INTRODUCCIÓN
La sublevación militar de julio de 1936 no fue un proceso homogéneo ni simultáneo en todo el territorio español. En ciudades como Guadalajara, el estallido de la Guerra Civil se desarrolló a través de una compleja combinación de conspiración previa, ambigüedad de mandos, adhesiones calculadas y reacciones improvisadas ante el avance de las fuerzas leales a la República. Durante apenas cuatro días, entre el 18 y el 22 de julio, la capital alcarreña pasó de ser escenario de maniobras conspirativas a convertirse en un campo de batalla urbano, con bombardeos, ejecuciones sumarias y una violencia que marcaría profundamente a la población civil.
El caso de Guadalajara ilustra de manera nítida cómo el golpe de Estado fracasó en unas zonas y triunfó brevemente en otras, para acabar siendo aplastado por la rápida movilización de las fuerzas republicanas procedentes de Madrid y Alcalá de Henares. A través de los testimonios de protagonistas, declaraciones judiciales y fuentes de la época, este episodio permite comprender no solo la dinámica militar del alzamiento, sino también la dimensión humana de la guerra: la del miedo, las lealtades forzadas, las represalias y las tragedias personales que se sucedieron en cuestión de horas.
El 18 de julio por la tarde, el ministro de la Guerra telefoneó al coronel Francisco Delgado Jiménez, jefe del Regimiento de Aerostación, para preguntarle si estaba dispuesto a ponerse a las órdenes del Gobierno en caso de que este fuera atacado. El coronel respondió que cumpliría con su deber, como siempre había hecho, y que además reuniría a la oficialidad para conocer su opinión. La reunión se celebró de inmediato en su despacho. El ambiente era tan tenso que «hubo que serenar a algunos oficiales que querían ya salir a la calle contra el Gobierno». El coronel comunicó a la oficialidad que, dado el estado de ánimo existente, debían estar dispuestos en cualquier momento para iniciar el alzamiento en Guadalajara.
El día 19, el gobernador civil Miguel de Benavides, según declaró ante el Juzgado Especial de Guadalajara, recibió aviso telefónico del Ministerio de Gobernación de que «fuerzas facciosas» trataban de avanzar sobre Madrid por la carretera de Zaragoza. Se puso en contacto con Ferrari, teniente coronel de la Guardia Civil, y con el coronel Delgado, quienes le manifestaron su lealtad a la República. Decidieron enviar una avanzadilla para comprobar si se aproximaba la columna. En un coche salieron los capitanes Pacios y Arroyo y, más tarde, el teniente Robles con algunos soldados. Robles regresó a las pocas horas informando de que no había novedad, pero los capitanes, que solo tenían autorización para llegar hasta Paredes, se internaron en la provincia de Soria, donde fueron detenidos en Almazán y conducidos a la capital. Serían liberados posteriormente por la intervención del coronel Delgado.
En la mañana del lunes 20, varios representantes del Frente Popular acudieron a ver al coronel Delgado porque tenían confidencias de que iba a sublevarse. Este manifestó su adhesión al Gobierno republicano. Por la noche se recibieron en el Gobierno Civil telegramas de Madrid relativos al avance de columnas facciosas y el gobernador cursó uno en el que comunicaba de forma cifrada que el Regimiento de Aerostación pensaba sublevarse, por lo que solicitaba refuerzos. Además, requirió al teniente coronel Ferrari para que, en caso de ataque al Gobierno Civil, organizase la defensa. Por un lado, el gobernador mostraba su adhesión al Gobierno; por otro, el jefe del Regimiento de Aerostación enviaba una avanzadilla para asegurarse del apoyo exterior antes de iniciar el alzamiento.
En la mañana del día 20, el coronel Delgado ordenó a Gonzalo Martín Nee, maestro nacional e hijo de quien horas después sería gobernador civil, Ángel Martín Puebla, que saliera de inmediato en su coche para comprobar si se aproximaba una columna procedente de Zaragoza, mandada por el teniente coronel Los Certales, y otra procedente de Soria-Pamplona, a las órdenes del teniente coronel García Escámez. La expedición pudo comprobar la marcha de ambas columnas y regresó a Guadalajara, adonde llegó el día 21 hacia las doce del mediodía para informar a sus jefes. Todo estaba preparado en el interior de la provincia y parecía que también en el exterior. Delgado dio entonces la orden de comenzar la sublevación al comandante Ortiz de Zárate.
Durante la mañana del día 20 se fueron incorporando al cuartel los militares que se encontraban de permiso y que aún no habían acudido al llamamiento del coronel. También acudieron algunos civiles, sobre todo falangistas, en su mayoría procedentes de pueblos de la provincia tras el llamamiento de su jefe, La Guardia. Pasaron la noche en el cuartel, arengados por el diputado de Acción Popular Arizcun y aleccionados en el manejo de las armas.
A mediodía del día 21 se presentó en el Gobierno Civil un camión con milicianos del Frente Popular procedentes de Alcalá de Henares, que comunicaron al gobernador que en Guadalajara acababa de iniciarse la sublevación. La máxima autoridad provincial llamó entonces al cuartel de la Guardia Civil, pero no obtuvo respuesta. El capitán de la Benemérita José Rubio García, que había acudido en defensa del gobernador, tomó el teléfono para hablar con el teniente coronel Ferrari y solicitar refuerzos. Este le manifestó que no podía enviarlos porque los sublevados estaban haciendo fuego contra el cuartel de la Guardia Civil, lo que posteriormente se demostraría falso, según relataron testigos y al comprobarse que no existían impactos en la fachada.
El gobernador recogió a su familia en las dependencias interiores del Gobierno Civil y, al poco rato, comenzó el tiroteo. Quienes custodiaban el edificio —varios policías, guardias de Asalto y el guardia civil capitán José Rubio García— apenas pudieron o quisieron resistir. En un edificio contiguo al Gobierno Civil, la Escuela de Trabajo, se encontraba una compañía de la Guardia Civil cuya misión era la defensa del inmueble, pero no acudió en auxilio del Gobierno Civil. El Cuerpo de Seguridad, situado en el cuartelillo de la calle del Amparo, que formaba parte del mismo edificio del Gobierno Civil, contaba con unos veinte hombres al mando del suboficial Luciano Hernández Pérez. Este y otros dos guardias, Doroteo Lozano Varas y Jesús García Molinero, fueron condenados a muerte por un tribunal popular y ejecutados posteriormente por haber tomado parte en el alzamiento.
Hacia las dos y media de la tarde del día 21, el comandante Ortiz de Zárate, responsable del alzamiento en la capital alcarreña, y los comandantes retirados Bastos y Palanca subieron las escaleras del Gobierno Civil y forzaron la cerradura del piso principal. Ortiz de Zárate, pistola en mano, preguntó: «¿Dónde está Benavides?, porque ya no es gobernador», y dirigiéndose al capitán Rubio le dijo: «Usted es un traidor, quítese la guerrera» y «no tenga miedo; aquí no hay más que soldados —dándose un golpe en el pecho— y ratas —señalando a Rubio—». Detrás iba Bastos, también armado con una pistola, acompañados por dos guardias civiles y dos de Seguridad. Uno de estos se dirigió al gobernador, introduciéndole el fusil por el abdomen: «Qué ganas tenía de meterme con usted». A continuación, recluyeron al gobernador y al capitán Rubio en el despacho oficial y, tras interrogarlos, los trasladaron a pie al cuartel de San Carlos entre una lluvia de proyectiles e insultos, especialmente al grito de «abajo los traidores».
El alzamiento había comenzado. Versiones posteriores intentaron atribuir el inicio de los hechos a supuestas provocaciones de la Casa del Pueblo. El coronel de Infantería retirado Antonio Sánchez de Neyra Castro, que sobrevivió a la guerra refugiado en la Embajada de Finlandia, declaró ante la Causa General que «el momento inicial del alzamiento en Guadalajara fue al hacerse unos disparos desde la Casa del Pueblo contra una camioneta ocupada por la Guardia Civil», a lo que esta habría respondido, saliendo después las fuerzas a la calle y proclamándose el estado de guerra por una compañía del Regimiento de Aerostación. Sin embargo, esta versión parece alejada de la realidad y queda contradicha por el testimonio de Eduardo Delgado Piñar, hijo del jefe del regimiento, el coronel Delgado, quien afirmó: «En el patio del cuartel se formó una compañía para ir a tomar el Ayuntamiento, el Gobierno Civil y la Casa del Pueblo, al mando de los comandantes Ortiz de Zárate y Valenzuela y de los capitanes Casillas y Javaloyes, sin encontrar resistencia, salvo en la Casa del Pueblo, que fue fácilmente vencida».
Durante toda la tarde y la noche del día 21, los sublevados se hicieron dueños de la población. De las cinco compañías que componían el Regimiento de Aerostación, tres salieron a la calle, mientras que una quedó en el cuartel. En un camión dotado de ametralladoras recorrieron la ciudad, ocupando el Ayuntamiento y la Casa del Pueblo, y procedieron a la detención de sus principales responsables.
Las medidas adoptadas para asegurar el alzamiento incluyeron la detención de adversarios políticos, la ocupación de los edificios públicos, la formación de patrullas para vigilar tanto el interior de la ciudad como las zonas extramuros y el emplazamiento de ametralladoras en puntos estratégicos como el puente, el cementerio y la cárcel. De la Central de Teléfonos se hizo cargo el capitán Palanca; del Gobierno Civil, provisionalmente, el capitán Bastos y, posteriormente, el capitán Valenzuela; de Correos y Telégrafos, el comandante Manuel Aguilar.
Rápidamente se constituyó un Estado Mayor encargado de la defensa de la plaza, en el que figuraban, junto a los responsables militares del alzamiento, el contralmirante de la Armada Ramón Fontenla Maristany, director de la Aeronáutica Naval con destino en el Ministerio de Marina. Fontenla había sido detenido por milicias socialistas en Madrid y trasladado a la Prisión Militar de Guadalajara el 19 de julio, pero fue puesto en libertad con motivo de la sublevación del día 21. Al frente de las fuerzas quedó el comandante Rafael Ortiz de Zárate.
Este Estado Mayor procedió de inmediato al nombramiento de nuevas autoridades. Del Gobierno Militar se hizo cargo el coronel de Ingenieros y jefe del Regimiento de Aerostación, Francisco Delgado Jiménez. El comandante de la misma arma Félix Valenzuela de Hita, retirado en aplicación de la Ley Azaña, asumió inicialmente el Gobierno Civil, aunque posteriormente se procedió al nombramiento de Ángel Martín Puebla.
Al alzamiento se fueron sumando distintos mandos y efectivos. Entre ellos, el comandante de Infantería Juan Garrido García, segundo jefe de la Caja de Recluta de Guadalajara, que se hizo cargo de la misma al no adherirse a la sublevación el primer jefe de la Caja, el teniente coronel Antonio Martín Delgado. Otros adoptaron una actitud más ambigua, como el teniente coronel de la Guardia Civil Ferrari. Este fue criticado por los sublevados y, posteriormente, condenado a muerte y ejecutado por las autoridades republicanas.
Según el testimonio de Eduardo Delgado Piñar, hijo del coronel Delgado, la noche del día 20 su padre llamó a Ferrari para conocer su postura ante el alzamiento. Ferrari respondió que dependía directamente del ministro de la Gobernación y que no haría otra cosa que cumplir sus órdenes. «Como consecuencia del verdadero forcejeo que se entabló entre el citado teniente coronel y los jefes del Movimiento en Guadalajara, acabó el señor Ferrari por dar su palabra de honor de que se sumaría al Movimiento». A pesar de la oposición de Ortiz de Zárate, que pretendía detenerlo, se le permitió marchar.
Al llegar al cuartel de la Guardia Civil, Ferrari reunió a sus jefes y oficiales y les dejó libertad para que cada cual actuase según su criterio. Cuando en la tarde del día 21 varios paisanos, encabezados por el responsable de la Casa del Pueblo, se presentaron en el cuartel solicitando armas —según la declaración del guardia Bienvenido Muñoz Serrano, testigo presencial—, Ferrari accedió a la petición y los envió a la Intervención de Armas. Allí, sin embargo, se les denegó la entrega por orden expresa del capitán Eduardo Carazo, que había asumido el mando de la Guardia Civil sublevada.
Otros mandos se opusieron de forma clara al golpe, como el coronel Ojeda, gobernador de Prisiones Militares, quien fue arrestado tras ser objeto de numerosos insultos. Uno de los presentes, el joven Rafael Encabo Montero, llegó a espetarle que «para guardar gallinas con un ordenanza bastaba». Finalmente, Ojeda se vio obligado a liberar a unos veinte o veinticinco militares que se encontraban presos.
No solo el apoyo al alzamiento procedió de las fuerzas militares. También una parte significativa de la población civil desempeñó un papel relevante. Más de un centenar de hombres armados actuaron bajo la dirección de Félix Valenzuela de Hita, diputado de la CEDA, y de Antonio Bastos Ansart, ambos militares retirados por la Ley Azaña. La organización que aportó mayor respaldo fue Falange, cuyo jefe provincial desde el 14 de julio era Luis de la Guardia, con el capitán de Infantería Luis Casillas Martínez como jefe de Milicias. Según el comandante Ricardo Ortega Agulla, la organización contaba con unos quinientos falangistas de primera línea en toda la provincia. Asimismo, una parte importante de los afiliados a Acción Popular participó activamente en el alzamiento, bajo la dirección de su responsable provincial, Félix Valenzuela de Hita, capitán de Ingenieros retirado por la Ley Azaña y diputado en Cortes.
Los civiles armados fueron concentrados en el Colegio de Huérfanos y organizados en grupos dotados de fusiles y una asignación de cincuenta cartuchos por hombre. Muchos procedían de localidades de la provincia. Saturnino del Castillo Yusta, empleado de Hacienda, participó en el alzamiento como civil junto a su hijo Manuel y, según su propia declaración, se encargó de reclutar jóvenes en el pueblo de Torija, logrando trasladar a Guadalajara a unos cuarenta hombres en dos camiones. Ángel García Estremiana, juez municipal y joven afiliado a las Juventudes de Acción Popular, marchó con su patrulla a auxiliar a cinco guardias civiles que se habían hecho fuertes en la estación frente a elementos ferroviarios contrarios al alzamiento desde los primeros disparos en la plaza, logrando dispersarlos.
También tuvo una participación activa Fernando Palanca Martínez Fortún, alcalde de Guadalajara durante la dictadura de Primo de Rivera. Aunque era comandante de Ingenieros retirado por la Ley Azaña, acudió al cuartel vestido de paisano porque su uniforme se encontraba en mal estado tras largo tiempo sin usarlo, según declaró su viuda. El día 21, hacia las dos de la tarde, cuando las fuerzas salieron a tomar Guadalajara, Palanca marchaba al mando de un pelotón de soldados, «desempeñando las diversas misiones que se le encomendaron y quedándose finalmente en el servicio de Teléfonos, cuyo local estaba en la calle principal, frente al Ayuntamiento».
En conjunto, las fuerzas dispuestas para la defensa ascendían, según la declaración del comandante Ricardo Ortega Agulla ante la Causa General, a unos 920 hombres: un centenar de jefes y oficiales; unos 250 suboficiales, clases y soldados; alrededor de 270 guardias civiles y de Seguridad, y unos 300 civiles armados. Otras fuentes reducen notablemente estas cifras. Eduardo Delgado Piñar afirmó que, de cerca de un millar de hombres con los que se contaba inicialmente para el alzamiento —incluidos los procedentes de los pueblos—, el día 22 la fuerza efectiva se había reducido a entre 400 y 500 combatientes, aproximadamente la mitad militares y la otra mitad civiles. Esta merma se debió al retraimiento de muchos de los paisanos llegados de las localidades cercanas, que, al tomar conciencia de la dureza de la lucha que se avecinaba, optaron por retirarse. Vicente Camarena, por su parte, coincide en la cifra global de unos 900 defensores, aunque con una distribución distinta: unos 450 soldados, 150 guardias civiles y 300 civiles armados.
Entre la medianoche del día 21 y la una de la madrugada del día 22, el nuevo gobernador civil se puso en contacto telefónico con Soria, concretamente con el coronel García Escámez. Este le comunicó que desde aquella ciudad se destacaba en vanguardia una batería de artillería para prestar apoyo en la defensa de Guadalajara y que, además, se intentaría enviar alguna fuerza de infantería. Se trataba de la llamada «Columna de Navarra», organizada en Pamplona por orden del general Mola el 19 de julio, con el objetivo de avanzar hacia Madrid. La columna estaba integrada por cerca de 1.500 hombres, encuadrados en los batallones América y Sicilia, cuatro compañías de requetés y dos de milicias falangistas.
Sin embargo, el día 21 la columna hubo de dividirse para atender diversos frentes abiertos en La Rioja y Soria. El día 22, ambas columnas se encontraban conteniéndose ante los ataques de la artillería y la aviación republicanas. Una avanzadilla llegó hasta Jadraque, a unos cuarenta kilómetros de Guadalajara, pero no pudo avanzar más. Al conocer la caída de Guadalajara, las fuerzas sublevadas se replegaron hacia Almazán (Soria) y recibieron la orden de dirigirse hacia el puerto de Somosierra.
Las tropas leales a la República, procedentes de Alcalá de Henares y mandadas por el coronel Ildefonso Puigdengolas —a quien días después se vería al frente de las fuerzas republicanas que defendieron Badajoz—, avanzaban con el camino despejado. Iban apoyadas por un contingente de milicianos anarquistas al mando de Cipriano Mera.
Hacia las seis de la mañana del día 22, un avión sobrevoló Guadalajara lanzando proclamas y advirtiendo de que, si a las diez de la mañana la ciudad no se rendía, sería atacada por el Ejército y las milicias republicanas. Ante esta amenaza, el coronel Delgado procedió a organizar la defensa de la ciudad. El comandante Ortiz de Zárate quedó situado con sus hombres en el sector del puente sobre el Henares, pasado el hospital y próximo a la estación; otra parte de la fuerza fue enviada al denominado fuerte, es decir, al edificio de la Maestranza y Parque de Ingenieros, bajo el mando del comandante Rodrigo de la Iglesia; los comandantes Valenzuela y Bastos se encargaron de la defensa del sector norte de la ciudad. Posteriormente, ante el avance de las tropas republicanas hacia el cementerio, se organizó una nueva fuerza al mando del coronel Candiera, que salió de inmediato hacia ese punto.
A la hora anunciada, las fuerzas republicanas, al mando del coronel Puigdengolas, llegaron en camiones y emplazaron la artillería en la carretera de Madrid, a la altura del Molino de Mora. Comenzó entonces el bombardeo de Guadalajara por tierra y aire. La aviación republicana atacó los cuarteles del polígono de Aerostación, mientras avanzaba la columna de unos cinco mil hombres que había salido de Madrid el día anterior y que había logrado reducir la guarnición sublevada de Alcalá de Henares. Dicha columna estaba compuesta, además de por infantería y fuerzas de Asalto, por tres baterías de artillería y siete carros blindados.
En un primer momento, los sublevados repelieron el ataque desde el propio cuartel con ametralladoras, fusiles y bombas de mano. Sin embargo, la resistencia resultó inútil, ya que los refuerzos republicanos llegaban por millares y envolvían la ciudad desde todos los flancos. El cañoneo se prolongó hasta aproximadamente las seis de la tarde, momento en que la guarnición ya no pudo sostener sus posiciones. A esa hora, las fuerzas republicanas irrumpieron en la población, forzando la defensa del puente sobre el Henares y venciendo la resistencia del sector sur, en las inmediaciones de la Prisión Central. Los milicianos entraron en la capital tanto por el puente del río Henares, en la parte baja de la ciudad, cerca de la estación, como por el lado opuesto, en la parte alta, por las afueras, en el lugar conocido como El Balconcillo.
La guerra adquirió en Guadalajara tintes especialmente dramáticos, como recordaron algunos testigos presenciales. David Antona, secretario general del Comité Nacional de la CNT, evocó así uno de los primeros bombardeos:
De pronto aparecieron dos aeroplanos. Los compañeros los miraron con desconfianza, sin saber si eran de los nuestros o de los rebeldes. Uno descendió rápidamente y un guardia de Asalto, que tenía a mi lado —los de Asalto se batieron bravamente en Guadalajara—, gritó: «¡Todo el mundo al suelo, que ha soltado una bomba!». A pesar de la advertencia, cinco o seis compañeros quedaron destrozados y otros tantos resultaron heridos. Fue entonces cuando vi por primera vez lo horrorosa y criminal que es la guerra. Aquellos desgraciados, un amasijo inerte de carne destrozada por la metralla, sintetizaban la obra del fascismo destructor. A partir de ese momento se intensificó nuestro ataque y los compañeros, al grito de «¡Viva la CNT! ¡Viva la FAI!», avanzaban impetuosamente.
En el tiroteo que se produjo en las trincheras de tierra improvisadas a la entrada de la población, junto al puente del río Henares, donde estaban emplazadas las ametralladoras, murió el comandante Ortiz de Zárate, además del teniente Jasanada, el teniente Ayuso y el alférez Gallego, entre otros jefes y oficiales.
Cuando los milicianos lograron entrar en la ciudad, cerraron las puertas del cuartel de la Guardia Civil, pero la falta de municiones y las noticias de la caída de la plaza provocaron que «cada uno se escapara por donde pudiera», según relataron algunos protagonistas. El guardia civil Diego Están Cabezudo, por ejemplo, se vistió de paisano y logró huir mezclándose entre la multitud. Eduardo Delgado, hijo del coronel Delgado, aprovechó la confusión para saltar las tapias y refugiarse en la casa de un falangista, donde permaneció escondido durante dos años.
Al percibir el peligro inminente que corrían los detenidos republicanos, el capitán de Ingenieros Enrique Navas Huici decidió liberarlos. Con la ayuda del suboficial de guardia derribó a empujones una de las puertas y puso en libertad, en primer lugar, al gobernador Benavides, al capitán Rubio y al delegado de Hacienda Maximino Miñano Grifol. A continuación liberó a unos cuarenta detenidos más que se encontraban en otro calabozo.
El resto de jefes y oficiales sublevados fueron ejecutados en los patios del cuartel de Aerostación, donde se habían concentrado junto a los elementos que lograron reunir para intentar extremar la defensa. Según diversos testimonios, Puigdengolas no pudo imponer disciplina a la masa armada que se precipitó sobre las posiciones rebeldes, y varios mandos significativos fueron asesinados. Entre ellos se encontraba el coronel Delgado, que asumió ante los milicianos toda la responsabilidad cuando estos entraron en el recinto, y murió cerca del pabellón donde le esperaban su esposa y sus nueve hijos. También fueron asesinados el contralmirante de la Armada Ramón Fontenla Maristany y el diputado Félix Valenzuela de Hita, este último muerto junto al Gobierno Civil.
La guerra civil dejó innumerables historias personales marcadas por la fortuna o la tragedia. En Guadalajara, el 22 de julio, se vivieron escenas que reflejan ese contraste. En el patio del cuartel de San Carlos, el sargento de la Guardia Civil Casimiro Sanz y Sanz fue tiroteado y, según su propio testimonio, cayó herido entre los cadáveres. Un paisano cuyo nombre desconocía le indicó que dijera ser de Madrid y le colocó un brazalete rojo en el brazo, lo que le salvó la vida. Posteriormente fue trasladado al Hospital Militar de Carabanchel.
Otro caso significativo fue el del teniente de Ingenieros José Olivier López, que había participado activamente en el registro y saqueo de la Casa del Pueblo y en la liberación de presos de la Prisión Militar, de la que era oficial de guardia cuando se presentó el comandante Ortiz de Zárate. Según declaró el 15 de septiembre de 1936 ante un tribunal popular, cayó herido y, al darse cuenta un miliciano de que aún estaba con vida, se le acercó para quitarle el reloj de pulsera. Otros dos milicianos le recriminaron el gesto diciendo que a los muertos no se les robaba. Al advertir que seguía vivo, intentaron rematarlo, pero tres cornetas del Regimiento —Eufemio Gómez, Julián López y Ramón o Fermín Rojas— intervinieron para evitarlo, alegando que se había comportado bien con ellos y que no había participado activamente en la represión. Gracias a su intervención, los milicianos accedieron a respetarle la vida y, entre varios, lo llevaron herido a la casa de su padre, donde pudo salvarse.
Sin embargo, a pesar de su enorme fortuna, su destino estaba marcado. Sin terminar de curarse fue recluido en la Prisión Central el día 8 de septiembre y condenado a muerte el 30 de octubre de 1936 por un tribunal popular, siéndole conmutada esta pena por la de treinta años el 4 de noviembre. Pero fue asesinado el día 6 de diciembre siguiente, cuando fue asaltada la cárcel. Ese día se hizo una saca en represalia por el bombardeo de las instalaciones militares y depósitos de municiones. Veintitrés bombarderos, en una única pasada, arrojaron unas doscientas bombas incendiarias y cuarenta explosivas que ocasionaron dieciocho víctimas mortales. Muchos edificios ardieron en llamas, entre ellos el Palacio del Infantado. En la ciudad, las escenas de pánico se fueron convirtiendo en indignación y ansias de venganza, que pagaron los presos derechistas y golpistas. Murieron unas doscientas ochenta personas, según Vicente Camarena[36], aunque en la Causa General hay distintas declaraciones que elevan las víctimas hasta cuatrocientas, entre ellas veintiún militares. Parece que solo sobrevivió uno, Higinio Busons López, que anduvo listo cuando comenzó el asalto, según su propia declaración ante la Causa General: «permaneciendo escondido durante varios días, unos seis, en la leñera, de la que salía por las noches a coger pan y agua en la cocina… A las siete de la mañana del día 12 de diciembre de 1936, el dicente, saltando las tapias de la cárcel, pudo huir de la misma».
Aparte de los muchos militares y civiles que murieron el 22 de julio, hay que añadir los que fueron condenados a muerte y ejecutados por el alzamiento, como el capitán de Ingenieros Alberto Albiñana, que tenía a su cargo Talleres de la Maestranza y Parque de Ingenieros. Un tribunal popular le condenó a muerte el 6 de noviembre, junto a otros dos capitanes. Fueron fusilados el 20 de noviembre. El capitán dejó escrita una carta de despedida, uno de los pocos testimonios similares que se conservan en ese bando.
Carta de despedida del capitán Alberto Albiñana
Mis queridísimos hijos, Alberto José, María del Carmen, José Antonio y María Teresa:
Próximo a mi fin, quiero deciros adiós y haceros algunas consideraciones respecto a vuestra actitud en el día de mañana. Muero mártir, pero con honra, habiendo hecho por nuestra querida España cuanto se puede hacer; y si no sucumbí en el recinto del Fuerte, fue porque Dios no quiso, y porque no quisimos exponeros a las familias a un cataclismo.
Vivid con la frente muy alta, con el orgullo de saber que la conducta de vuestro padre fue honrada en todos los sentidos, moral, militar y económica. Que no hizo mal a nadie a sabiendas. Vosotros seguidme y mejorad, a ser posible, mi modo de ser.
Adorad a vuestra madre, que es una santa y que de hoy en adelante será una mártir. Ayudadla mucho, obedecedla ciegamente y no la abandonéis el día de mañana, que necesitará de vosotros. A Carmen, vuestra tía, agradecedle mucho cuanto hasta hoy ha hecho y portaos con ella muy bien, pues nunca agradeceréis bastante los favores, ayuda y cariños que os tiene demostrado.
Espero morir con los auxilios de la Religión, que aquí son permitidos, pero de todos modos moriré confortado con mis rezos y plegarias. He sufrido mucho, pero quizá no son estos momentos los más dolorosos, pues ya, con la casi seguridad del fin, se está más tranquilo. Las dudas, las incertidumbres y el ver el fin de otros han sido los momentos más dolorosos. Todavía me falta el suplicio del juicio, pero, por si a última hora me falta la fuerza, me decido a hacerlo ahora.
Perdono a todos mis enemigos de todo corazón y vosotros debéis hacer lo mismo. Que Dios me perdone como yo les perdono. Cuando llegue el triunfo de nuestro Ejército y veáis la Bandera, arrodillaos y besarla; por eso ha perdido la vida vuestro padre, por ella debéis perderla vosotros si llegara el caso. La Patria se hace con esfuerzo y sacrificio de todos y cada uno de sus súbditos: poned vuestro grano de arena en esa empresa; yo ya la puse.
No quiero venganza, pero sí justicia: pedid justicia a los que pueden hacerla. No sé si tendré valor para despedirme personalmente, pero, si así no fuera, recibid con esto el cariño más inmenso de un padre que os espera allá arriba, seguro de que sabréis honrar su memoria.
Un abrazo muy fuerte con un beso de vuestro padre.
Hoy, 1 de noviembre de 1936.
CONCLUSIÓN
La caída de Guadalajara en manos de las fuerzas leales a la República el 22 de julio de 1936 puso fin a un alzamiento que, durante unas horas, pareció consolidarse gracias al control militar de la ciudad y al apoyo de sectores civiles organizados. Sin embargo, la falta de refuerzos efectivos, el aislamiento de las columnas sublevadas y la contundente respuesta republicana precipitaron el colapso de la rebelión en la capital alcarreña. La derrota militar fue seguida de una ola de violencia que incluyó ejecuciones, represalias y episodios de justicia sumaria, reflejo del clima de guerra total que se estaba gestando en todo el país.
Guadalajara se convirtió así en un microcosmos de lo que sería la Guerra Civil española: un conflicto donde la rapidez de los acontecimientos, la polarización política y la brutalización del enfrentamiento transformaron en pocos días la vida cotidiana de una ciudad de retaguardia en un escenario de muerte y destrucción. El recuerdo de aquellos días de julio no solo explica el desarrollo posterior del conflicto en el centro peninsular, sino que también evidencia cómo, desde el primer momento, la guerra se libró tanto en el frente como en las calles, las cárceles y la memoria de quienes la padecieron.
