INTRODUCCIÓN
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 tuvo en el archipiélago balear un desarrollo desigual que anticipó la complejidad del conflicto. Mientras Mallorca se convirtió rápidamente en uno de los principales bastiones de los sublevados en el Mediterráneo, Menorca vivió un proceso distinto: el alzamiento triunfó inicialmente en Mahón, con la proclamación del estado de guerra y la adhesión de gran parte de los mandos militares, pero acabó siendo derrotado por la reacción de las fuerzas leales a la República y la movilización obrera.
Los acontecimientos en Baleares muestran cómo el éxito o fracaso del golpe no dependió solo de la planificación militar, sino también de la actitud de las autoridades civiles, la respuesta popular y las vacilaciones dentro de los propios cuarteles. La lectura de bandos, la ocupación de edificios públicos y la rápida extensión del control militar convivieron con resistencias locales, enfrentamientos armados y cambios bruscos de lealtad que marcaron el devenir de las islas en los primeros días de la contienda.
De las Islas Baleares solamente Menorca quedó en poder del gobierno de la República, aunque en un primer momento triunfó el alzamiento. En Mahón se sumaron a él la totalidad de los jefes y oficiales del Ejército y de la Armada, Guardia Civil, Asalto y Carabineros. Se ofrecieron incondicionalmente a la autoridad militar la mayoría de los militares retirados, funcionarios del Estado y un considerable número de personas de derechas que acudieron al Gobierno Militar dispuestas a prestar cuantos servicios les encomendara, «siendo utilizados únicamente un grupo de jóvenes que prestaron servicios en la Guardia Civil, Casa Cuartel, en el Gobierno Militar y en las vías públicas, hasta el momento en que se adueñaron los marxistas de la Ciudad»[61].
A las once de la mañana del domingo 19 de julio, el teniente Manuel Llaneras Ferrer, al frente de una sección de Infantería, proclamaba el estado de guerra en Menorca por medio de la lectura del bando firmado por el general Bosch, acompañada de toques de cornetas y tambores. Al mismo tiempo, otras fuerzas militares se apoderaban del Ayuntamiento, fábricas de electricidad y gas y las oficinas de Correos y Telégrafos. En la Delegación del Gobierno, donde su titular Pedro Alberto Ameller estaba ausente con permiso oficial, se instaló el comandante de Artillería Manuel Quintero.
Desde Mahón partieron las tropas hacia Ciudadela. Se adueñaron de calles y plazas y un piquete acompañado del secretario del Ayuntamiento y del comandante del puesto de la Guardia Civil procedió al cierre de las sedes de la Federación Obrera Ciudadelana, Agrupación Socialista y Radio Comunista. Posteriormente, sin que se produjeran disturbios, fue proclamado el estado de guerra. «Desde aquel instante se sumaron al Alzamiento las fuerzas del puesto de la Guardia Civil y las de Carabineros y una porción de paisanos que estaban de común acuerdo con otras personas de Mahón»[62].
En el cuartel de Infantería permanecieron indecisas las tropas hasta que al final se opusieron al alzamiento. Sobre las cinco de la tarde la compañía de Ametralladoras, con un centenar de hombres de la Federación Obrera y agrupaciones marxistas, se había hecho fuerte en dicho cuartel, emplazando las ametralladoras y parapetándolas en barricadas que al objeto se iban construyendo para hacer frente a los militares sublevados que se hallaban en el edificio del Ayuntamiento. Las tropas sublevadas se entregaron a las autoridades republicanas a las ocho y media de la noche[63].
Bando declarando el estado de guerra en Menorca
DON JOSÉ BOSCH ATIENZA, GENERAL DE BRIGADA, Comandante Militar de Mahón.—
Hago saber: Que en esta fecha, acuerda y declara el estado de guerra en esta isla y, en su consecuencia, ORDENO Y MANDO:
Art. 1.º Serán repelidos por la fuerza, sin previa intimación, todos los actos de violencia realizados contra cuarteles, polvorines, dependencias militares, conducciones de agua, energía eléctrica, y los que se cometan contra edificios públicos y particulares, Bancos, Fábricas o establecimientos que estén o no custodiados por fuerzas del Ejército o de Seguridad.
Art. 2.º Queda suprimido el derecho a la huelga, debiendo reintegrarse al trabajo todos los obreros a la hora de empezar. Los Directivos de las Sociedades Obreras serán directamente responsables del cumplimiento de este artículo, siendo sometidos a juicio sumarísimo.
Art. 3.º Queda terminantemente prohibido que excedan de … personas, así como la celebración de reuniones, mítines, conferencias o manifestaciones públicas, ni aun las Juntas Generales, Ordinarias o Extraordinarias de asociaciones y sindicatos, sin mi autorización. Los infractores de lo primero serán violentamente disueltos por la fuerza pública sin intimidación de ninguna clase; los organizadores de los segundos serán sujetos a juicio sumarísimo.
Art. 4.º Las autoridades o corporaciones civiles continuarán funcionando en todos los asuntos que no se relacionen con el orden público, limitándose en cuanto a este a las facultades que mi autoridad le delegue.
Art. 5.º Los funcionarios y corporaciones que no presten el inmediato auxilio que por mi autoridad o por mis subordinados sea reclamado, o que se opongan en cualquier concepto al exacto cumplimiento de este Bando, serán juzgados inmediatamente a juicio sumarísimo.
Art. 6.º Se declaran incautados a mi disposición los automóviles de carga, viajeros, particulares, motocicletas y vehículos de todas clases, quedando absolutamente prohibida la circulación rodada tanto en el interior de las poblaciones como fuera del casco de las mismas y en las carreteras, caminos, pistas y veredas, debiendo los conductores proveerse de una licencia especial para cada caso y viaje, que será solicitada de mi Autoridad o de la que en su caso designe.
Mahón, 19 de julio de 1936.
El General Comandante Militar,
José Bosch.
Fuente: Archivo Histórico Nacional, Fondos Contemporáneos, Causa General de Baleares, Pieza Principal, Leg. 1458-1.
En Alaior sucedió algo similar. El día 19 de julio se secundó el alzamiento ordenado por el gobernador militar de la isla. Se proclamó el estado de guerra, poniéndose a las órdenes inmediatamente el puesto de la Guardia Civil, así como algunos paisanos. Tomaron los centros oficiales. «Desde las primeras horas de la mañana del día 20 de julio de 1936, nutridos grupos de obreros de izquierda principalmente de la FAI se colocaron en los puntos céntricos de la población invitando a los soldados a que abandonaran los edificios y desobedecieran a sus Jefes, y en las primeras horas de la tarde los grupos adoptaron una actitud airada, penetrando en el Ayuntamiento y obligando al Teniente que mandara retirar la fuerza y depusieran las armas, lo cual no se hizo hasta las cinco horas de dicha tarde al tener noticia de la rendición de Mahón, que también se había sublevado»[64].
En Mallorca triunfó la sublevación. Fue la excepción de todo el este español. El gobernador se entrevistó con el general Goded la mañana del día 18 y este le dijo no saber nada del movimiento y que por el momento estaba en su puesto y en el cumplimiento de su deber. A las seis de la tarde llegó al comandante militar la orden de sublevación con el telegrama previsto: «María dio a luz hermoso niño día 14 a las 5. Ambos hoy perfectamente bien. Pedro». Goded llamó a los jefes de cuerpo para recabar de nuevo su adhesión al alzamiento, que fue confirmada. Desde el día 1 de julio estaban en poder del comandante de Estado Mayor José Clar las órdenes y los bandos redactados por el general y señalados inclusive los sitios donde debían fijarse[65].
Las tropas fueron acuarteladas. En el cuartel de Caballería se concentraron los falangistas y sus milicias. El teniente coronel Garrido de Oro comunicaba órdenes reservadas a los jefes que debían actuar al día siguiente.
Se organizaron dos columnas para tomar la ciudad. La primera, al mando del comandante de Infantería Enrique Esquivias Zurita, estaba formada por dos secciones de fusiles, dos secciones de ametralladoras, una batería de 10,5 con material y una sección de Artillería a pie. La segunda se componía de dos secciones de Infantería con fusiles ametralladores, una batería de 7,5 con material, una batería a pie y la Plana Mayor del Grupo de Artillería de campaña. Su responsable era el comandante de Artillería Antonio Salgado Muro.
Los primeros momentos —según informe del Estado Mayor del Ejército de la República—[66] fueron de desconcierto en Palma. El gobernador civil, Antonio Espina, se negó a entregar las armas a los obreros cuando las reclamaron, por confiar la máxima autoridad civil en la lealtad de Goded. La Guardia Civil estuvo vacilando hasta que se sumó al movimiento. La Guardia de Asalto y Carabineros fueron desarmados por los golpistas y aprisionados; después muchos se sumaron a la sublevación.
Hacia las cuatro de la madrugada el presidente de la Diputación fue al Gobierno Civil para insistir ante el gobernador en la necesidad de armar a las organizaciones obreras y tomar posiciones, pues sabía «por fidedigno conducto» que a las cinco y media tenía orden el Regimiento de Artillería de formar para salir a la calle. El gobernador pudo comprobar por sí mismo cómo poco después soldados de Infantería con ametralladoras se estaban situando en las inmediaciones del Gobierno Civil. Llamó por teléfono al comandante militar para preguntarle si había declarado el estado de guerra. El general Goded se lo confirmó. «Mi general —replicó el gobernador—, tengo que hacerle presente que el Gobierno considera facciosa dicha declaración»[67].
La máxima autoridad civil colgó el teléfono, organizó la evacuación de su familia y ordenó avisaran a la Casa del Pueblo de la situación. Veinte minutos después, fuerzas de Caballería penetraron en el edificio oficial y detuvieron al gobernador.
A las siete de la mañana comenzaron a salir a la calle la mayor parte de las tropas sublevadas, conforme al plan previsto. La columna del comandante Esquivias tomó la dirección de la plaza de la Conquista para entrar por la calle de San Miguel y por Colón desembocar en Cort. Ocupó el Ayuntamiento y la Diputación, tras apaciguar algún que otro tiroteo en la calle. La del comandante Salgado tomó sin resistencia el Gobierno Civil y luego la Casa del Pueblo. La 2.ª Compañía del primer batallón del Regimiento de Infantería fue la que se encargó de leer y publicar el bando de guerra.
A las ocho de la mañana del 19 de julio quedaban cumplidos todos los objetivos señalados por el mando militar. Los falangistas con su camisa azul y brazal, junto a numerosos soldados, quedaron repartidos por toda Palma para asegurar el triunfo y vigilar todas las calles y edificios oficiales y de comunicaciones. A media mañana, una vez controlada la ciudad y comprobada la situación personalmente, el general Goded abandonaba la ciudad en dirección a Barcelona.
Poco después, la Comandancia Militar cursó telegramas a los comandantes militares de Inca e Ibiza con la orden de hacer la misma proclamación en sus cabeceras de mando. Se remitió el bando a todos los pueblos para fijarlo oportunamente. En algunas poblaciones hubo incidentes, ante la resistencia de las autoridades y de las organizaciones obreras a obedecer las órdenes de los militares sublevados. En Esporlas interceptaron con troncos las vías ordinarias de acceso al municipio para impedir el paso al Ejército. El Ayuntamiento se rindió en cuanto hicieron acto de presencia las fuerzas militares.
En Pollensa se organizó la resistencia en el mismo Ayuntamiento. Se montó guardia exterior toda la noche servida por paisanos armados con los más diversos artefactos, como escopetas, hachas, hoces, palos…, mientras que en el interior se intensificaba la producción de bombas de mano caseras. Desde la capital salió una columna de artillería que se unió a las fuerzas de la guarnición de Inca. Ambas sofocaron la resistencia dejando varios muertos y numerosos heridos.
También en La Puebla resultaron muertos un sargento y heridos varios oficiales y tropa tras una batalla campal producida en las inmediaciones del cuartel.
CONCLUSIÓN
Los sucesos de julio de 1936 en Baleares reflejan, a escala insular, las dinámicas generales del inicio de la Guerra Civil: improvisación, decisiones precipitadas, bandos de guerra que intentaban imponer el orden por la fuerza y una respuesta social que, en algunos lugares, desbordó a los propios mandos militares. Menorca pasó en cuestión de horas de la proclamación del estado de guerra al control republicano, mientras Mallorca quedó firmemente en manos de los sublevados, convirtiéndose en una pieza estratégica para el dominio del Mediterráneo occidental.
La rápida caída o consolidación del poder en cada isla no fue fruto del azar, sino de la combinación de factores militares, políticos y sociales: la actitud de los gobernadores civiles, la reacción de las organizaciones obreras, la fidelidad —o vacilación— de la Guardia Civil y la capacidad de los sublevados para actuar con rapidez. Baleares se transformó así en un escenario clave desde los primeros compases del conflicto, anticipando el largo y desigual desarrollo de la guerra en el conjunto de España.
