El «capitán Palacios» siguió presente en los medios de comunicación durante los años siguientes, en los locales, en los de alcance nacional e incluso en medios de prensa y radio de otros países. Sucedió así porque un año después de la repatriación se publicó un libro, firmado por el propio Palacios y Torcuato Luca de Tena, en el que se narraban las vicisitudes del cautiverio y, en seguida, el libro inspiró una obra cinematográfica.
El medio de prensa que más espacio concedió a Palacios desde su regreso de la URSS hasta su fallecimiento fue ABC, por voluntad de Luca de Tena y de otros columnistas de este diario que mantuvieron una relación constante con la familia Palacios. Su nombre figuró en la edición correspondiente al 1 de enero de 1955, en el balance de los sucesos políticos del año que acababa de terminar, en el que se citan la manifestación en Madrid pro-Gibraltar español, la deposición del sultán de Marruecos, el regreso de los prisioneros de Rusia, la llegada de la primera remesa de material de guerra norteamericano y la celebración de varios «eventos», algunos, por supuesto, relacionados con la actividad del jefe del Estado. Al hacer referencia a la repatriación, solo se citaba por su nombre a uno de los excautivos, a él. Además, Palacios volvió a las páginas del conocido entonces como diario monárquico el 10 de febrero, aniversario de la batalla de Krasnyj Bor, en una entrevista que le hizo Víctor de la Serna, y el 2 de abril, primer aniversario de la llegada a Barcelona del Semiramis. En dos páginas se ofrecían fotografías del reencuentro entre los repatriados y sus familias, y una de Palacios, él solo, con la ropa que vestía en el barco y un cuaderno, como si estuviera en actitud de escribir sus recuerdos. En el pie de las fotos se leía: «El comandante Palacios (en silueta, a la derecha), el capitán Oroquieta, los tenientes Altura y Rosaleny y el alférez Castillo Montoto, con los heroicos soldados prisioneros en los campos tenebrosos del comunismo ruso, merecieron por su comportamiento el homenaje de sus compatriotas». Tres días después, el diario llevó a sus páginas de actualidad gráfica a los oficiales y soldados, con motivo del cuarto aniversario de la huelga de españoles en Borovichy, reprodujo una parte de la sentencia condenatoria al sargento Salamanca por los hechos allí acontecidos y dedicó dos páginas a extractos de las memorias del comandante Palacios que, se decía, estaban a punto de publicarse.
También otros diarios prestaron atención a estos aniversarios, pero con una presencia menor de Palacios, para no repetir lo ya publicado en ABC y porque algunas cadenas de comunicación, muy especialmente la de FET y de las JONS, con cabeceras en todas las provincias, tenían instrucciones de hacer oposición al «diario monárquico». Y esto se notó, incluso en un tema que interesaba al partido único. No fue este el caso de una de las principales revistas de entonces, La Actualidad Española. Este semanario incluyó, en números consecutivos, resúmenes de varios capítulos del libro de Palacios, que estaba a punto de salir a la calle, y en su número correspondiente al día 28 publicó una entrevista a Palacios realizada por José Javier Aleixandre. La descripción del periodista refleja la mejoría física del entrevistado: «es alto y duro: un metro ochenta de estatura y setenta y cuatro kilos de peso», «amplia frente, patillas ligeramente alargadas, manos seguras, ojos nobles, de color castaño, hombros recios, sin alardes; la ropa –un traje gris Príncipe de Gales– le cae bien». El propio Palacios hizo mención a esta mejoría, pero dejó constancia de un cambio de aficiones, incluso de carácter: «Yo era antes muy animado. Siempre tenía ganas de juerga. Eso se me quedó allí. No quiero recordar y tengo suficiente fuerza de voluntad para conseguirlo. Pero me siento reconcentrado. Me gusta, como nunca me había gustado, la soledad». No obstante, pese a ese deseo de no recordar, unas líneas más adelante Palacios reconocía que, a veces, las situaciones más normales traían a su mente escenas del cautiverio. Por ejemplo, dado que le gustaba el fútbol, había acudido varias veces al estadio de Chamartín, en Madrid, y allí había recordado los torneos jugados en algunos campos soviéticos por las selecciones de las distintas nacionalidades de prisioneros: «No podía ver aquel partido. Sin querer veía aquellos otros de los campos de concentración, en los que unos seres famélicos, que no podían saltar ni correr apenas, se movían torpemente detrás de un pelotón no muy grande, hecho con trapos mal atados. Y, sin querer, veía también las alambradas».
Ya se ha dicho que, a bordo del Semiramis, Luca de Tena se interesó por la historia de Palacios. Obviamente iba a la búsqueda de una historia, con el propósito de elaborar varios reportajes y, si reunía el material suficiente, un libro. Mientras el barco surcaba el Mediterráneo, Luca de Tena entrevistó varias veces al capitán Palacios, le pareció más que interesante lo que escuchó, percibió que el entrevistado deseaba, como otros repatriados, que se contase su historia, y le planteó el proyecto de un libro firmado por ambos. Posiblemente Palacios no sabía nada entonces sobre Luca de Tena, pero ABC era una buena carta de presentación y se cayeron bien. El artículo que publicó al día siguiente de la llegada de los excautivos a Barcelona, con el título de «El Gigante», refleja dos cosas. La primera, que había trabajado a destajo en el barco. La segunda, que el periodista ya tenía claro cuál sería el método de trabajo. Palacios narraría los hechos por él vividos y Luca de Tena les daría forma novelada, adornando algunos episodios en beneficio del protagonista e inventando pequeños detalles para dar mayor dramatismo y hacer más entretenido el relato. Así lo acordaron. Durante el verano y el otoño Luca de Tena entrevistó a otros repatriados y a continuación se reunió con Palacios. El protagonista contaba, por épocas y campos de concentración, los acontecimientos y el periodista tomaba notas. Después el periodista trabajaba con su máquina de escribir, intercalando en la narración de Palacios notas y comentarios de otros excautivos, así como datos y opiniones que eran el resultado de sus lecturas sobre la URSS. Al día siguiente, el periodista leía el texto preparado y Palacios añadía o suprimía, en su caso, algún párrafo. Así fueron quedando cerrados los capítulos.
El libro salió a la calle en abril de 1955, editado en Madrid por Sucesores de Rivadeneyra. El título escogido fue Embajador en el infierno. Memorias del capitán Palacios. Once años de cautiverio en Rusia. Al parecer, tras barajar varias opciones para la primera parte del título, se impuso la preferida por Palacios, pues a Luca de Tena le gustaba más «Por la puerta grande», que es el título del capítulo final. No obstante, la idea del «embajador» también era de Luca de Tena, quien contó a compañeros de profesión la siguiente escena imaginada entre Andrei Gromyko, primer representante permanente de la URSS en el Consejo de Seguridad de la ONU, y un diplomático español:
«Hace unos años se celebraba una reunión en una embajada europea. Allí coincidieron Gromyko y cierto embajador español. Se decían vaguedades sobre el futuro del mundo. Un embajador, para amenizar la conversación, seguramente, dijo:
-Puede que con el tiempo hasta España tenga embajador en Rusia.
-Ya tiene España un embajador en la URSS –replicó Gromyko.
-Los contertulios se esperaban alguna salida chistosa. Pero hubo otro diplomático que se atrevió a preguntar:
– ¿Y quién es ese embajador, si se puede saber?
– A lo que Gromiko respondió taxativo:
– El capitán Palacios.»
De la primera edición del libro se imprimieron cinco ejemplares en papel Holanda de lujo, numerados del 1 al 5 y dedicados al jefe del Estado, al teniente general Muñoz Grandes, a Marcelle Barry, la delegada de la Cruz Roja francesa a bordo del Semiramis, al delegado de España ante la Cruz Roja internacional, duque de Hernani, y a Victoriano Rodríguez, «antiguo arriero entre Barcarrota y Badajoz, símbolo y modelo del bravo, sufrido y generoso soldado español». Ya se habían publicado algunos artículos en revistas militares, el más interesante salido de la pluma de Oroquieta, pero el de Palacios-Luca de Tena fue el primer libro dedicado a los españoles prisioneros en la URSS. Buena parte del texto está redactado en primera persona. A la hora de trabajar con Luca de Tena, Palacios se había apoyado en el texto que había redactado en «la Casona» de Potes. Pero existen notables diferencias entre ambas narraciones. Una estaba destinada al servicio de información militar, la otra al lector de la calle que se había sentido interesado por la versión ofrecida en los medios franquistas sobre la Segunda Guerra Mundial, la División Española de Voluntarios y los prisioneros españoles en la URSS. Había cosas que no eran publicables, por motivos militares y políticos, y desde luego la censura no hubiera autorizado que salieran a la luz varias de las cosas acontecidas en los campos soviéticos de trabajo y reeducación. Dos oficiales que aparecen con sus nombres y apellidos en el documento confidencial para el Ministerio del Ejército no fueron incluidos en el libro, en el que tampoco se hace referencia a su actuación, contraria en varias ocasiones a la marcada por Palacios. En el libro se simplifica, solo figura un oficial «traidor», el «alférez X»; y no tres.
Sería difícil encontrar algún medio de prensa escrito que no hubiera incluido una reseña sobre el libro. Las hay cortas y de considerable extensión, siempre encomiables: «En estas páginas vibra una lección ejemplar de historia», «lección de austeridad, de dignidad cristiana y civil», «Todos los muchachos españoles deberían conocer Embajador en el infierno», se decía en la revista Semana. Entre quienes escribieron sobre el libro figuran dos miembros de la Real Academia Española. Manuel Fernández Almagro lo hizo en ABC, donde elogió el acierto de Luca de Tena para «elegir al héroe que mejor pudiese llevar la voz de aquel grupo de españoles»: «Es una crónica histórica, útil por lo que enseña, y emocionante, por el modo con que nos es transmitida su enseñanza». Por su parte, Federico García Sanchiz comparó, en La Vanguardia, al capitán Palacios con el Cervantes prisionero, y con el excautivo cervantino que, en una venta de las páginas de El Quijote, refiere las crueldades con que trataba a sus esclavos el déspota de las mazmorras argelinas. Además, como ya se había dicho y se diría en otras reseñas, García Sánchiz señaló que el libro debería tener como principales destinatarios a los jóvenes españoles: «He ahí clara y magníficamente mostrado un ejemplo de español hacia el que los maestros tendrían que dirigir la mirada de los escolares. Que aprendan los chicos a jugar “al capitán Palacios en Rusia” (…) Si yo fuera gente con voz escuchada o con voto de autoridad, propondría que se hiciese una gran edición oficial de Embajador en el infierno, destinada para reparto gratuito a los colegios preuniversitarios, a los círculos de buena voluntad y sin fondos y, en una palabra, a la calle y el campo nacionales».
El libro fue un éxito de ventas, con sucesivas ediciones, hasta nuestros días. En noviembre saldría a la calle la cuarta edición (ejemplares 17.501 a 22.506) y entraría en máquinas la quinta. Y recibió dos premios importantes, el Premio Ejército 1955 y el Premio Nacional de Literatura Francisco Franco para ensayo, entregado el 17 de diciembre y dotado con 20.000 pesetas. El tribunal estuvo integrado por Florentino Pérez Embid, director general de Información y presidente del Ateneo de Madrid, Álvaro d´Ors, Manuel Halcón, Rafael Morales, Adolfo Muñoz Alonso, Rafael de Balbín Lucas y Guillermo Alonso del Real. Este año el Premio Nacional de Literatura Miguel de Cervantes para novela fue para Miguel Delibes, por Diario de un cazador, y el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera para poesía fue declarado desierto. El recién creado Premio Nacional de Literatura Menéndez Pelayo para ensayos de carácter literario y cultural, se otorgó en condiciones de paridad a Nuevo viaje de España, de Víctor de la Serna, y Maeztu, de Vicente Marrero. Para entonces el libro que nos interesa ya había sido traducido a cuatro idiomas, italiano, portugués, francés e inglés, por las casas editoriales Leo Longanesi (Milán), Aster (Lisboa), Lucien Corosi (Francia) y Mac Nab (Inglaterra), Radio Nacional estaba a punto de radiarlo y ya se sabía que sería llevado al cine. Poco después serían cedidos los derechos para la traducción en Japón, República Federal de Alemania, Suiza, Bélgica, Canadá y Holanda. En Alemania fue publicado por Druffel-Verlag de Munich, con el título de Der Rebell (El rebelde). Varios militares alemanes escribieron comentarios elogiosos de la obra y enviaron cartas de felicitación a Palacios, como fue el caso del general Hermann Harrendorf, quien había estado con su batallón I/469 de la 269 División en Pushkin. También le escribió, muy emocionado, el teniente general Arthur Schmidt, con quien Palacios había compartido cautiverio y que aparece en varias páginas del libro.
Sin embargo, en España, no a todos gustó el libro. Eso sí, las críticas se hicieron en privado. En medios falangistas se valoró la actitud de Palacios, y la de otros oficiales, suboficiales y soldados durante el cautiverio, pero molestó que no se hubiese destacado el papel que, según estas opiniones, correspondía a Falange en la historia de la «División Azul». Al comienzo del libro, Palacios cuenta que en su juventud militó en Falange y, más adelante, aparece alguna valoración positiva del nacional-sindicalismo, pero nada más. Los protagonistas del libro son militares, los oficiales y los soldados. Sobre este tema es interesante recordar que, cuando varias décadas después, su viuda fue preguntada por las críticas falangistas al libro, respondió lo siguiente:
«Él fue a luchar con la División Azul porque lo creía una obligación, porque lo pidieron y porque era contra el comunismo. Pero él era apolítico. Y, como queda reflejado en el libro, aunque antes de la guerra fuera falangista, después de ingresar en el Ejército se tornó totalmente apolítico. Esto ya lo reflejó en las múltiples conferencias que le obligaron a dar después de que volviera, aunque a él no le gustaban nada: “yo fui como militar, nunca como falangista aunque es verdad que antes de la guerra era de la Falange”. Esto no se lo perdonó nunca el Partido y desde luego tuvieron sus más y sus menos.»
También le preguntaron a Mª Paz si Luca de Tena había utilizado la experiencia de su marido para restar importancia a la Falange frente al Ejército, que sería, supuestamente, más monárquico. Su respuesta fue la que sigue:
«Torcuato escribió exactamente lo que mi marido le dictó sin añadirle ni una coma. Además mantuvieron hasta su muerte una relación muy buena, cosa que no hubiera sucedido de haber sospechado mi marido, aunque fuera remotamente, que Torcuato lo hubiera utilizado para alguna maniobra política. Y mira que nosotros conocíamos a D. Juan desde hacía tiempo –por cierto era un señor muy salado– pero de ahí a lo otro había un paso que mi marido nunca hubiera dado.»
En otra parte de la entrevista, Mª Paz dejó claro que, en general, a los falangistas no les había agradado que su esposo eligiera como coautor a Luca de Tena, que hubieran preferido a otro, por ejemplo a Salvador López de la Torre, que era exdivisionario y el redactor de Arriba que viajó a Estambul. Este tema salió varias veces a relucir en las conversaciones con el entonces ministro del Ejército: «Muñoz Grandes, que era muy buena persona pero totalmente falangista le decía: “¿por qué tuviste que hacer el libro con Luca de Tena?”»1. En efecto, esta era la cuestión fundamental, el rechazo a Luca de Tena por su condición de monárquico «juanista» y formar parte de las filas del régimen que eran críticas con el modelo de partido único y favorables a su sustitución por el Movimiento Nacional, del que formarían parte no solo los falangistas, sino también, y en igualdad de condiciones, las restantes familias del régimen de Franco. En los ambientes políticos todavía era tema de conversación la polvareda levantada por la carta enviada, con fecha de 24 de noviembre de 1954, por Joaquín Calvo Sotelo, Juan Manuel Fanjul Sedeño, Torcuato Luca de Tena y Joaquín Satrústegui al ministro subsecretario de la Presidencia del Gobierno, Carrero Blanco.
Se trata de un escrito de protesta por las agresiones sufridas durante las elecciones al puesto de concejales en representación del tercio familiar del Ayuntamiento de Madrid (con los tercios municipal y sindical y la representación eclesiástica, militar y empresarial el franquismo decía construir la «democracia orgánica») y por la permisividad, cuando no colaboración, de las autoridades ante la actuación de los «matones» del Frente de Juventudes y la Guardia de Franco contra el equipo de apoyo a las cuatro personas citadas, que integraban la candidatura «monárquico-liberal» que había intentado competir con la candidatura falangista en la capital. Los hechos denunciados eran los siguientes: la policía había detenido al personal encargado de fijar los carteles de propaganda; la censura prohibió que su candidatura apareciese en la prensa, la radio y anuncios de cine; «la víspera de las elecciones tuvimos que solicitar la protección de la Policía para impedir las violencias de grupos que merodeaban a la puerta del edificio donde estaba la sede de nuestra oficina electoral»; un colaborador, «que llevaba 23 credenciales de interventores, fue agredido a la puerta de nuestra oficina electoral»; la larga lista de actos de agresión sufridos incluyó la cometida sobre la persona de Jorgina Gil-Delgado de Satrústegui, esposa de uno de los firmantes de la carta, quien fue golpeada cuando repartía papeletas electorales; el día de la elección «el mutilado de guerra y cinco veces herido durante nuestra Cruzada, D. Emilio Meneses, quien se ocupaba de un servicio de automóviles para el traslado de nuestros notarios, fue rodeado por un grupo de individuos que, pistola en mano, le golpearon hiriéndole y robándole su documentación»; en varias mesas las urnas carecían de los precintos legales y «el número de votos extraídos de las urnas era superior al número de votantes inscritos en el censo de la sección respectiva»; «nuestros interventores y apoderados fueron expulsados en el momento del escrutinio, e individuos que se presentaron como delegados gubernativos después del escrutinio en la mayoría de las mesas impidieron su publicación». Así había sucedido, con esta y con otras candidaturas no oficiales. Al igual que hacían en los recintos universitarios, los mamporreros falangistas habían actuado de forma violenta contra cuatro representantes de la burguesía que se decían afectos, y lo eran, al denominado Movimiento Nacional y habían pretendido competir en unas elecciones siguiendo los procedimientos establecidos por el régimen. La complicidad gubernamental era evidente, pues los jefes locales del partido eran a su vez, excepto raras excepciones, los alcaldes de las respectivas poblaciones y los gobernadores civiles llevaban aparejado el cargo de jefe provincial. Obviamente, en Madrid, como en todas partes, se impuso la candidatura falangista. Carrero Blanco, que llevaba tiempo trabajando para limitar la influencia falangista en beneficio de la derecha católica vinculada al instituto seglar Opus Dei, no quiso intervenir. Tan solo hizo una lectura de lo sucedido: la indignación del resto de las familias del régimen frente al intento de monopolio falangista beneficiaba sus planes. El escrito de queja que hemos consultado fue el que llegó a manos del comandante Palacios.
Hijo predilecto de Potes
En Madrid, el comandante Palacios mantuvo el contacto con varios oficiales divisionarios y exprisioneros, y también con soldados, que acudieron varias veces a su casa, para tomar un vino y para pedirle consejo sobre su futuro profesional. En Santander y Potes, durante las vacaciones, fue diferente. Aquí recuperó amistades de su juventud e hizo otras que nada tenían que ver ni con la política ni con la vida militar.
En su tierra la voluntad de agasajarle fue una constante durante las décadas siguientes y sobre todo ahora, para inmortalizar su historia. En junio de 1955 la corporación municipal decidió hacerle un homenaje. El acuerdo se adoptó, por unanimidad, en la sesión del día 28 de julio. Según consta en el acta de esa fecha, los concejales manifestaron que juzgaban «un deber de buenos lebaniegos y españoles el proponer y aprobar el siguiente acuerdo»:
«Nombrar al heroico y ejemplar soldado Capitán Don Teodoro Palacios Cueto Hijo Predilecto de la villa.
El ejemplo y encendido heroísmo, así como la grandeza de los sufrimientos padecidos por él en las estepas rusas, quedarán grabados en el corazón de las futuras generaciones de Liébana.
Con el fin de perpetuar la memoria del heroico Capitán, se acordó igualmente colocar una placa conmemorativa dando su nombre a la calle que en la actualidad se denomina de la Plaza.»
Este acuerdo se materializó en agosto. El día 6 el equipo de gobierno municipal acordó que el homenaje consistiría en nombrarle «Hijo Predilecto, no solamente de Potes, su villa natal, sino de Liébana entera, ya que esta región se siente satisfecha y orgullosa de la gesta heroica de este ejemplar lebaniego». Para este nombramiento era preciso que los siete ayuntamientos del Real Valle de Liébana adoptaran el acuerdo de adherirse al homenaje. Así lo hicieron, además de Potes, Camaleño, Pesaguero, Cillorigo, Cabezón de Liébana, Vega de Liébana y Tresviso. El acto se celebró el día 10, con varias partes: Teodoro Palacios fue nombrado hijo predilecto de Liébana; fue descubierta una lápida en su recuerdo en el edificio construido en el lugar donde estuvo su casa natal; se dio su nombre a la calle de la Plaza, la cual había sido reconstruida por Regiones Devastadas, y se descubrió la placa (y allí permanece) con la leyenda «El Ayuntamiento de Potes dedica esta Plaza a su Hijo Predilecto el heroico Capitán Palacios»; y le fue entregado un sable de honor. Desde el Ayuntamiento se había transmitido a los vecinos la conveniencia de que acudieran a recibir a las autoridades y que para dicho acto engalanasen los balcones. Esa era la norma entonces. Pero la petición era innecesaria. Palacios seguía siendo objeto de curiosidad y era una persona respetada y querida por la mayor parte de las gentes de Potes. Las palabras que dirigió a quienes acudieron a homenajearle fueron de agradecimiento, por su presencia y sus gestos de cariño, sin que faltara el recuerdo del tiempo allí vivido, de anécdotas que formaban ya parte de la memoria colectiva de la villa. No les lanzó nunca una arenga política, ni trajo al presente de quienes acudían a recibirle episodios de la Guerra Civil, de la campaña de Rusia o del cautiverio. Durante los actos que conformaban el homenaje, fueron haciendo uso de la palabra el alcalde, su primo Manuel Palacios, el gobernador civil, Roldán Losada, falangista y mutilado de guerra, y el presidente de la Diputación, Pérez Bustamante, que era además catedrático de Historia del Instituto Santa Clara de Santander. Y estuvieron presentes otras autoridades, como el subjefe provincial del Movimiento, Avendaño Porrúa, y el alcalde de Santander, así como una representación del Regimiento «Valencia», varios excautivos españoles y uno italiano, Mario Bosello. No faltaron al acto dos incondicionales de Palacios, como eran el consejero delegado de Prensa Española Luca de Tena y el escritor De la Serna. Asimismo, llegaron numerosas adhesiones por telégrafo, la más destacada la del ministro del Ejército: «Por celebrarse el mismo día Consejo de Ministros me es imposible asistir al acto que vais a celebrar en honor del glorioso comandante Palacios, símbolo del sacrificio y del amor patrio en las estepas de Rusia al frente de un puñado de valientes, que en las condiciones más adversas puso de manifiesto el temple de nuestra raza, que no se doblega por nadie ni ante nada. Un abrazo. Muñoz Grandes».
Al decir de las personas que allí estuvieron y hemos podido entrevistar, nunca antes tantos lebaniegos habían acudido a Potes para inundar la Plaza Mayor y todo el centro de la villa. Manuel Palacios nos ha dicho que él solo ha vivido una situación similar, con tanta gente y tantas autoridades en Potes, la cual tuvo lugar unos años después, cuando se celebró que el monasterio de Santo Toribio dejara de pertenecer a la diócesis de León para vincularse a la de Santander. Al terminar los actos oficiales se celebró una comida en los bajos de la Plaza Mayor, a la que estaban convocadas las autoridades citadas pero que era de libre asistencia, lo que permitió que se sumaran al festejo varias decenas de habitantes de Liébana. Todos pagaron su cubierto. El alcalde había solicitado a varios restaurantes el menú que se comprometerían a servir por un precio que no excediese las 50 pesetas. El menú elegido fue el siguiente:
Entremeses: Aceitunas rellenas, sardinas, anchoas y lomo.
Sopa de fideos de cocido lebaniego.
Cocido completo regional.
Dos huevos cocidos con jamón y tomate.
Frutas variadas de la región y queso.
Vino de Liébana y pan.
Café y copa.
Una vez más, el capitán Palacios fue objeto de atención de la prensa provincial y nacional. ABC hizo referencia al homenaje en varias ediciones y en la correspondiente a la del día 12 incluyó una fotografía que ocupaba la mitad de la portada. También le llevó a su primera página el diario de la Organización Sindical, Pueblo.
La película: Embajadores en el infierno
En marzo de 1956, el comandante Palacios fue adscrito al cuadro de profesorado y mando de la primera zona de Instrucción Premilitar Superior y agregado al Regimiento de Infantería Inmemorial nº 1, con destino en Madrid. Su vida militar fue tranquila, en tareas docentes y de oficina, pero el interés que otros le demostraron por la historia de la que había sido protagonista le mantenía ocupado en diversas tareas, como dar conferencias en la Escuela Diplomática y centros militares, así como participar en actos relacionados con el calendario de efemérides de la División Azul; por ejemplo, Palacios fue uno de los dos españoles designados para encarnar «la actitud de España frente al comunismo» con motivo de la Semana del Papa celebrada durante la visita a Madrid de Pío XII, en mayo de 1956. Y estaba el tema de la película, cuyo rodaje estaba muy avanzado en esa fecha. Él no intervino en el guión y, en consecuencia, la película apenas le restó tiempo para otras cosas. Pero, aun siendo así, e interesándole menos que la obra escrita, la película le ocasionó varios problemas, antes y después de su estreno.
El interés por los acontecimientos relacionados con la División y el impacto emocional causado por el regreso de los prisioneros habían alentado ya el rodaje de varias obras cinematográficas. Las tres obras principales que tratan estos temas se estrenaron el año del regreso de los prisioneros, como es el caso de La patrulla (Pedro Lazaga, 1954), o dos años después: La espera, dirigida por Vicente Lluch, y Embajadores en el infierno, por José María Forqué, ambas de 1956, el mismo año en que la escritora Carmen Kurtz ganó el Premio Planeta con un interesante relato, El desconocido, sobre las dificultades de adaptación de uno de aquellos prisioneros a su regreso a España. Las tres películas fueron filmadas en un momento en que, por constituir temática de interés para el Estado franquista, era alta la probabilidad de obtener subvenciones para desarrollar este tipo de proyectos. Obviamente ninguna de las tres se aparta de los requisitos impuestos por el Estado franquista a toda obra artística susceptible de explotación comercial: exaltación de un determinado concepto de lo español, basada en el nacional catolicismo, y, por supuesto, del «Caudillo». A este respecto pocas diferencias hay entre las películas citadas y las obras sobre la «Cruzada» realizadas en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, excepto en cuanto se refiere a la contextualización, más detallada en las obras dedicadas a la Guerra Civil, y la asignación de los papeles de héroes, ya que en las películas de tema divisionario Franco es un referente que solo aparece en segundo plano. A esta consideración debemos añadir que el rodaje y los estrenos nos sitúan inmediatamente después de la firma de los pactos militares con Estados Unidos y en el contexto de la entrada de España en la ONU, dos logros de la política exterior del régimen que, a la fuerza, imponían limitaciones a cualquier actividad cultural y artística, no en el sentido de atemperar el discurso anticomunista sino en el de disimular u omitir cualquier rastro de la pasada alianza con la Alemania nazi.

Con anterioridad el cine comercial apenas había hecho mención de la División. Las pocas referencias que es posible rastrear no ofrecen el contexto histórico necesario para dar verosimilitud a los hechos de la narración o son tan escasas que la circunstancia de que en el relato aparezca un combatiente español en Rusia constituye un elemento intrascendente de la trama. Tal es el caso de La condesa María, película producida por Cifesa en 1942, con dirección de Gonzalo Pardo y argumento de Juan Ignacio Luca de Tena, la cual modifica el argumento de la obra original, La condesa María: comedia, la desaparición de un soldado en la guerra de Marruecos, para adecuarse a la coyuntura de comienzos de la década de los cuarenta: la condesa María es ahora una mujer desolada, atrapada por el recuerdo de su hijo, piloto de aviación, del que le han dicho que ha muerto en la campaña de Rusia. Otra película que, unos años después, tratará el tema de los prisioneros es Carta a una mujer, producida y dirigida por Miguel Iglesias, centrada en la larga espera de una mujer a su esposo, que nunca regresará, inspirada en la obra de teatro El mensaje (1963), de J. Salom; pero esta obra, sin carga política, es un melodrama centrado en una mujer, y lo divisionario es colateral, casi inexistente. Señalemos finalmente que se elaborarán algunos guiones cinematográficos que sí inciden en las circunstancias de la División, pero que no obtuvieron los apoyos económicos y políticos necesarios para ser llevados a la pantalla: Una tumba para García (División Azul), de 1953, y Cautiverio, que narra la historia de amor entre un prisionero y una enfermera, relato que poco podía atraer a los jerarcas del régimen, y menos aún a los de Falange pese a que el guión literario y los diálogos corrieran a cargo del falangista Demetrio Castro Villacañas.
Embajadores en el infierno es la única obra cinematográfica en la que las vivencias del personal de la División Española de Voluntarios inundan la totalidad del relato. No obstante, a diferencia de La patrulla, Embajadores solo trata uno de los grandes temas divisionarios, el del cautiverio. También es este el tema de La espera, pero aquí se muestra en el ámbito de las familias de los prisioneros, y en La patrulla ocupa un espacio menor en la narración. Al parecer, la idea de hacer la película fue de los directivos de la productora Ariel, entre los que figuraban el futuro ministro de Comercio Alberto Ullastres y otros miembros del Opus Dei. Palacios no quiso intervenir en el guión y tampoco realizar tareas de asesor militar, puesto para el que recomendó al sargento Ángel Salamanca. Luca de Tena se mostró mucho más entusiasmado con el tema de la película, pues ya se había adaptado una novela histórica salida de su pluma y era consciente, por sus estancias en Gran Bretaña y Estados Unidos, de los beneficios que el cine puede proporcionar, económicos y para la publicidad de otras obras. Por este motivo fundó con Juan Bautista Aparicio la productora Rodas y animó a varios amigos y conocidos a participar en la producción. En diciembre de 1955 firmó un contrato con Palacios. El «capitán» había solicitado un préstamo de un millón de pesetas para aportarlos al rodaje, a cambio de lo cual obtendría una sexta parte de los beneficios recaudados. Pero el dinero reunido fue insuficiente, por lo que Luca de Tena acabó aceptando la participación de la productora Ariel. La historia narrada en la película es la misma que la del libro, aunque existen diferencias. La primera se refiere al título. El Embajador se convierte en Embajadores, para no personalizar la actitud heroica en un solo oficial. La segunda a la desaparición del «capitán Palacios», ya que el protagonista se llama «capitán Adrados», situación que se repite con el resto de personajes del libro.
La ficha de la película es la siguiente:
Embajadores en el infierno. Estrenada en el cine Palacio de la Música, de Madrid
Producida por Ariel y Rodas en 1956.
Director: José María Forqué.
Argumento: El libro de Teodoro Palacios y Torcuato Luca de Tena.
Guión literario y diálogos: Torcuato Luca de Tena.
Operador: Antonio L. Ballesteros.
Decorados: Ramiro Gómez.
Fotografía: Antonio L. Ballesteros.
Música: Salvador Ruiz de Luna.
Montaje: Julio Peña.
Asesor militar: Comandante de Infantería diplomado de Estado Mayor Luis Martín de Pozuelo.
Asesor de ambientación: Sargento Ángel Salamanca.
Estudios: Sevilla Films, Madrid.
Intérpretes: Antonio Vilar (capitán Adrados), Rubén Rojo (teniente Durán), Luis Peña (teniente Albar/oficial X), Mario Berriatúa (teniente Rodrigo), Manuel Dicenta (capitán Valdivia), Miguel Gil Avalle, Antonio Prieto, Mario Morales, Jacinto Martín, José Franco, Ricardo Canales, Valeriano Andrés, Aníbal Vela, Rolf Wanka y Reiner Penker.
Varios excautivos en la URSS hicieron de extras en la película. Además, los ministerios militares prestaron toda la colaboración solicitada para el rodaje, con aportaciones del Estado Mayor Central del Ejército, las Capitanías Generales de Madrid, Burgos y Barcelona, los jefes y oficiales del Curso de Esquiadores y Escaladores de Burguete (Navarra), los generales y mandos de las Divisiones 11 y 62, las unidades de instrucción de Hoyo de Manzanares, el Estado Mayor de la Armada, el sector naval de Cataluña, el comandante y tripulación del barco de la marina de guerra Juan de la Cosa, y la Policía Armada. Para varias de las escenas, el Ejército de Tierra aportó tropas, material de guerra, animales y otros efectos.
Embajadores en el infierno se estrenó en función de gala en el Palacio de la Música, uno de los principales cines de Madrid, el 17 de septiembre de 1956. Los aficionados al cine histórico y varios críticos de cine apreciaron, aunque no lo pusieran por escrito, varias omisiones. En este terreno cabe destacar el arranque de la película, cuando la información ofrecida a los espectadores como contexto del relato que va a presenciar es escasa y manipuladora del pasado histórico. Una voz en off anuncia: «Esta película aspira a ser una síntesis de la aventura vivida por aquellos oficiales y soldados que enrolados en la División Azul y prisioneros más tarde en los campos de Rusia sirvieron los mismos ideales que inspiraron nuestra Cruzada». A continuación la voz del protagonista proporciona un referente geográfico concreto y también cronológico: «Rusia. Frente de Kolpino, cerca de Leningrado. Diez de febrero de 1943. Un pequeño grupo de españoles, supervivientes de la última batalla, cruzábamos hacia la cárcel gigantesca de este país cruel, extraño y desconocido». El hecho histórico que en esa zona del mundo se vivía en aquella fecha era la Segunda Guerra Mundial, pero no se alude a esta circunstancia. La intención, claro está, es la omisión de cualquier alusión, directa o indirecta, a la decisión adoptada por el Gobierno español en junio de 1941 de enviar tropas a la URSS sin previa declaración de guerra, omitir que el Estado español intervino en esa guerra y que lo hizo en calidad de aliado militar del Tercer Reich. La manipulación más evidente tiene que ver con el vestuario de los españoles, pues, por lo menos en el momento de ser hechos prisioneros, y en las escenas siguientes, deberían aparecer con el uniforme correspondiente al hecho narrado, es decir, el uniforme del Heer, el ejército alemán de Tierra. En la película los españoles visten muy pocas prendas alemanas: lo hace Adrados, en cuya guerrera se distingue una parte del distintivo del ejército alemán, un águila con las alas desplegadas, que nunca se aprecia bien y del que parece haber desaparecido el aro, conteniendo la esvástica nazi, que debería colgar de las garras del ave. Casi ningún otro español lleva esta prenda; visten, por el contrario, ropas propias de trabajadores manuales y en ningún momento se ve a los soldados con ropa militar y menos aún que luzcan, como hubiera sido lo lógico, los distintivos alemanes.
Otra cuestión de interés tiene que ver con la simbología falangista. Si en la novela es escasa la presencia de estos símbolos, aún es menor en la película. Esta fue una decisión que causó bastantes quebraderos de cabeza tanto al guionista como al director, por las presiones recibidas. Una de las variaciones más evidentes la encontramos en la respuesta que da el capitán Adrados a la pregunta de a qué partido político pertenece: donde Palacios decía «Falange Española Tradicionalista», Adrados afirma «Anticomunista». Otros cambios restan también protagonismo a Falange en beneficio del Ejército: los compases del himno falangista, el Cara al sol, suenan en varias ocasiones pero nunca se escucha la letra, solo la música, y siempre aparece asociada al Himno de Infantería, en ocasiones también al Oriamendi carlista y al Himno Nacional. Cabe también destacar que la escena en la que unos soldados entregan al capitán Adrados el emblema de Falange, que el oficial va a lucir solo durante unas imágenes, fue incluida una vez terminado el rodaje, por presiones del entonces ministro secretario general del Movimiento, Fernández Cuesta, a quien no había gustado nada el pase de la película en sesión privada.
La crítica fue en general muy favorable a la película. Citamos cinco ejemplos. En Pueblo, García de la Puerta escribió: «Un documento auténtico, un relato hecho por los propios protagonistas de la odisea, un film impresionante, que es, también, un monumento al patriotismo, al honor, a la entereza de los españoles, soldados y oficiales de la gloriosa División Azul». En ABC Donald se encargó de los elogios: «Todo está contado cinematográficamente con extraordinaria ponderación, sin forzar un solo efecto, sin recurrir al «efectismo», porque es tanta la fuerza natural de las escenas que se suceden que hubiera sido un error colgar en ellas innecesarios y, de fijo, inoportunos adornos». En Ya, Carlos Fernández Cuenca escribió: «Todo el film nos ha gustado de verdad; las escenas últimas nos han entusiasmado». En El Alcázar, Enrique G. Herreros elogió la dirección y la interpretación, y añadió que «la trama tiene agilidad cinematográfica a pesar de su corto radio de desenvolvimiento». También, en Informaciones, Alfonso Sánchez ensalzó el trabajo del director, guionista y actores, pero fue menos entusiasta en su crítica, considerando excesiva la «preocupación por componer tipos que se advierte en todos los actores que encarnan personajes rusos. Resta naturalidad al relato, y por otra parte, su comportamiento en la pantalla, hasta ingenua alguna vez, nos parece distante de la crueldad y sutileza que debieron volcar los auténticos carceleros sobre sus cautivos, y que engrandeció aún más los valores de la gesta». En el extranjero la película despertó bastante menos interés que el libro. Fue estrenada en Roma, en la Semana de Cine Español, es decir, por decisión de un organismo dependiente del Gobierno. Caso distinto fue el de la República Federal Alemana, donde fue estrenada en una de las reuniones de la Asociación de Repatriados Alemanes, en junio de 1957, y valorada muy positivamente2. La Hermandad de la División Azul había enviado una carta a esta organización diciendo que en la película no se veía fielmente retratado al prisionero alemán. Pero en aquella Alemania tan politizada, por la derrota, por la división del Estado, los crímenes del Ejército Rojo sobre los alemanes que en 1945 huían de los territorios del Este, las deportaciones de millones de alemanes de los territorios que habían pasado a formar parte de otros Estados, por la Guerra Fría, y por otras cuestiones, en esa Alemania había generaciones a las que interesaba mucho el tema de la pasada guerra y que se sentían dolidos por el castigo impuesto por los vencedores a Alemania y no, exclusivamente, al régimen del Tercer Reich. La película mostraba que Alemania no había estado sola en la guerra contra la URSS, que los alemanes no habían sido los únicos derrotados y que, pese a la derrota, existían conductas y valores de los que no avergonzarse pese a que uno hubiera vestido el uniforme de la Wehrmacht comandada por Hitler. Por estos motivos, la película se proyectó en varias reuniones de asociaciones de excombatientes, y también en alguna sala comercial.
Sin embargo, como ya se ha apuntado, la película no gustó a los políticos falangistas. El desacuerdo con su contenido se hizo público mediante una crítica aparecida en la edición del diario Arriba correspondiente al 18 de septiembre por Luis Gómez Mesa. Comenzaba diciendo que la División Azul «fue una empresa de la Falange». En las líneas siguientes escribía que la película mostraba «algo auténtico: el heroísmo del carácter español, que alcanza su culminación en los instantes excepcionalmente difíciles», que era «de gran calidad por el experto trabajo del director», y que ofrecía «escenas vibrantes, de profundo patetismo». Seguía el siguiente párrafo: «Resulta paradójico, sin embargo, que se haya escamoteado la verdad histórica del significado falangista de aquella empresa militar española». Esta era la clave, que en el partido quisieron interpretar que la película era una maniobra de acercamiento entre militares y monárquicos, un paso más para marginar a Falange de la vida política española. Fernández Cuesta, el ministro secretario general del Movimiento (a quien le quedaba muy poco tiempo en el cargo) hizo cuanto pudo para dificultar el estreno. Y durante las semanas siguientes a este, proliferaron los rumores de amenazas al director y al guionista de la película, incluso a Palacios. En la entrevista ya citada, Luca de Tena expuso lo siguiente:
«No toleraban, los acostumbrados a la expoliación y a la usurpación del Movimiento Nacional, que no hubieran sido gentes de sus cuadros los que hubiesen escrito un libro tan patriótico, como es el mío, y una película tan patriótica como resultó ser (…) García Rebull, que era entonces Director General de Excombatientes o de Excautivos, no recuerdo bien, le puso la proa a Palacios desde el primer día como diciendo: “Este no era uno de los nuestros, no estaba inscrito en el Partido” (…) Y este ministro (se refiere a Fernández Cuesta), por encima de Arias Salgado, con la cabeza calentada por García Rebull, por sí y ante sí, tomó la decisión de que la película no siguiera adelante porque no era del Partido (…) Para mí era la ruina, la ruina de verdad, porque aunque solo había puesto 20.000 duros, me había comprometido con seis o siete millones (…) Se me abría el corazón especialmente con Palacios porque pensaba que después de todo lo que había pasado en Rusia, por mi culpa se iba a arruinar porque también había puesto su firma en los préstamos. Y entonces cayó aquel ministro y entró Arrese que sí la autorizó.»
Por su parte, Mª Paz Ruiz Zorrilla recordaría años después lo siguiente respecto a la reacción de su marido ante las amenazas recibidas durante el rodaje de la película:
«Reaccionó de la única manera que podía reaccionar, esperando que se les pasara. De hecho en nuestra casa de Madrid –Claudio Cuello, 23– tuvimos que tener hasta una guardia de soldados que estuvieron con él en Rusia durante el cautiverio. Ocho soldados llegaron a dormir en casa, por si pudiera pasar algo. E incluso Torcuato Luca de Tena estuvo varios días, por el peligro que corría».
