INTRODUCCIÓN
La sublevación militar de julio de 1936 no triunfó de forma homogénea en toda España. En Andalucía, y especialmente en Sevilla, los acontecimientos adquirieron un carácter decisivo para el desarrollo inicial de la Guerra Civil española. La ciudad se convirtió en uno de los principales centros de poder de los sublevados gracias a una compleja combinación de conspiración previa, maniobras militares y decisiones tomadas en cuestión de horas.
El papel del general Gonzalo Queipo de Llano resultó determinante. Con apoyos limitados y en un contexto de fuertes resistencias internas dentro del propio estamento militar, logró hacerse con el control de Sevilla y convertirla en un eje estratégico fundamental para el avance del bando sublevado. Desde allí se articularía el puente aéreo que permitió el traslado del Ejército de África a la Península, un factor clave para el desenlace inicial del conflicto.
Me dispuse a cumplir un compromiso que tenía todos los caracteres de un sacrificio (General Queipo de Llano).
El 10 de agosto de 1932, el general Sanjurjo, instalado en la ciudad de Sevilla, se autoproclamó capitán general de Andalucía, ordenó la destitución de todas las autoridades del Gobierno y declaró el estado de guerra en toda la región. El general se quedó solo ante la reacción gubernamental, con una ciudad tomada por las masas obreras. Sevilla había sido protagonista de la Sanjurjada y fue la clave del 18 de julio de 1936.
No se contaba con el jefe de la II División, el general José Fernández de Villa-Abrille, fiel al Gobierno, ni con la mayor parte de los jefes y oficiales, que no habían comprometido su participación. La guarnición sevillana no había olvidado la experiencia de la Sanjurjada ni su represión, que había causado la ruina de la carrera de decenas de oficiales. Además, se temía la reacción de las potentes milicias de los barrios obreros. Mola confió en Queipo de Llano y acertó, pues consiguió ilusionar a las fuerzas militares sevillanas en muy poco tiempo y consolidar la conspiración en la mayor parte de las provincias andaluzas. El general resultó ser uno de los principales protagonistas de la sublevación militar, por lo difícil de la misión que se le encomendó y por el resultado obtenido.
Pero el triunfo del alzamiento en Sevilla no fue debido solo a Queipo de Llano ni fue fruto de la improvisación. Cuando el general Queipo de Llano visitó en mayo Sevilla por primera vez como encargado de la sublevación en la capital andaluza, pudo comprobar lo avanzados que estaban los planes. Los comandantes Cuesta Monereo y Álvarez Rementería no habían perdido un solo minuto desde marzo en organizar la conspiración y contaban ya con firmes compromisos de los principales cuerpos militares, incluida la Guardia Civil.
Sobre las 13:15 del 18 de julio, el general Queipo de Llano salió del Hotel Simón hacia la Capitanía General para iniciar la sublevación. Allí solicitó de nuevo al general de la división su incorporación a la misma:
Al verme acercar en el patio y vestido de uniforme —siempre le visité vestido de paisano— no pudo disimular su sorpresa y me dijo:
—¿Qué vienes a hacer aquí?
—A decirte que ha llegado el momento de que te decidas: o con tus compañeros del Ejército o con ese Gobierno que lleva a la Patria a la ruina.
—Yo estaré siempre de parte del Gobierno —replicó.
—Pues traigo orden de la Junta del Ejército de levantarte la tapa de los sesos. Como soy buen amigo tuyo, no quiero recurrir a la violencia, pues espero que te convenzas de tu error.
—Repito que siempre estaré a las órdenes del Gobierno.
—Pues tengo que matarte o encerrarte. De modo que te encerraré. Pasa a tu despacho.
—Pasaré; pero conste, señores —dijo volviéndose a todos— que obedezco ante la violencia.
—Sí, ante la violencia; pero anda al despacho —dije empujándole suavemente.
Y, volviéndose hacia sus acompañantes, repitió varias veces que constase que obedecía ante la violencia.
El general Villa-Abrille había salvado su vida, sin duda, gracias a su discreción ante el Gobierno. Era conocedor de la trama y de las visitas de Queipo de Llano a Sevilla, pero no había informado al Ejecutivo. Se negó en varias ocasiones a hablar personalmente con Queipo porque, si esto sucedía, advirtió, entonces sí se vería obligado a comunicarlo a instancias superiores. El general López Viota y tres comandantes se unieron a Fernández de Villa-Abrille en su arresto en Capitanía. Queipo se hizo dueño de la Capitanía General e inmediatamente ordenó a todas las comandancias militares andaluzas que proclamaran el estado de guerra, lo que se haría de forma desigual.
Posteriormente, Queipo se dirigió al cuartel de San Hermenegildo, donde se alojaba el Regimiento de Infantería de Granada n.º 6. No fue bien recibido por el coronel Allanegui ni por el resto de jefes y oficiales. Al final logró convencer al comandante José Gutiérrez Pérez para que se hiciera cargo del regimiento, arrestando a los jefes del mismo. Hacia las dos y media de la tarde, el comandante ordenó formar a toda la tropa presente, unos ciento treinta soldados. Queipo pronunció entonces una de sus fervientes arengas.
Queipo llamó al coronel Santiago Mateo Fernández, jefe del Regimiento de Caballería Taxdirt n.º 7, quien se negó a secundar al general. Varios oficiales adeptos se hicieron con el control del cuartel de Caballería y detuvieron al coronel. También el comandante jefe del aeródromo de Tablada, Rafael Martínez Esteve, se negó a sumarse a los sublevados, pero al mismo tiempo se opuso a cumplir la orden del gobernador civil para que bombardeara la sede de la II División y la Plaza Nueva. A medianoche, la base de Tablada se rindió.
Hacia las seis de la tarde del día 18, el teniente coronel de la Guardia Civil Pereita se presentó a Queipo para ponerse a su disposición con toda la fuerza que tenía en Sevilla. Según comentó al general, el coronel se empeñaba en permanecer a las órdenes del Gobierno y celebraba conferencias con todos los pueblos de la provincia para que así lo hiciesen todos sus subordinados. «Ordené la detención de aquel coronel y la Guardia Civil quedó incorporada al Movimiento», recuerda el general Queipo.
Las fuerzas de Carabineros, que en la mayor parte de las provincias se mantuvieron fieles a la República, en Sevilla se pusieron a las órdenes del general Queipo inmediatamente, aunque poco le pudieron ayudar, al quedar su cuartel en un barrio dominado por las milicias. El general ordenó a su jefe, el coronel Pilar, que permanecieran recluidos hasta que mejorara la situación.
El general ordenó que se constituyera una compañía de noventa hombres que protegiera la proclamación del bando de guerra. Salió en cuanto estuvo redactado (en casi todas las provincias este llevaba escrito muchos días, lo que prueba la poca confianza que tenía el propio Queipo en la victoria), al mando del capitán Ignacio Rodríguez Trasellas. La compañía regresó ante la imposibilidad de cumplir la orden recibida, porque circulaban por las calles tres blindados que hacían fuego con ametralladoras. Las tropas volvieron a salir con el acompañamiento de un cañón, logrando reducir a los blindados y proclamar el estado de guerra.
La mayor parte de los jefes y oficiales se oponían a la sublevación, pero no lucharon contra ella con la energía necesaria. Esta actitud favoreció a Queipo de Llano, lleno de garra y entusiasmo. El general se hizo desde el primer instante con el control de la plaza militar estratégicamente más importante de toda Andalucía. Desde la medianoche del 18 al 19 de julio, unos cuatro mil militares culminaron la ocupación de todos los centros e instituciones oficiales, rigurosamente preparada por el comandante de Estado Mayor José Cuesta Monereo, uno de los protagonistas del golpe de Sanjurjo. La artillería tuvo que actuar en varios objetivos, como Telefónica o el Hotel Inglaterra, ante la resistencia de la Guardia de Asalto y de los milicianos.
Queipo logró hacerse con una situación difícil ante la falta de compromiso de los jefes militares. Sin embargo, uno de los pocos que sí lo tenía le falló. «Pepe el Algabeño» (José García Carranza), torero y falangista, le había prometido mil quinientos falangistas. A primera hora de la tarde del día 18 marchó a movilizarlos, pero llegó la noche y no aparecieron más que quince. Según el Algabeño, no habían podido venir de los pueblos por estar cortados los caminos.
En la mañana del día 19 fracasó el intento de auxilio a las autoridades republicanas por parte de una columna de mineros de Riotinto y Nerva, interceptada a las afueras de la capital andaluza por la traición del comandante de la Guardia Civil Haro Lumbreras. Entre los días 20 y 23 de julio se fueron sofocando los reductos de oposición al golpe que se generaron en los barrios de Triana, La Macarena y San Bernardo, procediéndose a un violento exterminio de los opositores y simpatizantes republicanos que se prolongaría hasta enero de 1937, arrojando un trágico balance de más de tres mil víctimas.
La victoria en Sevilla tuvo un gran impacto en la opinión pública, sobre todo por la dificultad con la que el general Queipo abordó el alzamiento. No contaba con unidad alguna ni con ningún jefe de cuerpo. Le apoyaban su ayudante, López Guerrero; el comandante Cuesta; dos capitanes de Artillería en el servicio de Aviación, Aguilera y Carrillo; tres capitanes de Estado Mayor, Escribano, Gutiérrez y Flores; el capitán de Ingenieros Corretjer; un torero, «Pepe el Algabeño»; y pocos oficiales más. Estas eran sus fuerzas iniciales, a las que se sumaron, en cuanto comenzó la sublevación, ciento veinte hombres del Regimiento Granada de Infantería y sesenta de Ingenieros, estos últimos encargados de ocupar el Parque de Artillería, lo que resultó una victoria estratégica de suma importancia. Minutos después se incorporaron cuarenta hombres de Intendencia, que, a las órdenes del comandante Núñez, ocuparon la Telefónica. A continuación se unió la Caballería, muy poco después la Artillería y, por último, la Guardia Civil y los Carabineros.
Entre el 18 de julio, fecha en que fueron ocupados los municipios de Écija (con comandancia militar subordinada), La Lantejuela y La Luisiana, y el 11 de septiembre de 1936, cuando quedaron definitivamente bajo control de las fuerzas sublevadas las localidades de Algámitas y Villanueva de San Juan, las tropas del general Queipo de Llano culminaron una vasta operación que integró en el denominado «bando nacional» a la totalidad de los 102 municipios que entonces comprendía la provincia de Sevilla.
Ante el fracaso de la sublevación en Málaga, Sevilla resultó clave para los sublevados por ser cabecera del puente aéreo de las tropas del Ejército de África. El traslado de las tropas hacia la Península comenzó el 20 de julio, con el puente aéreo entre Tetuán y la base aérea de Tablada, en Sevilla.
CONCLUSIÓN
La toma de Sevilla por las fuerzas sublevadas en julio de 1936 marcó un punto de inflexión en los primeros compases de la Guerra Civil española. A pesar de la falta de apoyos claros entre muchos mandos militares, la rápida consolidación del control de la ciudad permitió a Queipo de Llano establecer un bastión estratégico desde el que se coordinó la expansión del golpe en gran parte de Andalucía.
El dominio de Sevilla no solo aseguró una plaza militar clave, sino que facilitó el despliegue del Ejército de África en la Península, alterando de forma decisiva el equilibrio de fuerzas en los primeros meses del conflicto. La represión posterior en la capital andaluza y en su provincia dejó una profunda huella en la población civil, convirtiendo a Sevilla en uno de los escenarios más significativos —y trágicos— del inicio de la guerra.
