INTRODUCCIÓN
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 puso a prueba la solidez de las conspiraciones militares en todo el país. En el Levante, y especialmente en Valencia, Alicante y Castellón, las condiciones parecían inicialmente favorables para el triunfo del alzamiento: amplios apoyos dentro de la guarnición, redes civiles organizadas, milicias de derechas preparadas y planes diseñados con antelación. Sin embargo, una sucesión de errores estratégicos, cambios de última hora en el mando, indecisiones personales y la rápida reacción de las organizaciones obreras y de las autoridades republicanas frustraron un movimiento que, sobre el papel, tenía muchas más posibilidades de éxito que en otras regiones.
Este episodio revela hasta qué punto la improvisación, la falta de liderazgo efectivo y la pérdida de iniciativa en los momentos decisivos fueron determinantes para que el Levante quedara en manos de la República, convirtiéndose en una retaguardia fundamental durante buena parte del conflicto.
En Valencia los errores de última hora de la conspiración resultaron claves para el fracaso del alzamiento. El estado de la guarnición no podía ser más propicio para los sublevados, ya que se contaba con el Regimiento de Caballería, con las fuerzas de la Guardia Civil, con la mayoría de los jefes y oficiales de los dos regimientos de Infantería (el de Octubre y el de Guadalajara), con las fuerzas de Ingenieros y con las de Intendencia y Sanidad. El Partido de Derecha Regional Valenciana se había constituido en milicia y contaba con armamento; también los tradicionalistas y los de Falange estaban listos para el combate. En resumen, estaba todo organizado y en espera de que una persona de prestigio asumiera la dirección y con energía desarrollara el plan conveniente para conseguir el fin que se proponía[34]. Pero todo salió mal.
El fracaso de Valencia fue motivado en gran parte por la decisión tomada a última hora para que Goded no viniera a esta ciudad y se hiciera cargo de la sublevación en Barcelona. Al final llegó tarde a Barcelona y en Valencia su improvisado sustituto, el general González Carrasco, no tuvo la decisión esperada ante la falta de conocimiento de la estrategia y de los hombres comprometidos.
El general González Carrasco llegó a Valencia a tiempo, pero, según el general Varela, «desconocía total y absolutamente el estado de ánimo de la guarnición y si era o no gusto de ella, sin saber la verdadera situación y predisposición de los Mandos, sin conocerlos, sin el pulso que acusara la sensibilidad para facilitar su acción»[35]. Según su propio testimonio[36], el 16 de julio el teniente coronel Galarza le transmitió «un recado» de Mola: «El general Goded exige ir a Barcelona y estimaré que por patriotismo no ponga inconveniente». Llevado del deseo de no poner dificultades se resignó. Ese mismo día recibió, por conducto del comandante Cañada, una carta del comandante Barba desde Valencia en la que le invitaba a encabezar el alzamiento en esa región militar.
El general llegó el día 17 y por la noche se reunió la Junta Militar para preparar el alzamiento y designar los futuros cargos[37]. Todo, por tanto, muy precipitado. Además, hubo otro acontecimiento que vino a incidir en el fracaso del alzamiento en Valencia. A principios de julio parece ser que una representación de Falange de la provincia visitó en la cárcel de Alicante a su líder, José Antonio Primo de Rivera. Hablando sobre el creciente número de afiliados, les dijo que, con tantos afiliados tan próximos, cómo estaba él en la cárcel. Al llegar a Valencia, el jefe de Milicias y algunos directivos pensaron en «hacer una hombrada», y no se les ocurrió otra que lo siguiente: a las nueve de la noche del 11 de julio una escuadra de Falange, apoyada por otras que quedaron en la puerta, subió al estudio de Unión Radio y su jefe, encañonando al locutor, pronunció ante el micrófono las siguientes palabras: «Aquí Falange Española de Valencia, que habla desde el estudio de Unión Radio tomado militarmente por ella, así como las manzanas próximas. Españoles, dentro de breves días se llevará a cabo la Revolución Nacional Sindicalista que nos redimirá a todos. Arriba España».
El alboroto que se formó fue tremendo, debiendo hablar poco después el alcalde de la ciudad para asegurar que el Ejército estaba al lado del gobierno. Las consecuencias fueron que se detuvieron a bastantes falangistas y que las autoridades establecieron un férreo control de cuarteles y jefes y oficiales, lo que perjudicó los planes de Mola[38].
Para Bartolomé Barba, «En el plan primitivo, en el que tuve parte principal y directa, para oponernos a la revolución que avanzaba a pasos agigantados se enviaba a Barcelona al general Carrasco y a Valencia al general Goded. Yo creo que si esto se hubiera hecho la guerra no hubiese alcanzado las proporciones que ha tenido, y en Valencia desde luego se hubiera triunfado»[39]. Nunca lo sabremos, pero lo que sí se confirmó fechas después fue el fracaso absoluto en Valencia.
El general acudió a Valencia a última hora, ante el ofrecimiento de algunos elementos de la guarnición de la ciudad, realizado por medio de la Junta de Valencia. Uno de sus integrantes, el teniente coronel de Estado Mayor Bartolomé Barba Hernández, le envió una carta de invitación días antes. El general, previa consulta con otros generales residentes en Madrid (Villegas y Fanjul) y previa conformidad del general Mola, «aceptó dicho ofrecimiento y designación»[40].
El 17 de julio el general González Carrasco salió de Madrid en automóvil hacia Valencia acompañado del comandante Cañada, llegando a la ciudad a las doce de la noche. Un capitán de la Guardia Civil le estaba esperando en las inmediaciones de la ciudad para cambiar de coche por uno con matrícula de Valencia y así no levantar sospechas. Se le tenía preparado alojamiento en casa del tradicionalista Francisco Pérez de los Cobos, pero al final fue a casa del hermano de este, Juan, por haber aparecido la policía en el primero de los domicilios. Ya en casa de Juan Pérez de los Cobos mantuvo una reunión con el teniente coronel Barba, el teniente coronel Cabello y otros, donde hablaron de los planes previstos y repasaron los compromisos tanto civiles como militares. Carrasco encomendó al teniente coronel de Ingenieros Cabello que la mañana siguiente se entrevistara con el general de la Guardia Civil, con quien se contaba, y con varios jefes militares, para confirmar su apoyo. El teniente coronel Cabello llevó a cabo dichas misiones, aunque no pudo entrevistarse con el responsable de la Comandancia por haberse ausentado de la ciudad; pero sus subordinados le confirmaron el apoyo. A continuación puso en conocimiento del general su resultado por medio de enlace, pues no pudo hacerlo personalmente por haber sido arrestado por el general Martínez Monje, jefe de la III División, que conocía o sospechaba de sus actuaciones.
Los dirigentes del alzamiento acordaron la entrada en la División para apoderarse del mando el día 19 a las once de la mañana. Los oficiales francos de servicio y retirados estarían paseando por delante de dicho edificio, en espera del general González Carrasco. En el local de la Derecha Regional Valenciana, situado enfrente de la División, habría preparados unos doscientos hombres armados. Parece ser que el general González Carrasco pidió la colaboración de una compañía de la Guardia Civil, que no le fue concedida, con el compromiso de que la Guardia Civil se sumaría una vez iniciado el alzamiento.
La mañana del 19 estaba todo preparado tal como se había previsto. La mujer del capitán Latorre recibió la señal convenida para el inicio de la operación, dos telegramas, uno de Barcelona y otro de Pamplona, el primero indicando que la guarnición de Barcelona se había alzado y el segundo como orden de que se hiciera así también en Valencia. Los textos decían: «Envía cinco remesas papel tipo diecinueve» y «Juanito llegará a esa el 19, a las siete y media», respectivamente. También estaban preparados los bandos para la proclamación del estado de guerra y un manifiesto dirigido al pueblo dando cuenta de los fines que se perseguían con el movimiento.
Según el testimonio de Joaquín Maldonado, enlace y uno de los civiles protagonistas en la preparación del golpe, cuando llegó a por el general Carrasco notó en él cierta indecisión, solicitando garantías mayores de las existentes para iniciar la entrada en el local de la División. Uno de los presentes al oír esta justificación dijo al general: «si yo pensara al hacer los negocios lo que Vd. piensa para decidirse, pocos negocios hubiera yo hecho en la vida». Maldonado y el teniente coronel Barba insistieron al general, pero no lo consiguieron, contestando este que sería mejor esperar a la tarde o a otro día para entrar en el local de la División[41]. En el mismo sentido se manifestaría Juan Pérez de los Cobos, militante de Derecha Regional Valenciana y que alojó en su casa al general el 17 de julio: «tuvo desde el primer momento una actitud titubeante como lo demuestra el que estuvo cinco veces en Capitanía General y sin embargo no se hizo cargo de ella, ni tomó los acuerdos que precisaban las circunstancias»[42]. Alguno fue más lejos. El teniente Cabello, hijo del teniente coronel de Ingenieros, fue a ver al general para comunicarle que la guarnición empezaba a decir que el general era un cobarde[43].
Ante la actitud del general y el conocimiento del fracaso en Barcelona, decayeron los ánimos. Nadie sabía qué hacer. Lo único que parecía claro es que el plan concebido había fracasado. El desmoronamiento entre los sublevados fue total. El general González Carrasco se marchó a Alicante, desde cuya población y por gestiones de la embajada alemana consiguió salir poco después. Al finalizar la guerra el general de División Manuel González Carrasco fue procesado. El 24 de agosto de 1939 se hizo pública la sentencia del Procedimiento n.º 271 instruido en Valencia contra su persona, por la que se le condenaba a ocho años de prisión militar mayor con la accesoria de separación del servicio[44].
En el proceso, el general González Carrasco expuso las razones que le hicieron desistir del asalto a la División: 1.ª por no haber podido encontrar a los comandantes Cañada y Arredondo, no obstante haberlos buscado desde las diez y media para que le informasen del personal reunido a dicho fin; con el segundo habló por teléfono y le prometió venir, no haciéndolo; 2.ª no haber recibido contestación del Estado Mayor de la División; 3.ª haberse negado una compañía de la Guardia Civil que había solicitado; y 4.ª saber que el Regimiento de Artillería acuartelado al lado de la División estaba completamente enfrente del movimiento.
La sentencia declaraba probada la falsedad de las dos primeras razones; que la tercera carecía de valor, puesto que ya sabía que la Guardia Civil dependía del gobernador; y que la cuarta no podía alegarse como sorpresa, ya que el procesado conocía desde el principio que dicho regimiento estaba en contra del alzamiento. La resolución judicial le acusaba de pasividad, indecisión injustificada y negligencia. Debía haber iniciado el alzamiento «aun a riesgo de desembocar en el fracaso», «apreciando el Consejo como atenuantes a su favor su indiscutible adhesión a la Causa Nacional, la premura de tiempo con que se le encargó del Movimiento en esta Plaza y el desconocimiento que tenía de la misma y de su guarnición, si bien estas atenuantes deben ser compensadas con la agravante de la grandísima trascendencia que tuvieron los hechos, en contra de la Gloriosa Causa Nacional»[45].
La propia indecisión de los militares fue la clave para el fracaso del alzamiento en Valencia, aunque para los anarquistas su actuación resultó determinante. Desde los primeros momentos, David Antona, secretario del Comité Nacional de la CNT, pidió una entrevista con el ministro de la Gobernación para advertirle del peligro que representaba para Madrid y para la República que Levante cayera en poder de los militares. El ministro les prometió las armas que tenía retenidas la Guardia Civil de Valencia. Pero los fusiles no llegaron, por lo que el Comité Nacional decidió entregar cuantas ametralladoras y fusiles fue posible conseguir a los anarquistas valencianos. «Dos días después, los hombres de la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica emplazaban aquellas máquinas frente a los cuarteles, obligando a rendirse a los traidores»[46].
El fracaso de Valencia arrastró al de Alicante. El problema de Valencia no era solo el cambio de última hora. Parece que el general Goded no tenía casi nada atado y bien atado. Por lo menos así se desprende de la declaración del teniente coronel de Infantería José Cosidó Cantó, con destino en el Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería de Alhucemas n.º 5 de Alicante. Para él, el alzamiento se comenzó a preparar con prontitud, de acuerdo con Valencia, de donde se recibían las instrucciones, que en muchos casos se encargó de distribuir él mismo en persona. Pero en el mes de julio «cesaron de venir instrucciones de Valencia y de tarde en tarde y después de reiteradas gestiones se nos decía que no se tenían noticias y que ya se avisaría. Como no convenciesen estas razones a la impaciencia natural que había, marchó a Madrid el Teniente D. Gonzalo Simón a entrevistarse con compañeros de la Guarnición de Madrid y decirnos lo que había sobre el particular, regresando a los pocos días completamente decepcionado de sus entrevistas en la citada población; esto contribuyó a que se enfriase el entusiasmo, el Teniente Freixas pidió destino y fue destinado a Sevilla, los que nos seguían a remolque se fueron alejando de nosotros y acercándose al bando contrario»[47].
Según el capitán Fernando Pignatelli, otro de los protagonistas de la conspiración, a partir del asesinato de Calvo Sotelo esperaban impacientemente la orden de sublevación desde Valencia, «orden que no llegó hasta el día quince en el sentido de que debía esperarse al mes de agosto, pues el telegrama recibido decía aproximadamente: “Mi hermana Pepita no puede operarse hasta el mes de agosto, según el criterio de los doctores”»[48].
En Alicante, la indecisión de los militares valencianos resultó el factor principal del fracaso del alzamiento, según las declaraciones de algunos implicados[49]. El teniente Joaquín Luciáñez, con permiso, se incorporó rápidamente a su destino y, en unión del teniente Santiago Pascual, trató de sumar al alzamiento a la oficialidad del Regimiento de Infantería n.º 11. No consiguieron muchos adeptos. La mayor parte de los oficiales preferían esperar el desarrollo de los acontecimientos en Madrid, Barcelona y Valencia para decantarse al lado del triunfador. El teniente coronel Manuel Hernández Arteaga, jefe accidental del Regimiento n.º 11, decidió acuartelar la tropa en espera de acontecimientos, decisión que aceptó el general José García Aldave, gobernador militar de la plaza.
El 21 de julio el coronel Rodolfo Espá, jefe del Regimiento n.º 11, llegó de Almería, donde se encontraba de vacaciones. Hombre enérgico y fiel a la República, se hizo cargo del Gobierno Militar, destituyendo al general García Aldave, hombre de edad y poco decidido a pesar de su compromiso. Desde ese momento pudo considerarse perdida toda esperanza de triunfo para los golpistas. El día 22 el coronel se reunió con todos los jefes del regimiento y ordenó levantar el acuartelamiento, saliendo del mismo unos trescientos cincuenta hombres, pues el resto estaba con permiso. Además, dispuso la detención de los principales oficiales implicados en la preparación del alzamiento: el capitán José Meca Romero, los tenientes Luciáñez, Pascual y Enrique Robles Galdó, el teniente coronel de la Caja de Recluta Félix Ojeda Vallés y varios suboficiales. El alzamiento quedaba definitivamente frustrado en Alicante por la indecisión de muchos y la enérgica resolución de uno: el coronel Espá.
La justicia franquista culpó al teniente coronel Hernández Arteaga del fracaso en Alicante. Con sus vacilaciones permitió que esta provincia quedara en poder de la República, «sin atender las indicaciones de parte de la oficialidad que estaba decidida a sublevarse contra el Gobierno de la República»[50]. Posteriormente fue nombrado gobernador militar de Málaga. Condenado a muerte al finalizar la guerra, fue ejecutado en la madrugada del 15 de julio de 1939.
El coronel de Carabineros se mantuvo claramente fiel a la República, y con él todas sus fuerzas. No fue tan clara la actitud del teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, José Estañ Herrero, aunque la Guardia Civil no se rebeló. Estañ fue juzgado en 1936 por un tribunal popular de la República y en 1939 por un consejo de guerra del Ejército franquista. Los dos le condenaron.
El Tribunal Popular lo hizo a doce años de prisión militar y separación del servicio por auxilio a la rebelión. Según parece, el 19 de julio se reunieron todos los jefes militares en la Comandancia Militar, exigiendo el gobernador militar a los jefes de las fuerzas militares y de orden público una declaración de lealtad al régimen. Así la obtuvo del jefe de la Subinspección de Carabineros, coronel Rafael Cabrera Castro, y del teniente coronel jefe accidental del Regimiento de Infantería, Hernández Arteaga, pero no del teniente coronel Estañ: «manifesté yo que no consideraba procedente hacer muestras de adhesión al Gobierno, sino por el contrario unirnos al movimiento»[51]. El coronel Cabrera respondió que tenía setecientos hombres dispuestos para lanzarlos contra los que se sumaran a la sublevación. El jefe de la Comandancia de la Guardia Civil se recluyó en la Comandancia Militar hasta que recibió la visita de Martínez Barrio que, como delegado del gobierno, le ordenó no ejercer el cargo. A los pocos días fue trasladado a Málaga. En octubre fue detenido y juzgado.
Según la declaración del hijo del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Albacete en julio del 36[52], el teniente coronel Estañ estaba comprometido con los conspiradores, y especialmente con su padre, al que había asegurado sublevar Alicante en las primeras horas y apoyar el alzamiento en la capital manchega. La justicia militar franquista le acusó de abandonar sus compromisos ante las dificultades presentadas en Valencia y la indecisión de los jefes militares de Alicante, y de colaborar con las autoridades republicanas de Alicante primero —solicitando incluso a su compañero y amigo Chápuli que rindiera la plaza sublevada de Albacete— y de Málaga después, donde actuó como comandante militar. El Consejo de Guerra le condenó a la pena de seis años de prisión, en virtud de sentencia de 3 de julio de 1939.
En Castellón de la Plana el fracaso de Valencia también resultó fundamental. Antonio Martí Olucha, militante de Derecha Regional Agraria y candidato en las elecciones del Frente Popular, fue a Madrid tras el asesinato de Calvo Sotelo[53]. De manos de Pérez de Laborda, presidente nacional de la JAP, recibió la documentación referente al alzamiento, entre ella la clave del mismo para Valencia, con objeto de que la entregara a Manuel Atard, representante en Valencia de Derecha Regional Agraria. En la noche del 16 de julio, Martí fue a Valencia y en la mañana del 17 entregó la documentación a Atard. Estuvo esperando la declaración del estado de guerra para partir hacia Castellón, pero no sucedió y permaneció en la capital de la región.
El comandante militar de la plaza y teniente coronel de Infantería Primitivo Peire Cabaleiro, que mandaba el Batallón de Ametralladoras n.º 3, y el capitán Rafael Blasco Borreguero se encargaron de reducir el tímido intento de sublevación. El capitán Ignacio Cervelló, enlace del batallón con Valencia, como encargado de hacerse cargo del batallón y posteriormente salir a la calle con la fuerza, fue detenido junto a sus acompañantes por los responsables del mismo en cuanto entró en el cuartel[54]. El teniente coronel ordenó la retirada de los aparatos receptores de radio de la sala de banderas y cuarto de suboficiales y cortó el teléfono. Además, reunió al resto de jefes y oficiales a los que solicitó fidelidad al gobierno, «todo ello en un tono imperativo»[55]. Poco después fueron detenidos varios oficiales y suboficiales más, el teniente coronel de la Guardia Civil José Estarás Ferro y algunos de sus oficiales, siendo llevados al barco prisión Isla de Menorca, anclado en el muelle y custodiado por la fuerza de Carabineros. Allí compartieron prisión con otros militares y civiles hasta el 29 de agosto, fecha en que el barco fue asaltado y asesinados sus prisioneros.
El teniente coronel Peire se negó a readmitir a varios oficiales que estaban de vacaciones y a los que consideraba sospechosos, ordenándoles siguieran con su permiso (entre otros, capitán Alejandro Jiménez Vaquer, capitán médico Alonso Encalado Ruano, teniente Jaime Babiloni Andreu, teniente Luis Molina Mesado, teniente Julián Coello Baidal, alférez Indalecio Zaplana, alférez Pedro Izquierdo Ortiz)[56]. Alegó que siguieran disfrutando del permiso porque no sucedía nada grave, y que si los necesitara los llamaría. Días después, con la situación controlada, fueron admitidos.
Las fuerzas de Carabineros, compuestas por dos compañías a las órdenes del comandante Horacio Ramos Fernández, una destinada en la capital y otra en Vinaroz, permanecieron leales a la República. La Guardia Civil de toda la provincia, compuesta por más de doscientos hombres, fue concentrada en la capital, alojada en el cuartel del Batallón de Ametralladoras. Detenidos algunos de sus jefes y oficiales, la mayoría de sus hombres partieron con los milicianos hacia el frente de Teruel, desde donde la mayoría se pasaron al bando enemigo.
CONCLUSIÓN
El fracaso del alzamiento en el Levante no fue el resultado de una inferioridad material o de la ausencia de apoyos entre los conspiradores, sino, sobre todo, de la combinación letal de indecisión, descoordinación y cambios improvisados en la jefatura del movimiento. En Valencia, la sustitución de Goded por González Carrasco en el último momento desarticuló una conspiración que ya estaba madura; en Alicante, la espera paralizante de órdenes que nunca llegaron y la firme intervención de mandos leales a la República desbarataron cualquier intento de sublevación; y en Castellón, la rápida actuación de los responsables militares republicanos neutralizó los primeros conatos.
A estos factores se sumó la presión decisiva del movimiento obrero organizado, especialmente de la CNT y la FAI, que ocupó el vacío dejado por la pasividad de parte del aparato estatal y cerró el paso a los conspiradores en los cuarteles. El resultado fue que el Levante permaneció en la zona republicana, configurándose como una retaguardia clave para el esfuerzo de guerra. La historia del alzamiento frustrado en esta región ilustra, con crudeza, cómo en julio de 1936 no solo se enfrentaron proyectos políticos, sino también formas muy distintas de entender el poder, la disciplina y la capacidad de decisión en situaciones límite.
