Al borde de la alegre y soleada calle de Muntaner, la de Copérnico, que la cruza, bañada en la misma luz, tiene cierto aire de pueblerina modestia y humildad. Sus aceras son estrechas, crecen desparramadas y raquíticas algunas hierbas y duermen olvidados los botes desventrados y las vacías latas de conserva. La cruzan raros transeúntes, que vienen de la calle Vallmajor y guarda el encanto de un reino de paz al borde del bullicio inmenso de la urbe. El convento de las Magdalenas conserva su gracia religiosa y se desvanecieron por entre sus ventanales enrejados el cálido rumor de los rezos y las notas diáfanas de cantos monjiles, con voces hurtadas al mundo, en la plenitud de la vida, por un desengaño o una vocación.
Al otro lado de la calle estrecha, una torre amplia, más amplia que artística, más llena de alegría que merecedora de llamar la atención. Su notoriedad es la de haber sido elegida, juntamente con el convento, para que allí se instalasen las checas macabras del S. I. M.
Nosotros, que traíamos los ojos llenos de luz clara, hemos llegado a ver, no sin extraña sorpresa —porque para mentes de españoles cosa tal nos parecía increíble— los archivos atiborrados de papeles, las máquinas en desorden, los ficheros desparramados, las prendas de vestir esparcidas en los últimos apuros de la fuga apresurada y, en la iglesia profanada, las celdas innúmeras, apretadas, de pequeñas dimensiones, sin llegar a la altura del techo, recubiertas todas de una fuerte tela metálica, por todo mobiliario un colchón de arpillera y las muestras de una forzada y atormentadora suciedad, que servía de regocijo y deleite al siniestro agente que espiaba detrás de la mirilla la vida mísera, que con instinto infrahumano no compadecía.
Mas por ser poco las celdas comunes para las intenciones, más negras que ala de cuervo, de Negrín y sus satélites, se inventaron las de castigo. Mentes tortuosas pusieron al servicio del tormento sus conocimientos psiquiátricos. Fue la experiencia de la tortura organizada —casi la podríamos llamar erudita— que miraba no solamente a quebrar el cuerpo, sino a doblegar el espíritu para acabar con aquella gallardía con que sufrían cárcel e iban a la muerte los mejores camaradas.
Por un exceso de sádica crueldad, fueron elegidos los prisioneros nacionales de las batallas de Belchite y de Teruel para proceder a su construcción y, obligados a trabajar sin descanso bajo la amenaza despiadada del látigo y la dirección de un aventurero de la peor calaña, rara mezcla de músico, de ingeniero y de literato, que había conocido otras en Europa.
Perfeccionó las vistas con un desmesurado afán de hacer con los rojos méritos, que ellos, si se los agradecieron, cuidaron muy bien de no demostrarlo sino en un pequeño trato de favor que entre los reclusos se le daba. Y él era un hombre joven, de barba rubia y ojos claros, casi con rostro de angelote ingenuo. A la hora de la verdad, sólo a su mente una tibia disculpa se acercó:
—Peores hubiera podido hacerlas…
¿Peores? Para hombres debilitados por los prolongados sufrimientos, aquellas construcciones pequeñas y blanqueadas del jardín conventual pudieron parecer un reposo y alivio, pues que a través de la reja pequeña y pintada de verde, con cristales de igual color, apenas se adivina la confusa impresión de su interior.
Predominan tonos de azul verdoso y sobre ellos, un tablero jaquelado, de cuadros blancos y negros, como los de las damas o el ajedrez. Las demás paredes, listadas de amarillo a cuadros o en líneas paralelas, pudieran todavía dar la impresión de un cuarto de muñecas destinado a los más inocentes e infantiles juegos.
Una mirada más detenida es la que, al robar toda esperanza, produce una profunda impresión de desaliento. El suelo está materialmente cubierto de ladrillos colocados de canto en forma de T. El lugar que el lecho debiera tener, lo ocupa una mole negra, que reproduce un ataúd y cuyo plano superior inclinado ni es cómodo para estar sentado, ni permite recostarse sin grave riesgo de resbalar y caer.
La puerta detrás de la cual desaparecían los verdugos, tiene los mismos dibujos amarillos o verdosos y unos cubos que, mirados con atención, parece a veces que se hunden en la madera y otras resaltan con relieve atormentador.
El detenido, forzado a permanecer de pie en la contemplación del decorado, agobiado por lúgubres ideas o intentando en vano distraerse fatigándose con inútiles combinaciones mentales de juegos conocidos, víctima de la inestabilidad del colorido, propicio y adrede para despertar en su imaginación los desasosiegos de reproducciones extrañas, terminaba por sentir graves depresiones nerviosas y un desequilibrio mental al que únicamente podían sustraerse los más valientes.
Los que aún tuvieron la hombría de dejar garabateado en un escondido rincón un ¡Arriba España! rascado sobre el color con cualquier arista vieja o clavo perdido…
No sabría si podría llamarse ganancioso el que, libre de una de ellas, pasaba «a la campaña» por angosto pasadizo subterráneo y escalonado, o, si podía, o en otro caso a empellones, la escalerilla de hierro —igual a la de los barcos— por donde se alcanzaba la celda, redonda como una esfera, seccionada por un plano, igual a una media naranja negra, sin hueco alguno por donde respirar y tenuemente alumbrada por una lucecilla eléctrica colocada en su centro.
Cerrada herméticamente la trampa de entrada, allí quedaban los detenidos semidesnudos, con el piso húmedo, que evitase conciliar el sueño y los oídos atormentados por la interminable salmodia de un rodillo de hierro lanzado de un lado a otro del techo por los carceleros, y cuyo ruido, aumentado de intensidad por la forma de la celda, que actuaba de caja de resonancia, producía la sensación de un trueno cercano.
Y a pocos metros, las llamadas «neveras» por su forma, estrechez, tinieblas lóbregas y frío, que calaba hasta los huesos. En ellas padecieron tormento camaradas nuestros, pero en el chalet, al que desde el convento se iba por un pasadizo bajo tierra, entonces construido para evitar que fuesen presenciadas las harto trágicas conducciones, aún había otras dos infernales invenciones: la una era un pozo con una argolla, de la que era colgado boca abajo el martirizado e introducido en el agua hasta que ésta le llegaba a la altura de la nariz.
Había que permanecer en esta incómoda posición hasta prestar la confesión, verdadera o falsa, que a los esbirros interesaba.
Y bien cerca las celdas que tenían un nombre pintoresco: «jaulas».
Parece que en ellas se confiaba más que en ninguna otra, y no estaban hechas de un demoníaco ingenio. Alfonso Laurencic, su constructor, no pudo menos de hacer un gesto de admiración y extrañeza ante el consejo de guerra que le juzgó, cuando vio por primera vez al camarada que, desesperado por la intensidad del tormento, se sobrepuso y, con inusitada fuerza, desencajó la puerta que le aprisionaba.
Su caso fue de viva notoriedad entre los mismos rojos, y lo merecía, pues las «jaulas» tienen escasamente cuarenta centímetros de ancho. Una persona gruesa —estos casos en la checa no se daban, porque de aligero el preso se cuidaba el diario bebedizo purgante, sobre el que flotaban como máximo catorce o dieciséis garbanzos, huérfanos y náufragos— cabría en ellas con dificultad.
Debía el preso sentarse en un asiento de madera y una trampa que descendía y se graduaba hasta la altura de su cabeza le impedía el incorporarse. La puerta introducía entre sus muslos una barra de madera que a la vez se los separaba y sujetaba, e inmóvil así, por una pequeña mirilla colocada a la altura de los ojos, recibía la luz de un potentísimo foco eléctrico y en sus oídos se hacía sonar sin descanso un poderoso y molesto timbre.
No era para mucho tiempo el poder resistir, con las articulaciones entumecidas, los dañosos efectos de la viveza de la luz y del ruido…
Y el rasgo final de la barbarie era, tras el tormento, la muerte. Son contadísimos y sólo a raros azares deben su fortuna quienes conservaron la vida después de haber pasado por las celdas de castigo.
Los marxistas sabían que, por muy seguras que fuesen las recomendaciones de silencio, la pálida pone en los labios los más eficaces candados, y era paso obligado.
Luego, como ajeno a todo, componiendo la figura y el gesto, predicaba Negrín sermones navideños, aunque no pudiese lucir con barba rubia y ojos claros un rostro carnoso de angelote ingenuo.
Parecería lo dicho la pesadilla de un desequilibrado, si no estuviesen las celdas a la vista de todos, al borde mismo de la calle Muntaner, y de ellas quedasen vestigios suficientes para demostrar la realidad de cuanto encierran estas líneas.
No se trata de imaginaciones calenturientas ni de exageraciones nacidas al calor de la pasión. Allí permanecen todavía los muros, las rejas, las puertas, las escalerillas de hierro, los pasadizos subterráneos y las estrechas dependencias donde el ingenio humano, aplicado al mal, logró concebir formas de tormento cuya sola contemplación produce estremecimiento.
Quien recorra hoy aquellos lugares y contemple sus reducidas dimensiones, sus perspectivas opresivas y el artificio de sus construcciones, comprenderá mejor hasta qué punto puede degradarse el hombre cuando hace del sufrimiento ajeno un instrumento de dominio y de terror.
Porque aquellas celdas, aquellas «neveras», aquellas «jaulas» y aquellos pozos no fueron solamente dependencias materiales de una prisión clandestina. Fueron, sobre todo, el símbolo de una época de odio y de persecución, de un tiempo en que la dignidad humana fue sometida a pruebas que exceden la capacidad de comprensión de quienes no las padecieron.
Y, sin embargo, aun en medio de aquellas tinieblas, hubo hombres capaces de conservar la entereza de ánimo, de resistir el dolor y de dejar, en el rincón más escondido de un muro, unas palabras que eran al mismo tiempo un acto de fe y un desafío a sus verdugos:
«¡Arriba España!»

El comunismo que mandaban en la España en guerra, a la población civil y a los prisioneros no les aplicaron los derechos humanos como ellos dicen defender. » Sociedad de Naciones «Francisco