INTRODUCCIÓN
Tras el control de Sevilla por las fuerzas sublevadas, el avance hacia Madrid se convirtió en el objetivo estratégico prioritario. La llegada masiva de tropas procedentes del Ejército de África transformó el equilibrio militar en el sur de la Península y permitió a los mandos rebeldes planificar una ofensiva terrestre de gran envergadura. La elección de la ruta a través de Extremadura, lejos de ser una decisión puramente técnica, respondía tanto a cálculos estratégicos como a consideraciones políticas y simbólicas.
La denominada “columna de Madrid” avanzó por territorio extremeño incorporando efectivos, doblegando resistencias locales y asegurando posiciones clave como Badajoz y Cáceres. Este avance no solo abrió el camino hacia la capital de la República, sino que tuvo consecuencias directas sobre la población civil y sobre el curso general de la guerra en sus primeros meses.
Cuando Sevilla acabó de ser dominada por las fuerzas de Queipo de Llano, el general Franco envió allí al coronel Francisco Martín Moreno, antiguo colaborador suyo en el Ejército de Marruecos, para que organizara las tropas que debían marchar hacia Madrid y que habían comenzado a llegar ya a la Península. El 2 de agosto, varios días antes de lo previsto, Franco se trasladó de Tetuán a Sevilla. Al parecer, quería impedir que Queipo siguiera utilizando estas tropas a su antojo. Las pérdidas provocadas en las operaciones lanzadas desde las provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla irritaban a Franco, que animaba al coronel Martín Moreno a frenar a Queipo de Llano, haciéndole cumplir sus órdenes «con la máxima energía posible».
El general Franco instaló su cuartel general en plena Puerta de Jerez, en una casa palaciega cedida por Teresa Parladé. Desde allí organizó y dirigió la marcha hacia Madrid con los hombres que iban llegando desde el Marruecos español. Solo hasta el 5 de agosto pasaron de Ceuta a Algeciras ocho mil hombres y numeroso material de guerra.
La agrupación de tropas africanas mandadas por el teniente coronel Carlos Asensio Cabanillas partió de Sevilla el 2 de agosto, transportada en camiones hacia Extremadura. Al día siguiente salió de Sevilla el comandante Antonio Castejón Espinosa con una fuerza semejante y por el mismo camino. El 7 de agosto partió una tercera agrupación al mando del teniente coronel Heliodoro Tella Cantos.
Franco eligió la ruta que, partiendo de Sevilla, atravesaba Extremadura, en lugar de la directa por Despeñaperros, que era ochenta kilómetros más corta. Opinaba que así podría avanzar con el flanco izquierdo protegido por la frontera portuguesa y evitar el peligro de las fuerzas que Miaja había concentrado en Montoro (Córdoba). La decisión de Franco de avanzar por Extremadura fue muy cuestionada por sus jefes militares y también por los historiadores militares. Para Gabriel Cardona, por ejemplo, un buen general habría hecho lo contrario: marchar hacia el objetivo principal a la mayor velocidad posible y por el camino más corto, con mayor motivo cuando los rebeldes dominaban Córdoba y podía hacer los primeros ciento cincuenta kilómetros por territorio propio. Además, al ritmo al que avanzaron las columnas africanistas desde Sevilla, al encontrarse con Miaja habrían sumado unos seis mil hombres, de los cuales más de la mitad eran de infantería africana, que habrían derrotado fácilmente a las fuerzas de Miaja, un conglomerado puesto bajo su mando que mantenía en orden con dificultades.
Pero quizá Franco tenía en el punto de mira el Alcázar de Toledo. Kindelán, Orgaz y Yagüe no fueron partidarios en septiembre de 1936 de acudir a rescatar de la agonía a Moscardó en el Alcázar, en pleno avance hacia Madrid. El general Franco optó por su liberación invocando factores espirituales. En realidad, necesitaba ese éxito de prestigio que los medios internacionales magnificaron para hacerse elegir, poco después, como Generalísimo y jefe del Estado. Franco admitió más tarde que la operación había sido un error militar deliberado. Este «error rentable» significó otra batalla de Madrid y un cambio completo en la naturaleza de la guerra, que se alargó tras la reorganización del Ejército republicano que ese respiro del episodio toledano proporcionó a la defensa de la capital y que adquirió el estatus de guerra internacional, con la irrupción de nuevas armas, el incremento de efectivos y la intervención de combatientes llegados de todo el mundo.
Badajoz, donde había fracasado el alzamiento, figuró desde un principio en los planes de la columna de Madrid. La provincia extremeña tenía un alto contingente de fuerzas militares y de vigilancia y seguridad, que podía sumar en gran parte a las de la marcha hacia la capital de la República. En 1936 contaba con el Regimiento Castilla n.º 3; las Cajas de Recluta n.º 6 y n.º 7 (esta última en Villanueva de la Serena); el Departamento de Intendencia; el Cuerpo de Seguridad y Asalto; el 11.º Tercio y la Comandancia de la Guardia Civil; la 13.ª Comandancia de Carabineros; y la plana mayor de la 2.ª Brigada de Infantería.
El 18 de julio el gobernador civil reaccionó con prontitud, convocando en el Gobierno Civil a las autoridades y a los dirigentes del Frente Popular. La presencia del comandante de la Guardia Civil José Vega garantizó la fidelidad de un cuerpo dudoso. Algunos suboficiales se pusieron de inmediato al servicio de las autoridades y varios de ellos participarían después en la organización y preparación de las milicias. Además, el gobernador ordenó la rápida detención de más de trescientas personas de ideología derechista. Las organizaciones obreras, mientras tanto, se lanzaron a vigilar los cuarteles.
Pero el mayor protagonismo en estos primeros instantes lo tuvieron las masas populares, que salieron a la calle inmediatamente en defensa de la República, porque, como señalaron después los propios sublevados, el alma del Badajoz republicano y antifascista estuvo constituida por carabineros y milicianos. Así lo recogerían las sentencias de los consejos de guerra, al especificar que la resistencia procedía principalmente de estos, mientras que las fuerzas del Regimiento Castilla rehuyeron el combate con los ocupantes en la medida de lo posible.
Los militares permanecieron en gran medida desaparecidos. Los falangistas, concentrados en la capital procedentes de varios pueblos de la provincia, no lograron entrar en contacto con ellos, ni tampoco aparecieron las armas prometidas. El responsable de la conspiración, el capitán de Estado Mayor Julián García-Pumariño Menéndez, se había marchado a Cádiz el 16 de julio, convencido del fracaso de su misión. Justificó esta decisión en el escaso apoyo encontrado tanto en el ámbito castrense como en el civil, a excepción de Falange, que puso a su disposición seiscientos hombres, y de unos trescientos militares retirados. La Guardia Civil —salvo su jefe, el comandante José Vega Cornejo— parecía proclive a la sublevación, al igual que parte de la Guardia de Asalto. La Comandancia de Carabineros, en cambio, era contraria.
La tarde del día 19 los conspiradores se reunieron en el café El Gallo. Por parte de los militares asistieron el teniente coronel Emilio Recio y los capitanes Luis Andreu, Otilio Fernández y Leopoldo García. El capitán Manuel Carracedo, de la Guardia Civil, aseguró que, salvo el jefe de la Comandancia, todos estaban dispuestos a sumarse a la sublevación. Decidieron ponerse en contacto con el coronel José Cantero Ortega para plantearle la urgencia del alzamiento. Este había sustituido al frente de la guarnición al general Luis Castelló, que pasó al Ministerio de la Guerra ese mismo día. El coronel se negó a secundar a los golpistas.
En la madrugada del día 21, el coronel Cantero recibió una orden de Madrid para que un batallón saliera hacia la capital de la República. Minutos después reunió a todos los oficiales para comunicarles la orden recibida. Los partidarios de la sublevación sabían que, de cumplirse, ya no tendrían más oportunidades para lanzar de nuevo el alzamiento. Se formaron dos posturas encontradas, que casi llegaron al enfrentamiento armado. Según un informe del Gobierno Civil de Badajoz de 1941, entre los oficiales partidarios de la sublevación destacó el entonces teniente Pedro León Barquero, que llevó la voz para exhortar a sus compañeros a desobedecer las órdenes del Gobierno y declarar el estado de guerra, sublevándose en favor del alzamiento nacional. El principal actuante en contra fue el alférez Joaquín Borrego, que proclamó que se debía defender al Gobierno de la República, respetando el clamor del pueblo, que pedía no sublevarse en favor de los facciosos. Por mayoría, los oficiales decidieron sumarse a la sublevación.
En un primer momento, los suboficiales no se adhirieron a la invitación que les realizaron los oficiales, pero después fueron convencidos por la insistencia de que debían ir todos juntos. Se creó una gran confusión: unos prepararon la declaración del estado de guerra; otros avisaron a la Casa del Pueblo y a las autoridades. El coronel Cantero logró hacerse con la situación y formó rápidamente el batallón, que en ese mismo instante fue enviado a Madrid al mando del comandante José Ruiz Farrona. En él marcharon varios de los oficiales partidarios de la sublevación, con lo que esta quedó definitivamente abortada.
La capital quedó de forma definitiva fiel a la República. En días sucesivos, sin embargo, en algunas poblaciones como Azuaga, Villanueva de la Serena o Fregenal, la Guardia Civil protagonizó distintos actos de oposición a las órdenes de las autoridades republicanas. Especialmente graves fueron los incidentes de Villanueva, donde se llegó a cortar la comunicación ferroviaria con Madrid. Los sublevados consiguieron dominar la población durante diez días. Estos focos de sublevación fueron controlados por columnas mixtas de militares leales y milicias.
El 26 de julio llegó a Badajoz el coronel Ildefonso Puigdengolas, en funciones de comandante militar, que había aplastado la sublevación en Alcalá y Guadalajara. Fue el encargado de la defensa de Badajoz ante la columna de Madrid a partir del 14 de agosto. Las fuerzas africanas chocaron con la primera resistencia sólida al llegar a Badajoz, donde Puigdengolas había organizado a sus hombres amparándose en las antiguas murallas. Durante muchos años se creyó que Badajoz fue una especie de Numancia extremeña, conquistada por heroicos legionarios lanzados al asalto en la llamada brecha de la muerte. La investigación de Francisco Espinosa ha desvelado que poco pudieron hacer los republicanos frente a los bombardeos y la superioridad militar enemiga: resistieron cuanto les fue posible. La resistencia a ultranza, según este autor, fue una leyenda construida por los vencedores para justificar la terrible represión y la política de exterminio que siguió a la conquista por la denominada «columna de la muerte».
En Cáceres, sin embargo, la sublevación triunfó con facilidad. El gobernador civil de la provincia, Miguel Canales, se negó a entregar armas a las organizaciones obreras por creer en la fidelidad de la Guardia Civil, la Guardia de Asalto y el Regimiento Argel. En el cuartel del regimiento, los oficiales comprometidos esperaron durante toda la noche del día 18 la consigna de Valladolid, cabecera de la región militar, ordenando la declaración del estado de guerra. Finalmente, tras el control de la capital vallisoletana en la madrugada del día 19 por las fuerzas de Saliquet, se recibió la orden de sublevarse.
El mismo 19 de julio, a primeras horas de la mañana, el gobernador insistía en que el coronel Manuel Álvarez le había prometido no sublevarse. Sin embargo, poco después, hacia las once, guardias civiles y de asalto, junto a falangistas (armados en el cuartel de la Guardia Civil) y militares del regimiento, salieron a la calle desfilando con música y tambores. A las doce y media dieron lectura al bando de guerra en la plaza, sin encontrar ninguna oposición.
Minutos antes de comenzar el alzamiento se personaron en el despacho del coronel Álvarez Díaz los tres componentes de la Junta Militar que habían coordinado la conspiración en la provincia: el comandante González y los capitanes Visedo y Viñeta. Iban acompañados del líder provincial de Falange, Manuel Villarroel. El coronel pidió consultar a Valladolid la situación. «No es el momento de consultar, sino de decidirse», le replicó el capitán Visedo. «O está usted con nosotros y, por tanto, firma el bando para que las fuerzas salgan a la calle o, en caso contrario, pase a esa habitación quedando arrestado», añadió. El coronel quedó pensativo unos segundos y, mirando a los cuatro, exclamó: «¡Viva la República!». A continuación firmó el bando, ordenando la salida de las fuerzas del cuartel.
Rápidamente se formó a la tropa en el patio del cuartel, que fue arengada por el coronel. Después, este encomendó al comandante Linos encabezar la compañía que, sobre las once de la mañana y al toque del himno de Riego, salió del cuartel en dirección a la plaza de Santa María, en el centro de la ciudad. Mientras tanto, el comandante Vázquez procedía a detener al teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Ángel Hernández Martín, por su declarada lealtad al Gobierno republicano. El comandante tomó el mando de las fuerzas, que se sumaron al alzamiento en su totalidad.
El comandante Linos, al frente de un centenar de militares, desfiló por las calles de Canalejas y General Ezponda hasta llegar a la Plaza Mayor, donde leyó el bando de guerra firmado por el general Saliquet, como jefe de la VII División. A continuación se ocupó el Ayuntamiento sin encontrar ninguna resistencia. De allí pasaron a la plaza de Santa María, donde se encontraban, en un mismo edificio, el Gobierno Civil y la Diputación Provincial. Se dio lectura nuevamente al bando y se procedió a la ocupación de ambos organismos. El gobernador ordenó a la Guardia de Asalto no enfrentarse a las fuerzas sublevadas para evitar derramamiento de sangre. La Compañía de Asalto, formada en el exterior del Gobierno Civil, decidió unirse a los militares. Miguel Canales fue destituido. Posteriormente fue procesado en consejo de guerra y, pese al cargo que tenía, no fue fusilado, quizá por su decisión de renunciar a la oposición armada al levantamiento.
Una vez controlados los organismos oficiales y colocadas ametralladoras en la calle de San Juan, la Plaza Mayor y otros puntos estratégicos, la Guardia Civil se encargó de dominar los restantes enclaves neurálgicos de la ciudad, como la estación de ferrocarril, Correos, Telégrafos y Teléfonos. Posteriormente se dirigieron a las sedes de las organizaciones obreras, de los partidos políticos republicanos y a la Casa del Pueblo, que fueron clausuradas.
Las fuerzas militares de Plasencia también apoyaron el golpe de Estado y tomaron el control de la ciudad tras eliminar la débil resistencia organizada por los defensores de la República. La mayor parte de las localidades de la provincia de Cáceres fueron sometidas de inmediato por efectivos de la Guardia Civil y, en algunos casos, del Cuerpo de Carabineros, que también se habían sumado a la sublevación.
Durante todo este tiempo, las fuerzas sublevadas que partieron de Sevilla aumentaron notablemente sus efectivos en tierras extremeñas. Guardias civiles, militares y paisanos se sumaron a la denominada columna de Madrid.
CONCLUSIÓN
La marcha hacia Madrid por Extremadura marcó uno de los episodios decisivos del inicio de la Guerra Civil española. La concentración de fuerzas africanistas, el control de ciudades estratégicas y la neutralización de los focos republicanos en Badajoz y Cáceres permitieron a los sublevados consolidar un corredor territorial fundamental para su ofensiva hacia la capital.
Más allá del plano estrictamente militar, este avance evidenció la combinación de cálculo estratégico, propaganda y represión que caracterizó la guerra desde sus primeras semanas. La caída de Badajoz, la rápida sumisión de buena parte de Extremadura y la incorporación masiva de efectivos a la columna de Madrid alteraron de forma irreversible el equilibrio del conflicto, preparando el escenario para la prolongada batalla por la capital y para la internacionalización progresiva de la guerra.
