INTRODUCCIÓN
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 tuvo en las Vascongadas un desarrollo desigual y complejo. Mientras que en Guipúzcoa y Vizcaya la sublevación militar fracasó gracias a la rápida movilización popular, la lealtad de amplios sectores institucionales y el alineamiento del PNV con la República, en Álava —y especialmente en Vitoria— el golpe triunfó con relativa rapidez. Este contraste regional revela hasta qué punto el éxito o el fracaso del alzamiento dependió no solo de la conspiración militar, sino también del contexto político, social y de la actitud de las autoridades civiles y fuerzas de orden público.
El caso vasco ilustra, además, la fragmentación del mando rebelde, la falta de coordinación entre militares y civiles sublevados, y el peso decisivo de las organizaciones obreras y nacionalistas en la defensa del régimen republicano en las primeras jornadas del conflicto.
Resulta que puedo vanagloriarme de ser no solo uno de tantos, sino una de las primeras figuras [del Alzamiento] y esto no porque tenga condiciones de valer extraordinarias sino porque la Providencia me iluminó y me inspiró en todo momento. [General García Benítez, comandante militar de Vitoria y responsable de su alzamiento.][14]
En la mayor parte del País Vasco fracasó el alzamiento. Guipúzcoa, Vizcaya y buena parte de Álava permanecieron fieles a la República por distintas circunstancias. En Guipúzcoa la insuficiente organización de los rebeldes, la reacción popular y la resuelta actuación de las fuerzas políticas, entre las que cabría destacar a la persona del diputado nacionalista Manuel Irujo, fueron las causas de que no prosperase la sublevación militar[15]. También hay que añadir la iniciativa del gobernador civil, Rufino García Larache.
En la sede del Gobierno Civil en San Sebastián se concentraron todas las autoridades políticas y militares y tomaron diversas medidas con carácter de urgencia: cierre de la frontera, requisa de dinamita, control sobre el teléfono automático y sobre las comunicaciones provinciales. Además se ordenaba al jefe encargado de la Telefónica que bajo ningún pretexto y bajo su responsabilidad personal y directa, responsabilidad de vida o muerte, se estableciese comunicación entre Guipúzcoa y cualquiera otra provincia que no hubiese sido antes concedida por el gobernador civil. La postura del PNV contribuyó al éxito de las autoridades republicanas, al ponerse incondicionalmente al lado de los poderes legítimos, manifestando en una nota su adhesión a la República, ordenando a todos sus organismos que se dispusieran a luchar por la defensa del régimen[16].
Los representantes de las fuerzas políticas y sindicales decidieron realizar distintas proclamas y llamamientos al vecindario para condenar la sublevación militar y tranquilizar a la población vasca, que fueron insistentemente radiadas en las primeras horas de incertidumbre. Se carecía de mandos militares, armas y municiones. El único cuerpo que inspiraba confianza era el de los Miqueletes, la Guardia Foral, que se declaró rápidamente a disposición de las autoridades republicanas. «Se nos habían ofrecido la Guardia Civil, la de Asalto y Carabineros. No fiábamos en la lealtad de ninguno de ellos», recuerda Manuel Irujo[17]. Los anarquistas y comunistas se hicieron inmediatamente dueños de las calles, impusieron sus controles, constituyeron sus comités, practicaron registros y detenciones, protegieron los establecimientos bancarios y se incautaron de los servicios de correos y comunicaciones. Banderas rojas y rojinegras llenaron los automóviles, tranvías, vapores, edificios públicos y sedes de organizaciones políticas y sindicales.
El comandante de Estado Mayor Augusto Pérez Garmendia, que se hallaba de permiso en San Sebastián, se presentó al gobernador civil para rogar se le facilitase un coche con objeto de reintegrarse a su guarnición en Oviedo. Le pidieron que se quedara. «Se ha de quedar Vd. con nosotros. Nos hace falta, y sobre todo hace falta a la República». La respuesta del comandante Garmendia fue tajante: «Yo soy un militar y un republicano. Pero esto es lo de menos. Soy sobre todo un hombre al servicio de los poderes legítimos que ahora representa el Gobierno constituido, y me pongo al servicio de la República y de sus representantes para todo lo que puedan necesitar de mí»[18]. Así fue como el comandante Garmendia quedaba convertido en general de las fuerzas gubernamentales.
El día 18 tuvo lugar el bautismo de fuego. En las primeras horas de la noche del sábado, en la parte del Bulevar comprendida entre el Gran Casino y el Club Náutico, los soldados de artillería comenzaron los disparos con una ametralladora emplazada a la entrada de la calle de Igentea. Desde las bocacalles próximas las milicias populares replicaban al fuego de los militares. El tiroteo se mantuvo toda la noche, secundado por las descargas de los elementos civiles que decidieron apoyar a los militares sublevados. El comandante militar no había declarado el estado de guerra, pero tampoco ofrecía una posición enérgica frente a los rebeldes.
El gobernador civil convocó para las ocho de la mañana del domingo 19 una reunión de mandos militares para ver en qué opción estaban. El coronel León Carrasco Amilibia, gobernador militar, abandonó su indecisión de la última noche para reiterar sus promesas de lealtad, aunque según declararía posteriormente ante la Causa General, «se hallaba prisionero». Monárquico, no participó en la conspiración por su carácter indeciso y por la desconfianza de Mola hacia su persona, aunque el día 21 se sumó a la sublevación.
El comandante Garmendia dispuso que una vez hecha la recluta ciudadana el martes por la mañana partiera una columna en dirección a Mondragón, con el propósito de unirse a la que, saliente de Bilbao, se disponía a sofocar el foco sedicioso de Vitoria. Pero a las diez de la mañana, formadas ya todo a lo largo del Barrio del Antiguo las milicias populares y las secciones adictas de la Guardia Civil, Carabineros y Miqueletes, todavía no aparecía el refuerzo prometido, una batería del Regimiento de Artillería. El comandante Garmendia ordenó la marcha y se puso al frente de su columna.
Al salir las tropas, el 21 de julio, los militares sublevados se hicieron con la ciudad bajo el mando del general Muslera, que había sido miembro del Directorio Militar de Primo de Rivera. Mola había decidido enviarle a San Sebastián ante la desconfianza que sentía hacia el coronel Carrasco y el teniente coronel Vallespín. El veterano militar sería posteriormente fusilado por los republicanos tras un consejo de guerra, al igual que el coronel Carrasco, aunque en este caso sin formalidad judicial alguna[19].
Conscientes de la pérdida de la ciudad, las autoridades civiles decidieron evacuar el Gobierno Civil y salir hacia Eibar. Allí se reunieron con el comandante Garmendia, que dispuso la marcha de su columna hacia San Sebastián para volver a recuperar la ciudad. Eran las dos de la tarde del martes. Al atardecer se pusieron en marcha los primeros camiones y automóviles expedicionarios.
Los primeros objetivos se cumplieron. La inexistencia de un jefe por parte de los sublevados y los titubeos de las primeras horas resultaron decisivos para el fracaso de la intentona golpista. Fraccionada la columna, cuatro secciones ocuparon puntos estratégicos para rodear los cuarteles de Loyola y hacer imposible toda salida. Simultáneamente, otro nutrido destacamento penetraba en la ciudad y se posesionaba de la Diputación, y en los puntos donde se consideró preciso se establecían retenes. La ciudad de San Sebastián quedaba ocupada pacíficamente hasta que los sublevados rompieron las hostilidades.
El día 22 los militares sublevados vuelven a la carga. La lucha adquirió inusitada violencia e intensidad en la zona de Amara, principalmente en la calle de Larramendi, donde estaba la sede de la CNT, y en la calle de Easo, donde provisionalmente se había instalado la Comandancia Militar. En todas partes se peleaba con arrojo. Los sublevados estaban dirigidos por el coronel de la Guardia Civil Ignacio López de Ogaylla, el coronel Francisco Arrue Oyarbide, de Carabineros, y por el coronel Carrasco, que dirigían las operaciones desde los cuarteles de Loyola, ante un inactivo general Muslera. Sus fuerzas, compuestas por paisanos, guardias de Asalto, artilleros y guardias civiles, dominaron el Hotel María Cristina, el Gran Casino y la Comandancia Militar. Desde muchas azoteas, elementos civiles y fuerzas militares iniciaron un intenso tiroteo sobre las masas combatientes que se hallaban diseminadas por la ciudad en pequeños y numerosos destacamentos, situándose especialmente en los portales de las calles de tránsito obligado y junto a las barricadas levantadas desde el sábado anterior.
El comandante Garmendia instaló su cuartel general en los bajos de la casa número 47 de la calle de Easo, casi en la esquina de la de Larramendi. Los rebeldes localizaron el cuartel general y marcharon a su asalto. Después de varias horas de combate vino el cese de hostilidades, el silencio. Las fuerzas populares habían vencido. La lucha en la calle quedaba liquidada. Ahora restaba por dominar los focos rebeldes del Casino, de la Comandancia Militar y del Hotel María Cristina, para dirigir la ofensiva sobre los cuarteles de Loyola. El comandante Garmendia, con su ayudante de campo, el comandante Larrea, se dirigió a la Diputación Provincial, nuevo emplazamiento del cuartel general, donde ya se habían instalado a primera hora el gobernador civil de la provincia y demás autoridades republicanas. Eran las cinco y media de la mañana.
La noche del 22 al 23 se dedicó a la toma del Casino, dirigida por el comandante de la Guardia Civil Mauricio García Echaniz y treinta y cinco guardias más un nutrido grupo de milicianos. Una ametralladora custodiaba la puerta del Casino, pero el soldado que la servía cayó de un certero disparo. «Bajo un fuego violentísimo de los sitiados, los asaltantes escalaron las verjas, las ventanas y penetraron con enorme valentía en el Gran Casino»[20]. Fueron recogidos ocho cadáveres y veinte prisioneros. Después marcharon al Hotel María Cristina. Las fuerzas del interior se rindieron. Posteriormente fueron a la Comandancia Militar, último reducto. Tras su caída marcharon a los cuarteles de Loyola. Los rebeldes, sitiados, pidieron parlamentar. Por la tarde se entregó a la representación parlamentaria el excomandante militar de la plaza, coronel Carrasco, que fue detenido. La rendición del cuartel fue inmediata. A las once de la mañana, los jefes, oficiales y paisanos fueron trasladados en varios autobuses a la Diputación en calidad de detenidos.
El fracaso de la sublevación se debió a distintas causas. En primer lugar, la propia inestabilidad en la jefatura del alzamiento. En el País Vasco la orden de levantamiento llegó a tiempo y fue suficientemente conocida, al publicarse en la portada de El Diario Vasco la clave asignada: «Mañana hará buen tiempo»[21]. Pero nadie tenía claro quién mandaba. En Guipúzcoa, según el entonces teniente coronel José Vallespín Cobián[22], el comandante de Estado Mayor Bartolomé Barba estuvo en San Sebastián para estudiar sobre el terreno y ver cuál era el jefe más conveniente para la preparación del movimiento. Al estimar que el coronel de Artillería y comandante militar de la plaza León Carrasco Amilibia «no reunía condiciones para misión de tal naturaleza por ser altamente sospechoso a las autoridades del movimiento», decidió designar al coronel Vallespín responsable del mismo, «que quedó comprometido bajo su firma en documento apropiado. Diciéndole que recibiría las oportunas instrucciones y consignas se despidió aquel Jefe».
Pero las instrucciones no llegaban, «por la razón sencilla de haberle desplazado las autoridades del Movimiento de su puesto natural de mando y directivo, dejándole en un papel secundario de simple acción individual. Las razones que hubo para obrar de esta manera son hoy perfectamente conocidas, estando basadas en informes dados sobre su persona acerca de su poca aptitud para conspirador; los más definitivos los dio el Coronel de Ingenieros Don Luis Barrios». Se sintió desplazado al enterarse de reuniones a las que no era invitado. Por ello decidió no asumir responsabilidades. Ya veía el fracaso, al dejar de lado al jefe jerárquico.
Pocos días antes del alzamiento acudió Vallespín a entrevistarse con Mola para recabar su apoyo. No le garantizó nada. Solo quería saber el estado de las tropas en San Sebastián. Vallespín le habló de las dificultades de contar con un movimiento homogéneo. Si le daba el mando de la plaza, «le aseguraba un éxito por la ayuda de organizaciones armadas que ya tenía prevenidas». No volvió a saber nada de Mola hasta el 12 de julio, que le llamó para que fuera a Pamplona. Le volvió a manifestar sus temores. Mola se comprometió a enviarle las instrucciones con un enlace de confianza, «cosa que desde luego no hizo». Por ello, llegado el momento, no asumió responsabilidades de mando, aunque hizo todo lo posible por el movimiento.
En segundo lugar estaba el no haber contado con los civiles, falangistas principalmente. Según informe de 1942 de Falange, el día 19 de julio por la mañana las fuerzas civiles rebeldes se trasladaron a los cuarteles de Loyola, unos en los camiones de artillería, y otros a pie; pero no fueron admitidos en el cuartel de Artillería, por no autorizarlo el coronel Carrasco. En cambio, fueron bien recibidos todos los voluntarios en el cuartel de Ingenieros, donde se les facilitó uniformes y el armamento necesario, y se les instruyó (a los que no sabían) sobre el manejo del fusil. Serían aproximadamente las once y media o doce del mediodía del 19 de julio cuando todos los voluntarios que se encontraban en los cuarteles de Ingenieros de Loyola recibieron la orden de ponerse nuevamente de paisanos y de abandonarlos. «Esta orden desmoralizó a todos estos voluntarios, pues reconocían que, dada la época, se hallaban muchos soldados o la mayoría de ellos con permiso en sus casas y constituían por tanto un valioso refuerzo para las tropas»[23].
En tercer lugar, por la propia estrategia militar. Aunque tuvieron éxitos importantes, «no fueron de eficacia alguna por falta de estrategia militar, ya que en lugar de ocupar las calles o puntos estratégicos de la población, se encerraron y se hicieron fuertes en el Gran Casino, Gobierno Militar, Hotel María Cristina y en los cuarteles de Loyola y alrededores. Circunstancias estas que aprovecharon los rojos en cuanto llegaron refuerzos de Eibar y el resto de la provincia para comenzar un ataque en toda regla sobre dichos puntos de resistencia militar, ya que se encontraban muy separados los unos de los otros, haciéndose difícil los enlaces entre ellos, por tener las líneas telefónicas cortadas y no disponer de personal suficiente para desplazarlo»[24].
Además de las causas apuntadas por las autoridades franquistas, hay que añadir la tradición proletaria, la importante implantación social de las organizaciones políticas y sindicales de izquierda y el alineamiento con la República del PNV, la fuerza social más importante de la provincia[25].
En Bilbao, parte de la oficialidad del cuartel de Garellano, después conocido como de Basurto, estaba implicada en la conspiración, pero su tentativa de rebeldía, hecha patente en una arenga del teniente Del Oso a los soldados de su compañía a primeras horas del día 18, fracasó ante la intervención decidida del jefe del Batallón de Montaña, teniente coronel Joaquín Vidal, leal a la República, y del coronel Fernández Piñerúa, comandante militar de la plaza.
En la noche del 18 al 19 de julio, desde Pamplona el general de brigada Francisco García Escámez telefoneó al coronel Andrés Fernández Piñerúa Iraola para ordenarle que declarase el estado de guerra, ocupando la población y haciéndose cargo del gobierno y mando de la plaza. El coronel le contestó que no obedecía más órdenes que las del general Batet, que era el jefe de la división, y que no estaba dispuesto a declarar el estado de guerra. El general intentó convencer al coronel, con el que no contaban previamente, insistiéndole en la necesidad de declarar el estado de guerra y de no repartir armas al pueblo, «haciéndole ver que él respondería con su cabeza de la sangre que se derramase en Bilbao»[26].
El teniente coronel Ortiz de Zárate, del Batallón de Montaña, fue el alma de la conspiración, pero acababa de perder su destino al ser ascendido a coronel. Como fiel aliado tuvo al teniente José María Bellas Jiménez, destinado en su misma unidad. Este, junto a Manuel Hedilla, del Consejo Nacional de Falange, se encargó de preparar la sublevación en contacto directo con las guarniciones de Logroño, Santander, Vitoria, San Sebastián y Pamplona. El día 17 de julio, según su propio testimonio[27], recibió la visita del capitán Carbajo, quien le comunicó que el teniente coronel Ortiz de Zárate, por orden del general Mola, tenía que ir a Pamplona, quedando como jefe del movimiento en Bilbao el comandante Anglada.
El 19 de julio el teniente Bellas acudió a una reunión en el cuartel del Batallón de Montaña con todos los jefes y oficiales más significativos de la guarnición. A ella asistieron también el comandante militar de la plaza, coronel Piñerúa, acompañado del capitán de su Estado Mayor Vicente Lafuente; el teniente coronel Vidal, del Batallón de Montaña; el teniente coronel de la Guardia Civil Santiago Colina; el jefe de las fuerzas de Asalto, comandante Aizpuru; el teniente coronel de Carabineros y el jefe de Forales, comandante Montaner. Todos ellos se manifestaron contrarios al alzamiento, según Bellas. «El comandante Anglada manifestó que él se consideraba como jefe del Batallón de Montaña, el cual contaba con doscientos ochenta hombres, la mayoría voluntarios y muchos de ellos hijos de guardias civiles, por lo que no se decidía a salir a la calle dadas las opiniones que se habían expuesto y la escasa fuerza de que disponía para hacer triunfar el Alzamiento mediante un acto de fuerza». El teniente coronel de la Guardia Civil, incluso, «dijo que él tenía ochocientos guardias civiles concentrados en Bilbao y que si el Batallón de Montaña no era afecto al Gobierno del Frente Popular él atacaría el cuartel en que estaba alojado con sus ochocientos hombres».
La reunión finalizó de forma violenta, cuando el teniente coronel de Infantería Vizcaíno, que estaba en situación de disponible, se dirigió al comandante militar Piñerúa; sacó su pistola intentando matarle, llamándole traidor, impidiéndolo el capitán Lafuente, que le cogió la pistola. De cualquier forma, el cuartel estaba ya rodeado por militantes de las organizaciones obreras, dispuestos a oponerse por todos los medios a la insurrección.
Los falangistas, concentrados en las llamadas casas de Sota de la Gran Vía, el cine Buenos Aires y otros lugares, tuvieron que desistir ante la actitud de los jefes militares. Los requetés también esperaban las órdenes que nunca llegaron. Días antes del golpe militar habían solicitado armas al capitán Ramos, uno de los oficiales más implicados en la conspiración, con el que los representantes de la milicia carlista se habían reunido en diversas ocasiones. No pareció conveniente esa medida, acordando con ellos que, cuando se declarase el estado de guerra, acudieran al cuartel inmediatamente[28].
Los carlistas no querían desistir del intento de alzamiento e idearon un plan consistente en liberar a tres de los cerebros de la conspiración, el comandante Ichaso, el capitán Ramos y el teniente Ausín, retenidos en la Comandancia Militar (y fusilados meses más tarde tras condena del Tribunal Popular), e iniciar el alzamiento en el momento en que las tropas y milicias salieran de la ciudad al rescate de otras poblaciones. El jefe tradicionalista de la provincia, Fernando Lezama, recibió el día 19 la orden de trasladarse a Vitoria en avioneta y comunicar el estado de la situación en Bilbao. Este solicitó la urgente llegada del teniente coronel Ortiz de Zárate, «pues su presencia era de influencia decisiva». El día 20, el jefe de los requetés, comandante Alejandro Velarde, ordenó concentrar a sus fuerzas en los pisos de la Gran Vía 60 y 62. Se reunieron allí unos doscientos requetés. Ante la falta de órdenes y el temor de ser descubiertos, a las ocho de la mañana del día 21 el comandante dio la orden de dispersar sus fuerzas. La mayoría lograron salir, pero un grupo de unos veinticinco fueron detenidos por guardias de Asalto y milicianos[29]. Se acababa todo intento de alzamiento en Bilbao.
En Basauri, al tener conocimiento del alzamiento el 18 de julio, los requetés no se limitaron a esperar, sino que, armados con escopetas, se concentraron en el Círculo Carlista. Allí llegaron también falangistas y afiliados de Renovación Española. Pero la indecisión de los militares del cuartel de Basurto hizo que pasara el tiempo sin recibir consigna alguna. Pronto fueron detenidos por fuerzas de la Guardia Civil[30].
En Álava triunfó el alzamiento en la capital, Vitoria, y en varias de sus poblaciones, pero no en toda la provincia. Municipios como Llodio, Amurrio, Oquendo, Lezama, Ayala, Arrastaria y Arceniega permanecieron fieles a la República, sobre todo gracias a los milicianos de otras provincias cercanas, que acudieron raudos a su defensa. En Villarreal todo permanecía en calma hasta el 21 de julio. Ese día el teniente de la Guardia Civil José Palacios Buitrago, acompañado de dos cabos y diecisiete guardias, intentó sublevar a las fuerzas de la Comandancia allí destinadas. Fueron detenidos esa misma tarde por fuerzas de la columna de Ochandiano. El teniente jefe de la Línea de Villarreal fue posteriormente juzgado y condenado a muerte por delito de rebelión por el Tribunal Popular de Euzkadi. En noviembre de 1936 se fugó de la prisión en compañía de otro de sus compañeros[31].
En Vitoria, el día 19 de julio, el teniente coronel Camilo Alonso Vega declaró el estado de guerra. Según algunas fuentes[32], el teniente coronel, que después sería ministro de la Gobernación con Franco, dirigió la conspiración a las órdenes de Mola, sin encontrar obstáculos entre sus compañeros de armas. Las autoridades del Frente Popular no opusieron resistencia al golpe militar, aunque las organizaciones obreras reaccionaron al día siguiente convocando la huelga general. El gobernador civil aceptó la proposición de escapar hecha por el gobernador militar.
El general Ángel García Benítez se sumó con los acontecimientos en marcha ante la solicitud del responsable del alzamiento, Alonso Vega. El general García Benítez mandaba la 3.ª Brigada de la División de Caballería, formada por los regimientos de España (Burgos) y Numancia (Vitoria). Por tener su residencia en Vitoria era el comandante militar de la plaza, viviendo en el pabellón del Gobierno Militar. Según su testimonio, solo su resuelta decisión hizo que el alzamiento triunfara en Vitoria[33]. A medianoche del 18 de julio ordenó que acudieran a su despacho el coronel Abreu, que mandaba el Regimiento de Artillería de Montaña; el coronel Campos Guereta, responsable del de Caballería de Numancia; el teniente coronel Camilo Alonso Vega, al frente del Batallón de Flandes; y el comandante Ubago, jefe de la Plana Mayor de la Brigada y a la vez secretario del Gobierno Militar. Una vez reunidos, les comunicó la decisión de alzarse contra «el Gobierno de asesinos que padecía España», según sus palabras. A propuesta suya, todos se juramentaron para no rendir Vitoria mientras quedase alguno de ellos con vida.
Posteriormente habló telefónicamente con el general Mola, a quien comunicó que la guarnición de Vitoria estaba a sus órdenes. Mola le encomendó declarar inmediatamente el estado de guerra y le autorizó a nombrar nuevas autoridades. Nada más colgar el teléfono le llamó el general Miaja, quien le preguntó si se había declarado el estado de guerra. El general Ángel García Benítez le contestó que no, pero que se iba a declarar inmediatamente. «Entonces Miaja dijo que era ministro de la Guerra y que ordenaba al dicente que no lo declarase, contestándole que él no obedecía más que al general Mola, colgando el teléfono». El general García Benítez estuvo hasta el 10 de octubre al frente de la provincia, con el mando de todas las tropas que la guarnecían, contribuyendo con ellas a aguantar el empuje de Vizcaya y Guipúzcoa.
Los vitorianos acogieron los nuevos acontecimientos desarrollados a partir del 18 de julio con frialdad, apatía y tibieza, nada que ver con las manifestaciones entusiastas hacia los sublevados de ciudades como Pamplona, Salamanca o Burgos[34]. Los carlistas, como en el caso navarro, tenían un gran peso, y ambas capitales habían organizado la movilización del Requeté de modo similar. Sin embargo, la respuesta fue distinta, por lo que republicanos y nacionalistas tenían serias esperanzas de que Vitoria fuera recuperada para la República.
Con una guarnición indecisa, una Guardia Civil y de Asalto del lado gubernamental (el comandante Torres se había ofrecido para defender la legalidad, y la Guardia de Asalto estaba desplegada por el centro), entre doscientos y trescientos militantes del PNV dispuestos a empuñar las armas y un arsenal de armamento importante, bastaba con mantenerse unidos y armar a los ciudadanos para evitar el triunfo del alzamiento. Pero las cosas sucedieron al contrario de lo que esperaban los republicanos. La mayoría culpó al gobernador civil por no entregar las armas al pueblo y no ver oportuna la intervención de las fuerzas de orden público hasta cuando ya era demasiado tarde y los militares sublevados (cuartel de Flandes) estaban ya esparcidos por toda la ciudad, acompañados de miles de requetés venidos de toda la provincia. Cuando la compañía a las órdenes del capitán Tapia leyó el día 19 de julio el bando de guerra, la capital estaba ya controlada y los republicanos organizaban la huida.
Los requetés hicieron patrullas por el casco viejo. Tuvieron un enfrentamiento a tiros con un joven anarquista que se escapaba y les respondía con una pistola. Por su parte, los falangistas se dedicaron a tomar el edificio de Telégrafos, ocupar la fábrica de electricidad, la redacción del periódico La Libertad y a recorrer las tabernas de los barrios populares deteniendo a la gente que se negaba a gritar «¡Arriba España!». El día 20 llegó a desarrollarse la huelga convocada por los sindicatos, aunque con poca asistencia y mucho miedo.
CONCLUSIÓN
El desarrollo de los acontecimientos en las Vascongadas durante los primeros días de la Guerra Civil demuestra que el triunfo o el fracaso del alzamiento no fue uniforme ni inevitable. En Guipúzcoa y Vizcaya, la combinación de movilización popular, control de las comunicaciones, actuación decidida de las autoridades republicanas y el respaldo del PNV resultó determinante para neutralizar la intentona golpista. La ausencia de un mando claro entre los sublevados, la mala coordinación y los errores estratégicos terminaron por sellar su derrota en San Sebastián y Bilbao.
En contraste, el éxito del alzamiento en Vitoria respondió más a la pasividad de las autoridades civiles, la indecisión inicial de las fuerzas leales y la rápida ocupación militar del espacio urbano, reforzada por la movilización carlista. Este desigual desenlace anticipó la fractura territorial del norte peninsular durante la guerra y subrayó un rasgo esencial del conflicto: la importancia decisiva de los primeros días, cuando la iniciativa, la cohesión política y el control del territorio inclinaron el rumbo de la historia.
