Por si alguien conservase aún alguna duda, insiste el manifiesto en el objetivo de la dictadura del proletariado, «con objeto de reprimir toda resistencia de la clase explotadora». He aquí no el efecto de una improvisación demagógica en un mitin electoral, sino un manifiesto oficial, meditado y concebido como aspiración inmediatamente realizable, no como ideal lejano.
Algunos detalles del programa —insistimos en que se trata de un programa de acción, no de un desahogo oratorio— son los siguientes:
El Partido Socialista tiene por aspiración inmediata:
— La conquista del poder político por la clase trabajadora y por cualesquiera medios que sean posibles.
— La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad colectiva, social o común.
— En el período de transición de la sociedad capitalista a la socialista, la forma de gobierno será la dictadura del proletariado, organizada como democracia obrera.
Medidas políticas:
— Confederación de las nacionalidades ibéricas, incluyendo el actual protectorado de Marruecos, y reconocimiento de su derecho a la autodeterminación política en todo instante, incluso a la independencia.
— Supresión de la lengua oficial obligatoria del Estado e igualdad de derechos de todas las lenguas.
— Supresión de los ejércitos permanentes y armamento general del pueblo.
— Prohibición de ocupar cargos civiles y electivos a los militares.
— Supresión del presupuesto al clero, confiscación de todos sus bienes y disolución de todas las órdenes religiosas.
Medidas económicas:
— Control obrero en todos los establecimientos de la industria y el comercio.
Medidas financieras:
— Nacionalización de toda la banca.
— Abolición de todos los impuestos indirectos.
— Impuesto progresivo sobre las rentas y beneficios mayores de 6000 pesetas.
— Tributación de las tierras y solares no por lo que producen, sino por lo que deben producir.
— Abolición de la deuda pública.
— Nacionalización de las minas, aguas, arsenales, medios de transporte y la tierra, salvo la que los pequeños propietarios cultivan por sí o por su familia.
— Reversión de los monopolios al Estado.
La Comisión Ejecutiva concertará con el Partido Comunista, con el que ya hay iniciadas conversaciones al respecto, la unificación de ambos partidos en uno solo de clase sobre la base de los respectivos programas. Hecha esta unificación, se procurará hacerla extensiva a los demás partidos obreros.
Con el alborozo consiguiente, el PCE acepta la propuesta «caballerista» y designa, para el Comité de Enlace, a José Díaz y Vicente Uribe. En plena aceleración subversiva, publica la misma fuente, el 2 de abril, un llamamiento «caballerista» para la constitución de milicias:
«Queremos reiterar a todos nuestros camaradas socialistas, comunistas y sindicalistas la necesidad, imprescindible y urgente, de constituir en todas partes, conjuntamente y a cara descubierta, las milicias del pueblo. Todas las conquistas que va obteniendo la clase trabajadora peligran en tanto que ella no tenga una fuerza propia que las respalde… Solo si ven en cada pueblo un centenar de milicianos valientes y bien disciplinados, y si este centenar forma hermandad con los de los pueblos vecinos, y los milicianos de todos los partidos de una provincia se mantienen en contacto, dispuestos a concentrarse rápidamente en el lugar donde nuestros camaradas estén en peligro, solo entonces, repetimos, podremos tener aseguradas nuestras conquistas […]. La República no tiene más fuerza real que el pueblo, los obreros organizados de la ciudad y de la tierra. Y a ese pueblo hay que organizarlo militarmente. Formando o ayudando a que se formen las milicias del pueblo.»
Eso serían las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), creadas en 1933, es decir, tres años antes del alzamiento militar y que van a sembrar esos tres años de cadáveres.
