INTRODUCCIÓN
La madrugada del 19 de julio de 1936 marcó un punto de inflexión decisivo en la historia de Cataluña y, por extensión, de toda la Guerra Civil española. Barcelona se convirtió en el escenario central donde se jugó el éxito o el fracaso del alzamiento militar en el nordeste peninsular. Sirenas, barricadas y combates callejeros transformaron en pocas horas la vida cotidiana de la ciudad, mientras las fuerzas sublevadas intentaban tomar los principales centros de poder y las organizaciones obreras, especialmente la CNT, respondían movilizando a miles de trabajadores armados.
Este episodio no solo fue una confrontación militar, sino también el inicio de una profunda revolución social en Cataluña. La derrota del ejército sublevado en Barcelona determinó el fracaso del golpe en toda la región y consolidó el control republicano en uno de los territorios estratégicos del país. Las decisiones erráticas del mando militar, la fidelidad de una parte clave de las fuerzas de orden público y la movilización popular explican, en gran medida, por qué Cataluña permaneció del lado de la República en los primeros compases de la guerra.
Jamás podré olvidar la impresión de ese amanecer, bajo el grito angustioso de las sirenas, que llamaban a la lucha a los trabajadores. Era algo que taladraba los oídos y que electrizaba las armas. De todas las casas veía fluirse a los hombres, poniéndose las chaquetas, acudiendo los unos a la llamada, los otros preguntando:
—¿Qué pasa?
Pronto las descargas de fusilería, el fragor de los combates, retumbaba de un ámbito al otro de Barcelona.
[Federica Montseny] [1]
La revuelta se inició en Cataluña en la madrugada del domingo 19 de julio. En Barcelona afectó a la totalidad de regimientos y cuarteles, excepto Aviación e Intendencia, pero fue seguida de manera desigual. También se sublevaron las guarniciones militares de Lérida, La Seu d’Urgell, Gerona, Figueras y Mataró. Sin embargo, las guarniciones de Tarragona y Manresa permanecieron al margen.
Pero en Cataluña el éxito o el fracaso de la sublevación se jugaron en Barcelona, donde existían las fuerzas militares más importantes y numerosas y los centros neurálgicos de la política catalana. En la madrugada del domingo 19 las tropas salieron de los cuarteles de la periferia hacia el centro de la ciudad para ocupar los centros oficiales. «Parecía como si los militares pensasen reproducir el éxito del 6 de octubre de 1934, cuando fue suficiente que los primeros soldados saliesen de la calle para que el gobierno de la Generalitat se rindiese. Pero ahora no contó con que la situación era muy diferente: además de las fuerzas del orden público de Escofet, el movimiento anarcosindicalista barcelonés estaba dispuesto a lo que fuese» [2].
Desde hacía tiempo se había formado un Comité de Defensa confederal en Barcelona, con la misión de asumir la dirección de la lucha obrera contra una previsible acción del Ejército. Durruti, García Oliver, Ascaso, Jover y Gonzalo Sanz formaban parte de él y solo esperaban el mínimo movimiento de las tropas para movilizar a las masas confederales ya preparadas. Desde el 13 de julio los obreros de la CNT hacían guardia de noche en los locales del sindicato, así como en otros centros de reunión, por si los militares salían a la calle.
Las sirenas de los barcos del puerto y de las fábricas empezaron a sonar para dar la señal de alarma. La ciudad se comenzó a cubrir de barricadas y se iniciaron los combates en las calles. El día anterior el presidente Companys se había negado a armar a los sindicatos, a pesar de los continuos requerimientos. Pero los obreros comenzaron a asaltar las armerías y a recoger las que tenían escondidas desde octubre del 34 en nichos del cementerio y en las cloacas de la ciudad.
La madrugada del 19 de julio un joven anarquista oyó que se estaban distribuyendo armas en la Generalitat. Marchó a la plaza de Sant Jaume y, al llegar, no cabía nadie más: estaba repleta de jóvenes que pedían armamento. Sobre las cinco de la mañana, desde los altavoces instalados en la plaza para escuchar las informaciones de Radio Barcelona, se anunciaba que las tropas de Infantería del cuartel de Pedralbes acababan de abandonar su recinto, dirigiéndose por la avenida Diagonal hacia el centro de la ciudad. Entonces se produjo un hecho insólito: uno de los guardias del palacio, con mosquetón al hombro, cogió su pistola y se la entregó al obrero más próximo. Los otros guardias hicieron lo mismo y de esa manera unos doscientos obreros se vieron provistos de un arma.
La multitud se fue corriendo hacia las Ramblas. Los que no habían conseguido un arma marcharon al Parque de Artillería del barrio de Sant Andreu, que acababa de ser tomado al asalto por los obreros. En unos instantes la topografía urbana de Barcelona se transformó. Por todas partes empezaron a verse obreros armados y barricadas. «Lluís Companys, encerrado en su despacho, se vio en la soledad de su poder deslegitimado por el acto espontáneo de los guardias, que sirvió de detonante para la revolución proletaria en marcha. En efecto, había dado comienzo la revolución» [3].
Las tropas del Regimiento de Infantería Badajoz n.º 10 del cuartel del Bruc (en Pedralbes) y las del Regimiento de Caballería n.º 10 del cuartel de Numancia (en Hostafrancs) fueron las primeras en salir. Según uno de los participantes, el teniente de Infantería Ramiro Vizán Revilla [4], destinado en el primero de los regimientos, había muchos oficiales comprometidos, que firmaron el compromiso en un papel. Restringieron los permisos de verano a partir del 15 de julio, sobre todo a los comprometidos, para que estuviesen todos.
Estaban de acuerdo con los falangistas, que una vez iniciado el movimiento en Melilla pasaron al cuartel con su camisa azul bajo la consigna «Fernando, Furriel, Ferrol». En total entraron unos ciento veinte. Entre ellos estaban el jefe territorial en Cataluña, el jefe de Milicias y varios jefes de Centuria. Se les armó y se les dieron unas explicaciones elementales de cómo emplear el armamento. Todos los comprometidos se pusieron a las órdenes del comandante López Amor.
Sobre las once de la noche del 18 de julio llegó el coronel del regimiento, Espallargas, quien se opuso al movimiento e intentó impedir la salida de las tropas a la calle. Luego se repitió la escena con el general de la Brigada Ángel San Pedro, quien pretendió arengar a las tropas a favor de la República. El general y el coronel fueron detenidos, así como otros setenta y tantos oficiales y miembros de tropa.
Sobre las cuatro de la madrugada del 19 de julio, todos los comprometidos estaban preparados para salir a la calle. Previo el grito de «¡Viva España!», las unidades salieron a la calle.
A partir de las cinco de la mañana se fueron sublevando el resto de regimientos de la ciudad: el de Artillería de Montaña n.º 1, situado en el cuartel de los Docks; Caballería n.º 9, del cuartel de Gerona; Artillería Ligera n.º 7, del cuartel de Bailén; Batallón de Zapadores Minadores, del cuartel de Lepanto; y la Maestranza y Parque de Artillería, del cuartel de las Atarazanas.
Los conspiradores no habían contado inicialmente con las fuerzas del Regimiento de Infantería Alcántara, según testimonio del entonces teniente coronel Jacobo Roldán Fernández[5], quien tenía el mando por ausencia del titular, el coronel Críspulo Moracho. Sin embargo, el regimiento terminó sumándose a las fuerzas sublevadas. A las cinco y media de la mañana del 19 de julio le telefoneó el general Llano de la Encomienda con gran excitación, «y me preguntó si el Regimiento era leal o rebelde. Yo, manteniendo por entonces el equívoco, le dije: “Leal, mi General, siempre leal”. Y en mi intención era así, de lealtad para la Patria en contra de su ilegítimo Gobierno. Entonces me mandó que tocara Generala y formara las Unidades que pudiese».
Como esto convenía al plan de los sublevados, ordenó la organización de tres compañías de fusiles y una de ametralladoras, además de una de morteros. Una vez preparadas las fuerzas, el general le ordenó que salieran y se unieran a las fuerzas de Asalto. «El teniente coronel le preguntó: “¿Contra quién, mi General?”. “Contra las tropas facciosas que se han sublevado contra el Gobierno”. Entonces le contesté: “Este Regimiento, mi general, no sale a luchar contra sus hermanos del Ejército”. Entonces (replica furioso): “Vd. me desobedece”. Reitero: “Mi general, ya le he dicho que este Regimiento no sale a luchar contra sus hermanos”».
El jefe accidental del regimiento salió entonces al patio y dirigió a las unidades formadas una arenga encendida, diciendo que «hermanos de armas se habían levantado en otras partes de España contra un Gobierno que, legítimo o no en su origen —que no era momento de dilucidarlo—, era completamente ilegítimo en su ejercicio, ya que era castigo y verdugo de la verdadera España, de la Religión, de la Familia y de la Propiedad. Que nosotros no debíamos abandonar a aquellos hermanos de armas, que debíamos secundar el Movimiento. Que yo, su Jefe, con todos los que me siguieran, estaba dispuesto a hacerlo», y terminó con estas palabras: «Soldados de la Patria, hijos míos: ¿abandonaréis a vuestro Teniente Coronel?».
«¡No! ¡No! ¡Viva nuestro Teniente Coronel! ¡Viva España!», contestaron ellos clamorosamente, rompiendo en estentóreos aplausos.
El general Fernández Burriel llamó para que se adhirieran a sus tropas, y así lo ordenó el teniente coronel. Una compañía tomó varias casas y azoteas. Unas y otras sufrieron el ataque de las milicias, y el teniente coronel ordenó su regreso al cuartel ante las numerosas pérdidas humanas. Cuando llegó el general Goded le telefoneó. Le ordenó que fuera con las unidades disponibles al cuartel de los Docks (Artillería) y que, desde allí, con las ametralladoras se acercaran al edificio de Gobernación para bombardearlo. Hacia las dos de la tarde salió casi sin oficiales («estuve muy abandonado por la mayor parte de la Oficialidad») hacia el cuartel de Artillería. Desde allí era imposible avanzar hacia Gobernación por el fuego enemigo. Decidió volver al enterarse de que su cuartel había decidido adherirse a la Generalitat. Regresó con sus tropas, pero no pudo hacer nada, al coincidir con el fin del movimiento en Barcelona.
Los primeros enfrentamientos armados en la ciudad de Barcelona se produjeron en la plaza de Cataluña, cuando llegaron los soldados procedentes del cuartel de Pedralbes. Las fuerzas militares consiguieron apoderarse de la plaza y posteriormente de la Telefónica. Pero, una vez logrado el objetivo, fueron desalojadas de dicho edificio, viéndose obligadas a regresar al centro de la plaza. Esto ocurría alrededor de las ocho de la mañana. Desde la Telefónica, la azotea del Banco de Vizcaya y otros edificios se intensificaron los tiroteos hacia el centro de la plaza. «Por los vomitorios del Metro, también llovía fuego y plomo», recuerda el teniente Vizán. Ante la evidente superioridad numérica de las milicias populares, los mandos militares sublevados dieron orden de retirada. Se replegaron unos hacia el Hotel Colón y otros al Casino Militar, donde se hicieron fuertes. A las seis de la tarde, el edificio del Casino Militar, donde se encontraba el teniente Vizán, fue tomado por la Guardia Civil, fuerzas de Asalto y otras fuerzas.
En otros puntos de la ciudad también se luchaba. Los tres escuadrones que bajaron del cuartel de Gerona fueron parados por guardias de Asalto y por un buen número de milicianos en la plaza del Cinc d’Oros, en la confluencia entre el paseo de Gracia y la Diagonal. Las tropas del Regimiento de Santiago n.º 3 de Caballería, al mando del coronel Francisco Lacasa, salieron de madrugada con el objetivo de hacerse con el cruce de la Diagonal con el paseo de Gracia. Los guardias de Asalto y otras fuerzas, desde tejados y azoteas, abrieron fuego, impidiéndoles cumplir su objetivo. Lograron tomar el convento de los Carmelitas y casas próximas, hasta que, en la mañana del día 20, agotadas las municiones y toda clase de recursos, capitularon ante las fuerzas de la Guardia Civil que mandaba el coronel Escobar[6].
Según Moisés Trigueros Seco[7], teniente del Regimiento de Caballería Santiago, tomaron la terraza de la casa número 365 de la Diagonal con mucho esfuerzo, por el fuego enemigo. Se defendieron de los disparos y de la aviación, pero pronto se les agotaron las municiones, por lo que tuvieron que rendirse. En el cruce de la calle Balmes con la Diagonal también sufrieron un duro correctivo las fuerzas del Regimiento de Artillería Ligera[8], que quedaron prácticamente inoperantes.
Desde el Regimiento de Caballería de la calle Tarragona, un grupo de soldados ocupó la plaza de España, donde pronto empezaron los enfrentamientos armados. Otro grupo bajó por el Paralelo y fue detenido por las fuerzas confederales en la brecha de San Pablo. Un tercer grupo se instaló en la plaza de la Universidad, donde quedó aislado. Según el testimonio del teniente Ángel Clavero Fernández[9], del Regimiento de Cazadores de Montesa 4.º de Caballería, el 18 de julio todos los implicados llegaron al cuartel, convocados por el coronel Escalera a las seis de la mañana para proceder a la distribución de las fuerzas que al día siguiente debían salir a la calle. A las cuatro de la tarde se tocó diana, formando la tropa en el patio junto a unos cincuenta paisanos que debían actuar en la plaza de la Universidad. «Inmediatamente y a presencia del General de la Brigada Excmo. Sr. Don Álvaro Fernández Burriel, el coronel Escalera dirigió la palabra a la fuerza, saliendo a continuación el regimiento». La mayoría de sus fuerzas fueron destrozadas por el enemigo al abandonar el cuartel. Algunas unidades llegaron hasta el centro de la ciudad. «A las cinco de la tarde se retiró la fuerza al cuartel por orden del señor coronel». Los oficiales fueron arrestados en el Gobierno Civil y en el vapor Uruguay.
Los combates se fueron extendiendo por la ciudad, llegando a las inmediaciones del puerto e incrementando su crudeza en el centro de la ciudad. Mientras tanto, la aviación comenzó a bombardear los cuarteles.
Poco antes del mediodía llegó Goded para hacerse cargo de la dirección de la sublevación. El capitán general de Cataluña, general Francisco Llano de la Encomienda, se había manifestado contrario a la conspiración. Por esta razón se buscó a un general de prestigio, aunque procedente de fuera de la región. Pero todo, o casi todo, estaba ya perdido. La única esperanza que le quedaba era la Guardia Civil. Cuando, a las dos de la tarde, un tercio mandado por el coronel Antonio Escobar, reforzado con soldados de Intendencia, se dirigió por la Vía Layetana hacia la plaza de Cataluña para derrotar definitivamente la revuelta, desaparecieron todas las dudas.
A las cinco y media de la mañana del 19 de julio esperaban en el puerto de Palma de Mallorca cinco hidros Saboya de la Base de Mahón, al mando del teniente de navío Martínez de Velasco, pero no despegaron hasta las diez. En el primer hidro embarcó el general Goded; en el segundo, su ayudante; el hijo del general, el abogado Manuel Goded, en el tercero; el capitán aviador Casares, que había sido enviado desde Barcelona como enlace, en el cuarto; quedando el quinto hidro en el puerto de Palma. Sobre las doce del mediodía sobrevolaron Barcelona, pero pudieron apreciar que no estaban colocadas en la Aeronáutica Naval las señales convenidas para el aterrizaje y que la ciudad parecía estar tomada por los milicianos. Tras media hora de vuelo sobre Barcelona, y en vista de que seguían sin aparecer las señales convenidas, el general decidió descender, en contra de la opinión de su ayudante, quien le recomendó no pasar a Barcelona: «yo creo que se mete usted en la boca del lobo», le dijo. El general le contestó: «ya lo sé, pero he dado mi palabra y voy a cumplirla»[10]. Aterrizaron frente a la Base Aeronaval, la Aeronáutica.
El general y sus acompañantes fueron recogidos en dos botes. Al desembarcar, Goded fue recibido en la Aeronáutica por todos los oficiales con el brazo en alto y la marinería formada, rindiéndole los honores de ordenanza. Al pasar por delante de la formación dio un «¡Viva España!». El general saludó a todos y pidió detalles sobre la situación. En la propia Aeronáutica, un practicante de la escuela, con un máuser en la mano, se disponía a disparar sobre el general por la espalda. El responsable de la base, el capitán de corbeta Antonio Núñez Rodríguez, se percató de las intenciones del subordinado y le arrebató el arma, evitando la muerte de Goded a los pocos minutos de pisar suelo barcelonés[11]. Posteriormente, el general montó en un coche que se puso en camino hacia la sede de la división militar, siguiéndole en otros vehículos de la Aeronáutica el resto del acompañamiento.
Entró en el edificio de la IV División a las trece horas. Seguidamente el general Burriel hizo entrega del mando al general Goded, quien fue consciente desde el primer momento de la situación adversa, con las fuerzas del 7.º Regimiento de Artillería, las más comprometidas con el alzamiento, destrozadas, y con las fuerzas militares y populares leales a la República dominando la ciudad. Ordenó que la escuadrilla que le había traído bombardeara el Aeródromo Militar del Prat, pero el teniente de navío Emilio Lecuona, enlace y organizador de la conspiración en la Base Aeronaval de Barcelona, le manifestó la imposibilidad de cumplimentar sus órdenes por carecer de bombas.
Goded intentó convencer al general Aranguren, responsable de la Guardia Civil, para que se sumara al alzamiento con todas sus fuerzas, quizá como única y última posibilidad. Le telefoneó y mantuvieron una breve conversación en la que Goded le explicó que el movimiento estaba justificado por la lucha contra toda clase de extremismos. Al negarse Aranguren a secundar sus planes, el general Goded finalizó sus palabras con la amenaza de fusilarle al día siguiente, cuando el movimiento hubiese triunfado. «Si mañana me fusila usted —le respondió el general Aranguren— habrá fusilado a un general que ha hecho honor a su palabra y a sus juramentos militares. Pero si mañana le fusilamos nosotros, fusilaremos a un general traidor que ha faltado a su palabra y a su honor»[12].
Ante la negativa de la Guardia Civil y viendo que las pocas fuerzas con que contaba estaban aisladas por grupos y, casi todas, cercadas, pidió refuerzos a Palma de Mallorca y Zaragoza. Mientras tanto, la artillería y la aviación republicanas bombardeaban el edificio de la división, produciendo numerosas bajas. Sobre las seis de la tarde, las fuerzas republicanas entraron en el patio del edificio y posteriormente se hicieron con todas las dependencias, tomando prisioneros a todos los jefes y oficiales, entre ellos el general Goded.
El presidente Companys pidió a Goded que anunciara su rendición por la radio. Goded habló por los micrófonos para decir que, ante el fracaso del alzamiento, dejaba libres a los sublevados de todo compromiso y él renunciaba a la lucha. Según el testimonio del ayudante del general, este se prestó a hablar por la emisora porque pensaba sinceramente que el movimiento estaba perdido en toda España salvo en Baleares. Pretendía avisar a las tropas de Palma para que no embarcaran hacia Barcelona. «Espero que esta madrugada me fusilen habiendo salvado a Palma y así moriré tranquilo»[13], le dijo el general ante la insistencia e incomprensión mostrada por su ayudante, coronel Carlos Lázaro. El general Goded fue fusilado en el castillo de Montjuic, en compañía del general Fernández Burriel, el 12 de agosto a las 6.20 horas.
La intervención radiofónica del general Goded resultó determinante para sus seguidores. A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. En la plaza de la Universidad y en la plaza de Cataluña los soldados se rindieron antes de media tarde. Solo quedaban pequeños focos de resistencia en el cuartel de las Atarazanas, en las dependencias militares (Gobierno Militar) y en el convento de los Carmelitas, que acabaron rindiéndose al día siguiente, 20 de julio. Especialmente trágica fue la lucha en el cuartel de las Atarazanas, en las Ramblas, cerca del puerto. Fue preciso utilizar la aviación y la artillería para someter a los sublevados. Murió casi toda la oficialidad y numerosos soldados.
En la Base Naval los jefes, aliados de Goded, se negaron sucesivamente a cumplir las órdenes de Madrid para que bombardearan la división durante el día 19. Por ello, las milicias populares y fuerzas militares leales comenzaron a tirotearla desde las laderas de Montjuic y desde el muelle del carbón. Este tiroteo duró casi toda la tarde, contestándose con fuego de fusil, ametralladora y cañón. Al amanecer del día 20 empezaron a volar los aparatos del Prat sobre la base, dando vueltas cada vez a menor altura. De pronto, los oficiales fueron aisladamente sorprendidos y hechos prisioneros por la marinería y auxiliares, capitaneados por el oficial de 1.ª Antonio Molina. El jefe de la base, capitán de corbeta Antonio Núñez Rodríguez, fue detenido junto al también capitán de corbeta Juan Díaz Domínguez y seis tenientes de navío. «Mi comandante, no haga disparates», le dijo el oficial de 2.ª que detuvo al jefe al entregar este su pistola[14]. Se acababa uno de los últimos reductos sublevados.
El resultado de las dos jornadas de sublevación resultó trágico en lo que respecta al número de víctimas. Según algunos historiadores, alrededor de los cuatrocientos cincuenta muertos y unos dos mil heridos. Buena parte de las víctimas cayeron en el cuartel de las Atarazanas. «La última batalla de Barcelona había sido, pues, especialmente trágica, pero el desastre final del ejército en Barcelona acabó siendo decisivo para que el resto de guarniciones sublevadas de Cataluña regresasen a los cuarteles y el eco de este fracaso contribuyó también a minar la moral de los sublevados en otros lugares»[15].
Barcelona, y con ella toda Cataluña, permaneció al lado de la República gracias a varios factores. El primero, y principal, el caos organizativo de la conspiración en los últimos momentos. Si el mando y las órdenes hubieran estado claros, hubiera sido muy difícil, como sucedió en el resto del país, vencer la sublevación. En las últimas horas, en Cataluña y Valencia la improvisación fue total. El día antes de la sublevación hubo cambio de planes y de responsables. Lógicamente, todo salió mal. El general Goded, que había sido designado para encabezar el golpe en Valencia, a última hora fue enviado a Cataluña. El general González Carrasco, a quien correspondía dirigir el movimiento en Cataluña, decidió ir a Valencia.
La noche del 16 de julio, el teniente coronel Galarza recibió la última orden de Mola: «Dar contraorden al General Goded, que debía dirigir el Alzamiento en Valencia, para que en vez de a esta ciudad se dirigiera a Barcelona. Al día siguiente quedó cumplimentada la orden. Un enlace salió de Madrid»[16]. Según la versión de un íntimo amigo del general, Finat, Goded fue a Barcelona contrariado y forzado, sospechando que se le enviaba allí para verle fracasar[17]. Esta no parece cierta, sobre todo al descubrir la versión del general Goded, en boca de su propio ayudante[18].
Días antes del golpe, este fue enviado por Galarza a Barcelona para recibir los informes de los militares comprometidos. El comandante de Estado Mayor Mut le comunicó que allí no querían para jefe del alzamiento al general González Carrasco por pensar que se echaría para atrás como hizo en Granada en agosto de 1932. Los jefes y oficiales de la Junta Militar de Barcelona le pidieron que lo encabezara el general Goded, a quien seguirían sin titubeos. Informado el general, ordenó a Mut que viajase a Palma, y en la entrevista que tuvieron se acordó que Goded iría a Barcelona a ponerse al frente del movimiento. A punto de comenzar este, el general comunicó por clave su decisión al mismo Mola para que variara los planes, lo que este hizo a pesar de no estar convencido, según el testimonio del ayudante de Goded. Parece ser que cedió a consecuencia tanto de la presión de los militares catalanes como de su poco entusiasmo en ir a Valencia. Según el fundador de la UME, Bartolomé Barba, el general Goded no estaba conforme con su responsabilidad en Valencia. «Repetidas veces me dijo que Valencia desde su punto de vista no le importaba». Días antes de comenzar el movimiento, exigió ir a Barcelona[19].
Desde luego podía haber una razón muy clara para Goded: Cataluña resultaba un territorio decisivo para el alzamiento, y a pocos observadores les quedaba duda de que un triunfo allí abría las puertas al triunfo del alzamiento en toda España. Goded, un general que había sido jefe del Estado Mayor con Azaña al comienzo del régimen republicano y destituido en junio de 1932, sentía cortada y malograda su carrera, por lo que podía tocar de nuevo la gloria.
Para el general Varela, la decisión de cambiar al responsable del movimiento en Cataluña creó un gran desconcierto hasta en los propios protagonistas, sobre todo en el general González Carrasco, «pues el general Carrasco no recibe a cambio misión alguna de quien debía y podía, y ante la solicitud reiterada de dos comandantes que se presentan de la guarnición de Valencia, que le piden ponerse al frente de la misma, y faltándole tiempo para la consulta, se pone en camino voluntariamente para dirigir el levantamiento en aquella ciudad»[20].
Los cambios de última hora fueron claves en la derrota, sobre todo si se piensa, como el general González Carrasco, que buena parte de los militares estaban comprometidos. El general envió el 10 de julio al capitán Joaquín Cañadas a Barcelona con el fin de «explorar el espíritu de aquella guarnición y en cumplimiento de esta con el Comandante de Estado Mayor Francisco Mut, Teniente Coronel de la Guardia civil Cercas, General de Artillería Legorburu, Coronel de Caballería La Casa, Capitán de Infantería Lizcano de la Rosa, Capitán de Artillería López Varela y un Abogado cuyo nombre no recuerda que era el que manejaba al personal civil de Barcelona; todos ellos a quienes habló en nombre del General González Carrasco se mostraron conformes con acatar la Jefatura de dicho General y optimistas en cuanto al resultado, excepto el General Legorburu que veía dudoso el triunfo aunque se manifestó dispuesto a secundar las órdenes del General González Carrasco»[21].
Tras el cambio de líder, el «técnico» Galarza comunicó a Mola y a Franco su diagnóstico a pocas horas de dar comienzo el golpe: fracaso en Madrid, Barcelona y Valencia. «Sin embargo, ya en conjunto vi el problema ganado. Mientras se mantuvieran África y en la Península Castilla, Navarra y Aragón, la gloria del Alzamiento no me ofrecía duda alguna. Se ganaría»[22].
Para el general Varela, el general González Carrasco tenía todo preparado para el alzamiento en Barcelona: «seguramente el triunfo de Cataluña habría sido posible, pero para ello precisaba la condición de proceder con la máxima rapidez y esto exigía haberse lanzado el mismo día diez y ocho, como se efectuó en otros lugares de España, cosa que no pudo hacerse sin estar presente el encargado del Movimiento en Barcelona, al llegar tarde a dicha Plaza malogró incluso la actuación heroica del propio general Goded, prestigioso militar que tuvo que atender antes el problema de Baleares, restándole el tiempo que después le faltó para Cataluña y bien puede asegurarse que cuando dicho general llegó a Barcelona es ya tarde y el Movimiento estaba virtualmente perdido, por desaprovechamiento de oportunidad»[23].
En 1942, en la información instruida en averiguación de los hechos ocurridos en el Cuartel General de la IV División orgánica de Barcelona durante los primeros días del movimiento, se hace responsable del fracaso del alzamiento en esa ciudad al general Fernández Burriel. Se había acordado que hasta que Goded se hiciese cargo de la división lo hiciera el más antiguo, que era el general Fernández Burriel: «La condición impuesta por Burriel para adherirse al Movimiento de que se tuviera una entrevista con el General Llano de la Encomienda en la creencia de que se lograría convencerle fue un hecho que tuvo la mayor trascendencia y que influyó de una manera evidente en el fracaso del movimiento en Barcelona, toda vez que se puso en conocimiento de aquel General enemigo toda la clave del alzamiento en Barcelona»[24].
Además de los propios errores de los conspiradores, también resultó decisiva la fidelidad de los principales jefes militares, empezando por el capitán general Francisco Llano de la Encomienda y terminando por la de los jefes de la Guardia Civil (general Aranguren) y fuerzas de orden público (Vicente Guarner y Federico Escofet). También hay que añadir el respaldo popular, que se echó a la calle en los primeros instantes.
Otro factor importante fue, sin duda alguna, el conocimiento de la conspiración y, especialmente, la preparación de la defensa por los responsables de orden público de la Generalitat, Escofet, Guarner y un tercer hombre, el comandante Alberto Arrando, jefe de sus fuerzas militares. Los tres pasaron muchas horas diurnas y nocturnas ante un gran plano de la ciudad preparando la defensa de Barcelona cuando estallara la sublevación y, sobre todo, teniendo en cuenta no caer en los mismos errores del 6 de octubre de 1934, cuando dos baterías de artillería y muy pocas fuerzas de infantería controlaron la ciudad con gran facilidad. Ahora esperaban muchas más fuerzas militares y bien armadas. Calle por calle y azotea por azotea fueron revisadas para escoger los puntos estratégicos. Las hipótesis de la ocupación de Barcelona que barajaron quedaron corroboradas al fracasar el alzamiento. Al general Goded le fue ocupado un plano de la ciudad en el que, con trazos de lápiz rojo, se hallaban los itinerarios que habrían de seguir las fuerzas militares sublevadas, con muy pocas diferencias de lo esperado por las fuerzas de orden público[25].
Desde la óptica de los sublevados[26], las causas del fracaso de la sublevación en Barcelona fueron varias: las vacilaciones del general Fernández Burriel, que tal vez por no ser el jefe efectivo del alzamiento en Barcelona dejó de actuar con la energía y rapidez que resultaban indispensables en tal trance; la tardanza en que llegó el general Goded (no imputable a él); el haber permitido los elementos militares que el enemigo ocupase las mejores posiciones estratégicas, demostrando con ello una confianza injustificada e inexplicable; el escaso número de fuerzas empleadas, ya que los cuarteles, a consecuencia de los permisos de verano, estaban solo con dos tercios de los efectivos normales; el error gravísimo de no haber ocupado la tropa las emisoras locales de radio, mediante las cuales el enemigo consiguió mantener la moral de sus adictos, mientras en el campo nacional se producía la desorientación y el desconcierto; y la defección final de la Guardia Civil. Lacruz afirma que en el alzamiento salieron a la calle un total de 1200 soldados, apoyados por pequeñas formaciones de paisanos. A pesar de ello llegaron a ocupar buena parte de Barcelona contra fuerzas que, según él, decuplicaban las de los sublevados sumando fuerzas de Asalto, guardias civiles, policías de la Generalitat y paisanos armados.
El fracaso de la sublevación en Barcelona determinó la rendición de las guarniciones alzadas en el resto de Cataluña. En Figueres se sublevó la guarnición del castillo de San Fernando, mientras en Mataró el coronel Julio Dufoo, del Regimiento de Artillería Pesada, declaró el estado de guerra. En La Seu d’Urgell el coronel Joaquín Blanco Valdés, del Batallón de Montaña n.º 5, proclamó el estado de guerra. En Tarragona, sin embargo, donde había oficiales comprometidos en la sublevación, resultó determinante en el fracaso de la misma la actitud del coronel Ángel Martínez Peñalver, quien se negó a declarar el estado de guerra.
En Lérida las fuerzas del Regimiento n.º 25, cuyo cuartel era el castillo que preside la ciudad, proclamaron el estado de guerra el 19 de julio con el coronel Rafael Sanz Gracia y el teniente coronel Luis José de Gomar a la cabeza, este último presidente de la UME y de Renovación Española en la provincia y uno de los artífices de la conspiración. Según parece, los bandos estaban firmados por el general González Carrasco y tenían un papel encima de este nombre con el del general Goded[27]. Hacia las ocho de la mañana comenzaron la ocupación de los puntos neurálgicos de la ciudad, como la comisaría de la Generalitat, la Paería, la estación de ferrocarril y la emisora de radio. Tan solo hubo incidentes frente a la Diputación Provincial, donde los disparos de la Guardia de Asalto produjeron la muerte de un paisano.
La Guardia Civil no solo no se sublevó sino que contribuyó a reducir a los que lo hicieron. El teniente coronel jefe de la Comandancia era contrario al alzamiento por lo que intentaron convencer al teniente Sánchez Zamora, jefe de la línea de Balaguer, para ponerse al frente del mismo. Le esperaron el día 19 de julio, pero ni se presentó ni contestó a la solicitud que le había realizado un miembro del Consejo Regional de la CEDA de Cataluña[28].
Sobre las once de la mañana se presentaron en el castillo unos trescientos civiles dispuestos a ayudar a las fuerzas militares sublevadas. Había falangistas, requetés, miembros de las Juventudes de Acción Popular, de Renovación Española y de la CEDA y algún que otro militante de la Lliga Catalana[29]. La fuerza civil fue armada por los militares y dedicada a la vigilancia de la población.
Por la tarde, la CNT, la UGT y la Unión Local de Sindicatos, controlada por el POUM, constituyeron un Comité de huelga y convocaron la huelga general para el día siguiente. El ambiente hostil de la población, la escasez de fuerzas militares y las noticias que llegaban de Barcelona fueron las razones principales de la rendición de los sublevados el 20 de julio. La mayor parte de los jefes y oficiales sublevados, entre ellos el coronel y comandante militar de la plaza, fueron fusilados cinco días más tarde.
En Gerona se produjo una situación parecida a la de Lérida. El Ejército, tras proclamar el estado de guerra, ocupó militarmente la ciudad. Mientras, se constituía un Frente Antifascista que empezó a organizar grupos armados para atacar a las fuerzas sublevadas. El general Jacinto Fernández Ampón declaró el estado de guerra hacia las siete de la mañana del 19 de julio. La noche anterior el general, gobernador militar de la plaza, y los demás jefes de la guarnición (Batallón de Montaña Asia n.º 2 y Regimiento Pesado de Artillería n.º 2 y Servicios) fueron informados por el teniente del Servicio de Enlace José Borbón, recién llegado de Barcelona, de la hora y planes previstos para el alzamiento. De madrugada llamó al capitán general Llano de la Encomienda, quien le confirmó la sublevación, pero le aseguró que él «se mantenía leal y eso mismo recomendaba y exigía a todos».
Tras la conversación con su superior, el general Ampón dio órdenes en persona al teniente coronel Antonio Alcubilla Pérez, que mandaba el batallón, de disponer una compañía para ir a declarar el estado de guerra y que el resto de la fuerza saliese a ocupar los puntos estratégicos de la ciudad, según el plan determinado de antemano. Se decidió aprovechar los bandos impresos (y no utilizados) para las elecciones del 16 de febrero y con gran prisa y entre todos los presentes fueron fechándolos mientras el general los firmaba, llevándoselos en seguida el capitán ayudante de la media Brigada Antonio Patiño, que se prestó voluntariamente a leerlos y fijarlos.
Cuando la ciudad estaba en poder de los militares, el general Ampón dio orden de vuelta a los cuarteles. Algunos jefes le indicaron su incomprensión, pidiéndole al menos una demora de veinticuatro horas[30]. El general se reafirmó. Las tropas comenzaron su regreso, algunas con problemas por la contestación armada de las milicias populares. El teniente Borbón, cada vez más acorralado, necesitó hacer fuego y defenderse mediante una marcha en la oscuridad por un itinerario algo largo que le permitió llegar al cuartel con dos bajas a medianoche. A diversas horas lograron irse incorporando las demás secciones, siendo tiroteada una batería de artillería.
Tras retomar el control de la ciudad las autoridades civiles y militares de la República, el general Ampón fue encarcelado en los camarotes de emigrantes del vapor Uruguay. Fue juzgado en Gerona con la oficialidad de la guarnición y condenado a muerte por el Tribunal Popular. Fue ejecutado en el castillo de Montjuic el 2 de septiembre de 1936. El régimen franquista le cuestionó también su actitud, culpándole de la rendición de la plaza. En el sumario de la Causa General hay opiniones a favor y en contra del general. Sí parecía probado, según el enlace y organizador de la sublevación en Gerona, teniente coronel del Batallón de Montaña Antonio Alcubilla, que el general Fernández Ampón se sumó a la misma con entusiasmo desde el momento que tuvo conocimiento de ella, sin manifestar dudas ni vacilaciones, razón por la cual la guarnición en su totalidad se adhirió al movimiento y le reconoció en todo momento como jefe del mismo[31].
Según el comandante de Infantería Antonio Pons Lamo de Espinosa, la orden de retirada no la dio el general inmediatamente sino que antes se informó de la conducta de las demás guarniciones de Cataluña. Para dar la mencionada orden no hubo reunión previa ni consultó el general a los jefes. Los reunió en su despacho pero para comunicarles su resolución y ordenar se cumpliera. «Dicha disposición fue mal recibida y se le hicieron observaciones siendo el que con más vehemencia se produjo el Coronel de la media Brigada D. Jorge Villamide, pero el General insistió en que dada la marcha de los acontecimientos, estimaba que debía evitarse tanto los choques de la fuerza con el populacho, como su contacto con este y posible desmoralización de la tropa y que sin deponer nuestra actitud, debía retirarse esta a los Cuarteles y quedar en estos en espera de las nuevas órdenes que las circunstancias aconsejaran, siendo acatada la orden»[32].
Para el teniente coronel Carlos Fina de Caralt, al general no le quedó otro remedio al conocerse el fracaso de la sublevación en Barcelona. No se contaba con elementos de la población civil, lo que «unido a que las fuerzas de la Guardia Civil mediada la tarde del diez y nueve empezaron a flaquear conocedoras de la actitud de dichas fuerzas en la Plaza de Barcelona es criterio del declarante que el mando o sea el General solo podía contar con la adhesión inquebrantable de los pocos Jefes y Oficiales de guarnición en la Plaza de Gerona así como de algunas clases y por consiguiente su defensa hubiera sido estéril»[33].
CONCLUSIÓN
El fracaso de la sublevación en Cataluña, y en particular en Barcelona, fue un acontecimiento determinante para el desarrollo inicial de la Guerra Civil española. La derrota de las fuerzas militares rebeldes no solo frustró el control de una región clave, sino que tuvo un impacto moral decisivo en el conjunto del conflicto, debilitando a los sublevados en otros puntos del país. La combinación de improvisación y descoordinación en la conspiración militar, la lealtad de sectores fundamentales de la Guardia Civil y de las fuerzas de orden público, así como la rápida y masiva movilización del movimiento obrero, resultaron factores decisivos.
Más allá del plano estrictamente militar, los hechos de julio de 1936 en Cataluña abrieron la puerta a un proceso revolucionario sin precedentes, en el que sindicatos y milicias populares asumieron un protagonismo político y social inédito. La experiencia catalana demuestra cómo el desenlace de unas pocas horas de combates urbanos pudo condicionar el mapa territorial de la guerra y el rumbo del conflicto en su conjunto, convirtiendo a Barcelona en uno de los símbolos más potentes de la resistencia al golpe militar y del inicio de la revolución social en la España republicana.
