I HISTORIA DE UN HIMNO
Después de los duros combates del 19 y 20 de julio, muchos de los falangistas sublevados fuimos a parar a las bodegas del «Uruguay» y repartidos en los sollados 3 y 4. Eran húmedos y con la sola luz de los portillos. Podíamos también salir algunas veces a un reducido espacio de la primera cubierta, entre las cocinas y una escotilla. Hacinados y con escasísima higiene, pasamos allí hasta el 8 de noviembre, en que nos trasladaron a Montjuich.
A pesar de los constantes riesgos, de dos intentos de envenenamiento colectivo —echando arsénico al rancho— y al buen deseo de volar el barco con una bomba que se descubrió por casualidad una mañana a punto del relevo, no decayó el espíritu; se cantaba el himno por la mañana y por la tarde, formados en dos filas, bajo el yugo y las flechas pintados con almagre en un mamparo y rodeados por el lema de las Milicias de Barcelona: «Mortui morituros sperant». Se hacía instrucción militar dirigidos por dos cabos del Regimiento de Badajoz y a las noches se montaba guardia —alternando con los requetés—, pues no nos fiábamos de aquella cuadrilla, y creo que teníamos sobrados motivos. Otra de nuestras hazañas era saludar brazo en alto desde cubierta a las chalupas alemanas e italianas que pasaban próximas, y que siempre contestaban, rígidamente en pie. Como estábamos decididos a morir, nos tenía muy sin cuidado la opinión de los rojos.
En este ambiente de rebeldía y constantes fusilamientos nació el «Himno del Uruguay», sencillamente, como todas las cosas grandes: el camarada Pidemunt me trajo unos versos que acababa de escribir; me parecieron bien, y como yo vivía en «Elephant Square» —breve espacio en que se tendían nuestros camastros entre dos pilares, y que se llamaba así por un elefante blanco sobre fondo rojo, que salió no sé de dónde—, con Félix García Teresa, se los pasé, y él, sin pensarlo más, comenzó a ponerles música. No tardó mucho, y tanto nos gustó a todos cuando la vimos terminada, que durante los tres años de guerra fue el verdadero himno de los sublevados de Barcelona y corrió por cárceles, por campos de trabajo y por «chekas».
Los versos decían así:
De rígida altivez pleno el semblante,
cantando el «Cara al sol» con alegría,
la causa a defender, bravo, salía
el mártir encuadrado en la Falange.
Decidiste derramar
tu sangre por esta España
que unos traidores con saña
intentaron desgarrar.
No te sientas humillado
si en seguida no has vencido,
tú la culpa no has tenido
de que te hayan traicionado.
Fueron pasando días; fusilamientos y paseos ponían un trágico contrapunto a nuestro remedo de vida. Y al fin, en Montjuich, llegó lo irreparable: ¡José Antonio también! Yo, y creo que todos, sólo sentimos rabia. De entonces es la segunda estrofa, mía esta vez:
Caían compañeros a tu lado,
bordadas las camisas con heridas,
y en medio de la angustia y la tragedia,
tu bravura jamás desfallecía.
Sólo cuando llegó el día
que a las balas cayó el Jefe
sentiste dentro del alma
la frialdad de la muerte;
mas mirando a los luceros,
donde acaudilla su gente,
brazo en alto, mano abierta,
gritaste fiero: ¡Presente!
Y Félix, que siempre tuvo una serenidad extraordinaria, lo cantó muchas veces dirigiendo el coro, hasta que murió brazo en alto, junto con otro buen camarada, Manuel Alegret —herido en combate el día 19— al amanecer del 6 de diciembre domingo. En buen día, buenas obras.
II LOS DOS BENJAMINES DE LA FALANGE BARCELONESA
Todos, los pocos que quedamos de la vieja Falange, recordamos a Eusebio Don y Enriqueta Dalmau. En aquellos tiempos, tan próximos y tan lejanos, Sindicato, Milicia y S. E. U. se fundían en una sola primera línea, mermada cada día por cárceles y hospitales; una primera línea en pugna constante y donde los agotadores «actos de servicio» caían siempre sobre los mismos hombres —hombres es un decir— pues en su mayoría eran muchachos que se escapaban de sus casas para correr la heroica y loca aventura de la Falange, pues sabido es que familia y heroísmo pocas veces se llevan bien, por aquello de que «en mi casa más conviene una gallina que un águila». La España entonces vegetaba así. Un «gran político» le dijo a José Antonio —él me lo refirió—: «Cada época tiene sus héroes y los soporta lo mejor que puede». ¡Y ese pazguato arrastró multitudes!
Y así llegó el Alzamiento. La noche del 18 de julio, salieron furtivamente de sus casas, y me los encontré en el patio del cuartel de Pedralbes, junto a los demás camaradas. Por primera vez cogían un fusil en sus manos y, sin embargo, combatieron como el primero en la Plaza de la Universidad y luego en la de España.
Los volví a ver en el «Uruguay». Jon tenía un camastro a mi lado tocando los linderos de «Elephant Square», y le llamábamos el «Terranova», por su pelo negrísimo y lustroso y su bondad y alegría. Dalmau estaba en el sollado número 3, con una pandilla endiablada, «los cipotes», de los que tantos han caído.
Del «Uruguay» dimos con nuestros huesos en Montjuich (8 de noviembre) y nos pareció llegar al Paraíso. Poco nos duró; supimos que hacía días habían fusilado al camarada Emilio Solano, y casi seguido vino el juicio de los dos críos, y el Tribunal popular número 1 me los condenó a muerte. Parecía increíble, pero el sábado, 21 de noviembre, en una noche horrible verdaderamente satánica, allá a las dos de la mañana, una patrulla de milicianos se acercó a mi camastro con armas y con luces.
—¿Qué demonios les pasará a estos bestias? ¡Vaya unas horas!— fue lo primero que pensé.
Nada. Los niños me llamaban. Y con aquella «buena compañía» forrado en la manta, tiré escaleras arriba, hacia el patio del castillo, lívido de relámpagos.
Me los encontré en la «capilla», que era una sencillísima habitación blanqueada y con sólo cuatro sillas. Serenos y como si con ellos no fuera nada. Delante de los rojos me saludaron brazo en alto, diciendo con voz firme:
—A tus órdenes.
Contesté al saludo y en seguida corrieron a abrazarme. Aquella mañana leímos asombrados la muerte de José Antonio: cuatro líneas en un rincón perdido de un periódico. «Censuré» la noticia de momento. Sin embargo, a camaradas que iban a morir, creí un deber decírselo:
—Hijos, en los luceros os espera José Antonio.
Y Eusebio Jon me contestó, sereno y erguido:
—Ya lo sabíamos.
Y seguimos hablando, como si aquello fuera un centro de Falange y nada hubiera de pasar dos horas más tarde. También estaba con nosotros un requeté magnífico: Manuel Alegría, que cayó como un héroe junto con ellos.
El tiempo huía y con ese desprendimiento que da la muerte próxima, querían despojarse de todo: los cinturones, los jerséis, cuanto tenían… No quise nada. Me partían el alma ofreciéndomelo.
Y recuerdo que Jon me dijo (la noche era espantosa y helada):
—Luys, si te dicen que he temblado, no es de miedo, sino de frío.
Se acababa el tiempo por momentos. Me avisaron que saliese. Y abrazados los tres por última vez, cantamos en voz alta nuestro «Cara al sol».
Cuando los fusilaron —lo contaron los rojos, aterrados— a la primera descarga cayeron todos, y Enrique Dalmau, herido en una pierna, pequeño, aniñado, surgió de entre los muertos y se puso en pie gritando:
—¡Apuntadme al corazón, que estoy vivo! ¡Arriba España!
Al recoger los cuerpos, Jon, acribillado el pecho a tiros, sonreía.
Muchas veces he cantado nuestro himno; algunas con José Antonio; condenado a muerte, otras; junto con otros camaradas, en igual situación, en la tercera galería de la Modelo de Barcelona, como réplica a «La Internacional» al conquistar con la Falange Valencia; pero jamás ninguno se me hincó tan adentro como aquel en compañía de los dos niños héroes, primeros en cumplir nuestro lema profético: «Mortui morituros sperant».
III PASCUAS EN MONTJUICH
Las Navidades de 1936 y salida y entrada de año, no fueron muy felices que digamos para los falangistas sublevados en Barcelona. Condenados a muerte casi todos, iban viéndose cada día más mermados, pues, cuando menos, había un fusilamiento por semana, y como ya dije comenzó la racha en noviembre.
No se perdió el humor, sin embargo; los rojos —que no discurrían nada bueno— inventaron apartar los condenados de los demás, y desde el calabozo general —cambiaron en seguida el nombre por el de «departamento», pues lo del calabozo no rimaba muy bien con los derechos del hombre, sin duda— los llevaron a una habitación muy destartalada y fría, al oeste del castillo, en el patio, a la que nuestros camaradas, con tétrico y exacto humor, la llamaron «la fiambre». Claro está, porque desde allí se salía «fiambre», pero, además, porque hacía mucho frío.
Unos cuantos, no sé por qué, nos quedamos donde estábamos y celebramos —parece que lo estoy viendo— la cena de Nochebuena sentados a una mesa hecha con cajones y camastros, mesa que por cierto presidí. Un valeroso «páter» nos la bendijo, un poco deprisa, cierto, pero las circunstancias lo exigían, porque aquellos empecataconioles de pana obscura y la chapita plateada, no nos dejaban en paz.
Mucha literatura se ha hecho sobre los «reos de muerte», literatura que estimo falsa en extremo; de cinco o seis personas que allí se sentaban, tres cuando menos la teníamos encima: José Noya Ainsa y Alfredo Gil Pareja —¡Presentes!— y yo que lo cuento. Quizá estuviese Fort Santa, del Sindicato Libre, caído también. No estoy muy seguro, pues estas cosas, aunque inmediatas, parécenme lejanas, muy lejanas… A lo que íbamos. Un espectador ingenuo, uno de aquellos mamelucos, por ejemplo, que los rojos nos facturaban porque sí, sin haberse metido en nada, ni servir para ello, no hubiese podido encontrar diferencia entre nuestra mesa y las restantes: el mismo buen humor, la misma indiferencia y aun quizá mayor alegría, y no fingida, sino que rezumaba por los poros.
Después de la cena se armó una partida de póker y la gente afinó el ojo al naipe, sin pensar en su más que inmediato fin. Por mor de la jerarquía me quedé de mirón, y por esto recuerdo tan claramente estas notas sublimes más que pintorescas, y veo a Gil Pareja, con su pelo gris y su sagacísima cara de gandul, y a Pepe Noya haciéndose el indiferente, para que no se le trasluciese la alegría por un descarte afortunado…
Pasó la noche sin incidentes, pero la tarde de Nochevieja, Gil Pareja fue para la «fiambre». Antes hizo lo que todos: se cuadró ante mí, me saludó brazo en alto y me pidió permiso para ir donde le decían. Luego nos abrazamos, y se marchó tan tranquilo tras aquellos iscariotes, saboreando un puro que le dio no sé quién.
Al amanecer le fusilaban, junto con otro camarada magnífico, Mariano Ventosa Ascasibar, de quien, Dios mediante, ya hablaré; y también de otros camaradas entrañables, pues con todos estoy en deuda…
Pero así terminó para los restos de la Falange de Barcelona el Primer Año Triunfal. ¡Arriba España!
