INTRODUCCIÓN
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 convirtió Aragón en uno de los primeros escenarios decisivos del conflicto. Mientras Zaragoza caía rápidamente bajo el control de los sublevados, amplias zonas rurales y comarcas del este de la provincia quedaron en manos de las milicias republicanas llegadas desde Cataluña. La actuación del general Cabanellas, el papel de la Guardia Civil y de las milicias ciudadanas, así como los enfrentamientos en localidades como Caspe, marcaron la configuración temprana del frente de Aragón. Este capítulo reconstruye los primeros días del golpe militar en la región y las dinámicas de poder, violencia y resistencia que dieron forma al conflicto en tierras aragonesas.
Tras varias horas de noticias confusas y de vacilaciones, en Zaragoza se produjo la sublevación al finalizar la noche del sábado 18 de julio y dar comienzo la madrugada del día 19. El general Cabanellas, jefe de la V División Militar, firmaba el estado de guerra hacia las dos. Dos meses antes había sido recibido en audiencia por el presidente de la República. Como Azaña recordará años después, «Miguel Cabanellas, a unas palabras mías, respondió dándose puñetazos en el pecho, jurando, a gritos, que moriría mil veces por la República; lloraba lágrimas de verdad, que le inundaban la venerable barba blanca».
También debió de engañar al gobernador civil, que la tarde del 18 de julio convocó a los principales líderes políticos y sindicales, jefes militares y presidente de la Audiencia Territorial. Según recuerda este, al llegar el general Cabanellas le preguntó el gobernador cuál era la actitud del Ejército respecto al gobierno, a lo que le contestó «que el Ejército estaba con el Mando y este con la República». Pocas horas después declaró el estado de guerra.
El general Cabanellas contaba con el apoyo de sus tropas, más las de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto. El comisario jefe resultó determinante al negarse a cumplir la orden del gobernador civil de entregar armas a los obreros. La guarnición más dudosa era la del Regimiento de Artillería Ligera n.º 9, donde figuraban varios jefes y oficiales de ideología republicana. Pero los sublevados tuvieron la fortuna de que los oficiales de guardia en la madrugada del 19 de julio eran afectos al movimiento. Gracias a ello consiguieron neutralizar a los enemigos, el control de los servicios y, sobre todo, del teléfono.
También contó con la entusiasta colaboración de militares retirados, agrupados en la Asociación de Retirados de Aragón, y con otras fuerzas civiles. El general Cabanellas ordenó al presidente de la Asociación de Retirados, coronel Francisco Barba Badosa, que sin perder momento se pusiese en marcha según los planes previstos. Reunió a todas sus fuerzas y a los civiles en el Frontón Cinema, donde recibieron las armas largas. En la madrugada del día 19 las patrullas denominadas de «Acción Ciudadana» salieron a vigilar y controlar la ciudad, especialmente los barrios obreros. Esta medida se vio completada con el establecimiento de retenes en iglesias, fábricas, centros de enseñanza y estaciones de ferrocarriles, tranvías y autobuses. La ciudad estaba tomada al completo por fuerzas militares y milicias ciudadanas.
Poco podían hacer las organizaciones obreras ante tal despliegue militar. La resistencia consistió en algunos tiroteos nocturnos en las barriadas obreras y en la declaración de la huelga general revolucionaria. Los tiroteos fueron pronto sofocados y la huelga reprimida con rapidez y contundencia. En el barrio de San Blas, el «barrio más rebelde» según los sublevados, una patrulla de la milicia de Acción Ciudadana que custodiaba un carro de conducción de carnes fue agredida. A partir de ahí se produjo un intenso tiroteo durante bastantes horas. Las patrullas prohibieron la entrada y salida del barrio, poniéndose retenes en todas las casas de comestibles para impedir que se hiciesen ventas. Después de un día en esas condiciones, las mujeres intentaron salir del barrio para hacer sus compras, lo que fue impedido por los patrulleros. Al atardecer cesó definitivamente el tiroteo, después de la rendición de los milicianos armados.
Tras la detención del gobernador civil y del general Núñez de Prado, enviado por el Gobierno para hacerse cargo del mando militar de la plaza, el golpe se extendió por la provincia en unas horas gracias a la efectividad de los puestos de la Guardia Civil repartidos por todo su territorio y al Regimiento de Artillería de Calatayud, cuyos militares procedieron a destituir a las autoridades municipales y a la detención de los principales dirigentes políticos y sindicales. En esta ciudad, el 18 de julio, los derechistas se concentraron en el Círculo Católico, presentándose después casi todos ellos en el cuartel de Artillería «para ofrecer sus servicios e indicar la conveniencia de que se declarase el estado de guerra»[6]. Este se declaró el 20 de julio, a media tarde.
Los gestores municipales, a propuesta del alcalde, resolvieron no hacer frente a los artilleros y entregar el Ayuntamiento. Pero las milicias obreras decidieron luchar contra los militares. Se parapetaron en el castillo, desde donde tirotearon a las fuerzas sublevadas. Poco tiempo pudieron aguantar la descarga de las piezas artilleras. La mayoría de los milicianos tuvo que huir de la ciudad, aunque algunos que no lo lograron fueron detenidos. A las fuerzas militares del coronel jefe del Regimiento de Artillería, Mariano Muñoz Castellanos, se sumaron las de la Guardia Civil, capitaneadas por Juan Parra Fernández.
La gran mayoría de las poblaciones apenas presentó resistencia. En otras, partidas de republicanos que se echaron al monte se dedicaron a hostigar a las fuerzas militares y a las nuevas autoridades municipales. Por último, otro tipo de acción consistió en la resistencia armada que requirió la intervención directa de las fuerzas militares. Los principales enfrentamientos armados se dieron en las comarcas de Cinco Villas y Borja, aquellas que presentaban los mayores índices de afiliación a sindicatos y partidos de izquierda.
El dominio de los sublevados era indiscutible en las zonas cercanas a la capital y en otras localidades populosas, pero se hacía más precario a medida que se alejaban de ellas. La Guardia Civil fue concentrada en las cabeceras comarcales y, una vez extendido el movimiento en todos los pueblos a base de columnas y retenes, regresó a Zaragoza. Fruto de este «abandono» resultó fácil a las milicias republicanas de Barcelona recuperar el partido judicial de Caspe y buena parte de los de Pina y Belchite a partir del 24 de julio, donde se desarrollaron experiencias revolucionarias modelo para el resto de la España republicana.
Estas milicias se encuadraban en dos columnas: una comandada por Durruti y Pérez Farrás, que entraría por la carretera general de Barcelona–Lérida–Zaragoza, y la otra por Ortiz, que lo haría por el extremo sudoriental. Hubo algunos tiros en Fuendetodos, Samper del Salz y Sástago, pero la gran excepción a ese panorama la constituyó Caspe, la única población en cuya toma se produjo una auténtica batalla entre milicianos y sublevados.
El día 24 se inició el enfrentamiento en la localidad entre las fuerzas sublevadas, apoyadas por una columna militar llegada de Zaragoza, y las columnas de Durruti y de Ortiz. Se dio «una defensa tenaz por los sublevados, un gran gasto de municiones, combates intensos calle por calle y decenas de muertos. Tampoco faltaron los episodios dramáticos, como los protagonizados por el capitán de la Guardia Civil quien, antes de caer muerto y loco de excitación, mató a varios caspolinos —además de a su segundo por censurárselo— y utilizó a varias mujeres e incluso a una niña como parapeto frente a las balas milicianas»[7].
Teruel es un ejemplo de capitales de provincia que quedaban alejadas de los centros de decisión militar. Sus escasas fuerzas militares, constituidas por dos jefes, dos oficiales, un suboficial y siete soldados, dependían del cuartel general de la V División, situado en Zaragoza. Además, estaban destinados en ella unos cincuenta guardias civiles, siete de Asalto y ocho carabineros.
El 18 de julio, el teniente coronel Mariano García Brisolara, jefe de la Caja de Recluta n.º 34 y comandante militar de Teruel, recibió en un telegrama la orden de Zaragoza de declarar el estado de guerra, lo que hizo al día siguiente. Según parece, a las pocas horas fue arrancado de las esquinas en que había sido colocado por el propio gobernador civil, escoltado por algunos agentes de orden público[8].
Dos rasgos definen el golpe militar en Teruel. Por un lado, su dependencia con respecto a la capital aragonesa y, por otro, el destacado papel que desempeñaron las fuerzas de la Guardia Civil, de Asalto y de Seguridad[9]. En un primer momento dominó la incertidumbre, sobre todo por parte de las fuerzas más numerosas, las de la Guardia Civil. Su responsable, Pedro Simarro Roig, recibía órdenes contradictorias: por un lado, de Zaragoza para sumarse al alzamiento; por otro, de Guadalajara, a cuyo tercio pertenecía la Comandancia de Teruel, para mantenerse fiel a la República.
El gobernador insistía en esta última línea al primer jefe, pero el día 20 la Guardia Civil, la de Asalto y la de Seguridad, las fuerzas más numerosas, decidieron apoyar el alzamiento, instigadas por el comandante Aguado, enviado por el propio gobernador militar. También se produjo la adhesión de Falange Española de Teruel, que desde mayo había ofrecido su concurso incondicional.
El comisario Martínez Casabona mandó a toda la plantilla de guardias de Asalto y de Seguridad ocupar los accesos y puntos vulnerables de la ciudad. Mientras tanto, las fuerzas militares procedieron a la detención de los principales líderes políticos y sindicales republicanos, aunque algunos consiguieron huir a los montes que rodean la ciudad. El día 22 fue declarada la huelga general por la Casa del Pueblo, que fue seguida sobre todo por los ferroviarios. Tres días después se ordenó la militarización del ferrocarril, con lo que se dio por finalizada la resistencia al golpe militar.
El alzamiento había triunfado con facilidad en Teruel y, posteriormente, en algunas poblaciones como Peralejos, Alfambra y Cuevas Labradas. Los militares sublevados, al mando del militar retirado por la Ley Azaña Tomás Abril Gonzalvo, nombrado delegado militar de la Comandancia por el comandante Aguado, se hicieron con ellas sin ninguna dificultad[10]. Sin embargo, el intento de extender la sublevación a toda la provincia fracasó por la llegada de columnas de milicianos procedentes de Cataluña, Levante y Castilla la Nueva.
En Huesca, el coronel Carmelo García Conde era jefe del Regimiento de Infantería de Valladolid n.º 20 desde el 5 de julio. Comprometido en la conspiración desde su anterior destino en Larache, el mismo día de su toma de posesión reunió en la sala de banderas del cuartel a todos los jefes y oficiales para comunicarles que el alzamiento era un hecho inminente y pedirles su implicación, a lo que mayoritariamente respondieron con su palabra al jefe del regimiento, según su propio testimonio[11].
El 19 de julio, a las cinco de la mañana, el general Gregorio de Benito Terraza, gobernador militar de la plaza de Huesca, le mandó acudir a su despacho, comunicándole que había recibido indicaciones del general Mola para que iniciase el alzamiento, lo que ordenó al coronel García Conde. Este regresó al cuartel, formó a las fuerzas en armas en el patio y, «exhortándoles —según palabras textuales de su declaración— a que, por la indigna manera de proceder contra la Patria y los sentimientos más íntimos de todo ser español, se alzaba contra el llamado Gobierno que tan nefastamente regía los destinos del país», salió con dos compañías de fusiles y una de ametralladoras, dejando otra de reserva en el cuartel, y tomó militarmente la ciudad, apoderándose del Gobierno Civil, del edificio de Correos y Telégrafos y de otras dependencias oficiales.
Seguidamente declaró el estado de guerra. Desde ese momento la población quedó bajo mando militar, sin que se produjeran disturbios graves, salvo pequeños tiroteos durante algunas noches. A las fuerzas militares se sumaron los jefes y oficiales de la Zona de Reclutamiento y de la Caja de Recluta, así como la Guardia Civil y la Guardia de Asalto.
En Jaca, en la madrugada del 19 de julio, el coronel Rafael Bernabeu Masip, jefe del Regimiento de Infantería Galicia n.º 19, ordenaba al comandante La Vega salir a proclamar el estado de guerra y apoderarse de la población, lo que hizo con facilidad, aunque no sin oposición por parte de las milicias obreras, que consiguieron matar a tres oficiales[12].
En la capital y en Jaca había triunfado fácilmente el alzamiento, pero en gran parte de la provincia fracasó. En Barbastro, el coronel José Villalba Rubio, comandante militar de la plaza, consiguió mantener leales a unas fuerzas militares en las que la mayor parte de sus jefes y oficiales estaban a favor del alzamiento. Según el teniente coronel jefe del Batallón de Montaña n.º 4, José González Morales[13], el 19 de julio, a primera hora de la mañana, se presentó el coronel Villalba en su despacho comunicándole que había recibido un telegrama de Huesca para que procediera a la inmediata declaración del estado de guerra, mostrándose remiso el coronel so pretexto de que él no dependía de Huesca sino de Barcelona.
Allí mismo le telefoneó el presidente de la Diputación, quien le dijo que no declarase el estado de guerra, que lo ocurrido era una militarada que había sido sofocada y que en Madrid se había formado un nuevo gobierno, presidido por Martínez Barrio. A continuación, el coronel telefoneó al nuevo ministro de la Guerra, general Miaja, quien corroboró las palabras del presidente de la Diputación de Huesca y le ordenó que no declarase el estado de guerra y permaneciese a la expectativa, sin hacer nada, hasta que lo comunicara el Ministerio de la Guerra, advirtiéndole de que, de lo contrario, se atuviese a las consecuencias.
El coronel Villalba ordenó al teniente coronel González Morales acuartelar a la tropa. A los pocos minutos llamó el general Cabanellas, desde Zaragoza, para exhortarle a declarar el estado de guerra, pero el coronel se negó a coger el teléfono. Desconfiando de los oficiales, ordenó a los suboficiales y soldados que hicieran guardia permanente en las ametralladoras y en los armeros para impedir su acceso y, horas más tarde, acabó por retirar los mandos a los oficiales, ofreciéndoselos a los suboficiales.
El 25 de julio, fuerzas de la Guardia Civil y de Falange, procedentes de Huesca, intentaron hacerse con la población de Tardienta, sin que fuera posible conseguirlo por la tenaz resistencia de las fuerzas obreras. Las fuerzas militares sublevadas cercaron el municipio, pero pocos días después llegó una columna armada desde Cataluña, con unos mil quinientos hombres, que reforzó la posición de las fuerzas gubernamentales, quedando fijado en los límites de esta población el frente de combate hasta el 23 de marzo de 1938, día en que entraron las tropas franquistas[14].
CONCLUSIÓN
La rápida toma de Zaragoza por los sublevados aseguró a los golpistas un enclave estratégico clave en el noreste peninsular, pero no bastó para controlar el conjunto de Aragón. La resistencia en amplias zonas rurales, el avance de las columnas milicianas desde Cataluña y la consolidación de frentes estables evidenciaron desde los primeros compases de la guerra que el conflicto sería largo y territorialmente fragmentado. Aragón quedó así dividido entre retaguardia sublevada y frente republicano, convirtiéndose en un laboratorio temprano de la guerra total: represión, movilización popular, control militar del territorio y experiencias revolucionarias que anticiparon la complejidad del conflicto en el resto de España.
