Entre publicaciones que surgieron frente a esas antes recordadas, sucias y disolutoras, hubo una que duró un solo número: El Fascio, por iniciativa de Delgado Barreto, que convocó un día en mi casa a José Antonio Primo de Rivera, Ledesma Ramos, Julio Ruiz de Alda, Juan Aparicio y no recuerdo quien más. En esa revista escribió José Antonio, pero sin firmar.
Yo conocí a ese José Antonio en 1932, cuando acababa de publicar mi Genio de España. Le conocí vestido de smoking, en el hotel Ritz, y en un banquete a Pemán. Se dirigió a mí, me abrazó y me comunicó que estaba repartiendo muchos ejemplares de mi libro, comprados por él.
Con José Antonio tuve dos momentos sensacionales para mí, como le respondí a Alfonso Paso cuando me lo preguntó para una entrevista, Uno, en mi casa. Vino a comer. Solo. Y en un instante de silencio le vi la muerte en la cara y le dije: «José Antonio, tú eres el Agnus Dei qui tollis peccata Hispaniae, Te veo sacrificado.» Se emocionó al oírme. Otro momento singular fue cuando «chíbiris»[1] nos mataron a un camarada y nos reunimos, en la calle Marqués de Riscal, José Antonio, Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos, Mateos —un obrero que estaba con nosotros—, Merry del Val y alguien más que no recuerdo. Y sorteamos sobre una pistola que se puso en la mesa. Y al que le tocara debía salir a la calle y dispararla sobre el primer chíbiri que encontrara. Por fortuna no me tocó a mí. Entonces insinué: «Pero, ¿así, en frio?» ¿cómo ellos, sin combate alguno? Todos comprendieron y se desistió de la represalia, José Antonio, después de esto, me llevó en su coche, que era un descapotable escarlata. Estaba pálido, angustiado y de repente me dijo: «Ernesto, yo no he nacido para esto, yo he nacido para matemático del siglo XVIII.»
José Antonio tenía su despacho en Alcalá Galiano, junto a la Presidencia del Gobierno, y donde hoy vive Antonio Garrigues. Allí nos reuníamos a discutir y planear y de allí saldría el primer Consejo Nacional, en el que propuse el color azul para las camisas de combate y gran parte de los 33 puntos previamente incluidos en otro libro mío: La nueva catolicidad. De los mítines de José Antonio sólo le acompañé al de Valladolid, donde hablaría con Onésimo Redondo y Ledesma Ramos, sufriendo a la salida un violento tiroteo con heridos. Yo quería mucho a Valladolid, como madrileño, pues Madrid le había quitado la Capitalidad española. Por eso publicaría luego mi Valladolid, la ciudad más romántica de España, ya que fuera la iniciadora de las grandes empresas inacabadas por ella: su catedral por Herrera, que debía de haber sido El Escorial. El Quijote allí iniciado, el imperio español que luego lo hundiría Madrid, como luego la Revolución Nacional Sindicalista…
Un día tras la guerra me llamó alguien a quien yo no conocía, poco después de ser nombrado Pedro Gamero del Castillo Secretario General de Falange o Vicesecretario con Muñoz Grandes. No quiso darme su nombre el comunicante.
—Tengo en mi poder papeles importantes de José Antonio y quiero entregárselos.
—¿Y a mí por qué?
—Porque lo merece y no hará mal uso de ellos. Yo se los dejaré en su casa.
Y así fue. Eran autógrafos, menos dos a máquina. Borradores de discursos, órdenes, trámites, pero —sobre todo— la lista de los primeros carnets donde aparecía yo con el número 5 aunque en un principio quiso darme el 1 generosamente y que rechacé. El número 1 era el de Ledesma, el 2 el suyo, el 3 Julio, el 4 Mazas… el 6 Onésimo, el 7 Aparicio… Se los llevé a Gamero y delante de Pilar Primo de Rivera los deposité en Secretaría General solicitando quedarme con esa lista de los carnets iniciales, que aún conservo. Aunque yo nunca tuve carnet ni coticé nada. También guardaba un retrato dedicado de Mussolini, que se lo entregué al odontólogo alemán en cuya casa me escondí el 17 de julio del 36 y desapareció con el dentista. En cambio, sí me ha perdurado la firma autógrafa de Hitler en su otorgamiento de la Cruz del Águila alemana vom deutschen Adler, 7 de octubre de 1943, Conservo asimismo el retrato de Franco apenas llegué a Salamanca en el 36, aquel de Jalón Ángel. Uno de Stroessner. Y de los Reyes Juan Carlos y Sofía y sus hijos ¡Ah! Y otro de Eva Perón.
Otro bello recuerdo de José Antonio fue cuando en San Sebastián le presenté a Pablo Picasso. José Antonio cuando iba a la capital donostiarra se alojaba en el Continental, ahora desaparecido. Picasso se nos lamentó de que la República no pudiera organizar una Exposición de sus cuadros en Madrid, porque según el Comisario de Arte no tenían dinero para el seguro de las telas, pero que si le parecía suficiente hubieran puesto unas parejas de la Guardia Civil por la vía del tren. Echándose a reír Picasso con toda su alma. A lo que José Antonio le brindó esta promesa: «Algún día pondremos para recibirle una guardia nuestra, pero como honor, y tras haber asegurado su pintura.» Estábamos en el Náutico, construido por nuestro camarada Aizpurúa, uno de los primeros fusilados cuando la Revolución. Picasso nos invitó a unas copas y dijo así: «El único político español que habló de mí elogiosamente como gloria nacional en su artículo publicado en Norteamérica fue su padre el General Primo de Rivera.»
Yo no fui tertuliano de José Antonio en «La Ballena Alegre» de Madrid, calle de Alcalá. En cambio, sí su comensal en una cena del hotel París, en la que cuidó mucho los vinos. Entre otros estaban Sánchez Mazas, cuyo barroquismo cortesanesco le complacía. Lo que Mazas utilizaba para alejarme de José (cosas de escritores, gremialidades). Por eso quizá José no vino a otra cena que en ese mismo hotel de la Puerta del Sol me ofrecieron cuando gané una Cátedra de Literatura en 1935 y en la que Unamuno decidió el empate del Tribunal que presidía, votándome valientemente a pesar de las altísimas presiones que recibiera (don Niceto, don Ramón, Tormo…) para que diera la Cátedra a un Lapesa, a un Gil y Gaya, contrincantes. A ese banquete asistieron, entre otros, Keyserling, Maeztu y don Víctor Pradera, que salió de estampida por una frase de Ledesma.
Fue Rafael Sánchez Mazas a quien por lo demás queríamos y admirábamos mucho, siendo mi esposa madrina de uno de sus hijos, el que también luego quiso quitarme la candidatura de 1936 presidida por Gil Robles, pidiéndosela a José Antonio, a quien respondí que yo sólo a él se la cedería si se decidía a ello. Porque yo estaba, al fin, incluido ¡por don Juan March!
(…)
Pero ¿cuál nuestro Ductor?
La última vez que vi a José Antonio fue en la Cárcel Modelo, de la que escapé de estar con él, por haberme avisado el sereno de mi calle cuando vinieron a detenerme.
A José Antonio le tomé profunda veneración. Porque intuí, desde el primer momento, que iba a ser un mártir. Pero no el tipo de Revolucionario preciso, ya que procedía de una clase social distinta de aquella popular de los Ductores del pueblo en las Revoluciones Socialistas del mundo. Fue el gran drama de la República española que expresé en mi libro de Azaña,
Ledesma Ramos
Tampoco lo era Ledesma Ramos, no por falta de raigambre humilde, de talento y coraje, pero’ físicamente carecía de algo. Hablando pronunciaba las erres a la francesa, en la zona velar de la boca, la erre engrasada como dicen los gálicos. Una temporada se peinaba con el tupé a lo Hitler y otras le dio por dejarse una barbeta aperillada a lo Italo Balbo por lo que el socarrón: de Bergamín le calificaría de un Balbo raquídeo.
Creo que le inspiré gran parte de la doctrina que desarrollaría en La Conquista del Estado y en las J.O.N.S. (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), fundación Ricardo la Cierva (según dicen antiguo estudiante para jesuita) se las atribuyó a otro muchacho procedente de la Compañía, en Valladolid, Onésimo Redondo, que sólo tuvo una iniciativa local y castellana.
A Onésimo no le traté mucho. Vino a verme a mi casa de la calle Canarias cuando La Gaceta y me impresionó por «su temple y dialéctica. Y luego por su esposa ¡Mercedes Sanz, hoy título del Reino y señora de Bedoya.
Memorias de un dictador, Planeta, Barcelona, 1979, pp. 72-78.
[1] Cfr. Ramiro Ledesma Ramos. Antología Falangista I, SND Editores, Madrid, 2021, pp. 782.
