INTRODUCCIÓN
La derrota del levantamiento militar en Madrid desplazó el conflicto hacia su periferia inmediata. Toledo y Guadalajara pasaron a formar parte del cinturón defensivo de la capital republicana, convirtiéndose en escenarios decisivos de los primeros compases de la Guerra Civil. En Toledo, la rápida actuación de los mandos sublevados, la adhesión de la Guardia Civil y la ocupación de los puntos estratégicos de la ciudad derivaron en el cerco del Alcázar, uno de los episodios más simbólicos —y más mitificados— del conflicto. Entre la confrontación militar, la represión en la retaguardia y el uso propagandístico de los acontecimientos, Toledo se convirtió en un laboratorio temprano de la violencia y de la construcción del relato de la guerra.
Una vez derrotado el golpe de Fanjul, la lucha por Madrid se desplazó desde la capital hacia sus alrededores. Por ello, la defensa de Toledo y de Guadalajara se vivió como algo más que la de dos ciudades del interior: formaban parte del cinturón defensivo de la capital. El 22 de julio, la alegría popular se desbordó en Madrid por los éxitos en Toledo y Guadalajara, a las puertas de la propia capital de la República, como recogía la prensa de la época:
«En el día de ayer continuó aumentando el optimismo oficial y particular como consecuencia de las noticias favorables a los defensores de la República y de la libertad.
A primeras horas de la noche, la alegría por los triunfos obtenidos sobre los sediciosos se desbordó en la Puerta del Sol. Alrededor de las nueve de la noche llegaron en varios coches y autocares los heroicos participantes en los rendimientos de Toledo y Guadalajara. Con aire triunfal desfilaron frente a Gobernación y, al interpretar el himno nacional una banda de música que acompañaba a las columnas victoriosas, el entusiasmo y el fervor republicano estallaron en forma de estruendosas ovaciones al Gobierno y a la fuerza pública, junto con las milicias populares.
Durante gran parte de la tarde, las bandas de los regimientos 1 y 2 circularon por las vías más importantes de Madrid tocando el himno nacional, seguidas de un gran gentío que daba frenéticos vivas a la República».
En Toledo, hacia las tres de la tarde del 18 de julio llegó el coronel Moscardó procedente de Madrid, donde se encontraba como director de la Escuela Central de Gimnasia, preparando su viaje a Berlín para asistir a la Olimpiada de 1936. Rápidamente ocupó su puesto de mando y cursó órdenes a todos los comprometidos para que se incorporasen a los destinos que previamente tenían asignados. «Se me ofrecieron bastantes elementos de orden —según su propia declaración— y se procedió a su organización, así como a la ocupación de los puntos estratégicos de la población, entre los que se contaban la Fábrica de Armas, que tenía una sección de guarnición procedente del Regimiento de Madrid y que fue reforzada con Guardia Civil, y la Escuela de Gimnasia, avanzada en el camino de Madrid, que fue guarnecida por fuerzas de la propia Escuela, reforzadas por algunos efectivos de la Guardia Civil».
Las únicas fuerzas armadas que permanecieron leales al régimen republicano en la ciudad fueron unos cuarenta y cinco guardias de Asalto, mandados por el capitán Eusebio Rivera —la otra mitad de la compañía acababa de ser trasladada urgentemente a Madrid por orden del Gobierno—, y un pequeño retén armado de soldados bajo el mando del coronel Soto, director de la Fábrica de Armas.
En la noche del 18 de julio, al final de la emisión radiofónica del famoso discurso del «¡No pasarán!» de La Pasionaria, salieron exaltados muchos trabajadores de los locales sindicales en dirección a la plaza de Zocodover. Desde las bocacalles se hizo fuego contra el retén de la Guardia Civil situado en los soportales de la plaza, hiriendo a tres guardias, según la versión de Moscardó. Al oír los disparos, este salió del Alcázar con oficiales armados hacia Zocodover, «repeliendo la agresión —según su declaración— y causándoles dos muertos y varios heridos que quedaron abandonados». Al tener conocimiento de que elementos de Falange y Acción Popular se encontraban cercados en el local de estos últimos, ordenó que fueran liberados, lo que se llevó a cabo, incorporándose todos al Alcázar, donde se procedió a armarlos y encuadrarlos.
No fue necesario declarar el estado de guerra, «por la situación especial del gobernador civil con relación al Ejército», según Moscardó. La Guardia Civil patrullaba las calles y controlaba los puentes y las puertas de la ciudad. El domingo 19 de julio, «por si hubiera alguna duda sobre quién mandaba en Toledo, al anochecer se estableció el toque de queda. La medida causaría la muerte de un vecino poco diligente o desconocedor de la orden». Se trataba de Gustavo Morales Morales, alcanzado por un disparo de arma larga al salir al balcón de su domicilio.
La circunstancia decisiva para que en Toledo triunfara la sublevación militar fue la confluencia en la sedición del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, del gobernador militar y del gobernador civil. El resultado inicial durante los días cruciales de julio en Toledo fue el de una capital de provincia con mayoría socioelectoral centrista y frentepopulista —según todas las consultas electorales— en manos de los sublevados, y un mundo rural provincial, donde APATO constituía holgadamente la mayoría socioelectoral, en manos de las fuerzas populares agrupadas en torno a las Casas del Pueblo. «La inversión no podía ser más completa, ni el papel que cupo a la Guardia Civil más determinante».
Hacia las cuatro de la madrugada del lunes 20 de julio llegó a la ciudad José Prat, diputado socialista por Albacete, con el encargo del secretario de su partido de hacer definirse al gobernador civil, Manuel María González, y transmitirle personalmente la orden del Gobierno de Giral de repartir armas a los sindicatos. «Por fin me recibió el gobernador —escribe en sus memorias— y le comuniqué la orden de la República. Todo eran dificultades y observaciones adversas. En Toledo no hay cuidado alguno, me decía. Tengo buenas relaciones con el señor Moscardó, director de la Academia de Infantería, y de toda confianza; los cadetes están de vacaciones; la Guardia Civil es leal». El gobernador lo engañó, al igual que el jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Pedro Romero Basart, cuando Prat acudió a solicitarle las armas requisadas por la Guardia Civil: le despachó diciéndole que las había convertido en chatarra.
Ese mismo día 20 se militarizó a los paisanos que se unieron a los sublevados. En el patio de armas del Alcázar recibieron armas, mandos e instrucciones. Los voluntarios civiles fueron ciento siete, una mezcla de veteranos en la lucha política contra la República y de jóvenes ya curtidos en la confrontación física de los últimos meses. Dieciocho eran cedistas (APATO), sesenta de Falange, ocho de Renovación Española, un radical y quince independientes de clara adscripción derechista, vinculados a organizaciones seglares católicas. Silvano Cirujano, líder de los primeros, fue nombrado jefe del elemento civil.
El día 21, siguiendo los planes previstos, llegaron en camiones todos los guardias civiles de la provincia, trayendo consigo a sus familias y enseres, según Moscardó, aunque para José María Ruiz los guardias empezaron a llegar desde la mañana del domingo 19 hasta el día 22.
Al percatarse en Madrid de que la actitud de los mandos militares de Toledo no estaba clara y de que, además, no se había declarado el estado de guerra, desde el Ministerio de la Guerra se ordenó por teléfono formar un convoy con todas las municiones existentes en la Fábrica de Armas, que debía ser escoltado por doscientos guardias civiles. «Con objeto de obstaculizar todo —declararía Moscardó— pedí la orden por escrito, pues aunque se me decía que era Sarabia en persona, podía ser otra persona y, tratándose de un asunto de tanta importancia, necesitaba tener la seguridad completa de la identidad del interlocutor y de la orden». Todo ello exasperó en Madrid, donde se dieron órdenes telefónicas en todos los tonos y, ante la tirantez existente, se dispuso finalmente la declaración del estado de guerra el día 21 y la recogida de las municiones, que fueron llevadas al Alcázar.
Hacia las siete de la mañana, una sección de Infantería al mando del capitán Vela Hidalgo, escoltada por guardias civiles y un coche al que se le había acoplado una ametralladora, salió del Alcázar para proclamar el estado de guerra. El recorrido por las plazas y calles más céntricas de la ciudad transcurrió sin apenas incidentes. Solo se detuvo a un joven que daba vivas al comunismo, que fue conducido detenido al Alcázar. «Con la ciudad en sus manos y siguiendo la lógica del bando de guerra, Moscardó ordenó una primera captura de rehenes entre los políticos y sindicalistas más significados. La mayoría pudo escapar y ocultarse a tiempo, por lo que solo fueron apresados algunos militantes de base».
La columna del general Riquelme, formada inicialmente en Madrid con unos mil quinientos hombres, alcanzó en su avance hacia Toledo cerca de tres mil efectivos gracias a la incorporación de milicianos de los pueblos del trayecto. Llegó a la Escuela de Gimnasia, en el camino de la capital, que había sido desalojada por sus defensores, quienes se trasladaron al Colegio de Huérfanos de María Cristina, donde se encontraban algunos alumnos y profesores. Ante la presión del enemigo, se replegaron al Hospital Tavera, que reunía mejores condiciones defensivas. En estos destacamentos resistieron hasta que, por falta de víveres y municiones, no fue posible continuar y se retiraron hacia el Alcázar, primero los enfermos y los ancianos. La Fábrica de Armas se rindió a un cabo parlamentario enviado por el general Riquelme sin que mediara combate. Las líneas avanzadas de los rebeldes habían caído y ya solo quedaba el reducto del Alcázar.
El día 21, el general Pozas llamó al Alcázar y, al comprobar que no se enviaban las municiones ni los doscientos guardias civiles, «amenazó con no dejar piedra sobre piedra del Alcázar», según Moscardó. Posteriormente, el general Riquelme telefoneó «pretendiendo que nos rindiésemos —diría Moscardó— y pidiendo razones de nuestra actitud», a lo que este respondió que su posición se basaba en lo que consideraba el honor militar y en su identificación con el general Franco. Riquelme insistió en que se veía obligado a actuar con energía.
Un avión arrojó proclamas sobre el Alcázar dirigidas a la tropa, anunciando que los soldados quedaban licenciados y que no tenían que obedecer a sus jefes, pudiendo marcharse a sus casas. Al no obtener resultado, regresó un avión que lanzó las primeras bombas sobre el Alcázar y sus alrededores.
El 21 de julio comenzó el ataque al Alcázar por tierra y aire. Moscardó ordenó trasladar a la Academia los setecientos mil cartuchos que había en la Fábrica de Armas y dispuso al día siguiente el repliegue general sobre el edificio. Al día siguiente, el ministro de Instrucción Pública, Barnés, telefoneó al Alcázar para intentar, según Moscardó, «hacernos desistir de nuestra actitud», advirtiendo de que Toledo, como joya artística, podría sufrir graves daños si no cesaba la resistencia y que, de lo contrario, se vería obligado a emplear medios violentos.
El día 23 le telefoneó el jefe de las milicias de Toledo. Según la propia declaración de Moscardó, la conversación transcurrió de la siguiente forma:
Jefe de Milicias: Son ustedes responsables de los crímenes y de todo lo que está ocurriendo en Toledo y le doy un plazo de diez minutos para que rinda el Alcázar; de no hacerlo, fusilaré a su hijo Luis, que lo tengo aquí a mi lado.
Moscardó: No lo creo.
Jefe de Milicias: Y para que vea que es verdad, ahora se pone al aparato.
Hijo: Papá.
Moscardó: ¿Qué hay, hijo mío?
Hijo: Nada, que dicen que si no te rindes me van a fusilar.
Moscardó: Pues encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota, dando un grito de «¡Viva Cristo Rey!» y «¡Viva España!».
Hijo: Un beso muy fuerte, papá.
Moscardó (al jefe de milicias): Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, pues el Alcázar no se rendirá jamás.
Proclama lanzada sobre el Alcázar
A los soldados
El Gobierno del Frente Popular os advierte que estáis metidos en una aventura trágica y deshonrosa. Os habéis alzado, engañados por la obediencia que debéis a vuestros jefes, contra la República. Por encima de esa obediencia está la de la ley suprema de la Patria. Y la Patria es implacable contra los traidores.
En pie de guerra el pueblo armado, la Guardia Civil, los guardias de Asalto y Seguridad, y presidiendo eficazmente el castigo la gloriosa Aviación: si no os entregáis y apresáis a vuestros jefes, caeréis con ellos. Y caeréis sin honor, porque no da honor la traición.
España entera se ha levantado. Los regulares que desembarcaron en Algeciras para pasar a cuchillo a vuestras familias han caído bajo la ira sagrada del verdadero patriotismo. La Marina, en manos del Gobierno, ha bloqueado los focos de rebelión de África y el litoral. Y en Madrid, donde la esperanza de los insurrectos tenía sus reservas, han sido asaltados y sometidos todos los cuarteles, y aquellos cuya resistencia fue extremosa, volados por los aviadores.
¡Soldados! Estáis libres de obediencia a los traidores por precepto de la ley. Detenedlos y, si se niegan, ¡castigadlos!
¡Viva la República!
El Gobierno del Frente Popular.
A los sediciosos
El efecto producido por la definitiva y dura derrota infligida ayer en Madrid por el Gobierno a las fuerzas sediciosas, a las que se causaron centenares de bajas, ha sido enorme: gentes y grupos indecisos se han adherido al Gobierno, que domina por completo la capital de España, y se reducen en todas partes los focos rebeldes. En las fuerzas de la Guardia Civil, Asalto, Carabineros y Ejército, que cooperaron en aquella gran victoria con entusiasmo y valor insuperables, crece el deseo de restablecer la paz, para cuya obtención el Gobierno empleará rapidez, decisión y energía.
El Gobierno pide a los sediciosos el respeto a la ley para evitar derramamiento de sangre; exhorta a quienes le sirven a que, sobre el título de traidores, no les sobrevenga la pérdida de sus actuales situaciones, y a todos les conmina al respeto a la ley, con una obediencia absoluta que, si no se obtiene rápidamente, será muy rápidamente impuesta.
¡Viva la República!
Fuente: Ahora (Madrid), 22 de julio de 1936, p. 6.
Casi inmediatamente después de colgar el teléfono con Cándido Cabello Sánchez-Gabriel, veterano periodista y abogado, presidente del Comité local de Izquierda Republicana, comenzó a tejerse la leyenda. El teniente Enríquez de Salamanca, uno de los presentes en el despacho, empezó a abrazar y besar al coronel. Después, los testigos corrieron a difundir la noticia. Silvano Cirujano convocó a cuantos pudo en el patio del Alcázar y, con asombro y emoción desbordantes, ensalzó al coronel por lo que había protagonizado. Pedro Romero hizo lo propio con los guardias civiles, presentando a Moscardó como un héroe providencial.
El propio Franco supo utilizar este episodio para dotar de un carácter mítico a la resistencia del Alcázar, aprovechando el fusilamiento del hijo de Moscardó, presentado como efecto inmediato de la conversación telefónica, aunque en realidad Luis Moscardó fue fusilado un mes después, junto a otros muchos presos, como represalia por un bombardeo sobre la ciudad.
El viernes 24 de julio, como respuesta a la amenaza de ejecutar a Luis Moscardó, los sitiados realizaron una salida para capturar rehenes y recoger alimentos. De esa razzia se ha ocultado generalmente su consecuencia más grave: la detención y asesinato del teniente de alcalde del Ayuntamiento de Toledo, exdiputado constituyente, periodista y líder histórico de la UGT-PSOE, Domingo Alonso Jimeno. Cuando se resistía a ser conducido al Alcázar por un pelotón de guardias civiles, fue asesinado en plena calle, cerca de su vivienda, mientras veía cómo arrastraban a su mujer y a su hija hacia la fortaleza.
El general Mola remitió a los defensores del Alcázar varias cartas arrojadas desde un avión, animándolos a resistir, como la fechada el 30 de agosto: «Vencemos en todos los frentes… Espero que seáis liberados dentro de poco. La columna de Yagüe va camino de Talavera; la mía, más avanzada, cerca del Escorial… Un abrazo a todos de vuestro general, Emilio Mola».
Los elementos reunidos en el Alcázar, según Moscardó, fueron unos dos mil: cien jefes y oficiales; ochocientos de la Comandancia de la Guardia Civil; ciento cincuenta de tropa de la Academia; cuarenta de tropa de la Escuela de Gimnasia; doscientos de Falange, Acción Popular y otros grupos; quinientas cincuenta mujeres y cincuenta niños. Las cifras oficiales que figuran en el Museo del Ejército (Alcázar de Toledo) difieren y hablan de mil setecientas setenta personas: mil ciento noventa y siete combatientes, incluidos ciento seis voluntarios; treinta y tres civiles no combatientes; trescientas veintiocho mujeres; doscientos diez niños y dos nacidos durante el asedio.
Los sitiados contaban con el armamento de la Guardia Civil, la Academia, la Escuela de Gimnasia y los guardias de Asalto y Seguridad. Disponían de unos mil doscientos fusiles y mosquetones, así como del material de la Academia: dos piezas de montaña de 7 cm con cincuenta proyectiles de rompedora; trece ametralladoras, trece fusiles ametralladores y un mortero. En cuanto a los víveres, faltó prácticamente de todo, salvo el agua.
Desde el inicio del asedio, el tiroteo de fusil y ametralladora fue casi permanente, más intenso durante el día que por la noche. Los ataques de artillería también fueron constantes. La aviación republicana, aunque no disponía de muchos aparatos, bombardeó el Alcázar casi a diario con bombas de 12 kilos, que causaron importantes desperfectos materiales, sobre todo en el edificio de Capuchinos, que desapareció a consecuencia de un bombardeo. Además de bombas, en unas ocho ocasiones se lanzaron latas de gasolina con el propósito de incendiar el Alcázar, sin lograrlo. Los aviones también arrojaron gases lacrimógenos (cloroacetofenona), que, según Moscardó, fueron soportados al comprobar que no se trataba de gases asfixiantes.
Como culminación de los medios de ataque, las fuerzas republicanas recurrieron a la guerra subterránea mediante minas, según Moscardó. «Construyeron tres: una que partía de una casa de la calle Juan Labrador y se bifurcaba; otra que iba a estallar bajo el torreón suroeste del Alcázar; y una tercera bajo los cimientos de la fachada oeste, en las proximidades de la puerta de carros. Las cargaron con tres mil kilos de trilita cada una y las volaron con explosivo eléctrico desde el Ayuntamiento, tras evacuar previamente a la población civil a los montes cercanos a Toledo el 18 de septiembre de 1936, causando enormes daños materiales en el edificio y, milagrosamente, solo cinco bajas entre los defensores».
Se realizaron varios asaltos de infantería para intentar tomar el Alcázar. Uno de ellos, el 18 de septiembre, logró que los atacantes coronaran las ruinas de la fachada norte, donde colocaron una bandera roja, pero fueron rechazados. Se intentó de nuevo en tres ocasiones, cada vez con menor decisión, «hasta que desistieron y la lucha degeneró en el tiroteo diario, con algo más de violencia».
El 28 de septiembre el Alcázar fue liberado, según la terminología de la época. El episodio se cerró con las frases que la propaganda popularizó: «Sin novedad en el Alcázar, mi general», con la que Moscardó recibió a Varela, y «Mi general, le entrego el Alcázar destruido, pero el honor queda intacto», dirigida a Franco tras la liberación, quien allí mismo le concedió la Laureada. A lo largo de todo el cerco, el número de defensores muertos en combate fue de ciento cuatro, según Ruiz.
CONCLUSIÓN
El asedio del Alcázar de Toledo fue mucho más que un episodio militar: condensó la dimensión simbólica, propagandística y represiva de la Guerra Civil en sus primeras semanas. Mientras la capital republicana celebraba los éxitos en su cinturón defensivo, en Toledo se consolidaba un enclave sublevado cuya resistencia sería convertida en mito por la propaganda franquista. La dureza del cerco, el sufrimiento de civiles y combatientes, la represión en ambos bandos y la instrumentalización posterior del episodio muestran cómo, desde el inicio, la guerra se libró también en el terreno del relato. Toledo quedó así inscrita en la memoria del conflicto como un símbolo construido entre la realidad del combate, la violencia política y la narrativa épica impuesta por los vencedores.
