INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil española estuvo marcada por una violencia extrema que, con el paso del tiempo, ha sido objeto de relatos selectivos y de una intensa batalla propagandística. Uno de los aspectos más sensibles es el uso del bombardeo aéreo contra población civil, una práctica que hoy se asocia casi de forma automática a episodios muy concretos y ampliamente difundidos. Sin embargo, los primeros ataques deliberados contra civiles se produjeron desde las primeras horas del conflicto y, según la documentación existente, precedieron incluso al estallido formal de la guerra. El bombardeo de Tetuán en julio de 1936 abrió una dinámica de represalias aéreas que se repetiría a lo largo de toda la contienda.
Es otra de las barbaridades cometidas por el bando del Frente Popular durante la Guerra Civil. Nadie lo había hecho antes en ninguna parte del Mundo. Ni siquiera durante la Primera Guerra Mundial. Fue el primer bombardeo intencionado sobre población civil, ¡y todavía no había empezado la Guerra Civil! El levantamiento militar llevaba en marcha escasas horas y los aviones republicanos que despegaron del aeródromo de Tablada (Sevilla) tenían órdenes claras: descargar 8 bombas sobre la capital del protectorado de Marruecos, Tetuán.
El día anterior habían lanzado tímidos bombardeos sobre los cuarteles sublevados en Ceuta y Larache. Pero esta vez era diferente. En esta ocasión lanzaron ocho proyectiles: tres sobre la sede del Alto Comisionado, que era el centro político del protectorado, y cinco sobre la medina, el barrio árabe de la ciudad que causaron 15 muertos y más de 40 heridos.
El objetivo buscado por los mandos republicanos no era otro que provocar las iras de la población árabe contra los militares, para dificultar el triunfo del levantamiento causando motines de la población. Para ello no tuvieron ningún inconveniente en matar y herir a civiles inocentes, entre ellos, decenas de mujeres y niños.
Los aviones empleados para ello fueron un Douglas DC-2 y un Fokker F-VII, dos aparatos de uso comercial que habían sido reconvertidos en bombarderos en los talleres de Tablada para aprovechar su mayor capacidad de carga para el transporte de proyectiles de más tamaño y más capacidad destructiva.
Pese a que inicialmente consiguieron provocar protestas de la población árabe, la rápida intervención del teniente coronel Juan Luis Beigbeder, que logró la colaboración del gran visir Sidi Ahmed el Ganmia, evitó que las intenciones criminales de los republicanos tuvieran éxito. Éste explicó a los musulmanes que el bombardeo había sido realizado por aviones gubernamentales y consiguió que los que protestaban se alistasen en masa en las tropas sublevadas.
Tras este bombardeo, la Fuerza Aérea republicana tomó como costumbre el bombardeo de todas aquellas poblaciones que fueron cayendo en manos del Ejército en su avance desde Sevilla hasta Badajoz. Los meses de julio y agosto vivieron más de tres docenas de bombardeos republicanos sobre población civil, con decenas de muertos y cientos de heridos. Pese a que fue una estrategia inicialmente propia del bando republicano, sus publicistas, con la guerra más avanzada, no dudaron en acusar de esta práctica a los nacionales repitiendo mitos como el de Guernica de manera incansable. Con ello lograron que se olvidaran que estos ataques sobre población civil fueron una invención suya.
Bombardear civiles, una práctica frentepopulista manejada por su propaganda
Durante la Guerra Civil se produjeron bombardeos sobre población civil en muchos municipios de España. Es incuestionable. Pero fue una técnica que empezó a practicar el bando del Frente Popular y que practicaron abundantemente durante toda la contienda, a pesar de que su propaganda y sus voceros se empeñen en intentar achacar esas prácticas como una exclusiva del ejército de Franco.
Los primeros bombardeos sobre civiles los realizó la aviación “gubernamental” sobre barrios populares de Ceuta y Melilla el 18 de julio de 1936, el objetivo era que la población de extracto social más bajo se revelase contra los sublevados en el foco mismo de la sublevación. De hecho, unidades del ejército de África se desplazaron para socorrer a los heridos por la acción bélica frentepopulista y detuvieron, sobre el terreno, a varios miembros del PCE, del PSOE y de las Juventudes Socialistas Unificadas cuando repartían soflamas que llamaban a “parar a los alzados”.
Pero no fueron casos aislados, ni mucho menos. Antes de que terminase el mes de julio de 1936, es decir, en apenas doce días, la aviación frentepopulista había bombardeado ya Zaragoza, Córdoba, Sevilla, Toledo y varias localidades controladas por los alzados.
Si bien fueron bombardeos de escasa efectividad que causaron pocas víctimas, el primer episodio con cierta repercusión se produjo el último día del mes de julio en varias poblaciones de Extremadura. Los hechos son, cuanto menos, llamativos. Los agentes de la Guardia Civil de Cáceres y de Mérida fueron enviados, junto a sus familias, a Madrid para evitar que se sumasen al levantamiento. En el tren que les trasportaba se amotinaron y se dirigieron, pasando por Santa Amalia, a Miajadas. Las dos poblaciones fueron bombardeadas por aviones del Gobierno en sendas operaciones de castigo. En ambos casos las víctimas fueron civiles, ni un solo guardia ya que no se encontraban en las poblaciones en el momento de los bombardeos.
Mérida recibió en las últimas semanas de agosto varios bombardeos, al igual que Sevilla y otras poblaciones bajo control de los nacionales. Entre el 15 y el 31 de agosto hubo 45 incursiones aéreas republicanas sobre población civil con un balance de ochenta muertos y ciento cincuenta heridos. El más duro se produjo en Santa Amalia, donde se había alojado la columna Castejón en su avance hacia Madrid. El pueblo fue bombardeado y murieron 46 civiles.
Si damos un salto en el tiempo, en la campaña del norte durante la primavera de 1937, los bombardeos del ejército frentepopulista se convirtieron en acciones de castigo sobre la población civil en lugares bajo control de los alzados. Así, el 12 de abril de aquel año bombardearon Valladolid, causando 30 muertos y más de 100 heridos, pero en los días siguientes machacaron Palma de Mallorca, Granada, Sevilla, Talavera de la Reina, Burgos, Alba de Tormes, Navalcarnero, Segovia, Cantalejo, Cáceres, Córdoba, Daroca, Calatayud, Miranda de Ebro y Zaragoza.
Especial inquina mostraron sobre la ciudad de Cáceres en los meses siguientes. Allí el 23 de julio de 1937 cinco Katiuskas arrojaron 18 bombas en el Mercado de Abastos, el Instituto de Enseñanzas Medias, Gobierno Civil, Plaza de Santa María, trasera del cuartel de la Guardia Civil y las calles Santi Estpíritu y Nidos. Más de 70 muertos y casi 300 heridos que los historiadores marxistas eliminan sistemáticamente de sus historias sobre la Guerra Civil.
Este tipo de acciones continuó durante toda la Guerra Civil con intensidad semejante. Pero llama mucho la atención el bombardeo que se produjo sobre la población de Cabra el 7 de noviembre de 1938. Situada en la retaguardia más lejana del frente, en Córdoba, tres bombarderos republicanos descargaron en día de mercado veinte bombas que causaron 109 bajas inmediatas y 234 heridos de los que algunos fallecerían en los días siguientes. Fue una campaña de castigo que se oculta habitualmente en los libros de texto, a la vez que se magnifica el que un año antes y en zona de vanguardia de guerra se produjo sobre Guernica con consecuencias muy similares.
CONCLUSIÓN
Los bombardeos sobre población civil durante la Guerra Civil española constituyen uno de los episodios más trágicos del conflicto y ponen de manifiesto hasta qué punto la lógica de la guerra total se impuso desde sus primeras fases. Lejos de ser hechos aislados, los ataques aéreos contra ciudades y pueblos se integraron rápidamente en la estrategia militar y psicológica de ambos bandos, con un elevado coste humano para la población. Analizar el origen y la evolución de estas prácticas permite comprender mejor cómo la violencia contra civiles se normalizó en el conflicto y cómo la propaganda posterior ha contribuido a fijar determinados relatos en la memoria colectiva, a menudo dejando en segundo plano otras tragedias igualmente documentadas.
