INTRODUCCIÓN
Madrid se convirtió en uno de los escenarios decisivos del inicio de la Guerra Civil española. A diferencia de otras capitales, la ciudad no cayó en manos de los sublevados gracias a la combinación de una estructura militar y policial mayoritariamente leal al Gobierno, la rápida reacción de las autoridades republicanas y la movilización masiva de la población civil.
El fracaso del alzamiento en la capital, simbolizado por el asedio y la caída del cuartel de la Montaña, marcó el comienzo de una defensa organizada que tendría profundas consecuencias políticas y militares. En las calles de Madrid, milicias, fuerzas de seguridad y unidades del Ejército leales a la República lograron contener los intentos de sublevación y preservar la capital como bastión republicano en los primeros compases del conflicto.
Madrid era la clave, pero Mola no contaba con la capital. Las fuerzas militares y de seguridad eran las más numerosas del país, pero el Gobierno había realizado una serie de movimientos que aseguraban su fidelidad. En la capital de la República se encontraban los cuarteles generales de la I División; once regimientos (tres de Infantería, tres de Artillería, cuatro de Ingenieros y uno de carros de combate); cuatro batallones independientes (Ministerio de la Guerra, Presidencia, Zapadores y Alumbrado e Iluminación); dos grupos artilleros especializados (Antiaéreo e Información); las fuerzas y parques divisionarios y de cuerpo de ejército; el depósito central de Remonta; diversas escuelas militares, y la administración central militar, naval y aérea. En los alrededores se situaban los aeródromos militares de Getafe y Cuatro Vientos, con diversas fuerzas aéreas.
El Gobierno de Casares Quiroga había concentrado en Madrid importantes fuerzas de Seguridad y Asalto, de cuya fidelidad no dudaba. Tampoco dudaba de la lealtad de la Guardia Civil, sobre todo por el hombre que puso al frente del cuerpo: el general Sebastián Pozas Perea, inspector general. En total, en la capital de la República sumaban veinticinco compañías de Asalto, catorce de la Guardia Civil, cinco de Carabineros y tres escuadrones de Seguridad, con un potencial superior al de las tropas militares.
Consciente de las dificultades para hacerse con Madrid, Mola ideó el alzamiento desde el Marruecos español para caer sobre la capital con las columnas del Ejército de África y con las fuerzas militares de provincias consideradas «seguras», como Navarra, Valladolid o Salamanca. La estrategia de los conspiradores en la capital consistía en provocar la sublevación hasta que llegaran estas fuerzas. El general Fanjul y sus tropas no lograron resistir tanto tiempo.
Desde el Ministerio de la Guerra, el día 18 de julio pidieron al Regimiento de Infantería n.º 4, ubicado en el cuartel de la Montaña, los cerrojos de los fusiles depositados en los parques desde la revolución de octubre; había más de cuarenta mil. Una primera misión, con un comandante de Artillería y cinco camiones y con orden escrita del ministro Casares Quiroga, se presentó en el cuartel, pero el coronel del regimiento, Moisés Serra Bartolomé, se negó a hacer la entrega. Ante la actitud violenta del comandante, el coronel Serra replicó que el cuartel de la Montaña «morirá en su puesto antes de entregar uno solo de los cerrojos de fusil que en su interior se encuentran».
El domingo 19 de julio, a mediodía, entró Fanjul en el cuartel vestido de paisano y en compañía de su hijo. Fue recibido por el coronel Fernández de la Quintana, quien le condujo al Regimiento Covadonga n.º 4. Allí se puso el uniforme de general, se dirigió a jefes, oficiales y suboficiales y posteriormente redactó un bando en el que se limitaba a declarar el estado de guerra «en nombre del Ejército español, para salvar de la ignominia a España». Se formó una compañía para salir a publicarlo, pero ya no pudo hacerlo por la presión popular en el exterior. El cuartel quedó cerrado con un millar de militares y ciento ochenta y seis falangistas en su interior.
Sobre las siete de la tarde sonó el primer disparo. Por las cercanías del cuartel de la Montaña pasó una camioneta ocupada por jóvenes de las milicias unificadas. La guardia del cuartel les dio el alto y, como los ocupantes del vehículo no contestaron ni se detuvieron, se hicieron contra ellos numerosos disparos. Entonces comenzó el sitio del cuartel, con las milicias, la Guardia Civil y la Guardia de Asalto rodeando el edificio. «La expectación era enorme; parecía que todo el pueblo de Madrid estaba concentrado allí para impedir que triunfasen los militares concentrados en el cuartel», recuerda un testigo presencial que formaba parte de una columna comunista.
El general Fanjul esperaba la llegada inminente de una columna al mando del general García de la Herrán, que se había apoderado del campamento de Carabanchel. En la noche del mismo día 19, ante el avance de una columna de soldados de Aviación y de Ferrocarriles con apoyo de cañones, las tropas sublevadas de García de Herrán se entregaron y acabaron con la vida del general, que se resistía a la rendición. Fanjul se quedó solo, con sus tropas sitiadas.
De madrugada, el teniente coronel Rodrigo Gil Ruiz, director del Parque del Ejército n.º 1, concedió un plazo de diez minutos a las fuerzas del cuartel para rendirse, amenazando, en caso contrario, con iniciar el fuego de artillería. Aviones procedentes de Cuatro Vientos y Getafe lanzaron proclamas sobre el cuartel invitando a los defensores a rendirse. A continuación comenzó el bombardeo del cuartel por la artillería y la aviación. Como los disparos de las piezas de pequeño calibre resultaban insuficientes para vencer el nutrido fuego de fusil, mortero y cañón del cuartel de la Montaña, el teniente coronel envió hacia él, aproximadamente a las seis de la mañana, una pieza de 15,5 y un carro pesado de artillería, con instrucciones de demoler el cuartel si era necesario. «Cuando actuó la pieza, realizó unos treinta disparos, y los destrozos causados por los proyectiles, al atravesar los muros y explotar dentro del cuartel, fueron tan enormes que determinaron la rendición de este».
Proclama del Comité de Vigilancia del Frente Popular lanzada por avión a los cuarteles rebeldes de Madrid
Soldados:
En curso la extinción del criminal intento de la parte fascistizada del Ejército, el Frente Popular, que está en un todo identificado con la República y su Gobierno, apela a vosotros para que reforcéis, con vuestros cuerpos y fusiles, la autoridad legítima de la República, cooperando con las fuerzas populares que están en pie de guerra y no tienen otra divisa que la clásica: vivir libres o morir.Vosotros, soldados, sois carne y sangre del pueblo. De él venís y a él será forzoso que volváis. Pensad en vuestro mañana, soldados, si consentís o cooperáis a que el pueblo sea sumido en la más negra de las servidumbres. Se juega ahora una batalla decisiva para la libertad de España. Vuestros fusiles, soldados, pueden contribuir a romper los dogales que el fascismo está forjando para vuestros padres y para vuestros hermanos, que vencieron el 16 de febrero y cuya victoria estáis en el deber de defender.
Soldados:
¡Ayudadnos en estas horas decisivas y sumad vuestros esfuerzos a los del Frente Popular, a los de la República, a los de España!
Fuente: Ahora (Madrid), 21 de julio de 1936, p. 6.
Tras la exhibición de la bandera blanca, los milicianos y la Guardia Civil entraron en el patio del cuartel, que estaba lleno de cadáveres. El general Fanjul y el coronel Fernández de la Quintana fueron hechos prisioneros. Comparecieron ante un tribunal que los condenó a muerte y, al amanecer del 17 de agosto, fueron fusilados en el patio de la cárcel Modelo.
A las once y cuarto de la mañana del día 20 fue notificada oficialmente la toma del cuartel de la Montaña:
«Por las fuerzas leales y milicias armadas ha sido tomado el cuartel de la Montaña, que era el más firme reducto que tenían los rebeldes en Madrid, al mando del general Fanjul. La República ha triunfado. ¡Viva la República!»
En otros puntos de la ciudad también hubo conatos de sublevación. Esa misma mañana, el coronel Tulio López Ruiz, del Regimiento Wad-Ras n.º 1, fue llamado por el Ministerio de la Guerra, pero respondió que no reconocía sus órdenes porque se sumaba a la sublevación. El ataque de la aviación sobre el cuartel de María Cristina, donde se alojaba, le obligó a rendirse hacia el mediodía. También se produjeron algunos focos de resistencia en los cuarteles del Pacífico y del Conde Duque, sobre todo como respuesta a ataques exteriores.
La organización clandestina del PCE en el Ejército tomó prácticamente el cuartel del Regimiento de Infantería León n.º 2 el 18 de julio. «Escribimos rápidamente a máquina y a mano octavillas denunciando el peligro y advirtiendo a los elementos facciosos que serían aplastados», recuerda un militante. De las letras pasaron a las armas, consiguiendo desarmar a los oficiales y jefes comprometidos con la rebelión, que habían salido a las calles Ferraz y Moret y al parque del Oeste con las compañías de morteros y ametralladoras.
En el asedio del cuartel de la Montaña perdieron la vida ciento dieciséis militares rebeldes. A estos se sumaron treinta y uno que fueron hechos prisioneros y murieron en los meses siguientes. En el campamento de Carabanchel las víctimas ascendieron a veintidós militares, y cuarenta y cinco prisioneros murieron meses después. En el cuartel de María Cristina cayeron ocho militares del Regimiento Wad-Ras, mientras que veintitrés fueron hechos prisioneros.
A las diez y media de la mañana del 18 de julio, una columna de milicias armadas del Puente de Vallecas, al mando de Manuel Fernández Cortinas, junto a fuerzas de Asalto, tomó el cuartel de Vicálvaro, donde se encontraban acuartelados los soldados. Dos aviones arrojaron varias bombas de pequeño tamaño. Apenas hubo resistencia. Tras la toma del cuartel se capturaron unos tres mil fusiles, que sirvieron para armar adecuadamente a la columna del Puente de Vallecas, que salió en dirección a Somosierra.
La célula comunista de la Primera Escuadra de Aviación de Getafe y la del cuartel de Artillería de la misma localidad, formadas unos meses antes de la guerra, tuvieron un destacado protagonismo en los primeros días del conflicto. La primera se encargó de sorprender y detener a los oficiales sublevados de la escuadra. Tras hacerse con el control, ambas lograron rendir en las primeras horas el cuartel de Artillería de Getafe. Las armas de los oficiales arrestados se entregaron a las milicias y a los soldados de ese cuartel y de Aviación, y posteriormente marcharon a los cuarteles de Campamento. Tras varias horas de lucha, Campamento se rindió.
Ya entrada la noche del martes 21 se supo que la guarnición de El Pardo, formada por tropas de Transmisiones, permanecía acuartelada en situación de rebeldía. Con rapidez salieron hacia ese cantón fuerzas del Gobierno y milicias ciudadanas que, junto con la Guardia Civil y la Guardia de Asalto, requirieron de madrugada a los sublevados para que se entregasen sin resistencia. En las primeras horas de la mañana, las fuerzas republicanas dominaron la situación, obligando a rendirse a los rebeldes, muchos de los cuales murieron en los duros combates; otros huyeron hacia la sierra y los restantes fueron hechos prisioneros.
De madrugada llegó también la noticia de que algo grave ocurría en Alcalá de Henares. El teniente coronel Monterde había ordenado al Batallón Ciclista que se pusiera en movimiento hacia la sierra para salir al paso de las fuerzas de Mola. Los oficiales se negaron y se produjo un tiroteo en el que murió Monterde y resultó herido Azcárate. El comandante Rojo Arona tomó el mando, sacando a los batallones a la calle y proclamando el estado de guerra. El Gobierno reaccionó con rapidez enviando Guardia Civil, fuerzas de Asalto y milicias al mando del coronel Puigdengolas para sofocar la revuelta. Cuatro aviones del Ejército bombardearon los cuarteles. Los sublevados decidieron finalmente negociar con Puigdengolas y Alcalá se rindió sin más disparos.
A las doce y media de la mañana, el Ejecutivo hizo pública la nota informativa de la rendición:
«En este momento, la columna de fuerzas leales que había sido enviada por el Gobierno para someter a los sublevados en Alcalá de Henares ha entrado victoriosa en dicha ciudad. La Artillería y la Aviación han cooperado eficaz e intensamente. Los rebeldes se habían fortificado en el Ayuntamiento, la iglesia de Santa María y la Catedral. Las tropas leales causaron a los rebeldes bajas de importancia, apoderándose de los fusiles y ametralladoras que habían emplazado en las torres de dichos edificios».
A media tarde regresaron de Alcalá varios camiones de las milicias que habían batido a los rebeldes, mientras el grueso de la columna marchó hacia Guadalajara. Traían el estandarte del Regimiento de Caballería sublevado. El capitán de Aviación Antonio Rexach hizo entrega del mismo al subsecretario de Gobernación, quien, desde el balcón central del ministerio, dirigió la palabra al numeroso público congregado en la Puerta del Sol.
CONCLUSIÓN
La defensa de Madrid en julio de 1936 supuso un duro revés para los planes de los conspiradores, que aspiraban a hacerse rápidamente con la capital para legitimar el golpe y acelerar el derrumbe del poder republicano. La fidelidad de una parte decisiva de las fuerzas de seguridad, junto con la acción coordinada de milicias y unidades leales del Ejército, impidió que el alzamiento triunfara en la ciudad.
La caída del cuartel de la Montaña y la neutralización de los principales focos rebeldes en Madrid no solo aseguraron la capital para la República en aquellos primeros días, sino que transformaron el conflicto en una guerra abierta y prolongada. Desde ese momento, Madrid se consolidó como un símbolo de resistencia política y militar, cuya defensa marcaría la evolución posterior de la Guerra Civil española.
