Otro tópico que se debe abandonar es el del «páramo intelectual», o cultural achacado a aquellas décadas por una propaganda muy persistente, pero aquejada ella misma de un nivel intelectual no precisamente alto. Julián Marías, antifranquista liberal y uno de los más destacados pensadores de posguerra, ha expuesto la muy considerable vegetación del pretendido páramo, y Ortega y Gasset notó, al volver a España en 1946, la «indecente salud» del país. La tesis del páramo, del hundimiento cultural, reposa en la falsa idea de que la intelectualidad apoyó en bloque al Frente Popular durante la guerra, teniendo que exiliarse luego. Lo expresa poéticamente la imprecación de León Felipe al Generalísimo: «Tú me dejas desnudo y errante por el mundo, mas yo te dejo mudo.»
Desde luego un número notable de intelectuales, profesores y profesionales optó por el Frente Popular, y su exilio posterior no dejó de constituir una seria rémora para la sociedad española. Pero igual pasó con los militares y el resto de la población: quedaron divididos casi por la mitad. El bando nacional atrajo a tantos intelectuales como las izquierdas, a más entre los jóvenes, según ha mostrado el historiador J. M. Cuenca Toribio.
El alejamiento de España de Duperier, Ochoa, Trueta, Jiménez de Asúa, Bosch Gimpera, Sánchez Albornoz, Madariaga, Américo Castro, Falla, Casals, A. Machado, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas, Ferrater Mora, Aub, Casona, Sender, Pérez de Ayala y tantos otros, supuso una importante pérdida de muy difícil sustitución. Se marcharon muchos, pero quedaron más. Entre estos últimos podemos contar a personalidades de tanto relieve como Menéndez Pidal, Azorín, Baroja, D’Ors, Ortega, Marañón, Vicens Vives, Carande, Valdeavellano, Palacios, Rey Pastor y un largo etcétera en el que podrían incluirse nombres más recientes como los de Cela, Dámaso Alonso, Buero Vallejo, Caro Baroja, Delibes, etc. Nombres insignes y de muy variada ideología.
Y muchos exiliados volvieron pronto a España.
Con todo, no hay duda de la relativa depresión de la vida intelectual de posguerra si la contrastamos con el considerable esplendor previo. Se ha atribuido a la República la eclosión literaria, filosófica y artística, en menor nivel científica, de preguerra, pero la República simplemente heredó las generaciones provenientes de la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera, que compusieron la «Edad de Plata» de la cultura española. Similarmente se ha achacado al franquismo, en especial a su censura, el declive posterior. Sin embargo, ni fue un declive pronunciado ni la censura, más pacata que otra cosa, impidió la creación o publicación de ninguna obra importante. Por lo demás, la depresión cultural afectó igualmente, incluso con más profundidad, al resto de Europa, cuya creatividad intelectual de posguerra descendió con respecto a la anterior. No se sabe a qué obedecen estos fenómenos, pero el hecho es que al florecimiento económico y a la ampliación de las libertades en Europa occidental no le ha correspondido algo parejo en el campo de la cultura. Lo mismo cabe observar de la España democrática de hoy, nada parecida a un vergel cultural, y donde hasta podría señalarse una chabacanización intelectual muy pronunciada, más lamentable por venir respaldada por un elevado gasto público.
