[1]. Las vicisitudes que experimentaron a partir de entonces son fiel reflejo del propio devenir de Falange a lo largo de su trayectoria, tan dilatada como accidentada.
El antecedente inmediato fueron los Puntos Iniciales de Falange Española[2], que eran nueve, publicados en 1933[3]. Menos conocidos que los 27 Puntos, su formato es un tanto diferente y la redacción más profusa, si bien en ellos ya aparecen muchos de los principios y declaraciones contenidos en aquéllos, como, por citar algunos ejemplos, la consideración de España como unidad de destino en lo universal, la dignidad inherente al individuo, el sindicato vertical, un Estado que no sea indiferente a los problemas sociales y el sentido católico de la reconstrucción de España.
Tras la fusión entre FE y las JONS en 1934, se hizo necesario confeccionar un nuevo programa. Francisco Bravo redactó un proyecto que, por indicación de José Antonio, fue enviado a la Junta Política[4]. El programa fue perfilado y redactado en su integridad por José Antonio[5]. Sin embargo, historiadores modernos hacen hincapié en las aportaciones de Ramiro Ledesma, que, como cabeza de la Junta Política, habría sido el principal responsable del borrador, mientras que José Antonio efectuó la revisión final y tuvo, por ende, la última palabra en la versión definitiva[6].
Quién elaborara o tuviera mayor grado de autoría en los 27 Puntos es, en mi opinión, un dato accesorio. Puesto que era un programa político, no una obra personal, fue asumido por la Falange en su totalidad, y hay que entender que todos los fundadores y jerarquías compartían su contenido solidariamente.
De todos los puntos, parece que a la sazón el más polémico fue el 25, que abordaba la cuestión de la religión católica[7]. Se ha dicho que las concepciones de Ramiro Ledesma son las decisivas en este punto, que, en un intento de perfilar una Falange secular y una religión política, confiere tan sólo un «sentido católico» a la obra de Falange y separa la esfera del Estado de la eclesiástica, a diferencia de la derecha tradicional, que tendía a unir ambas, lo que se refuerza, a mayor abundamiento, en el punto 23, que, al atribuir al Estado funciones educativas para implantar un espíritu nacional, implícitamente está desplazando a las órdenes religiosas[8].
El punto 25 causó alarma entre «sectores que eran derechistas y no podían ser nacionalsindicalistas» e incluso alguna baja en las filas falangistas, de lo que se hizo eco con intención crítica la prensa conservadora[9].
En cualquier caso, los 27 Puntos fueron acogidos con satisfacción por los militantes y «contribuyeron decisivamente a la formación de la conciencia política y social del Movimiento y a la preparación dialéctica de sus propagandistas», a lo que coadyuvó singularmente la pluma joseantoniana[10].
Las 27 Puntos son un texto programático, que reúne principios, orientaciones generales y, en algunas materias, medidas concretas. Destaca por su concisión, su estilo tajante y una prosa que, sin llegar a ser incendiaria, sí anima a la acción y al compromiso. «No hay en su texto ni una palabra de odio, ni una concesión demagógica a la garrulería o al arbitrismo irresponsable», afirma Francisco Bravo[11].
El programa carece de prefacio o palabras introductorias, por lo que se inicia directamente con el primer punto. En las publicaciones de la época aparece dividido en seis partes, a saber: i) nación, unidad, imperio (1 a 5); ii) Estado, individuo libertad (6 a 8); iii) economía, trabajo, lucha de clases (9 a 16); iv) tierra (17 a 22); v) educación nacional, religión (23 a 25); vi) revolución nacional (26 a 27).
Los cinco primeros puntos configuran el núcleo del programa. La nación española como «suprema realidad», superior a los intereses particulares; la unidad de destino[12], que ha de ser preservada frente a conspiraciones y separatismos; la voluntad de imperio, base de un «puesto preeminente en Europa» y que en relación con Hispanoamérica motiva un liderazgo espiritual; la necesidad de un ejército lo suficientemente fuerte para asegurar la independencia de España y su posición internacional; y la potencia marítima, «para el peligro y para el comercio», que hizo grande a España en el pasado.
Los tres siguientes puntos se encargan de definir la naturaleza del Estado nacional-sindicalista y el lugar del individuo en su seno. Así, se enuncia el Estado totalitario[13] y la participación orgánica de los españoles a través de la familia, el sindicato y el municipio (punto 6). El individuo no queda completamente anulado o postergado, pues le corresponden «valores eternos e intangibles» (punto 7). Libertad sí, pero dentro de la nación y no para atentar contra su unidad. Asimismo, será permitida y aun estimulada la iniciativa privada que sea compatible con el interés general.
Los puntos 9 a 16 contienen el programa económico. Destacan el sindicato vertical, el anticapitalismo y la superación de la lucha de clases mediante un Estado intervencionista que reprima los abusos empresariales y garantice la justicia social. Se reconoce la propiedad privada, se plantea la tendencia a la nacionalización de la banca y de servicios públicos y se establece el derecho y el deber de trabajar. En general, es evidente el acento social de este programa (el Estado no puede desentenderse, la riqueza debe mejorar las condiciones de vida del pueblo, se apoyará económicamente a quienes estén en paro forzoso…), combinado con los ingredientes que se reputan aceptables del capitalismo liberal (propiedad privada, rechazo a la anarquía en el trabajo, deber de trabajar y condena explícita a los que pretendan vivir a costar de los demás…).
La otra clave en estos puntos es la organización corporativa de la economía a través de la figura, no siempre bien comprendida, del sindicato vertical, que, caracterizando al individuo como productor (no como obrero o patrono), comporta encuadrar «las diferentes ramas de la producción en sendos sindicatos verticales que […] son organizaciones económicas y profesionales concebidas alrededor de la actividad profesional del individuo»[14]. Nótese el peso que adquiere la noción de productor o producción, frente a la tradicional distinción entre empresarios o trabajadores. Productores son todos, es un concepto unitario, y, por ende, concebir a España como «un gigantesco Sindicato de productores» (punto 9) es un intento de superar la lucha de clases.
En rigor, los puntos 17 a 19 son también de índole económica, pero abordan específicamente el problema de la reforma agraria. A grandes rasgos, son políticas para remediar ese problema y sostener la vida rural y agrícola.
Los puntos 20 a 22 están en estrecha comunión con los anteriores, dado que acogen un mandato de repoblación ganadera y forestal, establecen la expropiación sin indemnización para supuestos de adquisición o disfrute ilegítimo de tierras y fijan como objetivo del Estado la recuperación de los patrimonios comunales de los pueblos.
Por lo tanto, los puntos 17 a 22 son el programa nacionalsindicalista para el ámbito rural y agrario y tanto por contenido como por extensión son indicación cristalina de la relevancia que Falange concedía a ese ámbito.
Los puntos 23 a 25 están dedicados a la educación, la cultura y la religión. La educación, dirigida por el Estado, tendrá entre sus fines inculcar un espíritu nacional y preparar la incorporación a la milicia. Respecto de la cultura, se pretende incentivar el talento y asegurar la igualdad de oportunidades. Por último, se hace mención al «sentido católico» que ha de informar la reconstrucción nacional y a la cooperación entre Estado e Iglesia, salvaguardando ante todo la dignidad del Estado y la integridad nacional.
Los dos últimos puntos, que son instrucciones para el propio partido, afirman el carácter revolucionario de Falange. El punto 26 indica que el nuevo orden, basado en los anteriores principios, se alcanzará por medio de la revolución nacional y llama a los falangistas a una vida de milicia y sacrificio. En consonancia con ello: «Pactaremos muy poco» (punto 27). Falange confía sólo en sus propias fuerzas.
Una vez que se produjo la unificación entre FE y de las JONS con la Comunión Tradicionalista, a través del Decreto de 19 de abril de 1937 (BOE de 20 de abril de 1937), los 27 Puntos perdieron el último de sus preceptos, toda vez que, a la vista de las circunstancias, carecía de objeto (el punto 27, como se ha dicho, era hostil a que Falange pactara o llegara a compromisos), por lo que se redujeron a 26. En el preámbulo del Decreto citado ya se dispone textualmente que la «norma programática» de Falange Española Tradicionalista y de las JONS «está constituida por los veintiséis puntos de la Falange Española». Ahora bien, acto seguido se apostilla, muy oportunamente, que el Movimiento es más que un programa y que estará sujeto a las revisiones que la realidad aconseje.
Pues bien, los 26 Puntos serán el sustento ideológico básico del primer franquismo, mientras dure la mayor preeminencia falangista[15]. Posteriormente, aunque FET fue desapareciendo de la escena y otras facciones dentro del franquismo ocuparon los principales centros de decisión, en línea con la evolución del régimen, que no se convirtió en un Estado nacionalsindicalista, los 26 Puntos no fueron desplazados por completo.
Su último refugio (o su desaparición, según la perspectiva) fue la Ley de Principios del Movimiento Nacional, de 17 de mayo de 1958 (BOE de 19 de mayo de 1958), en la que se incorporan buena parte de los 26 Puntos, si no de forma explícita, sí en su espíritu. En los Principios del Movimiento Nacional España es una «unidad de destino en lo universal» (I), el hombre es «portador de valores eternos» (V) y aparece la triada familia, municipio y sindicato (VI), que son el cauce de participación en los asuntos públicos (VIII). Asimismo, están presentes, con adaptaciones, múltiples ingredientes de los 26 Puntos (justicia social, propiedad privada condicionada a su función social, el deber de trabajar, la «reforma social del campo», etc.).
Recapitulando, los Puntos Iniciales son el programa de Falange Española, en tanto que que los 27 Puntos pertenecen a FE y de las JONS. De ellos 26 pasaron a la FET y de las JONS y, andando el tiempo, una parte no despreciable de los mismos fue subsumida en los Principios del Movimiento, que son las esencias del Movimiento Nacional. El programa cambia a medida que cambia el partido, pero todas las encarnaciones están atravesadas por un eje común.
En torno al punto 27
El punto 27 marca la frontera entre la Falange independiente y la Falange posterior a la unificación. Simboliza, pues, la bifurcación entre posturas fieles al programa inicial y posturas más pragmáticas, que fue ya permanente. Por ello, estimo conveniente ahondar algo más en su significado y en las causas de su supresión.
El tenor literal de este punto es el siguiente: «Nos afanaremos por triunfar en la lucha con sólo las fuerzas sujetas a nuestra disciplina. Pactaremos muy poco. Sólo en el empuje final por la conquista del Estado gestionará el Mando las colaboraciones necesarias, siempre que esté asegurado nuestro predominio».
Se dicta, pues, una regla general, que es la de pactar poco, y, después, la excepción a esa regla, que se flexibiliza cuando se esté a punto de tomar el poder.
Sin perjuicio de otras posibles explicaciones que a buen seguro pueden ofrecer los eruditos, es lícito interpretar el punto 27 como una salvaguarda frente a contaminaciones ideológicas o consensos capaces de adulterar los principios falangistas[16]. Si el 26 llama a la revolución nacional, el 27 exige a la Falange no vacilar en esa revolución, que debe llevarse a cabo con «las fuerzas sujetas a nuestra disciplina», y no caer en la trampa de los acuerdos o de las componendas parlamentarias.
Dicho esto, caben dos puntualizaciones. La primera es que «Pactaremos muy poco» no significa «No pactaremos nada». Se deja abierta la posibilidad a algún pacto. En segundo término, y en consonancia con esa posibilidad, se recoge que en el trance de la conquista del Estado se gestionarán «las colaboraciones necesarias», bajo la condición de que esté asegurado el predominio falangista. En esta previsión debían de tener en mente sus autores el ejemplo, muy reciente en aquel entonces, de la toma del poder por los fascistas italianos (1922) y los nazis (1933), ambas precedidas de negociaciones para cumplir sus objetivos justo en el instante en que eran los partidos más fuertes en sus respectivos países y se hallaban en una posición muy ventajosa (los fascistas gracias a la Marcha sobre Roma y los nazis a causa de los resultados electorales).
Así las cosas, es explicable la mención a «las colaboraciones necesarias» estando garantizado el «predominio de Falange». Se estaba intentando imitar el caso italiano y alemán. En definitiva, el punto 27, tomando como referencia tales experiencias, no escapaba, pese a su aparente intransigencia, a la dificultad de conquistar el Estado sin ningún tipo de compromiso con el régimen imperante.
En España el curso de los acontecimientos fue bien distinto. Estalló una guerra civil y en el bando nacional no era Falange el grupo dominante, aunque fuese indiscutible su aportación, personal y doctrinal, al éxito de los sublevados. La unificación fue impuesta entonces por Franco, que quería evitar a toda costa la disgregación que observaba en el bando republicano. Mantener el punto 27 habría sido caer en el absurdo: había perdido su objeto. De un lado, el pacto, aun siendo a la fuerza, ya se había hecho realidad. De otro, ni siquiera había un «Mando» que pudiera gestionar la colaboración en los términos señalados por el punto 27: José Antonio, primer Jefe Nacional, había sido ya ejecutado, y el segundo en ostentar ese cargo, Manuel Hedilla, fue destituido y encarcelado. Por consiguiente, la supresión del punto 27 fue una decisión lógica teniendo en cuenta estos extremos y la situación creada por el Decreto de 19 de abril de 1937, que, en el fondo, supone la creación de un partido nuevo, FET y de las JONS.
En los que nos interesa, y siguiendo a Thomàs, el juicio que merece el Decreto es que, conservando 26 de los 27 Puntos, el modelo falangista-carlista se impuso al tradicionalista-carlista, aunque FE y de las JONS «acababa de desaparecer, incautada»[17].
Con todo, incluso si Falange se hubiera hecho con el Estado por sí misma, sin necesidad del Ejército o de otros apoyos, el punto 27 habría sido igualmente prescindible. Por consiguiente, siempre estuvo destinado a ser un precepto temporal, aplicable sólo durante la fase subversiva.
Consistencia del programa de la Falange
La Falange ha solido cargar con el estigma de un infradesarrollo ideológico, considerándose endeble su pensamiento. Esta postura subestima la importancia de los 27 Puntos y todo el desarrollo que de ellos emanó, ya fuese en forma de legislación o de estudios y ensayos, sobre todo en los años cuarenta.
No le falta razón a Martínez Val cuando sostiene que estos puntos «eran más unas líneas de táctica impuesta por las circunstancias que un cuerpo ideológico definitivo y coherente», los cuales debieran «haber sido revisados periódicamente»[18]. Cierto es que ello no fue posible, pues, al poco tiempo de su creación, la Falange participó en un conflicto bélico en el que no le quedó más remedio que asumir unos compromisos con los que no contaba al principio de su existencia. A partir de entonces, como único partido legalmente reconocido, tuvo ocasión de aplicar parcialmente sus políticas, si bien en un contexto de graves carencias, en competición con otros grupos y facciones y bajo un liderazgo supremo que no era falangista.
La evolución del régimen franquista desde el final de la Segunda Guerra Mundial fue achichando el espacio de FET, cuya actividad ideológica fue prematuramente interrumpida, lo que, a su vez, mermó su viabilidad como organización política. Tras su conversión en Movimiento Nacional y gradualmente vaciada de contenido, llegó a 1975 desarmada en lo intelectual e incapaz de articular una alternativa solvente.
Pese a todo, los 27 Puntos tienen el mérito de contener in nuce la ideología nacionalsindicalista. Sólo por ello ya dotan de una gran ventaja a la Falange.
Aún es posible sintetizar más esa ideología. Al igual que los diez mandamientos del cristianismo se resumen en dos, los 27 Puntos pueden ser compactados en uno de sus lemas más famosos: «Por la Patria, el Pan y la Justicia». Estas tres grandes aspiraciones son la expresión última del programa, las finalidades perseguidas por el nacionalsindicalismo, y a ellas se subordinan todas las políticas previstas.
Debe advertirse que no todos los movimientos fascistas de la época se tomaron la molestia de preparar un programa de estas características[19]. Por lo demás, en contraste con los programas de los partidos políticos actuales, trufados de clichés, parrafadas ininteligibles y datos inútiles, los 27 Puntos salen muy bien parados.
Ahora bien, son tres las omisiones respecto de fundamentales decisiones políticas que un lector corriente podría detectar. No hay una toma de postura sobre monarquía o república, sobre fiscalidad y sobre organización territorial del Estado. Pues bien, FE y de las JONS era un partido en un marco republicano y no era su intención la restauración de la monarquía. Así, puede entenderse que, pese a que nada se diga, tácitamente acepta la forma republicana, aun abogando por la derogación de la Constitución de la República. En cuanto a la fiscalidad, los puntos sobre el destino de la riqueza y la función social de la propiedad (12 y 13) invitan a pensar que la opción de Falange sería un sistema tributario progresivo que hiciera posible una mejor distribución de la renta y la riqueza. Por último, la estructura territorial del Estado no es definida en el programa, pero la oposición firme al separatismo y el repudio a la Constitución republicana por mor de que causa disgregación son buenos motivos para inferir la preferencia de Falange por un Estado unitario y centralizado, cuando menos, en sus funciones esenciales, lo que no estaría reñido con el protagonismo que se quiere atribuir al municipio.
Al hilo de estos comentarios, un apunte que parece oportuno es que los propios falangistas proclamaban su desprecio a las fórmulas[20]. No deben tomarse los 27 Puntos, en consecuencia, como una fórmula política perfecta e infalible. Una mayor densidad del programa o una recopilación de medidas para cada problema no llevaría aparejado un incremento de su valor y sí, en cambio, una indeseable fosilización. Es por ello por lo que, como a continuación se intentará demostrar, los 27 Puntos son un programa dotado de cierta frescura.
Los 27 Puntos en la España moderna
Al abordar la cuestión de la vigencia de los 27 Puntos, conviene recordar, por lo pronto, que es un programa vinculado a contexto político, social y económico distinto del actual y responde a unas corrientes ideológicas propias de la época que son inevitablemente tachadas de radicales. Aislar el producto de las circunstancias de su génesis y de los hechos posteriores es operación dificultosa y susceptible de incomprensión.
Dicho esto, los 27 Puntos han resistido bien el paso del tiempo. Puesto que fueron formulados al modo de grandes principios y propósitos, no han quedado anclados en el pasado. Pero hay algo más. En ellos se advierte sensibilidad política, ideas audaces y una prosa limpia y exacta que resulta atrayente.
Su aplicabilidad a los actuales problemas de España no es forzada ni arroja conclusiones inviables. De no ser por el estilo y por algunas providencias claramente anacrónicas, podría hacerse pasar por un programa redactado en estos años.
Primeramente, si grande era la crisis de España en la segunda mitad de los años treinta, ahora estamos instalados en un bache histórico que, a excepción de la violencia revolucionaria, evoca en múltiples facetas a aquella crisis, pues, antes como ahora, hay un intento de levantar un muro que expulse de la política a media España y un entendimiento entre izquierda y separatismo.
En España van mal no sólo los indicadores económicos. Adolece, además, de una crisis aguda que afecta a los principales elementos constitutivos de la nación, como son la soberanía, la demografía, la identidad, la cohesión interna, la proyección internacional y las instituciones. Elementos en permanente erosión desde hace décadas. Y las posibles soluciones corren a cargo de un régimen de partidos que, en su virulenta competición por el poder, alienta la división fratricida.
Habida cuenta de este diagnóstico, en el que no hay un ápice de exageración, se examinan las soluciones que propugnan los 27 Puntos. Ad cautelam, hay que indicar que en este test intelectual se ponen a prueba únicamente esos puntos, ni más ni menos. Es decir, no se entra a valorar el acierto o desacierto de las políticas, decisiones o medidas que realmente implementó FET.
Los cinco primeros puntos son los más fácilmente trasladables al presente, caracterizado por la confrontación cada vez más acusada entre nuevos nacionalismos y la agenda cosmopolita. Un pensamiento a favor del interés nacional y de la unidad, que aspira a engrandecer el país, que no soporta «la mediatización extranjera», no puede tildarse de caduco, sino de rabiosa actualidad.
En España, concretamente, nación muy debilitada en su identidad, tironeada desde arriba y desde abajo, estos puntos son como un latigazo, una inyección de vitalidad, y parecen tocar todas y cada una de nuestras cuitas nacionales.
El interés nacional es lo primero. Se aporta una definición de España que, frente a los intentos de ridiculizarla, ya es más sólida que la confusión actual. La afirmación de la unidad va seguida de la oposición sin ambages al separatismo, que sigue siendo uno de nuestros más pesados lastres. Como la Constitución (de 1931) atenta contra la unidad, debe ser anulada. Pues bien, la vigente Constitución tal vez no deba ser anulada, pero sí reformada hondamente. Es difícil negar que el Estado autonómico que reguló —modelo abierto y sustentado en una lealtad institucional de difícil o imposible garantía— y la confusión que introdujo al reconocer «nacionalidades y regiones» han fortalecido a los separatistas y han alimentado la desigualdad y el ensalzamiento de la diferencia, con menoscabo de la unidad.
La voluntad de imperio, que también ha sido objeto de mofa, se antoja más deseable que la voluntad de ser un títere de la Unión Europea o de otras organizaciones o potencias extranjeras. ¿Hace cuánto no ocupa España «un puesto preeminente en Europa»? ¿Por qué España se conforma con ser un país de segunda o tercera fila? ¿A qué se debe la sumisión ilimitada a organismos internacionales, aun cuando el interés nacional resulta violentado? En cambio, para algunos, la voluntad de imperio, esto es, un país fuerte que se haga respetar, un país que busque el liderazgo y la influencia en los asuntos mundiales, es algo irrisorio. Cabe preguntarse si quienes así lo creen están en nómina de potencias extranjeras, o bien son gentes despistadas que no comprenden que vivir en un país débil no depara ventaja alguna.
Hispanoamérica no debe ser obviada. Es ímprobo el esfuerzo que se está haciendo en aras de la Hispanidad. No por parte de las instituciones o de la clase política, sino merced a estudiosos, historiadores y publicistas que combaten con tenacidad la leyenda negra. Nuestro título para las relaciones con Hispanoamérica, que debieran ser prioritarias en un país que, además de europeo, es americano, bien podría ser esa Hispanidad preconizada por alguno de nuestros mejores autores y que, por desgracia, hoy languidece en el lazareto de los conceptos políticos incómodos.
El punto relativo a las fuerzas armadas podría haberse redactado ahora, en vista de las carencias de nuestros ejércitos, muy menguados en hombres y materiales, a los que se promete, por ejemplo, un buque de aprovisionamiento, que es lo que menos necesitan, pero lo único admisible para no ofender las sensibilidades de los que nos quieren indefensos.
Es importante poner de relieve que el nacionalismo que se propugna en estos puntos no conlleva aislamiento, aldeanismo o introspección, algo que ya se manifiesta en el punto 4, y que es aún más claro en el 5, que pide que sea España, de nuevo, una potencia marítima. Y lo era, por lo menos en cuanto a flota pesquera; pero también eso ha sido hundido, recortado. Más allá de eso, este punto, a mi entender, es interpretable como el objetivo de internacionalización de la economía española. Y cuando dice «para el peligro», es fácil pensar en una ambición de grandes aventuras y proyectos.
Los puntos 6 a 8 son un tanto más difíciles de encajar en la política moderna, más que nada a causa de la definición del Estado como «instrumento totalitario». Es claro que el totalitarismo no puede ser un objetivo político aceptable en nuestro tiempo. No obstante, ni ese punto fue finalmente entendido como una exhortación al totalitarismo puro y duro, ni podemos dejar de observar que el Estado actual es un Estado sumamente invasivo, que asume funciones de todo tipo y con un tamaño en continuo crecimiento, hasta el punto de que nadie duraría que es el principal actor de la nación. Así pues, si el Estado es un Estado intervencionista, un Estado regulador, coordinador y ordenador, no es negativo que ese Estado se encuentre «al servicio de la integridad patria». Mejor eso, por descontado, que al servicio de potencias extranjeras o de agendas que nadie ha votado.
La abolición del sistema de partidos es tanto como una impugnación de la democracia representativa, algo que así dicho causa inmediatos reparos. Pero cuántas veces los analistas y críticos de nuestro sistema han advertido contra los perjuicios de la partitocracia, que son muy notorios en España[21]. El problema es siempre la alternativa a los partidos o a la democracia representativa. Una democracia plebiscitaria o un régimen de partido único entrañan severos peligros, pero el propio punto 6 planteaba una participación orgánica, esto es, a través de la familia, el municipio y el sindicato. Como es sabido, en la práctica esto presenta insuficiencias, toda vez que no satisface a la perfección los ideales del sufragio universal y directo.
Este punto, en fin, supone una integral subversión del sistema democrático. Pero tiene algún detalle genial, como la despectiva referencia al parlamento «de tipo conocido» que no puede ser sino causa de regocijo en una España en la que Congreso y Senado se han convertido en mero corral de comedias.
La prueba más evidente de que el punto 6 difícilmente pretende un Estado totalitario es el punto 7, que reconoce la divinidad, integridad y libertad del individuo, en unos términos radicalmente incompatibles con un totalitarismo estatal auténtico, que despoja al individuo de toda esfera personal. El punto 8, al admitir la iniciativa privada, aunque sea dentro del interés colectivo, viene a reforzar aún más la posición del individuo.
Asimismo, los hechos y conflictos recientes han demostrado, sin ningún género de duda, que sólo es libre el individuo que pertenece a una nación libre y fuerte. Lo contrario es quedar a la intemperie, a merced de grupos enemigos, multinacionales, organismos supranacionales, élites apátridas y los mandarines del cosmopolitismo. El Estado nacional no ha dejado de ser el marco de referencia para el individuo, siempre y cuando no esté secuestrado por esas otras fuerzas y se haya vuelto en contra de su propia población.
Entendida de esta forma, la nación es, para el individuo, tanto garantía como freno. Garantía porque le proporciona cobijo, una comunidad familiar en la que desenvolverse. Freno por cuanto le impone unas reglas y límites a los que amoldarse y unos intereses superiores a los que plegar los propios. Consecuentemente, esta concepción de la libertad dentro de la nación elimina la exaltación de las individualidades que favorece el liberalismo, pero sin abocar al individuo a la irrelevancia dentro de un colectivo.
El programa económico de los 27 Puntos podría considerarse, a primera vista, superado. Quien siga creyendo que los polos opuestos de nuestro tiempo son liberalismo y comunismo se equivoca gravemente o quiere distraer la atención de la confrontación real. En rigor, lo que acontece es el auge de la era woke, en la que multinacionales y magnates están cómodos, que encierra lo peor del capitalismo (codicia, depredación, prevalencia del interés económico y comercial) y de la ingeniería social de corte marxista (división social, materialismo, desprecio de la espiritualidad). Se impone una lógica de decrecimiento para salvar el planeta. Esto último a través de una política climática irracional que, sin aportar ganancia alguna, nos pone en la senda del empobrecimiento irreversible. El perdedor es, indudablemente, el individuo y, por extensión, su más natural espacio de convivencia, que es la nación.
Ahora más que nunca merece ser repudiado, en los fulminantes términos del punto 10, ese capitalismo de Davos «que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación» y ese marxismo que ha descarriado a las «clases laboriosas». El Estado no puede inhibirse, sino que debe actuar. Un Estado fuerte, director de la vida económica y social, que espante esas influencias perniciosas, conjure las amenazas a su unidad y favorezca el enriquecimiento de la nación. Y un Estado que haga de la justicia social su prioridad. Una justicia social que es dar a todos oportunidades justas y adecuadas, no propagar la pobreza y el rencor y penalizar gratuitamente a los miembros exitosos de la sociedad. Que la riqueza se utilice para mejorar las condiciones de vida del pueblo, como dice el punto 12. Para ello, es necesario generar esa riqueza.
La fórmula del sindicalismo vertical del punto 9, por el contrario, es de difícil recuperación. No obstante, el corporativismo no es una idea privada de sentido, que haya sido exitosamente desvirtuada. Una renovada arquitectura institucional corporativa podría dar buenos resultados tanto en la conciliación de interés público y privado como en la coordinación y planificación de la economía.
Los puntos relativos a la reforma agraria han quedado más desfasados, como consecuencia de las profundas transformaciones experimentadas en el medio agrícola. No obstante, el campo está bajo la amenaza de la política climática y, asimismo, está siendo severamente castigado por las regulaciones abusivas de la UE y la competencia desleal de terceros países. De ahí las protestas de los agricultores, hasta ahora desatendidas. Por tanto, cómo no conceder validez al objetivo de «elevar a todo trance el nivel de vida del campo, vivero permanente de España». Y merece atención el concepto de vivero. La alimentación es un sector estratégico; una dependencia del exterior en el suministro de productos básicos puede ser absolutamente letal.
Del mismo modo, son acertadas medidas como la protección a través de aranceles, a fin de salvaguardar nuestro sector primario frente a la referida competencia desleal, que no se sujeta a las mismas reglas que deben cumplir nuestros agricultores, y la aceleración de obras hidráulicas, en vez de su destrucción, que es lo que ocurre ahora, de nuevo en nombre de la política climática.
La repoblación ganadera y forestal del punto 20 puede concebirse como una medida favorable a la protección del medioambiente. Esta protección del medioambiente tiene un sentido profundamente humano y nacional, en la medida en que se encamina a «reconstruir la riqueza patria», en tanto que la política climática oficial es inhumana y hostil a la nación, pretendiendo privaciones para los hombres y la supresión de las fuentes de riqueza.
Ninguna tacha cabe poner a una educación que inculque valores patrióticos y compromiso con la nación, a la promoción estatal del talento y al sentido católico de la reconstrucción nacional, pues no es oficializar una religión, sino reconocer su impronta en España y los beneficios que aporta (esperanza, moralidad, familias fuertes…), siempre que no incida en la independencia del Estado y dejando bien delimitadas las respectivas esferas de actuación.
El punto 26, sobre la revolución nacional, puede ser aceptado si se le despoja de cualquier connotación violenta o insurreccional. Revolución es no conformismo, revolverse contra el sistema que nos ahoga, contra la Agenda 2030 y sus turiferarios. Que la «vida es milicia» sería un lema adecuado para la juventud, para que sea combativa, para que se vuelque en restaurar el interés nacional, «en pugna con las resistencias del orden vigente».
Por último, el punto 27, que es el de la obstinación, el del empecinamiento en la causa que se considera correcta, el de la sujeción a unos principios firmes, es el antídoto contra el consenso, que ha sido el talismán de la política española desde 1978. Consenso y razón, o mejor, consenso e interés nacional, no siempre van de la mano. Cuántas veces han celebrado nuestros políticos un consenso, a pesar de que lo consensuado no era lo mejor para España.
Sobre la presente edición
El texto transcrito que se ofrece al lector son los 26 Puntos de la FET y de las JONS con un comentario de cada uno de ellos (a veces se comentan varios conjuntamente) a cargo de la Sección Femenina.
Editado por la Regiduría de Prensa y Propaganda, Madrid, su título es Los 26 Puntos de Falange. Es un folleto de 47 páginas con el mismo formato que otros del mismo origen (portada en rojo con el yugo y las flechas, edición en rústica). No se ha mantenido en esta versión la división de los puntos en seis partes que constaba en las publicaciones originales. Su autor o autores son desconocidos, al igual que la fecha de publicación. En el texto que he manejado se indica que es la tercera edición.
Respecto de la autoría, es posible especular con que fuese colectiva, ya que hay pasajes más trabajados que otros y, dado que se tocan materias diversas, es concebible que se encargara la elaboración a un equipo. No obstante, no es descartable la autoría individual, teniendo en cuenta que el estilo es más o menos uniforme y la modestia de los fines de la obra (no es un tratado o una colección de ensayos).
Sea como sea, la glosa hay que atribuirla orgánicamente a la Sección Femenina, que es la responsable de la edición. El texto, además, está dirigido a la educación política de sus miembros, tal y como se desprende de las interpelaciones al lector en plural femenino y de referencias concretas al rol de la mujer en la sociedad o en relación con el cumplimiento de los 26 Puntos. Se trata de un folleto que debía estar disponible en las bibliotecas de las delegaciones locales, comarcales y provinciales de la Sección Femenina, acompañado de otros títulos imprescindibles, como las obras completas de José Antonio y Teoría de la Falange, de Julián Pemartín[22].
Determinar la fecha de publicación es también peliagudo. No cabe la menor duda de que es posterior a la conclusión de la Guerra Civil, pues la victoria es ocasionalmente mencionada. Es probable que la fecha de publicación se sitúe como pronto en 1940 y no más tarde de 1942[23], a partir de algunas afirmaciones sobre regir el mundo junto a otras naciones (pretensión que abrigaba la Falange a principios de los años cuarenta, en el marco del Nuevo Orden auspiciado por Alemania) y alusiones explícitas a colaborar con Alemania e Italia «para conseguir una armonía universal». Asertos de este tipo habrían sido inapropiados cuando la suerte de las armas se volvió en contra de las potencias del Eje en 1943 e internacionalmente España adoptó una postura de neutralidad. En esa tesitura, Falange se vio obliga a moderar el tono de su discurso.
El comentario de los 26 Puntos, como se ha apuntado, es relativamente modesto, pues pretende instruir políticamente en una fase temprana de la formación falangista. Su propósito didáctico se manifiesta con claridad en la accesibilidad y sencillez del texto, que es directo y rotundo, sin muchos afeites. No por ello, empero, es un comentario que merezca el calificativo de banal o superficial. A mi juicio, desarrolla con solvencia el programa de FET, dentro de las limitaciones derivadas de la naturaleza del texto, y es un documento práctico para todo el que quiera iniciarse en el nacionalsindicalismo. Un valor adicional que puede subrayarse es que ésta es una interpretación oficial de los 26 Puntos, no la de algún estudioso ajeno a la Falange.
El tono es siempre del máximo respeto hacia los preceptos, casi como si constituyeran un texto sagrado. Abundan las citas de discursos de José Antonio. El estilo, similar al de una catequesis, sugiere a la imaginación una sesión de doctrina impartida en alguna austera instancia del Castillo de la Mota de Medina del Campo, donde se ubicaba la Escuela Mayor de Mandos «José Antonio»[24].
La glosa destaca por su elocuencia y plantea razonamientos muy agudos, como la interrelación entre los cuatro primeros puntos, en el que el primero es la fe en España (que existe como realidad indiscutible y permanente), el segundo la misión (unidad de destino en lo universal), el tercero el fin de la misión (el Imperio) y el cuarto los medios para cumplir esa misión (las fuerzas armadas). Como no podía ser de otra manera, las explicaciones sobre el sindicato vertical —concepto primordial para el programa— son amplias y bien razonadas, exponiendo una evolución histórica desde el gremio hasta el planteamiento original nacionalsindicalista.
En algún caso se incurre, cómo no, en contorsiones políticas, explicables por los condicionantes con que operaba la FET. Así sucede en la exposición acerca de la nacionalización de la banca, en la que la figura del banco central, que estando en manos del Estado supervisa el sistema financiero y garantiza el interés nacional, dispensa de una nacionalización real y efectiva, la cual sólo sería necesaria en el caso extremo de que dicho banco central no pudiera realizar su función adecuadamente.
En esta línea, es cauteloso, más bien general, sin entrar en medidas específicas, el comentario anudado a los puntos de la reforma agraria, y prevalece una visión práctica, nada exaltada, en el punto de la expropiación sin indemnización de tierras ilegítimamente adquiridas. Así, se solicita paciencia en espera de una futura ley de expropiaciones que diera entero cumplimiento a ese precepto.
En otros aspectos el texto es más combativo, no ahorrando alguna crítica a los falangistas acomodados, o especialmente al detenerse en el punto 26, donde se asevera que, por muchas que sean las dificultades, la Falange debe perseverar en su programa, pues su camino es el verdadero y ha sido ya marcado por la sangre de los mártires del partido.
La transcripción que seguidamente encontrarán los lectores es absolutamente fiel al folleto original, con tan sólo algunas correcciones tipográficas. He respetado negritas, cursivas, mayúsculas y ciertas separaciones entre párrafos. Todas las notas al pie son de mi cosecha. Estas anotaciones se han añadido a efectos de ampliar información o aclarar algunos detalles que aparecen en el texto.
[1] Fue publicado en algunos diarios, como en el ABC de 30-11-1934.
[2] A su vez, estos Puntos Iniciales ya estaban hasta cierto punto prefigurados en el discurso que pronunciara José Antonio en el Teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933.
[3] «Puntos Iniciales», en F.E., nº 1, 1933, pp. 6-7.
[4] Bravo Martínez, Francisco: Historia de Falange Española de las J.O.N.S., Editora Nacional, Madrid, 1943, p. 76.
[5] Ibidem.
[6] Payne, Stanley G.: Falange. Historia del fascismo español, Madrid, Sarpe, 1985, p. 87; Gil Pecharromán, Julio: José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario, Temas de Hoy, Madrid, 1996, p. 335.
[7] Payne, Stanley G.: Falange…, p. 87.
[8] De las Obras Loscertales, Jaime: «“Bendita sea la Falange”. Religión católica y religión política en Falange Española de las JONS (1933-1936)», en Revista de historia Jerónimo Zurita, nº 95, 2019, pp. 185-187.
[9] Bravo Martínez, Francisco: Historia de…, op. cit., pp. 76-77.
[10] Ibidem, p. 77.
[11] Ibidem.
[12] Explica Pemartín, Julián: Teoría de la Falange, Ediciones de la Sección Femenina, Madrid, 1948 (3ª edición), p. 12, que este concepto de nación no se fundamenta en la geografía o en la raza, sino en una misión histórica asignada por Dios que debe ser cumplida en la Historia Universal.
[13] El carácter totalitario del Estado que establece este precepto es objeto de controversia. Para empezar, porque lo define, en realidad, como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». Un instrumento, aun cuando sea totalitario, nunca puede ser omnipotente o supremo. Por eso es posible afirmar que no es un Estado totalitario como el teorizado por los fascistas y más perfectamente construido por los nazis o los soviéticos. De acuerdo con Fernández-Cuesta, Raimundo: «El concepto falangista del Estado», en Revista de Estudios Políticos, nº 13-14, 1944, p. 368, para la Falange «el Estado no es un mal inevitable, ni una armadura jurídica perfecta, ni el Leviathan poderoso que todo lo domina. El Estado es un medio para servir a un fin. Servir no sólo a las preocupaciones materiales de los españoles, sino, sobre todo, y esto sí que es importante, al destino total de España, aunque a veces para ello tenga que colocar a los españoles en trance de angustiosa preocupación; mas los españoles, si son dignos de serlo, preferirían mil veces la angustia con dignidad, a la esplendidez con la conciencia murmurante».
[14] Pemartín, Julián: Teoría…, op. cit., p. 23.
[15] Alcalá, César: Manuel Hedilla. 235 días al frente de la Falange, SND Editores, Madrid, 2021, pp. 187-188, reproduce el parecer de autores como Pedro Laín Entralgo y Ernesto Giménez Caballero, que reaccionaron a la unificación valorándola como la conquista del Estado por parte de la Falange.
[16] Gil Pecharromán, Julio: José Antonio…, op. cit., p. 339, observa que era una «respuesta rotunda» a los grupos monárquicos que pretendían ejercer tutela sobre la Falange.
[17] Thomàs, Joan Maria: El gran golpe. El «caso Hedilla» o cómo Franco se quedó con Falange, Debate, Barcelona, 2014, p. 154.
[18] Martínez Val, José María: ¿Por qué no fue posible la Falange?, Dopesa, Barcelona, 1976 (2ª edición), p. 184.
[19] Payne, Stanley G.: Historia del fascismo, Planeta, Barcelona, 1995, p. 330.
[20] Martínez de Bedoya, J.: «El sentido de la libertad en la doctrina falangista», en Revista de Estudios Políticos, nº 9-10, 1943, pp. 327-330, cita ampliamente a Onésimo Redondo para mostrar su escepticismo sobre las fórmulas políticas «cuyos ingredientes aparezcan matemáticamente dosificados».
[21] No puedo por menos que traer a colación las palabras de Fernández Cuesta, Raimundo: «El concepto…», op. cit., p. 380, que aduce que la Falange nace «por la incapacidad de unos grupos políticos para sacar a España del abismo al que la habían llevado otros, por la ineficacia de sus métodos, por la parvedad de sus soluciones, por querer hacer del Estado, no un instrumento para servir a España, sino un instrumento para servirse de ella. Con trescientos diputados, la máxima ambición nacional de aquellos días, se quería sostener el Estado que se venía abajo. ¡Menguada solución y menguado remedio para la hondura del caso!».
[22] Del Rincón García, María Fernanda: «Mujeres azules de la sección femenina: formación, libros y bibliotecas para el adoctrinamiento político en España (1939-1945)», en MÉI: Métodos de Información, vol. I, nº 1, 2010, pp. 77-78.
[23] En cuanto a la edición transcrita, que es la tercera, podría haberse publicado, conforme a lo expuesto, en 1942, si se hubiera lanzado una edición cada año.
[24] El castillo fue cedido a la Sección Femenina con el fin de servir de centro de formación de esa Delegación Nacional, «una misión digna de sus glorias pretéritas y de su belleza», mediante Decreto de 29 de mayo de 1942 (BOE de 31 de mayo de 1942).
