ESPAÑA: UNIDAD DE DESTINO
Pues bien, si nos preguntamos cómo fue el patriotismo español en la época de Franco, yo lo resumiría en una sola frase: la definición de España que figura en los Puntos Fundamentales del Movimiento Nacional que acuñó Franco: «España es una unidad de destino en lo universal.» La primera vez que oí esta definición fue en octubre de 1934 con motivo del primer Consejo Nacional de Falange Española de las J.O.N.S. y en boca de José Antonio Primo de Rivera. Nos reunimos en aquel trágico mes —el de las revoluciones marxistas y separatistas de Asturias y Cataluña— cincuenta hombres jóvenes, venidos de todos los lugares de España, para consolidar la reciente unión de la Falange Española con las J.O.N.S. y elaborar los Puntos Fundamentales con los que íbamos a realizar propaganda política.
Nos dividimos en secciones y yo tuve la fortuna de pertenecer a la primera que bajo la rúbrica de «Nación-Unidad-Imperio» reunía a hombres como José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo, Rafael Sánchez Mazas y Ernesto Giménez Caballero, que muy pronto iban a tener en la política y la literatura españolas fama y prestigio. Y como yo era el más joven, decidieron que fuera el secretario que tomase notas y después pasase a limpio las decisiones definitivas.
Antes de comenzar la sesión, el que hasta entonces había sido mi jefe, Ramiro Ledesma, me susurró que abriese el debate proponiendo una definición de España que podríamos llamar voluntarista, en la línea de la definición de Renán como un plebiscito cotidiano. Pero apenas había comenzado a hablar, José Antonio me interrumpió diciendo:
«¡Ah, no! No estoy en absoluto de acuerdo. Mi concepción de España es completamente distinta. España no es algo que puede ponerse en juego en un momento cualquiera de la historia por la voluntad o el capricho de los que entonces viven en ella, sino una realidad que recibimos en herencia y que debemos perfeccionar para entregarla, en las mejores condiciones posible, a nuestros sucesores.»
Y con ironía, pues yo había recordado la frase de Renán, dijo: «Si es que se tuviese que hacer un plebiscito, tendrían que votar no sólo los vivos, sino también los muertos de quienes hemos heredado a España, y los que todavía no han nacido y a quienes se la vamos a entregar.»
Fue entonces cuando José Antonio explicó su punto de vista y por primera vez oí esa fórmula de «España como unidad de destino en lo universal». Excuso decir que quedé entusiasmado, no sólo por la belleza de la frase —que me parece la definición más hermosa que se ha hecho de España—, sino porque nos proporcionaba a los que tratábamos de propagar el nacional-sindicalismo en tierras con veleidades separatistas, como yo en Galicia, un formidable instrumento de trabajo, ya que lo decisivo de una patria no eran los elementos materiales, como la raza, el clima, el paisaje y ni siquiera el idioma, sino la convergencia histórica y el destino.
Y no fui yo sólo el entusiasmado, sino todos los que componíamos el Consejo Nacional. ¿Y qué es lo que significa esa expresión «unidad de destino en lo universal»? Porque temo que muy pocos españoles se hayan preocupado de saberlo y esa frase se ha convertido en un puro tópico casi sin sentido. Intentemos explicárnoslo.
Para empezar, fíjense ustedes que en esa definición no aparece para nada la palabra «nación». ¿Y qué quiere decir eso? ¿Que España, como sostienen los separatistas catalanes, vascos, gallegos o de cualquier otro rincón de España, no es una verdadera nación, sino una especie de monstruo creado contra las leyes de la naturaleza y la historia, sostenido gracias a un Estado centralizador y despótico que lo impone por la fuerza?
A eso hay que responder rotundamente que España es una nación. Y lo es, si lo son Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, porque tuvo un mismo proceso congregador y unas mismas consecuencias. Los separatistas suelen afirmar que, en el mejor de los casos, es una nación de naciones porque hay enormes diferencias dentro de su ámbito. Pero yo pregunto: ¿es que hay más diferencia entre un catalán y un gallego, un vasco y un andaluz, un extremeño y un valenciano, que en Francia entre un bretón y un provenzal, un alsaciano y un vasco francés, un parisiense o un marsellés; o en Italia entre un veneciano y un romano, o un milanés y un siciliano; o en Alemania entre un bávaro y un prusiano, un renano o un sajón; o en Inglaterra entre un inglés y un escocés, un galés o un irlandés del Norte?
Si esas naciones, que son las más características y ejemplares de todas, las naciones por antonomasia, lo son, ¿por qué España no lo va a ser? Sí, España es una nación. Pero también es cierto que no sólo es una nación: es una unidad de destino. ¿Y eso qué quiere decir? Pues, sencillamente, que es una empresa histórica.
Hay dos clases de naciones: unas que gravitan sobre sí mismas y que en sí mismas encuentran su sentido y destino, y otras a las que la Providencia les concede una tarea que les obliga a rebasarse de sí mismas. Europa está llena de ilustrísimas naciones, como, por ejemplo, Italia o Alemania, que son cimeras en la cultura occidental, pero que humanamente se reducen a sí mismas. Pero unidades de destino, lo que se llama unidades de destino, sólo hay tres: España, Inglaterra y Rusia. ¿Por qué? Porque son las tres naciones Europeas que han llevado la civilización occidental a otros Continentes, creando, por así decirlo, nuevas Europas.
Porque, si bien se mira, ¿qué es América si no Europa trasladada a otros paisajes más amplios, si se quiere con más fuerza telúrica y no sobre las bases étnicas iberas, celtas o germanas, sino sobre las mayas, aztecas, sioux o apaches?
Un humorista gallego muy ingenioso, que se llamó Julio Camba, cuando se comenzó a hablar de unos posibles Estados Unidos de Europa, preguntó con ironía: «Pero ¿para qué se van a hacer los Estados Unidos de Europa si ya están hechos? Los Estados Unidos de Europa se llaman Estados Unidos de América.» Pues debajo de esta broma palpita una profunda verdad. Y por eso, han sido Inglaterra y España, cuando todavía se permitía el lujo de opinar por su cuenta, las más reticentes a integrarse en la Unión Europea. Porque aunque sean más europeas que nadie, ya que universalizaron a Europa, no son exclusivamente europeas. No pueden existir sin Europa, pero tampoco sin su proyección histórica: sin la «Commonwealth» y sin Hispanoamérica.
Sí, Hispanoamérica, que así es como hay que llamar al Centro y el Sur del Continente americano. Los cursis y pedantes de la apoteosis de la chabacanería que estamos viviendo, utilizan la palabra Latinoamérica y últimamente Iberoamérica con el pretexto de incluir a Portugal y Brasil. Pero la palabra Hispanoamérica no se deriva de España, sino de Hispania, que es como llamaban los romanos a toda la Península Ibérica, incluido Portugal. Y ese pueblo joven —y que por su juventud comete tantas ingenuidades y se deja engañar por tantos espejismos, pero también tiene tantas geniales intuiciones—, hablo claro está de los Estados Unidos, cuando entran por sus fronteras cubanos, mejicanos, guatemaltecos o de cualquier otra nación de Hispanoamérica, no los llaman por estos nombres, ni siquiera los llaman hispanoamericanos, sino, sencillamente, hispanos. Porque ese es exactamente el nombre que deben llevar.
Hace pocos días un extranjero amigo mío, gran admirador de España, me comentaba lo mucho que le había sorprendido y desagradado la manera como los españoles habíamos pasado por el Quinto Centenario: poco menos que pidiendo perdón por haber realizado una de las mayores hazañas de la historia. Y no podía entender cómo había en España separatistas, perteneciendo a una patria tan ilustre como España. Mi explicación fue esta: el separatismo es, si bien se mira, un complejo de Edipo político. Recordemos el mito de Edipo. Hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta, cuando es consultado el Oráculo de Apolo por su destino, revela que va a matar a su padre y a casarse con su madre. Y, aterrados, deciden abandonar al niño en el bosque para que sea devorado por las fieras. Pero lo rescatan unos pastores que lo llevan a los reyes de Corinto que no tenían hijos y lo adoptan como tal. Cuando llega a la edad viril, es él quien consulta al Oráculo de Delfos que le profetiza el mismo trágico destino. Y huye de los que cree que son sus padres y en el camino se encuentra con el rey de Tebas, su verdadero padre, discuten, pelean y lo mata. Después sigue viaje hasta Tebas, libera a la ciudad de la terrible presencia del Dragón y, en premio, lo proclaman rey y lo casan con la reina viuda, su madre. Cuando, al fin, se enteran de la terrible realidad, Yocasta se suicida ahorcándose y Edipo se arranca los ojos, abdica y se va pidiendo limosna como un mendigo llevando como lazarillo a su hija Ifigenia.
Pues bien, los separatistas españoles padecen un complejo de Edipo político: porque aman a su madre —a la tierra en que han nacido— con un amor que no es natural, sino turbio, incestuoso; y quieren matar a su padre —la unidad de destino que es España—. Y si eso es muy pernicioso para España, aún lo es más para los pueblos que lo padecen, porque si ese proceso llega a sus últimas consecuencias, terminarán los separatistas como terminó Edipo: ciegos, destronados y pidiendo limosna de puerta en puerta. Pero le dije algo más a mi buen amigo extranjero: que todo esto es un síntoma de la inmensa y peligrosa confusión en que está sumida no sólo España, sino el mundo entero. Si tuviera que resumir esa confusión lo haría en tres frases de tres grandes escritores.
La primera, de aquel extraordinario poeta y miserable ser humano que se llamó Rimbaud y que dice: «J’ai fini pour trouver sacré le desordre de mon esprit» («Acabé por considerar sagrado el desorden de mi espíritu»). Frase terrible, porque hombres que hayan tenido desordenado el espíritu los ha habido siempre y que hayan intentado desordenar el espíritu de los demás también, pero que se declare ese desorden como algo sagrado que hay que venerar, sólo ha ocurrido en las épocas de mayor decadencia de la historia. La segunda frase, de Jean Paul Sartre, dice: «L’Enfer sont les autres» («El Infierno son los demás»). Frase profundamente anticristiana que choca de frente con lo que se nos dijo de una vez para siempre: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.» Y la tercera frase, tan siniestra como las anteriores, es el grito de Oscar Wilde: «¡No queremos la felicidad, sino el placer!» Es decir, no queremos la alegría y el sosiego del espíritu, sino la turbulencia de las pasiones.
Pues bien, ¿qué se quiere que suceda en el mundo si los más grandes escritores, los que son leídos con más atención, dicen cosas como esas? ¿Si lo que hay que venerar es el desorden del espíritu, cómo extrañarnos de que el ser humano caiga en el pasotismo, el nihilismo, el terrorismo y la proliferación de las sectas satánicas? Y si se nos dice que el Infierno son los demás, ¿nos puede sorprender lo que está pasando en Yugoslavia, Ruanda, Palestina y otros lugares del mundo? Y si se abandona la felicidad por el placer, ¿cómo evitar la toxicomanía, la homosexualidad, la pornografía y el amor libre? Si a los jóvenes se les dice que Dios no existe, que las patrias son una invención de la burguesía para explotar al proletariado, que el amor es una superestructura para disimular el deseo sexual, que la dignidad y el honor son antiguallas que ya no tienen sentido, ¿qué se quiere? Pero no se peca impunemente y es el mismo mundo sin ideales el que pagará las consecuencias. De tal modo, que si esta situación se dilata, acabará por suicidarse el mundo en masa, primero con esa monstruosidad que es el aborto y, poco más tarde, con esa otra monstruosidad, la eutanasia.
Pero no se crea, por todo esto que acabo de decir, que soy un derrotista, un pesimista que no ve más que lo que hay de lúgubre en la historia. Y, aunque lo pretendiese, no podría serlo, porque soy cristiano. Y los cristianos tenemos no sólo el deber de la fe y la caridad, sino el de la esperanza. Los cristianos no creemos que la historia sea un puro azar, un discurrir de acontecimientos heteróclitos que van rodando por un lado u otro según el caprichoso perfil de las circunstancias, sino que existe una Providencia y que todo cuanto ocurre en la historia, incluso lo peor, lo que parece más absurdo y trágico, sucede porque conviene que suceda, aunque muchas veces no podamos comprenderlo por estar inmediatamente encima de los acontecimientos y se necesite la perspectiva de los siglos para darnos cuenta de su necesidad. Hay miles de ejemplos en la historia, pero citemos uno sólo: cuando los primeros cristianos, que eran lo único puro y noble que había en la corrupta sociedad romana, eran echados a las fieras o servían de teas vivientes para iluminar las orgías, se podía pensar que aquello era una enorme injusticia de Dios. Pero ahora vemos que aquel terrible sacrificio era absolutamente necesario para que el cristianismo se grabase con letras de fuego en el flanco de la civilización occidental para la esperanza y el consuelo de millones de seres humanos. Y Dios no habrá dejado de premiar, como merece, aquella aparente injusticia.
Así, pues, por muy cruel y peligrosa que nos parezca la situación del mundo no debemos temer. Muchas veces recuerdo en mis conferencias y conversaciones aquel hermoso verso del gran poeta romántico inglés Shelley que dice: «If Winter comes, can Spring be far behind?» Es decir, si caminamos por lo más duro del Invierno, ¿no es esa precisamente la señal de que la primavera está próxima? La historia está llena de maravillosas primaveras que irrumpen tras los más borrascosos inviernos.
Y en la historia de España tenemos un ejemplo impresionante. Cuando al final del siglo XV, en el reinado de Enrique IV el Impotente, la sociedad española estaba literalmente pudriéndose, en uno de los momentos más viles de nuestra vida y todo parecía perdido para nuestro país, muy pocos años después, con los Reyes Católicos, España se convertía en la primera nación de Europa y se descubrió América en unidad de destino en lo universal. Y sin ir tan lejos, recuerdo aquel invierno y aquella primavera de 1936 cuando las mujeres españolas gritaban en las calles: «¡Hijos, sí; maridos, ¡no!», y los hombres: «¡Viva Rusia, muera España!», y parecía irremediable que nos convirtiésemos en una república soviética.
Pues bien, en aquel momento surgió un hombre que se llamaba Francisco Franco que, rodeado de unos hombres de su mismo temple y talante, nos libró de aquella terrible amenaza. Y ahora se ve muy claro que si no hubiese sido por aquel 18 de julio, España hubiera estado cuarenta años bajo la bota de Moscú y ahora estaríamos como en Yugoslavia matándonos unos españoles a los otros. Por todo eso tenemos que mantener la esperanza. Y por muy tenebroso que se nos aparezca el momento que vivimos, el día menos pensado, cuando Dios lo disponga, aparecerán unos nuevos Reyes Católicos o un nuevo Franco para levantar a España de su postración actual para llevarla arriba, arriba, donde merece estar. Y donde volverá a estar.
